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El Nieto De Julieta LA MÁQUINA DE RELATOS

A sus ochenta y seis años bien enfilados hacia los ochenta y siete, aún conservaba Julieta todas la ganas de vivir y de afrontar el futuro que le faltaban a su nieto, un chaval de apenas veintitantos que desde hacía tiempo andaba enfrascado de lleno en los turbios asuntos de la drogadicción y el despertar con las manos llenas de desesperanza y algún que otro remordimiento pasajero.
Más que de la droga en sí, que también, de lo que estaba realmente enamorado period del momento previo a su consumo.
Y no había duda, la verdad es que andaba como loco con todo ese trapicheo de dinero, yo te doy, tú me das, el otro me debe, también de los nervios y de la impaciencia, de las llamadas a decenas de números desconocidos y la ilusión intacta del primer tiro.
Supo que la vida que durante tanto tiempo había degustado se le andaba escapando cuando la incapacidad de levantarse de la cama unida al temblor furioso y a los mareos que la poseían le impidieron pedir auxilio a sus vecinas, que a su vez, alertadas por la vejez y el débil estado de salud que desde hacía unos cuantos meses afectaban a Julieta, trataban de echarle un ojo en la medida en que sus ajetreadas existencias se lo permitían.
Precisamente fue una de aquellas vecinas, alarmada por la falta de respuesta ante las numerosas llamadas al timbre y más tarde al teléfono, la que alertó a sus hijos, los dos que todavía vivían en la ciudad, para que de inmediato acudieran y tomaran cartas en el asunto, ya que desde su punto de vista, y basándose en una fuerte corazonada que pronto se tornó en verdadero temor, algo le había sucedido a su madre.
Una pareja de policías acompañada por el hijo mayor se trasladó al poco rato hasta la puerta de la casa donde Julieta residía, y ante la ausencia de cualquier tipo de respuesta, se vieron en la obligación de entrar por la fuerza, un cerrajero desplazado al instante se encargó de solucionar el asunto.
Tras rebuscar con inquietud en las primeras habitaciones que fueron encontrando a su paso, fue uno de los policías el que terminó por hallarla totalmente inconsciente a los pies de la cama, algunas de las fotografías en blanco y negro con imágenes de familiares situadas sobre la mesita de noche aparecieron desperdigadas por el suelo producto de un fallido intento por alzarse de nuevo.
Hasta que el médico de turno no se trasladó a la casa de Julieta y dictaminó el fallecimiento a causa de un infarto cerebral fulminante no se pudieron iniciar los trámites para un correcto sepelio.
El caso es que tras la defunción, entristecido por la repentina ausencia de la que siempre había considerado como su segunda madre, hecho que se vio incrementado tras la muerte de su verdadera madre durante su adolescencia presa de una leucemia galopante, fue cuando realmente comenzó a sentenciar su existencia y su cordura en un ritmo vertiginoso que no daba pie al respiro.
Y es que a pesar de sus veinticinco años recién cumplidos, se consideraba, y así period considerado por sus amistades más entendidas en el tema, un experto en el consumo reiterado de drogas.
Lo que un día fueron algunos cigarros se transformaron casi sin caer en la cuenta en porros cargados y copas hasta arriba de ron que terminaron por dejar paso a la cocaína, el éxtasis y hasta un poco de heroína fumada en alguna de esas ocasiones de insomnio taquicárdico tras varios días de consumo desatado.
El psiquiatra que inicialmente lo anduvo tratando diagnosticó un claro caso de depresión tras años de ausencia materna, aunque este hecho, a ojos de su severo padre, no suponía otra cosa que una excusa barata para poder desarrollar sus vicios de manera descontrolada, de forma que ante lo errado de su camino le propuso dos únicas soluciones bien definidas, un trabajo la expulsión del hogar.
Temeroso de las consecuencias que la expulsión de su casa le acarrearía y sin apenas estudios a los que poder aferrarse, no tuvo más remedio que comenzar a trabajar como peón de albañil en una de las obras que un constructor conocido de su padre había iniciado en la zona más céntrica de la ciudad.
Este hecho, a pesar de la ilusión que su progenitor había depositado en la posibilidad de maduración de su hijo a base de madrugones y esfuerzo, no hizo otra cosa que empeorar aún más el asunto, el dinero fresco y las ganas de divertimento excesivo tras infernales semanas de duro trabajo terminaron por empeorar definitivamente la situación.
De modo que a lomos de su juventud y con el bolsillo repleto de billetes ganados con sudor y verdadero sacrificio, raro era el fin de semana en el que su corazón y su hígado y también su mente no acababan reclamando una tregua.
Incapaz de poner fin al constante desenfreno, siguió acudiendo puntual cada fin de semana a buscar su ración de muerte y desesperación a los lugares indicados para ello, sus acompañantes, dispuestos a la batalla, no dejaban momento alguno para el ocio sin sangre.
Atónito ante la autodestrucción que su hijo estaba llevando a cabo, y sobre todo, afectado por la lapidación de su sueldo, no tuvo más remedio que excusarse ante el contacto que le había proporcionado un puesto de trabajo e ingresarlo contra su voluntad en un centro donde pudiera superar su adicción a la drogas.
Una vez dentro, y a pesar de sus constantes esfuerzos por salir mediante la utilización de un recurrente chantaje emocional, fueron decenas los educadores y psiquiatras que a lo largo de los meses se encargaron de tratarle, y lo cierto es que las pastillas y el ejercicio físico diario consiguieron evadir su mente de las drogas, al menos en ciertos momentos, sin embargo, una vez ya finiquitado su paso por el centro y tras unas cuantas semanas de vigilancia extrema por parte de su padre, volvió nuevamente a las andadas aún si cabe con más fuerza.
Situación que, en realidad, a pesar de su crudeza y su falta de explicación aparente, tenía cierto sentido si se comprendía en profundidad que lo único que de verdad deseaba era estar junto a ellas, hecho que ningún psiquiatra podía tratar de comprender, mucho menos de aceptar.
Que al igual que su abuela, su cuerpo tuviera que ser hallado por los vecinos del bloque en uno de los portales que daban acceso al menudeo, más que una casualidad, terminó siendo una consecuencia.
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Publicado por lamaquinaderelatos
sixteen febrero, 2018
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