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Abril 2016
Caminar sola… es lo que había hecho a lo largo de los años. Cada compañero que seguía mi camino desaparecía de una u otra forma. ¿Si esto ocurrirá por siempre, por qué he de aceptar la ayuda de un ángel que volará cuando su misión a mi lado haya concluido? ¿Debería arrancarle las alas y convertirlo en mi demonio para que permanezca a mi lado por la eternidad?
Camila, Los inmortales 1
Siempre me han gustado los cuentos.
Cuando tengo tiempo y, sobre todo, ganas, escribo. Pero ahora no tengo deseos de hacerlo. Al parecer, los cuentos han tomado cartas en el asunto y decidieron hacerme participe de sus tramas. Y aquí estoy. En medio de un cuento. Espero poder conocer el desenlace… Ojalá sea como la lluvia: frío, sorpresivo, melancólico, fuerte y torrencial. Además de los cuentos, amo a la muerte… No es extraño que lea hasta el cansancio esta historia…
La casa blanca que se oculta tras las gruesas verjas de hierro, en uno de los barrios más solitarios del pueblo, es un lugar al que nadie va. Algunos dicen que se trata de una casa abandonada y que solo es eso, pero hay otros, los habitantes más antiguos, que aseguran que esa casa no es regular. Y de todos, son los únicos que tienen razón.
Esa casa blanca de dos pisos, repleta de ventanas altas y anchas, protegida por un inmenso jardín delantero que daba al bosque por la parte de atrás, había sido construida hace mucho, pero mucho tiempo para una familia en especial. Un matrimonio joven acompañado de seis jóvenes: tres hombres y tres mujeres. La gente recordaba que dos de esos jóvenes estaban juntos. Durante las décadas que esa casa estuvo ocupada, no notaron cambio alguno en las personas, seguían igual, salvo en su ropa, ya que esa cambiaba según la época, pero por lo demás, todo seguía extrañamente igual hasta que, una noche, si, justo una noche de primavera, esa casa se lleno de gente para celebrar una boda. Los jóvenes que siempre estaban juntos, se casarían. Pero…. Como si se tratara de un hechizo, esa casa se incendio con la novia dentro, y el futuro esposo no pudo hacer otra cosa más que gritar desde afuera porque uno de los muchachos que vivía con él, no lo dejo ir tras su prometida. La casa quedó completamente iluminada por las llamas y el pobre chico, desesperado, solo observaba con horror como todo se consumía. Gritaba el nombre de su enamorada: ¡Debra, Debra! Pero ella no respondía….
Había muerto irremediablemente en el interior de su habitación llena de flores y él no pudo hacer absolutamente nada por ella…. lo que hizo fue correr lejos de ese lugar, perderse en el bosque mientras su padre lo llamaba a voz en cuello: ¡Anster, espera!
No volvió.
Los que quedaron se encargaron de todo para después irse, pero la casa no tuvo arreglo alguno. Permaneció consumida y negra por el humo y las cenizas, hasta que un día, se encontró de nuevo en pie, tan imponente como al principio de su creación. Aquel suceso lleno de espanto a los habitantes y sin dudarlo dos veces, la declararon maldita porque una casa no se levanta por si sola de la noche a la mañana. Nadie se acerco por miedo a que algo ocurriera, pero los curiosos que tenían se sentían con el suficiente valor para traspasar las verjas, entraban al vestíbulo y contemplaban la enorme escalera principal, pero no solo observaban eso, sino también a la sombra que caminaba por el jardín…. Era una sombra negra y lenta que vagaba por allí cada noche, asustando a cualquiera que se atreviera a entrar a su casa. Después de que uno de esos curiosos amaneció muerto en medio de un jardín impecable que nadie cuidaba, las personas valientes dejaron de ir….
Fue así como la casa quedo relegada al olvido. Ya casi nadie recordaba que allí habían vivido personas extrañas que solo vagaban de noche, que un día se había incendiado para repararse por sí sola años después.
Esa casa aún existe, de hecho está en un lugar a la vista de todos…. Y la sombra… aún ronda por los jardines a la espera de que alguien vuelva a visitarla…. Toca el piano al caer la tarde. Sus dedos arrancan notas de espanto y dolor, evocan a las pesadillas más hermosas que se puedan tener… Melodías que harían danzar a los monstruos… Un ritmo que te haría creer en lo imposible. Un susurro que hace correr el miedo en tus venas… Un grito que te paraliza… Una voz que hace temblar la tierra… Así es la eterna sombra de la casa blanca… ¿Te gustaría conocerla?
Sólo basta con encontrar aquel lugar y entrar, pero sin la promesa de que algún día saldrás.
Capítulo1
Este cuento no me gusta en lo más mínimo.
Las historias de Oma siempre me ponían de un humor extraño. Tenía la sensación de que decían más de lo que parecía. Además, aquel no era el momento idóneo para leer cuentos de hadas, y menos un cuento que hablaba acerca de la pérdida de un ser querido. Al menos no cuando me encontraba en el interior de una camioneta que me llevaba directo a una nueva cárcel. Uno no sabe lo que es el verdadero encierro y soledad hasta que se topa y termina en una jaula peor.
Pumpkin City period una ciudad perdida entre las montañas, de hecho estaba sepultada en un valle conocido por todos. Montañas y una inmensa extensión de bosque la rodeaban. Si uno se perdía allí, su muerte estaba completamente asegurada. Se parecía mucho a mi antiguo hogar, salvo por las casas, las cuales eran enormes, una junto a otra pero separadas a la vez. Era extraña la forma de vida que se desarrollaba en ese lugar dedicado al cultivo de la calabaza de castilla. De allí el nombre tan pintoresco. Todo period atrayente pero común: el supermercado, los cines, las iglesias, los negocios, las escuelas…. La universidad que se encontraba en una de las calles principales. En realidad parecía un museo, pero no la observe bien. Cuando se está deprimido, no se presta atención al paisaje que pasa veloz por la ventanilla de la camioneta. Ese sería mi nuevo hogar…
Mis padres habían muerto. Siete días atrás los había despedido en el aeropuerto y tres días después, reconocía sus cuerpos en la morgue…
No es que fuera muy unida a ellos pero eran mis padres y, al fin y al cabo, lo único que tenía en la vida. Como hija única de unos padres que también eran hijos únicos, nada como un tío un primo aparecía en mi panorama, salvo por mis abuelos paternos: Oma y Nataniel. Ellos dos y yo éramos los únicos Dresden que quedaban en el mundo. Estaba sola y mis abuelos se habían hecho responsables de una persona de veinte años que se encontraba a punto de cursar el segundo año en la universidad… Una persona que no podía estar sola por mucho tiempo antes de que a su mente asomara pensamientos de índole destructiva.
Si, estaba a punto de vivir una vida insignificante en un lugar que no conocía. Iba a convivir con dos personas que había dejado de ver desde hacía más de diez años. Viviría en una casa que ya odiaba. Iría a una universidad que solo había visto por un folleto… Era huérfana…. Estaba sola y sin ofenderme a mí misma, period una buena para nada.
-Cambia esa cara.- Nataniel era un hombre mayor de rostro amable. Todo un ejemplo para los abogados con los que trabajaba. Era muy positivo, amaba con todo su corazón a su hijo muerto y yo, con mi expresión, le hacia las cosas más difíciles. – recuerda que también a nosotros nos duele lo que paso.
A través del espejo del retrovisor lo fulmine con la mirada.
Era su hijo, pero también era mi padre, lo más cercano a un amigo que poseía en el mundo. Él y mi madre fueron lo más importante que tuve hasta ese momento…. Me encogí en el asiento, apretando con fuerza los labios, hundiendo la barbilla en el pecho para no llorar. Durante el funeral no había llorado emitido sonido alguno, de hecho, no había hablado desde que regrese de la morgue…. Todo lo que sentía y pensaba se agolpaba en mi cabeza amenazando con explotar en cualquier instante…. Por naturaleza, yo no externaba lo que sentía. Solía seguir a la noche y escapaba de la luz cada vez que podía…. Pero ahora, ni siquiera la oscuridad podía ayudarme a soportar todo aquello. Quería y necesitaba dejar el pasado en el ayer y comenzar a salir de mi burbuja porque los sueños, todo eso que Oma escribía en el libro que ahora tenía entre las manos, no eran más que mentiras de su fantasiosa mente. Los sueños no son más que invenciones que se terminan al last de cuentas. Lo que necesitaba en ese instante period dejar de pensar durante un momento, no, mejor por la eternidad…. Ahora estaba en un precario equilibrio en el que cualquier palabra, gesto mirada podía romperme, tanto period así que necesitaba llegar a esa maldita casa que Oma le había comprado a un vendedor estúpido, para poder encerrarme en cualquiera de las habitaciones y gritar…Gritar mucho, atormentarme con lo que no pude hacer por ellos, azotarme contra las paredes por el dolor, dejar fluir las lagrimas hasta quedarme seca, imaginar, pretender que su presencia aun perduraba en mi…
-Llegamos.- anunció Oma, mi delicada abuela de largo y delgado cabello blanco.
Sin decir absolutamente nada, salí de la camioneta con el claro deseo de entrar a esa casa pero al verla, me quede paralizada en la acera.
Era una mansión blanca.
Los dos pisos de los que estaba hecha, tenían ventanas que se parecían a unos profundo ojos negros que me observaban distantes… y su jardín, lleno de flores rojas y arbustos de flores rosadas, lo coloreaban todo; salvo por el camino empedrado que llevaba a la puerta principal. Con mucho cuidado me acerque a las verjas que rodeaban la mansión, eran gruesas, bastante gruesas y unas junto a otras daban la sensación de una trampa… Las acaricié con la punta de los dedos y pude sentir la frialdad del metallic. Caminé hasta la entrada y empujé la reja. Ésta rechino un poco mientras entraba. Con la mochila en la espalda avance por ese camino de piedras grises hasta la entrada, hasta la puerta blanca de madera que se abrió sin esfuerzo.
Aléjate… Si, quisiera poder decirlo: perdóname…
Lo primero que observé en medio del silencio, fue una enorme escalera de madera oscura, casi negra que conducía a los pisos superiores. A la derecha estaba un salón redondo con las paredes de cristal, y a la izquierda el comedor, una mesa para más de veinte personas que daba a la cocina. Y un poco más allá, la sala, el estudio….
Period una casa verdaderamente enorme, llena de pinturas sin rostro, de candelabros gigantes rebosantes de bombillas, de mesas llenas de portarretratos vacios y floreros sin flores, de habitaciones enormes con camas de dosel aterciopelado, de alfombras gruesas y pesadas llenas de polvo, de cortinas oscuras que impedían el paso de la luz…
Daba miedo….
Estar allí perturbaba…
Esa casa, pero en especial la habitación que había sido elegida para mí, me daba desconfianza…
Era la más grande, la única que estaba al fondo de todo eso y por lo mismo, la más oscura. La cama period un bloque alto con dosel de cortinas rojas. A ambos lados del lecho se encontraban dos ventanas que iban del piso al techo. Un tocador de madera estaba en una de las paredes ocupando todo el espacio, además de eso, el baño, con una tina de porcelana, period diez veces más grande que la sala de mi antigua casa.
Me maree… y tuve que detener la enumeración de objetos que de repente se había posesionado de mi cabeza.
Te querré por siempre, pero cada día es una tortura. Piensa: Si el susurro de tu voz me lastima, ¿Qué crees que haga conmigo tu beso?
Todo en esa habitación recordaba al lujo, al dinero, al buen gusto. Period y parecía la habitación de una princesa…
¿Quién había vivido allí, quien había dormido en esa cama?
Todo era tan diferente a su pequeña casa con dos habitaciones diminutas, con un baño para todos y nada de privacidad porque el dinero period una cosa que faltaba constantemente. Si sus padres habían podido irse de viaje, period gracias a un premio…. En realidad Camila, porque así era como se llamaba, Camila Antonia Dresden, era pobre, no había vivido en la miseria pero si con muchas limitaciones que la habían acostumbrado a un tipo de vida mesurado y humilde. Ese sentido era el que la llevo a odiar esa casa, esa habitación, esa enorme cama que le grito en la cara que ahora era su dueña debido a su nuevo estado. Allí, en medio de la habitación, se quito la mochila y la arrojó con todas sus fuerzas al piso….
Si pudiera, te elegiría como la número uno en todo el maldito mundo… Sólo el calor de tu cuerpo puede reconfortarme en noches como esta, en la que la soledad y el odio avanzan hacia mí para robarme la poca alegría que aún conservo, y así, poder darme el último golpe, un golpe fatal que me alejara de ti. Por eso, te pido: quédate conmigo esta noche…
El horror de la muerte, la soledad y la extrañeza la rebasaron al fin… Comenzó a agitarse violentamente y los ojos se le llenaron con lágrimas de verdadera rabia, una rabia que la hizo levantar la mochila para arrojarla contra el espejo del tocador, el cual no se hizo daño alguno. Solo se movió un poco, devolviéndole la imagen de una muchacha mediana, clara, de rostro y cabello cualquiera pero con un especial brillo en la mirada. Period odio.
Camila apretó los labios con fuerza pero el grito fue más fuerte y salió por su garganta con tanta violencia que le hizo daño. Se dejo caer al piso y desde allí comenzó a renegar de su existencia:
-¡ODIO ESTE LUGAR! ODIO ESTA MANSION, ODIO A MIS ABUELOS, ODIO MI SOLEDAD! ODIO… LOS ODIO, LOS ODIO… LOS ODIO CON TODAS MIS FUERZAS, ¿LO OYEN? NO QUERÍA QUE FUERAN POR ESTO, USTEDES LO SABÍAN, QUE NO SE VIVIR SOLA, QUE NO PUEDO…. NO PUEDO…. Y NO QUIERO…
Clavo las uñas en la fina alfombra, y apretó los dientes, y aún así los quejidos de su recién torturada alma salieron uno tras otro mientras en los oídos se le agolpaban una y mil veces las voces de su padres, ese último adiós que dolía hasta lo más hondo. Se agito hasta quedar echa un ovillo en el suelo, y solo así pudo encontrar un poco de paz. Se seco el rostro después de un rato de llorar en silencio. Se levantó y salió de esa habitación. Oma estaba en el pasillo y la observaba con cuidado.
-Ya lo oíste, Oma.- dijo ella con violencia.- No quiero estar en esta casa, regrésame a la mía.
-No puedes vivir sola después de lo que hiciste….
-Es mi vida, si quiero terminar con ella es algo que solo me importa a mí. Crees conocerme pero solo conoces a la niña a la que le leías cuentos, pero mírame. Ya no lo soy, Oma ya no lo soy, soy mayor y por primera vez en tu vida, sal de la burbuja y date cuenta de que lo que deseo en esta vida más que nada en el mundo, es ir de regreso a mi hogar.
Su abuela no lo entendía pero Camila tampoco entendía que la mujer quería verla bien.
Los días pasaron y Camila estuvo en esa casa limpiando y acomodando cosas. Viviendo los días que quedaban antes de entrar a la universidad como si se tratara de un fantasma, de un pequeño espíritu que flotaba por las escaleras ya que su estado de ánimo period tan pésimo, que su figura se volvía traslucida si el sol la tocaba. El present tenía que continuar, así se repetía día tras día. Ni siquiera la presencia de un joven llamado André, al cual había encontrado en el río que quedaba a poca distancia de su casa, había servido para algo.
Camila caminaba por el bosque siguiendo el sendero que, según un letrero, conducía a un río. Con cada paso que daba, las hojas y ramas secas que decoraban el suelo, crujían bajo sus pies con un tenue ruido. Pensó que encontraría a alguna persona en el camino pero nada. Lo único que había encontrado eran unas cuantas ardillas y un conejo muerto lleno de hormigas.
Siguió caminando por el desierto bosque, maravillada por la gran altura de los frondosos árboles que apenas dejaban pasar la poca luz que el cielo irradiaba. De repente comenzó a escuchar el sonido del agua y caminó más deprisa hasta llegar a la orilla de un rio de agua cristalina que dejaba ver a los peces y piedras que vivían en su inside. Con poco cuidado, Camila se sentó y se quito los zapatos y calcetines para meter los pies al agua. Con la punta de los dedos toco el fondo del río. Pudo sentir el tacto liso de las piedras y el aletazo de un pez que nadaba cerca de su tobillo. Cerró los ojos y se puso de pie. Poco a poco caminó hacia el centro, sintiendo las formas redondas del lecho en las plantas de los pies, junto con la fuerte corriente del agua que golpeaba sus pantorrillas. Estiró los brazos y un fuerte viento pasó entre sus dedos y despeinó su cabello haciéndolo ondear en todas direcciones. Y por primera vez, pudo escuchar el murmullo de algo ajeno a ella: las aves.
Respiró profundamente y levanto los brazos hacia el cielo. En verdad deseaba marcharse de ese lugar. No quería conocer a nadie ni encariñarse con nada. Lo único que quería era regresar a su casita y echarse en la cama para dormir y no despertar jamás. Anhelaba tanto ese lugar que lloraba cada maldita noche hasta quedarse dormida y cuando despertaba se veía rodeada por esas cortinas de terciopelo rojo y la desilusión era tan fuerte que prefería estar muerta antes que dignarse a levantar un pie de la cama. Pero allí en medio del agua, en medio de ese solitario bosque podía hacer uso de la navaja que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón… sí, un corte profundo y eficaz y el agua se llevaría todo el dolor… Sólo un corte… La hoja de la navaja brillaba tanto como el sol, pero pronto se teñiría de rojo… Ya casi llegaría la calma, solo un corte y Camila alcanzaría la paz…
-¿Qué haces allí?
Camila envolvió la navaja con su mano y se dio la vuelta. Miró al intruso de pie en la orilla del rio. Se trataba de un chico alto de tez blanca, cabello rubio platinado y ojos verdes… dos esmeraldas enormes en el rostro… que la sorprendieron más de lo que hubiera querido.
Se miraron en completo silencio directo a los ojos hasta que ella decidió regresar a la orilla y ponerse los zapatos de nuevo. Con mucho cuidado Camila deslizo la navaja al interior de un zapato. Aquel muchacho se agacho junto a ella y preguntó sin desparpajo:
-¿Tú quién eres?
Camila lo ignoró. Aquel estúpido muchacho la había interrumpido. Ella lo odio solo por eso y se negó a mirarlo pero después pensó en su abuela y decidió ser educada.
-Me llamo Camila y vivo en la casa que esta al remaining del camino.- Ella miro al muchacho que de repente se había puesto serio y la observaba con mucha atención. Aquello no le gusto. No le vino en gracia tener que responder preguntas idiotas a un tipo que había salido de la nada.
-¿Camila… qué? – dijo él, insistente.
-Dresden…. ¿Por qué?- Camila se levantó y él también. La observaba con mucho cuidado pero al last, sonrió. La muchacha no solía sonreír y menos a un muchacho tan entrometido.
-Por nada. Mi nombre es André Herkomer y también vivo cerca de aquí. De hecho al otro lado del río está mi huerto de calabazas… ¿Vives sola?- siguió preguntando.
Ella se cruzó de brazos y lo miró con fastidio pero ese joven no parecía darse cuenta de que estaba haciendo demasiadas preguntas. Y al closing Camila negó con la cabeza.
-Mis abuelos compraron esa casa hace poco… – miró el rostro de André. Parecía joven y era atractivo, ¿Y qué? A Camila no le gustaba la gente fuera hermosa no, simpática no. Simplemente deseaba que la dejaran sola, ¿Era mucho pedir? – oye, ¿Por qué me miras así? ¿Eres un pervertido? Porque he visto algunos y tu no lo pareces… André.
– No lo soy, y perdón por eso, pero… en esa casa no ha vivido nadie desde hace mucho y… creí que… tú sabes, que eras de esa clase de personas que se meten a las casas abandonadas para tener un techo.- volvió a sonreír. Camila no.- Olvídalo, llevo mucho tiempo trabajando y comienzo a pensar cosas extrañas…. ¿Piensas quedarte mucho?
Aquello fue el colmo. ¿Quién period ese muchacho rubio?
-Tal vez… -Camila agacho la cabeza para no insultarlo y comenzó a alejarse.
-Espera.- la llamo André y ella lo miro. De repente se asustó y pensó en utilizar la navaja que ahora estaba oculta bajo la planta de su pie derecho.- No puedes irte sola. El bosque no está tan solo como parece. Es peligroso para los que no lo conocen…
Camila enarcó una ceja. Morir a manos de un animal parecía ser una perfecta solución a su mal.
-¿Hay animales?- preguntó con cierta emoción en la voz.
-Ciervos, venados, ardillas, conejos, aves de presa y lobos.
-¿Lobos?- se sorprendió Camila. Nunca había visto uno, salvo en los libros de texto. Se quedo pensando en la posibilidad de ver un animal de esa clase… sería perfecto morir como sus padres: atacada por un animal que destrozara su garganta… Pero su deseo se evaporo pues ese muchacho la miraba expectante.- ¿No tienes algo mejor que hacer?
-Por el momento no.- respondió el otro.- Lamentó mucho si te parezco grosero pero a veces viene gente muy extraña al bosque y mi trabajo es mantenerlo a salvo.
-Descuida.- dijo ella.- No me quedaré mucho por aquí así es que no tienes que ponerme en tu lista de gente rara.- ella lo miró de nuevo.- Puedes irte tranquilo.
-Preferiría acompañarte.- insistió.
-No, muchas gracias.- soltó ella.- Ya me has preguntado muchas cosas como para que quiera que me sigas hasta mi casa.- pero entonces pensó en su abuela, en la pelea que de seguro tendría al llegar a esa bendita mansión. Si llegaba acompañada Oma no sospecharía que su nieta intento hacer algo malo.- Bien, acompáñame entonces.- soltó y comenzó a caminar. En pocos segundos se encontró caminando por entre los arboles acompañada de ese entrometido muchacho.
-¿Qué es lo que haces Camila?- preguntó él para romper el silencio que se pegaba a los oídos.
-¿No crees que vas muy rápido?- gruñó ella.- En serio me incomoda que las personas me cuestionen más de la cuenta y peor aun si llevo menos de una hora de conocerlas.
-Lo siento… solo trataba de ser amable.- André sonrió.- Tú no sabes socializar, ¿verdad?
-Estudio música, piano para ser precisa…- respondió con un tono cortante.- pero soy pésima. Solo estudio música para desafiar a mis padres, bueno… iba a desafiarlos….
-¿Ibas, por qué?
-Porque están muertos, André.- soltó Camila sin tentarse el corazón. No le importaba incomodar al resto. Necesitaba dejarle claro al mundo que no necesitaba ser consolada.
El otro se quedo quieto en medio del camino sin saber qué decir, pero ella lo ayudo exhibiendo una gran sonrisa que daba a entender que no había problema.
-Por eso vives con tus abuelos…- susurró él, volviendo a caminar. Camila asintió pensando que el entrometido parecía ser listo.- Vaya… Lo lamento… pero supongo que la música te ayudara. La universidad es muy buena. Yo estudió allí para ser abogado. Me dará mucho gusto encontrarte por los pasillos.
Camila no dijo nada. Se despidió de él en el patio trasero y entro a la casa. Justo al pie de las escaleras estaba Oma.
-¿Dónde estabas?- pregunto con un jadeo que no dejaba dudas de que había estado pensando lo peor.
-Pescando…- gruñó su nieta. Respiro hondo e hizo algo para sacar un poco del veneno que a veces le quemaba las entrañas.- Por cierto, ¿No ha llamado mamá? Ah, se me olvidaba, ella está muerta.- y sonrió con ganas.- Comienzo a ser grosera.- Camila soltó una risita. Córreme de tu casa.- pero Oma solo suspiro.- Anda, deshazte de mí, juro que te estaré eternamente agradecida. Sólo tienes que echarme a patadas de aquí y pretender que yo también estoy muerta… mejor aún, mátame… Todos estaríamos mucho mejor si yo…
– El próximo lunes entras a la universidad.- fue todo lo que la anciana dijo antes de dejarla plantada allí.
Cuando Camila se quedo sola, los ojos se le llenaron de lágrimas y sin mucho ánimo se encerró en su habitación para llorar un poco más.
El lunes se despertó muy temprano y se arreglo como siempre: mezclilla, algodón, gorra. Se plantó en la puerta de la casa antes de que Nataniel terminara de desayunar. Él iba a llevarla a su primer día de clases… el abuelo hablo y hablo durante el trayecto de treinta minutos y ella cerró los ojos, tratando de quedarse sorda. No es que lo odiara, sino que quería estar sola…
La universidad period un edificio alto, idéntico al MUNAL… tenía pinta de catedral, salvo por las campanas. Nataniel se estaciono en la acera de enfrente y le preguntó a su nieta:
-¿Quieres que venga por ti?
-No hace falta… memorice el camino de venida.- soltó sin miramientos, conectándose de inmediato a su inseparable aparato de música.
-Está bien… que te vaya bien entonces.- susurró el anciano, mirándola con pena.
-Gracias.- dijo ella y bajo del coche al tiempo que subía todo el volumen.
Cruzó la calle y sin detenerse a respirar hondo para tomar valor, se metió al edificio cruzando las enormes puertas de madera labrada. El interior del edificio estaba iluminado por decenas de candelabros como los que había en la mansión. Pero no period todo, cientos de cirios encaramados en mesas de piedra iluminaban el lugar. El piso era de mármol blanco al igual que varias esculturas de seres mitológicos que se esparcían por aquí y por allá a lo largo del vestíbulo. Gente iba y venía charlando, leyendo, cantando, practicando… tan absorta estaba en la contemplación de ese espectáculo que no se dio cuenta de la presencia de André.
-¿Estás ahí?- dijo André divertido, llevando una mochila que colgaba de su hombro.
-Sí.- murmuro ella quitándose uno de los audífonos que colgaban de sus oídos.- Hola, André… – saludo cortésmente.- Ya veo que period cierto que estudias aquí. Pensé que mentías para ser simpático…-André soltó una carcajada extraña.- Es en serio…- dijo ella con sequedad.
-Ya veo…- André la miró un breve instante y desvió la mirada.- Me gusta tu gorra. El negro te va bien.
-¿Puedes hacerme un favor? – Ella cambió de tema.- No sé dónde está mi salón. El horario solo tiene claves musicales.- y le tendió la hoja que su abuela le había dado.
-Cierto.- aprobó el muchacho.- Lo que pasa es que el nuevo subdirector está loco y cambio algunas cosas… Ven, yo te llevo.
Y la guío por el vestíbulo hasta un pasillo que daba al patio, un lugar lleno de arbustos y bancas de piedra. Mientras lo atravesaban, André le indicó:
-Ese edificio es el que te corresponde, solo tiene cinco salones y el tuyo es el segundo. – explico, señalando los edificios que tenían enfrente.
-Bien… gracias.- tomo su horario y sin decir nada más fue hasta el edificio y subió las escaleras de dos en dos escalones.
No esperaba nada de aquella escuela, tampoco quería que sus profesores fueran buenos, es más no deseaba hablar con nadie, ni hacer amigos entablar una discusión en clase y mucho menos formar un equipo de trabajo. Solo estaría allí porque no tenía otra cosa mejor que hacer. Iría a clases como todo el mundo de su edad, fingiría que estudiaba y si reprobaba la expulsaban podría irse de esa mansión para poder regresar a casa. Podía huir en ese preciso momento, correr escaleras abajo y salir a la calle. Correr sin detenerse, sin mirar atrás… sólo correr y no volver jamás…
Camila se detuvo en el último escalón y miró hacia atrás… Nada la detenía, podía ser libre… Se giro sobre sí misma y movió un pie hacia el escalón de abajo…Y fue entonces cuando escucho esa voz por primera vez…
Aquel timbre resonó en sus oídos, en su mente y en su cerebro. Tan potente fue la atracción que volvió a mirar hacia arriba. Ese sonido la intrigo y la idea de huir se extinguió de su mente. Camila subió el último tramo de escaleras pero al enfilar el pasillo, se detuvo ya que dos hombres discutían a mitad del corredor. Solo podía ver la espalda de uno de ellos, pero al darse cuenta de su presencia, el que estaba más próximo a ella, se dio la vuelta. Y de inmediato supo a quien pertenecía esa voz que la había hecho cambiar de idea.
¿Cómo se describe a un hombre como aquel? Camila no lo supo bien, pero en su mente se quedaron grabados al instante su cabello negro, la piel traslucida, los labios delgados, la espalda ancha, el fuerte olor a vainilla y canela que emanaba de su cuerpo, pero sobre todo, se quedo con la imagen de sus ojos almendrados de largas y espesas pestañas. Sus pupilas eran grises, muy claras pero con una beta verdosa… La imagen de un verdadero dios se cimbró frente a ella, dejándola sin respiración durante un instante en el que lo único que pudo hacer fue contemplar a ese ser fuerte y sombrío que le estremeció el alma, ya de por sí perturbada. Solo pudo verlo unos segundos antes de que se irguiera tan alto como era y pasara a su lado para marcharse por las escaleras, dejando la sutil fragancia de su cuerpo en el ambiente, y a ella, totalmente afectada. Period como si una fuerte droga recorriera a toda velocidad sus venas para provocarle cierta euforia y mareo que la dejaron indefensa… ¿Qué había pasado? Ella no lo sabía. Sólo quería abrir los ojos todo lo que pudiera para captar esa imagen, tenerla tatuada en la memoria fue su mayor deseo. Incluso sus manos temblaron, sus labios y su barbilla y el corazón le latía con violencia contra las costillas y un hormigueo que se extendía de su cuello, pasando por sus senos hasta su vientre la había hecho enrojecer.
-Buenos días.- el otro hombre la saludo, llamando su atención. Era muy parecido al que acababa de irse, salvo que este era rubio y mayor.- Me disculpo por la actitud del subdirector, se supone que debe proteger a los alumnos pero no hace nada por ellos. ¿Eres nueva aquí, verdad?
-Sí.- aquel rostro seguía danzando en su mente. Se había quedado tatuado en su memoria como una melodía pegajosa que no sale del sistema jamás. Quería ir tras él, correr y detenerlo para seguir mirando ese rostro perfecto… – Hoy comienzo… – estaba agitada y temblorosa.- Mi nombre es Camila Dresden…
-Bienvenida, Camila.- dijo el hombre con una inclinación de cabeza.- Mi nombre es Simmons Fitzgerald, y soy el director. Si se te ofrece algo, lo que sea, ten la confianza para pedirlo.
-Gracias…- murmuró ella, sintiendo que sus entrañas volvían a hervir pero no de odio esta vez.
El director se marcho por donde lo había hecho el otro, pero la cabeza de Camila quedo embotada… al igual que su cuerpo. No regreso a la normalidad hasta el viernes, cuando salió de su última clase y se sentó en una de las bancas del jardín para tomar un descanso. Cada que pensaba en ese hombre su corazón se agitaba, su frente brillaba de sudor y sus manos ansiaban alcanzar algo que no se dejaba atrapar. Lo único que la había motivado a seguir en la escuela era poder ver de nuevo a ese ser que le erizaba el vello de la nuca.
-¿Qué tal te va?- era André quien aparecía para interrumpir sus pensamientos.
-Bien… – trato de calmarse.- casi no te he visto.- dijo ella.
-Pues yo a ti, sí.- la sonrisa de André period radiante.- Estás muy ocupada y es normal. Los estudiantes de música la pasan mal al principio… ¿Ya elegiste taller?
-¿Qué?- lo había olvidado. Tenía que elegir un taller de piano, pero estaba entre un profesor llamado Anster Fitzgerald y una profesora de nombre Lilyth Folkard.- Cierto… – pero ya que André había sacado el tema era conveniente usarlo para agilizar las cosas.- ¿Cuál me recomiendas?
André soltó un gruñido.
-En lo personal preferiría que no hubiera talleres… pero la profesora es buena… aunque el otro… es mejor… – su rostro se ensombreció de manera súbita.- Como sea, solo será un año… Elige el nombre que te encourage mayor confianza.- su sonrisa regreso.- Tengo que irme, te veo después. Noto que no soy de tu agrado.
-Preguntas mucho y eso no me gusta.- dijo ella con sinceridad.- Solo no lo hagas y podremos estar en paz.
-Lo tendré presente.- aseguro él y se fue.
Quedo de nuevo sola, intrigada por esa recomendación… ella es buena, pero él es mejor… Después de comer, Camila se encamino a la oficina de registros y se inscribió en el taller de piano del profesor Fitzgerald, tres días a la semana con dos horas de clases durante un año. Anster Fitzgerald había sido el nombre que le inspiraba mayor confianza.
Toma mi mano… Déjalos a todos…
Se guardo el horario en la mochila y volvió a su cárcel de oro, pensando en el subdirector de ojos grises que, ahora que lo pensaba, la había mirado con atención una fracción de segundo antes de marcharse… sólo lo imaginaba.
Qué raro, pensó ella… un hombre como aquel no se miraba todos los días, y se preguntó de dónde rayos había salido sino era de un cuento de horror… aunque a ella le gustaban los cuentos de horror.
El camino de la primavera me fue negado, solo puedo andar y atravesar el mundo durante mi eterno invierno. El mundo será frio, cruel y solitario. ¿Aún así me seguirás?
CAPÍTULO 2
Petición
Camila despertó enredada en las sabanas, aunque no recordaba haberse dormido bajo ellas. Las hizo a un lado con las piernas y fue a darse un baño.
El cuarto de baño period un poco, pero solo un poco más pequeño que el resto de su habitación, cosa que le molestaba ya que le recordaba de nuevo las carencias que había sufrido tiempo atrás. El piso period de mármol y las paredes tenían algunos vitrales que representaban la mañana, el día, la tarde y la noche. Eran enormes. Ocupaban toda una pared yendo del piso al techo…
Les dio la espalda para quitarse la ropa y meterse sin miramientos a la tina de porcelana y allí se quedo un momento, quieta, sintiendo como el agua caliente le golpeaba la piel. Cuando salió de allí, se envolvió en una toalla y regreso a la habitación para dejarse caer en la cama… pero de inmediato se levantó para buscar ropa y comenzó a vestirse. Cuando bajo a desayunar encontró el comedor desierto al igual que la cocina, pero en la barra una nota la esperaba:
Tu abuelo y yo tuvimos que salir para arreglar unos asuntos referentes con la venta de nuestra casa en la ciudad. Llegaremos por la noche y por favor, trata de no matarte en nuestra ausencia.
Camila leyó la hoja un par de veces más y después la estrujó con la mano para tirarla a la basura.
Matarme- pensó ella.- ¿Qué piensan? ¿Qué acaso tengo diez años que soy una suicida en…? – suspendió esa pregunta porque sus abuelos si tenían serias razones para preocuparse- Esta casa es tan tranquila como yo…
Camila tiene un gran defecto: piensa que lo único raro en el mundo, es ella. Salió de casa para ir a la escuela sin fijarse que los vitrales del baño habían cambiado. Los cuatro mostraban la imagen del día pero con una diferencia: uno period en un bosque, otro en un campo, otro en la ciudad y el último representaba un lugar cubierto de nieve…
Mientras el autobús se sacudía por la accidentada calle, Camila repasaba mentalmente sus clases y recordó que aquel día tendría que presentarse a clase de taller. Cuando avistó el edificio de la universidad, se levantó de inmediato y se abalanzó hacia la puerta para bajar., pero no evitó darles de golpes a las personas que colgaban de la puerta. Miro su reloj de pulsera y maldijo por lo bajo. Iba tarde y corrió hasta el edificio three para tomar la clase de rítmica de la mañana pero cuando entró se llevo una sorpresa.
En vez de los acostumbrados pupitres que miraban en dirección a la pizarra negra, el aula estaba llena de colchonetas azules, como las que uno ve en las clases de educación física. Ella se preguntó si no se habría equivocado de salón, e incluso salió y comprobó el número de aula con el de su horario y ambos correspondían.
-Estás en el salón correcto.- dijo una voz femenina desde el interior del aula.
Camila volvió al salón y abrió la boca llena de asombro. La persona que le había hablado period una joven… al menos eso pensó Camila al ver la delicadeza reflejada en los rasgos de aquel ser.
Era alta, debería de medir un metro ochenta y delgada, rubia y de ojos azules como el cielo, y su piel se veía del mismo shade y textura que la de un melocotón. Al ver mi expresión sonrió y yo cerré la boca de inmediato. Sus dientes eran tan pequeños y blancos que me dieron ganas de felicitar a su dentista.
-¿Qué clase es esta?- murmuré, echándome la gorra hacia atrás.
– Originalmente rítmica, pero el profesor Binns tuvo que salir de viaje por asuntos personales. Yo me haré cargo de la asignatura.- me explicó la joven aproximándose con elegancia hasta donde estaba. Cuando la tuve más cerca comprobé que su rostro parecía el de una niña.- Soy la profesora Florence Buckland, ¿Y tú, cuál es tu nombre?
-Camila Dresden.- musite un poco incomoda por su apariencia tan perfecta.
-Mucho gusto, Camila. Siéntate y espera al resto de tus compañeros.
Así lo hice, y desde mi nueva posición comencé a mirarla furtivamente. Iba y venía por el salón abriendo las ventanas para que la luz de la mañana iluminara la estancia. Sus movimientos eran fuertes y seguros, cosa rara ya que se veía como una muñeca de porcelana que fuera a romperse en cualquier instante. Cuando el salón estuvo lleno y todos los colchones ocupados, la profesora hablo:
-La mayoría de ustedes me conoce, y a los que no, mi nombre es Florence Buckland. Seré su profesora de rítmica y danza, por lo menos hasta las vacaciones decembrinas, ¿Dudas?- como nadie abrió la boca, añadió.- Todos pónganse de pie, quítense los zapatos y por parejas, súbanse a las colchonetas, por favor.
Al salir de la clase tuve que detenerme un momento en el pasillo ya que los músculos de mis piernas amenazaban con deshacerse si no tomaba un respiro. Nunca había comprobado la elasticidad de mi cuerpo como lo hice en esa clase… como cuando conocí a Florence Buckland.
Con paso lento, me encaminé a mis demás clases hasta que llego el momento de ir al taller de música. El salón no estaba en ninguno de los edificios, sino que se encontraba en una pequeña casa al fondo de la escuela. Esa casa era de dos pisos y parecía muy antigua. Me acerque con cautela y llame a la puerta. Mientras esperaba, observe que el sol cualquier muestra de vida period algo que no aparecía por ningún lado. Comencé a sentir frío y saque mi chamarra de la mochila. Cuando subí el cierre, la puerta se abrió.
-El registro de los talleres es en las oficinas del vestíbulo.- dijo nada más y nada menos que el sujeto de ojos grises que había visto el lunes pasado. Su voz… period totalmente extraña, pero se parecía a él: grave, profunda y estremecedora, y aún así, suave como un murmullo como la voz de una madre cantando una canción de cuna para su inquieto bebé. Pero también, period como un grito que se produce en completo silencio. Y aunque su tono era normal, sentí como si me hubiera gritado directo en los oídos, incluso me encogí un poco.
– Ya lo sé.- respondí de inmediato y sentí una punzada de furia, pero no supe por qué.-Me inscribí en el taller de piano y según el horario… la clase es aquí.
El joven frunció el ceño durante un segundo pero después sonrió, curvando las comisuras de sus delgadísimos labios rosas. Rosas… como el tono de las verdaderas rosas coloration rosa.
-Pasa.- se hizo a un lado para dejarme entrar y así lo hice. Me encontraba en una especie de estudio.
Las paredes estaban revestidas con madera, y de ellas colgaban decenas de repisas llenas de gruesos libros empastados en piel. En el centro de la estancia había un par de pianos de media cola que descansaban sobre la brillante duela del piso. La pieza se iluminaba gracias a una lámpara en forma de hongo que colgaba del oscuro techo.
-¿Y el profesor?- pregunté después de hartarme de mirar los pianos. Aquel joven que miraba con aire distraído por la ventana, apoyado en uno de esos pianos, me perturbaba. Sus largas pestañas proyectaban una tenue sombra sobre sus ojos…
-Mucho gusto.- dijo él. La cabeza se me embotó.- Anster Fitzgerald.
-Tu…- se me hizo un hueco en el estomago.- ¿Tu eres ese tipo?- el muchacho arqueó las cejas.- Digo, esa persona…
-Limítate a conocerme como tu profesor de piano 1.- dijo él con una expresión de lo más tranquila y caminó hasta la otra habitación (que no había notado) en la que había al menos diez alumnos esperando. Me sentí idiota de repente, pero tomé asiento en un pupitre al fondo del salón.- Ahora que todo el grupo está completo.- sus ojos gris acero se clavaron en los míos durante un segundo.- Pondremos las reglas del curso. Este es un taller que dura dos años, con tres clases de dos horas por semana. Antes de que comencemos a tocar, deberán aprender más de la mitad de la teoría, ¿Entienden?
Todos menos yo, asintieron con la cabeza. Tal vez, al igual que yo, les daba un poco de miedo.
El profesor Anster salió un momento de la habitación y al minuto regreso cargado de gruesos y posiblemente, pesados libros empastados en cuero negro. Uno a uno los fue repartiendo, sonriendo y diciendo De nada”, pero cuando llego a mi lugar, deposito el libro con suavidad sobre la mesa y se alejo sin decir ni una sola palabra. Durante las siguientes dos horas nos limitamos a leer y comentar dos capítulos del libro que trataban sobre la historia del piano.
Piano, instrumento de cuerda con un teclado derivado del clavicémbalo y martillos y cuerdas derivados del dulcémele. Difiere de sus predecesores, sobre todo, en la utilización del sistema del martillo impulsado hacia las cuerdas por la tecla, que permite al intérprete modificar el volumen mediante la pulsación fuerte débil de los dedos. Por esta razón el primer modelo (1709) se denominó gravicembalo col piano e forte (‘clavicémbalo con suave y fuerte’). Su creador fue Bartolomeo Cristofori (1655-1731), fabricante de clavicémbalos florentino, al que se considera inventor del instrumento en 1698. Dos de sus pianos han llegado hasta nuestros días. La caja de uno, fechada en 1720, está en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York; la otra, de 1726, está en el Museo de la Universidad Karl Marx de Leipzig.
Al terminar la clase, ese hombre de cabello negro y despeinado, se levantó con elegancia de su escritorio y sin dirigirse a nadie en particular, anunció:
-Hasta la próxima semana. Sean puntuales, por favor.
Salí de aquel salón lo más rápido que pude, preguntándome por qué habría clase hasta el siguiente lunes si se suponía que la siguiente era el miércoles. Iba pensando en eso cuando un par de chicas de mi clase, pasaban a mi lado soltando risitas tontas.
-Es muy guapo.- decía una de cabello oscuro y falda a cuadros.
-Sí, pero no me creo que sea soltero. ¡Es un delito!- dijo otra de cara huesuda y después de soltar una risa especialmente idiota, se alejaron por el camino rumbo a los jardines. Solté un gruñido. ¿Guapo? Su piel estaba totalmente descolorida, sus ojos eran raros, y tenía pinta de maldito. Eso no period especialmente guapo, sino más bien siniestro. Revise mi horario y contenta miré que ya no tenía más clases. Tenía una memoria pésima, tal vez en dos tres meses ya tendría el horario en la psique.
El fin de semana que le siguió a mi primer mes de clases me la pase en el salón de paredes de cristal de esa enorme casa, tratando de imitar los movimientos de la profesora Florence, pero fracase olímpicamente. Ella era un cisne, y yo un pato con callos. Me levanté por… no recuerdo el numero de esa caída, pero me levante del suelo y recogí la cobija que había usado a modo de colchón para dejarla por allí. Oma odia que las cosas se queden tiradas, pero también odia que no estén en su lugar. Aún así la bote en la primera silla que vi, me puse los zapatos y salí al jardín. Allí estaba mi abuela charlando con alguien que reconocí al instante.
-Tú de nuevo.- solté sin mucha simpatía que digamos. Ver a André fuera de la escuela no me gustaba tanto.- ¿Qué haces aquí en sábado? Creí que trabajabas con tus calabazas los fines de semana. Puedes irte ahora, no me ofendería.- y sonreí mostrando los dientes. Esa es mi señal para intimidar gente.
-Hola.- él si saludo como es debido, salvo por ese extraño rubor que le cubrió el rostro de repente.- Venía a invitarte a conocer los sembradíos de calabazas. ¿Quieres venir? Tu abuela ya dijo que sí.
-Ah.- solté como si fuera un gruñido. No me emocionaba en lo absoluto ir a deambular entre tierra y calabazas, menos cuando Oma cometía el primer error en mi crianza: decidir por mí. Nota: odio las calabazas, la tierra, en resumen, todo lo que tenga que ver con la naturaleza, pero en especial a los entrometidos como André. El muchacho empezaba mal.-Gracias por preguntarle a mi abuela pero ya soy una niña grande que decide a donde ir y a donde no.- solté, mirando fugazmente a una Oma que se entretenía podando las flores de aquel jardín que no necesitaba ser cuidado. Siempre estaba perfecto. Pero André me lanzó una miradita de suplica que quise ignorar, sin éxito.- Bueno… supongo que servirá de algo conocerlo… cuando me dé por vender calabazas… por atentar contra ellas.- añadí en un susurro.
-¿Qué?
-Nada, André.- y volví a lanzarle mi sonrisa, pero eso parecía fascinarlo. Me detuve.
-No vayas a dejar que se arrojé por una pendiente.- le pidió Oma al tiempo que salíamos de los terrenos de la mansión.
-No se preocupe, señora.- exclamó él cuando lo único que se reconocía de mi abuela period su cabeza blanca y redonda.- Te cuidan mucho.- dijo, mientras caminábamos por la orilla del bosque en dirección al sur.
-Soy su única nieta.- le dije con las manos en los bolsillos a causa del frio viento.- Y su único pariente vivo. De la familia Dresden solo quedamos nosotros…- añadí en un tono que no dejaba lugar a más preguntas acerca de mi recién mutilada familia.- ¿Tú con quién vives?- ahora era mi turno de ser una entrometida.
-Con unos primos.- dijo André, mirando el cielo perlado de mediados de octubre.- No somos muchos pero parece que en casa vive un batallón. La guardiana siempre se queja de que somos unas bestias.- y rió con amargura.- A veces tiene razón.
Caminamos por el bosque hasta llegar a un claro lleno de calabazas. Enormes, naranjas y horribles… como lo suponía. Miré a André para reclamar pero no pude… comencé a sentir curiosidad por él mientras caminaba entre sus calabazas, escogiendo una tal vez. De repente me pregunte por su edad, pero él se me adelantó.
-¿Qué edad tienes?
-Veinte, ¿Y tú?
-Veintiocho.- respondió él, tomando un par de calabazas pequeñas del suelo. -¿Te importaría llevarle una a tu abuela?
-Sí, mucho.
-¿En serio?
Negué con la cabeza y sonrió.
Por primera vez, desde la muerte de mis padres, me sentí más tranquila y ligera, tanto que pude devolverle el gesto con toda sinceridad, al menos sin enseñarle mis dientes.
-¡Sabes sonreír!- grito André. Su voz hizo eco en el claro y me sentí enrojecer.
-Claro que sí.- solté, ofendida en broma.- Pero yo no parezco tan estúpida como tú.
Abrió la boca sorprendido pero volvió a sonreír… también yo.
Cuando llegue a clase de rítmica el lunes por la mañana, un frío glacial me recibió en el pasillo. Todo el terreno que rodeaba a la universidad estaba cubierto de una especie de llovizna que se había convertido en pequeños cristales en forma de gota. El cielo estaba blanco como si fuera a nevar, pero descarté eso de inmediato. Nunca había visto la nieve, así es que no podía saber cómo period un cielo antes de nevar. Subí al salón a toda prisa para calentarme un poco las piernas, y para mi mala fortuna, todo volvía a estar lleno de pupitres, y con fastidio pensé que el profesor Binns, si el viejo profesor había vuelto pero no, allí estaba Florence, flotando como de costumbre de un lado al otro de la pizarra, enfundada en un grueso abrigo rosa pastel.
-Buenos días, Camila.- me saludo con una sonrisa, poco antes de que el resto de la clase llegara.- Bueno, como no podemos hacer otra cosa más que usar el pizarrón, veremos un poco de rítmica hoy, ¿Se dan cuenta que hemos dejado ese tema completamente olvidado?
La profesora tomo un gis azul y comenzó a escribir una canción en el pizarrón. Me fije que escribía con la izquierda porque la mano derecha tenía una venda en la muñeca.
El resto de las clases resultaron tan aburridas como de costumbre… pero cuando llego la hora A (Anster) me alejé de los fríos edificios para internarme en los dominios de mi amargado profesor. Aun no podía creer que fuera hijo del encantador director Fitzgerald, pero lo period, era su primogénito, de hecho su único hijo. Tal vez la madre fuera la del carácter de los mil demonios, un tío, que sé yo. Me reí entre dientes de la pobre señora Fitzgerald que tenía que lidiar con ese engendro cuando alguien en especial apareció de la nada, haciéndome brincar del susto. Era Anster que me miraba desde un metro de distancia.
Parecía tranquilo, incluso feliz cuando me acerque un poco más. Aquella ocasión solo portaba un pantalón negro a la medida y una delgada camisa coloration vino.
-Buen día.- salude no muy segura de eso porque el clima daba asco, pero él sonreía abiertamente, bueno, todo lo abiertamente que permite una sonrisa que solo necesita de los labios.
-Estupendo.
Estaba feliz. Eso era un hecho… ¿Por qué diablos sonreía así? En verdad, daba miedo… pero me perturbo aún más cuando me miro de tal forma que mi corazón se detuvo un segundo. Sus ojos grises se iluminaron como un par de luciérnagas en medio de la noche. No puedo decir si eran hermosos no, pero si impresionantes porque estaban tan llenos de vida y frialdad a la vez que dolía mirarlos por mucho tiempo. Pero… me sentí bien mirándolos.
-Respira.- me dijo en voz baja.
-Pero si…- había dejado de respirar. Sentí como el aire entro de forma dolorosa a mis pulmones.- Gracias.- solté con voz rasposa.- ¿La clase ya comenzó?- pregunté, restándole importancia a la falla en mis signos vitales.
-Faltan veinte minutos.- respondió él sin dejar de mirarme.- Eres nueva aquí.- sentenció.
-Es obvio. Soy de primer ingreso.- solté con un suspiro de irritación.
-¿De dónde vienes?
-De un lugar muy lejos de aquí.- respondí, dándole a entender que no se metiera en el terreno private. ¿Acaso period una costumbre de los lugareños preguntar santo y seña de la vida de los recién llegados? Ese juego de preguntas y respuestas me tenia harta.
-Se más específica.- pidió, mirándome sin parpadear ni una sola vez… ¿ lo hacía cuando yo parpadeaba?
-No.- dije con fuerza.
No me agradaba la concept de intimar con un extraño tan extraño como ese, pero aún así prefería que me preguntara de mi procedencia en vez del materials del que estaban hechos los pianos del siglo XIX. Ante mi respuesta, sonrió y se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
-Eres una persona muy cerrada.- comento, mirando a su alrededor.- Y no solo para conversar, sino también para aprender. No te sientas especial, no eres la primera a la que le pasa algo así, más bien, me pareces del montón.
-¿Cómo dice?- solté ofendida. Ya me había aprendido la mayor parte de su estúpido libro.
-¿Crees que miento?- me preguntó con lentitud, ladeando un poco la cabeza.
-¿Qué? Yo no dije eso… solo que…- me miraba tan intensamente que me costaba hablar, pero pude decir.- Puedo tocar la melodía que nos enseñó la semana pasada sin equivocarme.
-Bien, pongamos a prueba tus dotes musicales.- dijo él con calma. Fuimos a la sala donde se encontraban los pianos y me indico que me sentara frente al negro de media cola.- Comienza… por favor.
Anster se colocó frente a mí, al otro lado de la habitación y miró un punto cercano a mi hombro. Me acomodé en el banco y contemplé las teclas como si fueran enormes gusanos blancos que se retorcían bajo mis dedos. Respiré hondo un par de veces, tratando de entender por qué solía meterme en esta clase de problemas, y aún más en éste cuando ni siquiera había practicado en un piano de verdad sino en el viejo teclado del abuelo.
Localicé las primeras teclas con las que comenzaba la melodía, la cual no period tan difícil. Toqué un par de notas con inseguridad pero al ver que me habían salido bien, continué. Era simple y alegre. No podía creer que mis dedos supieran donde colocarse exactamente. Cuando terminé, sonreí triunfante y miré al profesor. Éste tenía el rostro completamente inexpresivo. Estaba quieto y por un momento creí que iba a gritarme.
-No estuvo mal.- comentó con la misma expresión.- pero tienes que mejorar… mucho… demasiado. Te espero en el salón.- añadió antes de dejarme sola en esa habitación.
¿Por qué siempre lograba perturbarme más de lo que ya estaba?, me pregunté mientras tomaba mi mochila del suelo.
La clase fue más animada que de costumbre: Anster salió un par de veces. Cuando terminó, salí tan rápido como de costumbre. Y al caminar un par de metros lejos de esa casa, sentí la mochila más ligera de lo regular. Revise mis cosas y me di cuenta de que mi valioso ejemplar de Piano 1 se había quedado en el salón. Desanduve lo andado y levanté una mano para llamar a la puerta, pero me detuve. Adentro se escuchaban gritos. De inmediato reconocí la voz de Anster y la de mi profesora Florence.
-No digas tonterías.- dijo la voz del profesor, notablemente divertido.- él no tuvo la culpa.
-¿Qué no la tuvo?- replicó Florence.- Si no hubiera sido por sus absurdos inventos, yo no me habría lastimado la mano. ¿Acaso no se da cuenta que vivimos en el siglo XXI? Cualquiera pudo haber llamado a la puerta para curiosear, peor aún la policía pudo haber llegado.
-No debes culparlo de todo. Yo se lo pedí.- trato de tranquilizarla el hombre.
-¿Cómo no se me ocurrió antes? – Exclamó ella.- Eres su eterno defensor, su maldita tapadera… pero espero que sigas así el día en que lo descubran. Y no sólo a él, sino a toda la familia. Ya me imagino el espectáculo que dará la familia Fitzgerald, avanzando por el juzgado mientras todos nuestros enemigos se burlan y se alegran de que ya no estemos. En cualquier momento nos visitaran ¿Y por qué? Porque tú y tu hermano no pueden controlarse.
-Que merciless. Florence… si pasa eso tendré que llevármelo de aquí… de nuevo…
-A veces pienso que eso sería lo mejor, que él pero en especial tú, se marcharan de aquí definitivamente. ¿Sabes algo? Creo que ya es tiempo de que tomes tu verdadero lugar y dejes de jugar al profesor. No te queda bien lidiar con niños. Lo tuyo, es comandar ejércitos y llevarlos a la victoria.- guardó silenció un segundo.-Por cierto, alguien te busca.
Nadie habló. Traté de alejarme lo más rápido que pude pero apenas había movido un pie cuando la puerta se abrió de golpe y Anster apareció.
-¿Necesita algo, señorita Dresden?- preguntó con fingida calma.
-No…, bueno, sí.- balbuceé.
-No te desquites con ella.- dijo Florence, quien se acercó a la puerta. Me miro y sonrió.- Tranquila, no escuchaste nada malo, solo la ineptitud de mi esposo y la estupidez de mi hermano. Nos vemos después, Anster, Camila.- y con un suave paso, salió del estudio y camino hacia los jardines.
Anster y yo nos miramos.
-Olvide mi libro.- murmuré, rascándome la cabeza.
-Aquí tienes.- dijo él, ofreciéndome el volumen.
-Gracias.- le dije mientras lo tomaba, y sin poder contenerme, pregunté.- ¿Es su hermana?
-Sí.- respondió con lentitud.- ¿Por qué?
-No se parecen.- solté de golpe.
-Es que me tiño el cabello y uso lentes de contacto grises.- replicó con una sonrisa desagradable… como las de siempre.
-No es cierto.- repliqué, mirándolo atentamente.- Sus ojos son como los del director: grises.
-¿Te has puesto a compararme con los miembros de mi familia?- soltó con enfado.
-No… bueno, sí. Es que me pareció curioso que usted… precisamente usted fuera hermano de la profesora porque sinceramente creí que si era algo suyo, sería una esposa algo así.- Sonreí para no reírme, pero de inmediato sentí un desagradable calor en la cara. Tal vez había metido la pata de nuevo…-Cualquiera podría pensar lo mismo.- solté para justificarme.- ¿Verdad?
-No.- y se cruzó de brazos, abandonando todo asomo de humor.- Florence es mi hermana. Así nos comportamos pero nadie había malinterpretado nuestra relación.
-Supongo que me confundí.- murmuré, deseando evaporarme al momento.
-Un poco… pero te aviso que tengo una prima.- soltó él con frialdad.- Para que no pienses que es mi amante algo por el estilo.
Asentí en silencio. Yo tenía la culpa por entrometida. Levanté la mano para despedirme y di media vuelta para largarme de allí. Salí a la calle y esperé el autobús de costumbre, el cual, estaba tan lleno como siempre, pero al menos logré entrar y no ir colgando de la puerta. Cuando vi que me acercaba a la mansión, hice lo imposible para salir de allí. Me retorcí y logre escapar… pero sin mi mochila.
-¡Hey!- grité y logré jalar una de las correas antes de que el autobús arrancara. Verifique el daño pero no era tan grave, solo se había descocido un poco.
Caminé por la acera, pero ahora que me fijaba, estaba a una calle de distancia. Maldije por todo lo alto. Nunca podía bajar en la esquina exacta, ese estúpido autobús me dejaba una calle después una antes pero nunca allí. Entonces noté que alguien observaba mi casa desde la acera de enfrente. A medida que me acercaba, distinguí la figura del profesor. ¿Qué hacía allí?
-¿Olvide algo más?- pregunté desde la esquina. Era obvio que no, pero quería saber que lo traía a mis dominios.
-¿Qué haces aquí?- preguntó con brusquedad al verme.
-¿Qué hago aquí?- solté enojándome de verdad.- Pues vivo aquí. ¿Tiene algo de malo?
-¿Desde cuándo?- de nuevo comenzaba a interrogarme.
Me detuve justo frente a la entrada y me crucé de brazos. Allí había algo raro, pero decidí responderle.
-Dos meses… vine con mis abuelos.- sus ojos iban y venían de la casa blanca a mi.- ¿Qué le pasa? Hoy da más miedo que de costumbre.
-No pasa nada.- susurró. Sus ojos se detuvieron sobre los míos para después inspeccionar el resto de mi cara.- Disculpa que haya venido así. Te veo mañana, Camila.- y subió a un hermoso auto negro deportivo que se alejo a toda velocidad.
Camila. Period la primera vez que me llamaba por mi nombre… de cualquier forma. ¿Mañana? Mañana period martes… día no Anster.
Y muy tarde comprendí que no se refería a vernos precisamente en una de sus clases.
Durante la mañana del martes me la pase tan inquieta que ignore al mundo por completo. Cuando salí de mi última clase vi a Anster discutir con una mujer en medio del pasillo. Bendita la hora en la que había tenido la suerte de verlo pelear con sus mujeres…
-No va a pasar nada malo.- decía él entre dientes.
-Tú no lo sabes.- lo contradijo una hermosa mujer de un cabello tan negro como el suyo que le llegaba hasta los codos. Vestía un traje sastre rojo sangre.- ¿Qué pasa si lo recuerda todo?
-No lo hará.- afirmó el apretando los puños.- Florence…- pero su frase quedo en el aire al darse cuenta de que lo miraba. Me sonrió.
Dios mío aquel hombre estaba loco. Miré a mí alrededor para buscar una ruta de escape pero en cuanto la mujer que hablaba con él se giró para mirarme, me quede quieta, igual que una rata que siente la presencia de alguien cerca, muy cerca de ella. La mujer era blanca y de ojos azules… unos ojos azules que me evaluaban.
-Buen día Camila.- me saludó Anster con una inclinación de cabeza. Ni un solo cabello se le movió. Volví a pensar que en verdad, cómo esa cosa pálida podía ser hijo del encantador y dulce director.- Te presento a Lilyth, mi prima-hermana.
Asentí en señal de reconocimiento. Esa mujer period muy parecida al otro. Igual de altos, igual de pálidos, igual de raros.
-¿Qué tal, Camila?- sonrió la mujer y su expresión cambió por completo. Parecía tan angelical como Florence, pero tuve mis reservas. Me miró un momento y después se dirigió a su primo-hermano.- Espero que sepas lo que haces.- y se dirigió al último salón del pasillo.
Cuando nos quedamos solos…
Ahora que lo pienso, cada vez que se pelea con alguien, yo soy la que se queda con él…
Cuando nos quedamos solos… Anster me miro poniéndose muy serio.
-¿Tienes algo que hacer después de la escuela?
-Sí.- mentí, y él lo supo.- Bueno, no… ¿Quiere hacerme practicar hasta que me sangren los dedos?
-Lo que quiero que pierdas, es la razón.- abrí los ojos sorprendida.- pero no por tocar el piano. Acompáñame por favor.- un destello malévolo ilumino su mirada.
-Claro que no.- me rehusé de inmediato.- Usted está rematadamente loco.- me di la vuelta y corrí hacia las escaleras. Pero ese profesor y sus largas piernas me cerraron el paso. Estábamos completamente solos en aquel piso. Nadie podía ayudarme, pero gritar serviría para alertar a quien fuera.-Déjeme pasar.- gruñí, apretando los dientes, pero él solo sonrió.- ¿Qué, no oye?
Esa sonrisa se acentuó. Retrocedí un poco.
-Por favor, acompáñame, necesito hablar contigo de algo verdaderamente importante. – Me negué.- Te lo suplico.
Me acomode la mochila en el hombro y evalué la situación. Irme acompañar a mi horny pero demente profesor a un lugar desconocido… suspiré resignada. Una parte de mi creyó que aquello era una pésima thought, la parte que suele ser la de no conciencia, pero la otra, la rara, me empujo a caminar tras él. Me intrigó su comportamiento obsesivo-compulsivo hacia mí. Así es que lo acompañe hasta su estudio pero no entramos sino que lo rodeamos. La parte trasera tenía una especie de columpio para dos desde donde se veía un camino que llevaba a las profundidades del bosque.
-¿Puedo preguntarte algo?- me dijo de repente.
-Claro, por eso estoy aquí, ¿No?- gruñí mirando el trozo de bosque que allí había. Aquella construcción era muy parecida a la mansión de los abuelos. Me intrigo.
-¿Qué imagen tienes de mi?
Me detuve y lo miré. Estaba más loco que una cabra.
-Me refiero.- dijo con suavidad.- a qué clase de persona crees que soy… y no te sientas obligada a decir algo que no sientas. No tomare represalias contra tu calificación.
Lo mire un momento más, un minuto a decir verdad.
-Pues creo que usted…
-Háblame de tu.- me indico con un dejo de dulzura en la voz.- te he cuestionado bastante como para que aun me tengas respeto.
Ah, en ese caso…
-Pues creo que eres un actual y completo imbécil.- solté de un tirón.
Anster se detuvo y parpadeo un par de veces.
-Bien…- carraspeo un poco.- ¿Algo más?
-Sí, además de lo imbécil odio que las personas dispongan de mi tiempo como se les venga en gana. Además, odio que me trates como basura… ah, y que te aparezcas en mi casa y te largues sin más. ¿Eso qué fue?
El profesor movió la cabeza negativamente.
-¿No era eso lo que querías escuchar?
-No exactamente.- soltó con frialdad.
-Bueno…- tal vez me había excedido un poco.- No sé. No ha pasado mucho tiempo como para conocerte realmente, pero esa es la impresión que tengo de ti. Quejas a decir verdad… pero tal vez se deba a tu faceta de profesor… la cual es muy aburrida.
-De lo contrario nadie me prestaría atención y las alumnas se limitarían a ir a mis clases solo para verme.- soltó con descaro.
-¿Crees qué eres guapo?- pregunté no muy convencida de ello.
-Sácame de mi error entonces.- Se acercó más de lo normal. Pude distinguir cada una de sus pestañas, y el sonido de su respiración me llego claramente a los oídos.- ¿Sabes que no eres la primera mujer que me encuentra imbécil?
-¿Preguntas muy seguido?- le dije, sin apartar mis ojos de los suyos.
-Sí, cada vez que me siento inquieto me encuentro frente a alguien diferente…
-¿Crees qué lo soy?
-Si… Otra en tu lugar ya me hubiera besado debido a lo juntos que estamos, al menos se le hubiera alterado el ritmo cardiaco, pero tú, estás más tranquila que antes…. ¿Te gustan los hombres?
-¿Qué?
Sonrío.
-Solo bromeaba.
Me impresiono mi autocontrol. En otro momento y con alguien más hubiera salido corriendo, pero con él, me daban ganas de quedarme así, uno frente al otro, separados por unos centímetros sin otra cosa que hacer más que mirarnos.
-Eres extraña.- continuó, mientras el cielo se nublaba por encima de nuestras cabezas.
-Mis padres decían eso.- susurré, recordándolos de repente.
-¿Por qué vives con tus abuelos?- pregunto sin más.
-Porque son mi única familia viva.- le respondí con tono sombrío.
-Lo siento.- dijo él. Y se alejo un poco. Pestañeó y sus ojos brillaron.- A veces no me doy cuenta de que el mundo no gira a mi alrededor.
-Eso es bueno. Te hace menos imbécil.
Sonrió y se alejo por completo. Lo miré sentarse en el columpio, y entonces caí en la cuenta de que acababa de hablarle de mis padres sin ningún asomo de duda… Con un movimiento de la mano me indico que me sentara a su lado. Dudando, me senté con cuidado. Mi espalda pego con el respaldo y aguarde el golpe contra el suelo pero el columpio parecía fuerte.
-Tranquila.- susurró Anster cerca de mi hombro. Lo mire de nuevo… creo que si era guapo.- ¿Por qué decidiste estudiar música?
La misma platica de André, pensé.
-La verdad fue para molestar a mis padres y hacerlos gastar más dinero del que teníamos… al principio no me importo pero cuando vi que papá comenzaba a trabajar turnos dobles, me sentí culpable y pensé estudiar otra cosa más productiva pero eso hubiera sido empezar desde cero y gastar más dinero.
-¿Y quién paga tus estudios ahora?
-Mis abuelos paternos son ricos… No tienen muchas aficiones que los hagan gastar el dinero, pero les gusta vivir bien y con lujos, siempre fue así pero a mí no me gusta nada de eso y a veces… me siento incomoda viviendo en ese lugar.- confesé.- No es que esa casa sea fea, me gusta mucho en realidad, pero no la siento mía.
-¿Cómo llegaste hasta allí? Platícame.
-No sé por qué mis abuelos eligieron este lugar…- lo mire.- pero cuando lo hicieron, esa casa era lo único disponible que había.- Anster estaba pensativo.- ¿Qué hacías ayer en ese sitio?- no dejaría pasar aquello.
-Contemplaba mi antiguo hogar.- respondió con sencillez.
-¿Viviste allí? – el ritmo cardiaco se me disparo.- ¿Cuándo?
-Hace mucho.- murmuró, mirándose las blancas manos de nudillos rosados.- Tal vez cuando tus abuelos aún no nacían…- y sonrió.
-No te ves tan viejo.- le dije, creyendo que me hablaba en broma, pero siguió mirándose las manos.- ¿Qué edad tienes?
-Veintitrés.-giró la cabeza hacia mí.- ¿Y tú?
-Veinte… pero, un momento.- lo miré de nuevo.- ¿veintitrés? Eres muy joven para ser profesor y subdirector, ¿no te parece?
-Sí, pero tengo influencias para poder trabajar aquí.- sonrió.-Anda continua.
-¿Por qué dices que viviste allí hace mucho?- resoplé.
-No me hagas caso… tengo un humor extraño.- me aseguro moviendo la cabeza afirmativamente, como si ese movimiento autentificara la veracidad de sus palabras.
Asentí. En realidad su personalidad parecía la de un niño de diez años, y su rostro period tan joven…. Me mentía y tal vez tenía mi misma edad… pero ya era profesor…
-¿Solo venimos a hablar de mí?- tenía que cambiar de tema antes de que me pusiera a contemplar la veta verde de sus ojos.
-¿Te molesta?- volvía a sonreír.
-Si.- afirmé.- porque es raro que un profesor se comporte así con una alumna… Deberías ignorarme como el resto, me haces caso… ¿Eres un pervertido?
-No… – respondió mirándome con aire divertido.
– Tú y yo no nos conocemos y francamente deseo que las cosas sigan así. No te ofendas pero además de imbécil, te sobrevaloras.- me deje mover hacia atrás y hacia delante mientras el viento helado jugaba con la copa de los arboles.- ¿Qué es eso de hacerte amigo de una alumna que acaba de llegar? ¿No te parece un poco raro e idiota?- Él me miro con enfado, pero pronuncie más mi sonrisa.- ¿Quieres sinceridad?- asintió.- No me creo ni una sola de tus palabras, profesor Fitzgerald. Francamente pienso que te traes algo muy extraño entre manos, y es algo que no quiero saber.- me levanté de un salto del columpio.- Ahórrate todo este circo y limítate a ser solo mi profesor. Es más cómodo y fácil.
-¿Y si no quiero?- me reto, levantándose también. Pero a diferencia de mi, él si se acerco aun más.- Respóndeme, Camila.
Agaché la cabeza de manera instintiva pero no en señal de timidez, sino para respirar hondo. Volví a levantar la cabeza y sonreí.
-Te vas a arrepentir.
Di media vuelta, y me marche de allí lentamente.
-¿En verdad lo crees?- susurro.- Porque en realidad… ya estoy arrepentido por haberte metido a mi vida.
3
Anster, semejante a mí
El miércoles por la tarde cuando llegue al estudio de Anster, creí que éste me recibiría sonriendo, pero en vez de eso, soltó con frialdad:
-Diez minutos tarde. Otra falta así y tendré que suspenderte por una semana.
– Pero…
– A tu asiento, por favor.- me ordenó sin mirarme siquiera.
-¿Qué?
-¡Ahora!
Molesta y sumamente confundida me senté en la silla de siempre, pero en venganza hice mucho ruido. Mientras daba su clase, no hice más que mirarlo con reproche. Su comportamiento del día anterior tendría que deberse a un serio y peligroso trastorno de bipolaridad. Mejor mantenerse lejos de él… por si acaso.
Cuando terminó la clase guarde mis cosas de inmediato (como siempre) y me dispuse a evaporarme de allí, pero su majestad me abordo.
-Dresden, un momento por favor.- me acerqué a él con recelo. ¿Y si le venía el oscuro deseo de estrangularme? Y mi miedo ante eso creció cuando todo el mundo se fue y nos quedamos tan solos como de costumbre.- lo siento mucho pero en clase no puedo tratarte con la misma cordialidad de ayer… eso despertaría un poco de curiosidad en los otros.
-¿De qué cordialidad hablas?- solté.- Pues a mí no me gustan esa clase de circos: ahora te trato bien, mañana no. Si llegue tarde fue porque tenía que ir al baño. ¿A usted nunca le ha llegado una urgencia como esa? Pero no se preocupe, la próxima llegaré antes… ah, no… también si llego antes, a usted le da por molestarme. ¿Le parece a las doce en punto… profesor Fitzgerald?
-Cuando estemos a solas puedes llamarme por mi nombre.- sonreía de nuevo con los labios.
-Gracias pero no me viene en gana llamarlo por su nombre. Ya bastante tengo con su humor como para permitirme tutearlo. Me cansa.
– Como quieras… – dijo.- Por cierto, ¿Qué tan mal está el piano de la mansión?
-¿Qué piano?- me enfermó la thought de que estuviera más enterado del mobiliario de mi casa que yo misma… el único ser que habitaba en ella porque a decir verdad, mis abuelos nunca estaban.
-El que está en el salón.- levantó la mirada de su escritorio y la poso en mí, esperando la respuesta.
-En la mansión no hay ni una tecla que ruede por el piso, ni otra cosa que no sean habitaciones llenas de polvo y triques. ¿Por qué eres tan sucio eh?
-¿Segura?- parecía inquieto.- ¿No está en otro lugar? ¿Quizás en el sótano la bodega?
-¿Hay un sótano?- pregunté asombrada y él puso los ojos en blanco ante eso.- No he tenido tiempo para revisar el resto de la casa.- me excusé.- Pero si me queda un poco, puedo revisar… ¿Para qué lo quieres? Ya no te pertenece… ¿ sí?
-Fue un regalo de mi prometida.- respondió con sequedad y volvió a clavar la vista en sus papeles. Esperé a que volviera a hablar pero no lo hizo y eso fue mucho mejor ya que no me gustaba saber acerca de la vida amorosa de los demás.
-¿Ya puedo irme?- aventuré.
-Si…- dijo vagamente pero después volvió a mirarme… risueño. Me eche hacia atrás verdaderamente asustada.- ¿Puedo acompañarte a casa?
-¡Claro que no!- la sola concept me escandalizo.- ¿Qué te pasa? Desde ayer estás muy extraño y la verdad me estás asustando.
Me di la vuelta y huí de su estudio cerrando de un portazo. A grandes zancadas salí a la calle y para mi buena suerte, el autobús de regreso estaba parado mientras la gente subía. Una vez arriba localicé varios asientos vacios al fondo y me deslicé hasta ellos, cuando…
-¿Viajas en autobús?- preguntó una vocecita grave.
-¿Pero qué diablos?- grité.
Allí estaba el profesor bipolar, cómodamente sentado junto a la ventanilla.
-No grites.-me regañó con una mueca.- La gente va a pensar que estás loca. Además, las dementes dan mal aspecto al transporte público.
-¿Qué haces aquí?- solté, aún sin sentarme.
-¿No es obvio? Tengo que ir a un sitio. Pero siéntate que estorbas.- volvió a regañarme.- ¿Tu abuela no te enseñó a comportarte qué?
Cierto, había gente que deseaba sentarse también. Tragándome mi asombro, me senté a su lado. Abrí la boca para preguntarle lo que fuera pero nada salía por ella, y él no hizo otra cosa que mirar el paisaje a través de la ventanilla. Asentí en silencio y me limite a esperar que el autobús llegara hasta la calle de mi casa. Cuando la vi, me levanté y toque el timbre. Anster seguía allí mirando la calle. Bajé.
-Llegamos.- soltó justo en mi oído.
Di un brinco tan violento que incluso grité… otra vez.
-¡Deja de hacer eso!- le espeté.- Y también deja de seguirme… ¿Qué diablos haces aquí? ¡Lárgate!
-Quiero ver si mi piano sigue por aquí.- respondió con sencillez. Buscó algo en el interior de su chaqueta y sacó unas gafas oscuras para ponérselas.
-Está nublado…- le avise.- En verdad eres bastante idiota…
-Ya lo sé.- admitió.- pero no me las pongo por eso. Ah y que esta sea la última vez que me dices idiota, Camila juro que te daré una bofetada para que aprendas a respetar a tus mayores.
Sin que lo invitara a seguir, abrió las verjas de la mansión y avanzó resueltamente por el camino de piedras que llevaba hasta la puerta. Lo seguí de inmediato para detenerlo.
-Oye.- y lo tomé del codo con fuerza.- Que hayas vivido aquí no te da derecho a meterte como si fueras el dueño.
-Disculpa.- sonrió, pero no a mí si no a alguien que se encontraba un poco más allá. Justo en la entrada.- Buenas tardes.
André estaba de pie con una caja de madera en los brazos, la cual soltó de inmediato en cuanto vio a Anster. Las pobres esferas naranjas rodaron por el suelo.
-Fitzgerald.- dijo el rubio con una evidente muestra de desagrado en la voz pero sus ojos estaban abiertos por la sorpresa de ver al profesor allí.
-¿Puedo saber qué es lo que haces, precisamente aquí?- le preguntó Anster, cruzando los brazos sobre el pecho, irguiéndose. -Herkomer.- añadió en un tono teatral.
-Claro… pero te lo diría si la casa fuera tuya.- sonrió el otro de una manera tan rara que incluso los ojos se le cerraron durante un momento.- Camila, ¿Está tu abuela?
-Pues sí sigues afuera, quiere decir que no.- respondí con un poco de frialdad, y él lo noto. André estaba cruzando la delgada línea entre vecino y molestia.
-¿Puedo dejarte esto? Son calabazas.- miró la caja volcada y las calabazas en el suelo. De inmediato se agachó para recogerlas.
-Calabazas pequeñas para hacer ricos platillos y quedar bien.- soltó Anster, y mi gemido le hizo eco. André parecía enfurecerse a momentos.- El hecho de verte me trae tantos recuerdos… Es como si el tiempo no pasara en esta parte del bosque, todo sigue igual que siempre, ¿verdad?
-Por supuesto que todo sigue igual.- respondió el muchacho rubio.- Dile a Oma que espero que le gusten. Te veo mañana.- le lanzó una mirada asesina a Anster y se marchó por el patio de atrás a grandes zancadas.
-¿Eres amiga de ese muchacho tan amable?- preguntó mi profesor, quitándose las gafas.
-No pero fue el primer tipo que conocí cuando llegué a este hermoso lugar… y al parecer eso hace que se tome atribuciones que no le corresponden… actúa igual que otro tipo que conozco.- gruñí.- Oye… ¿Por qué la hostilidad? – Eso me intrigó.- no es que me importe ni nada, es más, si se matan me daría lo mismo, pero que se hayan tratado así en la puerta de mi casa, me inquieta un poco.
-¿Hostilidad?- repitió, poniendo cara de inocencia.- Pero si a mí me divierte mucho ese joven. Tan rubio y tan alto que parece un verdadero modelo. Es muy atlético. Y muy guapo, además de que cultiva calabazas. Un verdadero sueño para las mujeres, supongo que es el hombre perfecto.- y al decir eso soltó una risita.- ¿En verdad crees, que después de pensar en todo eso, me cae mal? Tal vez sea envidia de mi parte.
-Claro.- murmuré.- De no haber sido por tus gafas de diseñador, estoy segura de que lo habrías matado con la mirada.
-Mmm… creo que él es quien tiene algo contra mí. Me culpa de algo que francamente no recuerdo.- Anster fue a mi lado y me guiñó un ojo.- se me da muy bien olvidar las situaciones desagradables… ¿Quién eres tú?
No dije nada. Me aparté de él con cierto asco y me agaché para cargar la caja pero su peso estaba más allá de mis raquíticas posibilidades.
-¿Me permites?- se ofreció él y con un encogimiento de hombros le di espacio. La cargó con una facilidad bastante chocante, pero lo dejé pasar al interior de mi casa no muy convencida de que fuera lo más sano. -¿Puedo entrar a tu casa?- preguntó.
Abrí la boca.
-¿Hablas en serio?- gruñí.- No me digas que ahora eres todo un caballero…- sonrió.- Sí, puedes entrar.- solté con fingido cansancio. Anster estaba fastidiándome más de la cuenta.
-Primero tú.
Suspiré y entré. Él me siguió un par de metros pero después se fue directo a la cocina y regresó al cabo de un minuto, sacudiéndose el polvo del pantalón.
-Gracias… pero ya vete.- le pedí.
-Tu abuela le dio un tono hogareño a esta casa. Usualmente parecía una oficina.- hizo caso omiso de mis palabras.
-Aja, así es ella, pero lo digo en serio, vete de una vez. No quiero que me causes problemas. Tal vez tu padre sea versatile, pero mis abuelos no, además de que no me gusta dar explicaciones.- le enseñé la puerta, la cual estaba abierta de par en par, pero él no se fue, al contrario, se quedó donde estaba.-Anster, vete.- levanté la voz, pero en respuesta, cerró la puerta con un golpe.- ¡Oye!
Sus ojos volaron hacia el salón con paredes de cristal.
-¿No te molesta que un extraño charle contigo y entre a tu casa sin ninguna razón aparente?
-¿Qué? ¡Pero si es lo que he estado gritando desde el lunes!- solté llena de furia.- Odio tu actitud, odio tus clases, odio tu sentido del humor, te odio por completo así es que lárgate y deja de estar de fisgón en una casa que ya no te pertenece. Anster, viviste aquí. Ya la conoces, si quieres revisar que todo esté en orden, te aviso que si lo está. ¡Vete!
-Bien.- de nuevo me prestó atención.- Me iré, pero si me haces un favor.
-No puede ser.- solté llena de frustración, incluso pegue un par de saltos en señal de queja.
-No creas que me acerqué a ti por la casa, yo ya tengo una, además de una gran cantidad de personas que quisieran que me quedara a dormir con ellas.- maldito engreído.- Como sea, quítate esa concept de la cabeza.- y se acercó a mí, y con una suavidad totalmente inesperada, me tomo de la mano. La aparte de golpe pero él la atrapo con fuerza entre las suyas.- Si te busco, es porque me siento bien contigo. Sé que ahora no lo entiendes pero algún día, te arrepentirás de haberme mirado siquiera.
-¿Quién te cube que no me estoy arrepintiendo ahora mismo? De hecho, desde que llegue a ese taller no he hecho otra cosa más que zafarme de él, pero por una razón u otra no puedo, pero aunque lo haga, no podre alejarme totalmente de ti, porque el otro taller lo da Lilyth… Da exactamente lo mismo, ¿No?… Ya te conozco… a partir de ahora haga lo que haga estarás allí…. ¿Verdad?- solté a modo de queja.
No respondió. Con la misma suavidad con la que me tomó, me soltó. Nos miramos un instante, pero en aquel acto, sentí algo extraño. Anster ocultaba algo… de repente, deje de sentirme yo, fue como si diera un salto hacia delante… como si creciera de golpe, como si una pesada carga, lo que fuera que estaba sobre mí, se esfumara… ¿Era él, que con su presencia había llegado a cambiar las cosas? Parpadeé porque esa mirada era atrayente, pero no en un sentido erótico, sino en uno dañino…
-¿Puedo pasar?- susurró, señalando el salón con uno de sus dedos blanquísimos.
No sé porque lo hice, pero asentí… creo que fue el comienzo de mi lluvia de sí, claro”, respecto a él… nunca le he negado nada…
Lo seguí hasta la puerta, pero no entré. Lo miré pasearse por la enorme estancia. Su alta y delgada figura se reflejaba en los vitrales de las paredes como si fuera un fantasma que flotaba de aquí allá, recordando el antiguo lugar donde solía pasar el tiempo. Se movía con suavidad, casi con delicadeza en medio del salón y poco a poco se fue acercando al único cuadro que había allí, el de dos seres sentados sobre un barril. Fui a su lado y ambos miramos la pintura.
-¿Qué significa que no tengan rostro?- Pregunté con resignación. Ya que no iba a irse preferí sacarle jugo a su presencia.
-Quiere decir que aun están con vida.- susurró, acariciando el rostro del ser que parecía ser una mujer gracias a su largo cabello dorado.
Me estás tomando el pelo”, pensé, pero con otra clase de palabras… más vulgares. No puedo ser tan escatológica en mi propio diario…
-Vivos en teoría.- añadió con más fuerza. De nuevo nos miramos.- ¿Bailas?
-¿Eh?
Sin previo aviso me tomó por la cintura y me llevó sin ninguna dificultad hasta el centro del salón. Trate de hacer algo, pero tenía el cerebro atascado pues sus manos rodearon mi talle y quedé pegada a su cuerpo, con los labios a la altura de su mentón. Fue allí, justo en el segundo en el que levanté el rostro y él bajo el suyo, cuando me sacudí con fuerza para soltarme. Lo empujé, pero a él no pareció molestarle, al contrario, parecía divertirse haciendo trizas mi cordura.
-¿Por qué yo?- grité.- ¿Por qué hablas conmigo? Hay decenas de alumnas en esa odiosa escuela, cualquiera querría estar contigo. Las oigo hablar a todas, en la cafetería, en los salones, en los jardines, antes y después de clase. Todas las mujeres de ese lugar están locas por ti, ¿Por qué ir tras la nueva que te odia?- y entonces caí en la cuenta.- Es eso… como a mí no me gustas por eso me molestas.
-No es así.- dijo.- Te sigo porque me simpatizas.- repitió su eterna mentira.- Aunque… en realidad, ni yo mismo sé qué es lo que hago exactamente aquí… pero…- me miró directo a los ojos.- curiosamente no me siento incomodo… ni nada de lo que había previsto…
-Eso no responde a mi pregunta.
-¿Qué quieres que te diga entonces?- me preguntó, cruzándose de brazos, y poniendo una expresión tan seria que parecía estar de broma.
– La verdad.- solté, más para mí misma que para él.- Sólo quiero saber el porqué de tus locas pláticas. – Eso lo hizo reír.- Hablo en serio…tendré que eliminarte de mi reducido grupo de amistades.
-¿Me consideras un amigo?- se sorprendió, pero su propia pregunta lo dejó en silencio, un silencio en el que alargo un dedo y comenzó a jugar con el lóbulo de mi oreja derecha. Tenía la piel tibia, pero moví la cabeza en señal de disgusto.
-Ya basta.- dije con brusquedad y me encaminé hacia la puerta.- Hazme el gran favor de irte. Vete de una buena vez.
Anster me siguió hasta la puerta. Había un gesto travieso en su rostro. Le lancé una mirada de profundo odio, se fue y cerré de un portazo. Me recargué en la puerta y respiré profundo. Ese hombre era más extraño y retorcido de lo que parecía. Incluso sentí escalofríos al recordar su dedo en mi oreja. Me llevé una mano a ese lugar, y lo froté con fuerza para quitarme la sensación de su caricia. Tomé mi mochila que seguía en el piso a un lado de la puerta, y subí a mi habitación. Durante la hora de la cena, picoteé mis calabazas, cortesía de André, mientras Oma y Nataniel platicaban animadamente de su día.
-Deberías de haber venido.- decía Oma, con la boca llena de comida.
-Si abuela, pero a esa hora estaba en la escuela. Estudio, ¿Lo recuerdas? universidad.- solté sin mucho ánimo, pensando aun en la impertinencia de Anster. – No tengo mucho tiempo libre como para irme de día de campo como… otras personas.
-¿Y ahora qué te pasa?- soltó molesta, mientras Nataniel me observaba, como evaluando mi estado de ánimo.- ¿Te peleaste con André?
De un solo golpe me tragué lo que tenía en la boca. Tosí un poco pero con la vista clavada en el plato, le respondí:
-No abuela, no puedo pelearme con André porque ni siquiera somos amigos, solo somos vecinos. Me duele la cabeza. Tuve un día pesado y mañana va a ser peor…. Así es que no se preocupen.- los miré y sonreí. Nataniel no se convenció pero no dijo nada, en cambio mi dulce Oma, abrió la boca pero la esquive al instante.- Me voy a la cama.
Me levanté de la mesa y llevé mi plato aun lleno a la cocina. Lo dejé en el fregadero y al darme la vuelta para subir a mi habitación, vi a Anster sentado sobre la parrilla de la estufa.
-¡Eh! – Di un respingo que me elevé unos cuantos centímetros del suelo.- ¿Tu aquí? … ¿De nuevo?… no puede ser.- y me lleve ambas manos a la cabeza. No podía creer en mi mala suerte.
-Sí yo aquí y sí, de nuevo. Vine a disculparme por lo que te dije.- su voz period suave. Maldito hipócrita. Siempre me gritaba y ahora me susurraba.- Disculpa.
-¿Cómo entraste?- su extraña disculpa me importaba muy poco. Lo que me inquietaba era el hecho de que hubiera entrado por otro lado que no period la puerta principal.- Eres un maldito ladrón, ¿Verdad? Vas a aprovecharte de unos ancianos que cenan en la otra habitación.
Trató de tenerme paciencia.
-Entré por la puerta de atrás.
-¿En serio?… No, espera, – me quedé impresionada.- ¿Hay una puerta trasera?
-Si.- y se levantó de su nada cómodo asiento. Pasó con suavidad a mi lado como si se tratara de una brisa nocturna y se acercó al refrigerador.- ¿Ves esto?- me señaló una esfera dorada de latón pegada a la pared. La jalo hacia sí y una puerta apareció de la nada. Me asomé y contemplé el oscuro jardín que lindaba con el bosque al que nunca había ido. Él volvió a cerrar.- Era mi salida secreta. Constance y yo solíamos usarla cuando Debra estaba de mal humor.
-¿Quiénes?- esos nombres de mujer parecían un nuevo invento suyo. Junto con mi escepticismo sentí una ligera, pero clara punzada de enfado a la altura del estómago.
-Constance.- repitió, alzando las cejas.- La cuñada de Florence se llama así. Ella y yo habitamos esta casa hace mucho tiempo. – y miró a su alrededor con aire pensativo, casi nostálgico.
– Que bien.- dije sin mucho interés.- ¿Solo venias a mostrarme las salidas secretas de la casa venias a disculparte como debiste haberlo hecho antes?
– No me parece extraño que entre tú y yo se den esta clase de cosas. Me refiero a peleas, comentarios que van más allá de lo meramente académico, vamos, más personales.- me miró atentamente evaluando mi reacción, pero yo permanecí quieta, asimilando esas palabras que cada vez, tenían menos sentido. – ¿Quisieras hablar en otro lugar?
-¿Para qué?- solté, cruzándome de brazos.- Lo único que dices me parece un montón de basura. No te conozco, y tú a mi tampoco. Así es que dejémonos de estupideces y dime qué es lo que tanto estás buscando. Si es algo relacionado con tu casa dímelo y veré que puedo hacer, pero si deseas algo más, déjame aclararte que no funcionan así las cosas cuando se trata de mí.
Arrugó el entrecejo y se llevó un dedo a los labios, acariciándolos mientras pensaba. Tardó un poco pero al ultimate asintió para sí mismo.
-¿Podemos hablar arriba?- pidió.- No quiero que tus abuelos me sorprendan aquí y piensen que metes a tipos extraños a la casa mientras ellos no están.
Con un suspiro de exasperación, tome a Anster de la mano y, con mucho cuidado y procurando hacer el menor ruido posible, subimos hasta el segundo piso para enfilar un pasillo y entrar a la primera habitación abierta que encontré. Nunca había estado allí, en realidad, nunca había estado en ninguna habitación de la mansión en todo el tiempo que llevaba viviendo allí; pero ésta era como un despacho, con libreros completamente llenos y un escritorio en el centro, justo bajo un candelabro rebosante de polvo y telarañas. Si observaba bien, tenía una que otra araña danzando por la inerte cristalería.
-¿Qué es esto?- le pregunté al antiguo propietario de aquello.
-El estudio de mi padre.- respondió él, caminando tras de mí.- Period un escritor frustrado. Le fascina la lectura, y en una de tantas tardes descubrió su verdadera vocación: la música. Por eso ahora se dedica a dirigir la universidad.
– ¿Por qué actúas como un loco?- quise saber, dándome la vuelta para encararlo. Mi movimiento fue tan rápido que no tome en cuenta su cercanía. Quedamos uno frente al otro, pero ninguno retrocedió.
-No soy muy sociable, Camila. Al igual que tú, tengo pocos amigos, nunca salgo a fiestas ni visito otras casas, no sé cómo abordar a una alumna que me causa tantos dolores de cabeza.- dijo con sencillez y fue a sentarse sobre el mugriento escritorio.
Yo me quede donde estaba. Estudiando su rostro, el cual, si era sincera, me gustaba mucho. Tenía unas facciones muy raras, eran delicadas pero no femeninas. Su rostro parecía una máscara. Cuando guardaba silencio sentía que podía estar cerca de él… pero hablaba de cosas tan raras para mí que en lugar de sentir curiosidad me asustaba.
-¿Por qué dejaron esta casa?- traté de iniciar una plática tranquila y coherente.
-Es muy grande.- dijo en voz baja. Tenía las manos sobre los muslos y las miraba.- En el pasado, mi familia period muy numerosa, pero con el tiempo todos se fueron. Así es que los que quedamos decidimos irnos a un lugar más conveniente. No está lejos de aquí, si alguna vez necesitas de un hogar en el que nadie pueda encontrarte, no dudes en ir a una casa que se encuentra en el inside del bosque, justo al final del rio. Las puertas de mi hogar nunca estarán cerradas para ti, Camila. Lo juro.
Mi corazón latió con fuerza. Sus comentarios, que para cualquiera podrían ser interpretados como muestras de educación, me parecieron una promesa genuina. La voz, el gesto, todo me indicaba que no mentía. Fue extraño estar así con él. Preguntarle cosas a cambio de promesas. Me dio miedo y una aplastante sensación de extrañeza pero de cualquier manera, lo deje seguir.
-¿Por qué me buscas?- inquirí.- Te repito que tú y yo apenas nos conocemos.
-Las cosas que llevan a que dos seres se acerquen para relacionarse, no son del todo claras.- la tenue luz que entraba por la ventana del estudio, le iluminaba solo un lado del rostro, lo cual, le daba un aire misterioso que envolvía su ya de por si rara persona.- Se piensa que una persona debe reunirse con otras personas afines a ella, pero no es obligatorio que eso ocurra. Una chica aparentemente regular puede estar con alguien como yo.- enarqué una ceja.- Me refiero a que tú y yo somos aparentemente diferentes, y aún así, estamos aquí.
-Aparentemente diferentes.- repetí. Anster estaba hablando de algo que yo no alcanzaba a comprender.- ¿Qué es lo que podría unirnos a ti y a mí? Por favor, sé más claro porque no te entiendo.
– Somos diferentes al resto, Camila.- su respuesta fue rápida, sencilla, sincera.- Somos dos seres extraños, raros. Lo raro hace que no puedas encajar en ningún lugar, con ninguna persona, nadie se acercaría a ti a menos que sea necesario. La soledad es una libertad autoimpuesta pero nos es grata, además de que ambos tenemos un infinito interés por aquello que no es común… Lo que nos separa es que hay algo bueno esperándote al last del camino. Yo, por el contrario, sé que estoy condenado.
¿Lo raro, lo extraño, lo normal? Tres categorías en las que no había reflexionado desde que era niña, cuando Oma aun me contaba cuentos para dormir simplemente para entretenerme. Ahora, como salido de la nada, un sujeto venía a decirme, justo después de la muerte de mis padres, que yo era rara y que eso me unía a él. ¿Qué debía hacer? ¿Dejar que hablara echarlo de casa?
Me deje envolver por el sonido de la noche. Viento, ramas que se movían a su compás… Las mismas ganas de siempre para que mi vida fuera más soportable… ¿Cómo preguntaba si teníamos algo en común?… sólo podía mirarlo allí, sentado, contemplando el techo en silencio… ¿Podía ser que tuviera el mismo humor, descontento? ¿La misma tristeza, la misma esperanza? ¿ era que ya estaba cansado de vagar por el mundo al igual que yo? ¿Period eso acaso, un cansancio que lo obligaba a detenerse para aferrase a la primera persona que se dejara envolver por sus palabras y su forma de ser y existir? Nunca pude llegar a explicarme lo que me obligó a aceptar, lo que me hizo sentir esa calidez que me inundo el pecho cuando mi mente se abrió a él y mis labios murmuraron:
-Anster.- nos miramos.- Tal vez es precipitado de mi parte decirte esto pero debes saber que yo no tengo nada, ninguna posesión materials un alma elevada, simplemente soy una chica de veinte años que no sabe qué será de su vida. No soy extraordinaria, puede que sea rara pero eso en nada justifica que tú quieras estar cerca de mí. ¿Por qué me buscas?
– Porque no te vas.- dijo con calma.- Sigues aquí a pesar de todo lo que te hago y digo. Me gusta que no sigas la corriente que arrastra al mundo… Eso me atrae de ti… buscas tu propio camino, dando tumbos… pero sigues, avanzas a pesar de todo. A pesar del dolor, del miedo…
-No lo creas así. El miedo a veces me impide seguir… el miedo a lo que no puedo controlar me deja estática en el piso, es como si me tirara y se sentara sobre mi pecho, robándome el oxigeno, las ganas de pelear… – a mi cabeza vino una noche en specific.-No me gusta sentirme así… ciega ante el futuro. Como tampoco me gusta lastimar a los otros.
– A veces dañamos sin querer… dañamos a alguien para que otra persona esté mejor… – Anster me miró y se mordió el labio inferior levemente.- ¿Me odiarías si, hipotéticamente, te pasara algo malo por mi culpa?
-¿Quieres hacerme daño?- le pregunté con calma, enarcando una ceja.
-Nunca más.- respondió – Siento que ya te hice un horrible daño acercándome a ti.- se explicó. Durante esa época, justificaba sus palabras a cada instante, como si temiera que las interpretara de mala manera. Cuando lo hacía, yo solo asentía y aceptaba lo que dijera sin rechistar. Grave error. Si hubiera sido capaz de ver más allá de sus ojos grises, me habría fijado en la perversidad del verde que se asomaba en sus pupilas limpias y brillantes.
– ¿Qué piensas de André?- susurró.
-¿Por qué? – solté, mirándolo con desconfianza.
-Sólo dime algo, lo que sea.- insistió, mirando la ventana que lo iluminaba a medias.
-Es muy amable y agradable, pero no me acaba de gustar que siempre esté cerca de mí. Con suerte y con mucho tiempo, podría convertirse en un buen amigo.- respondí con algo de fastidio. André period un asunto privado que no tenía que contaminarse con la presencia intrusiva de Anster en mi cabeza.
-André es una buena persona, no lo niego, pero nunca será un amigo aliado perfect. Él es… diferente.
-¿Cómo tú y yo?- solté de mala gana ante sus palabras.
-Algo así.- se levantó del escritorio y caminó directo hacia mí, deteniéndose en un punto peligrosamente cerca.- El día en el que tu vida esté a punto de terminarse, al menos sea eso lo que te parezca, por favor, nunca recurras a André…. A menos que sea tu única y última opción.- me pidió en voz baja.
-¿Qué es lo que puede pasarme si permanezco a tu lado?
-La vida es impredecible, Camila.- fue lo único que pudo decir aquella noche antes de quedarse completamente en silencio.
Lo miré a los ojos y supé, con una vaga sensación de tristeza y decepción, que aquello que había estado buscando al fin había llegado. Period él. Mi profesor, mi reciente amigo, mi desafortunada atracción. Anster period lo que había soñado, era por lo que había llorado… era lo que había deseado evitar, pero aquí estaba. Tan real y latente que no se iría. Anster había aparecido para quedarse en mi vida, más allá de que mi corazón dejara de latir, e incluso más allá de que mi vida hubiera terminado.
4
Anster, increíble
Lo que ocurrió después, ni yo misma lo entiendo pese a que estuve presente. Unos días antes del 31 de octubre del año en el que mi edad contaba dos décadas, recibí la primera invitación por parte de Anster para una especie de cita… Aunque debo admitir que nunca pronunció la palabra cita. ¿Quieres ir al bosque conmigo el martes por la noche?”, fueron sus exactas palabras. Mi respuesta, después de pensármelo un día y de infinito acoso, fue un irrefutable Sí, pero ya déjame en paz”.
La mañana del día pactado corrió veloz, pero la tarde me pareció tan lenta como la caminata de un caracol… si es que se le puede llamar caminata al movimiento que hace aquel insecto. No tiene pies… sólo se arrastra panza abajo en busca de… ¿Qué busca un caracol exactamente? Tal vez busca lo mismo que yo: paz.
Sentada al pie de las escaleras de la entrada, llevaba mis mejores pantalones, mi mejor blusa y un saco verde olivo, le esperaba… ¿Para qué? Tal vez él notara aquel extraño esmero por agradarle, puede que no y siguiera insistiendo en lo raros que éramos… que fuimos.
-Hola.- saludo la vocecilla de André dándole la vuelta a la mansión.
Sonreí a medias. Me sentía culpable por evadirlo ahora que Anster y yo nos hablábamos.
-Hola. ¿Qué haces aquí?- pregunté, un tanto indiferente para que me dejara sola lo antes posible.
-Escuché a hurtadillas cuando tu profesor te pidió que salieras hoy con él. Lo siento.- se disculpó. Aquello me arrancó una risotada. André period extremadamente educado. – Pero, siento la necesidad de decirte unas cuantas cosas referentes a ese hombre.- se agaché hasta quedar de cuclillas frente a mí como si fuera a hablarle de algo muy importante a una niña pequeña, y en cierta manera así iba a ser. Me miró a los ojos para darme el primero de los consejos que siempre ignoré.- Seré directo: aléjate de él lo antes posible. No es absolutamente nada de lo que crees ahora puedas llegar a imaginar. De hecho, nada de lo que existe a tu alrededor es lo que crees… -permaneció un segundo en silencio mirándome intensamente.- ¿Parezco un loco, no?
-Un poco.- susurré.- Pero no tienes por qué preocuparte, tomo todo lo referente a Anster con muchas reservas. No creas que me trago lo que dice… -sonrió.- Pero lo mismo hago contigo.- sonrió aún más.- No sé qué pasa entre ustedes pero te pido que me mantengas al margen. No quiero saberlo y menos imaginarlo. Ustedes dos por un lado, nosotros dos por otro, él y yo… muy lejos. ¿Entiendes? Estas tres relaciones se mantendrán una lejos de la otra para evitar que alguien le vuele la cabeza al otro.
André se dejó caer al lado mío y con un profundo suspiro continuo:
-Está bien. No soy nadie para prohibirte cosas… dudo mucho que seamos amigos, pero como conocido y vecino, te pido que no te precipites en ninguna decisión que tomes de ahora en adelante. Date un tiempo razonable para conocer a ese hombre… No quisiera que el día de mañana te ocurriera algo.
-¿Es un chico malo?- aventuré.
-No me refiero a que abuse de ti, te haga fumar cosas de ese estilo, más bien a que termine dañándote. Que te destruya la vida, vamos.- eso si me hizo pensar.- No sé qué es lo que pasa por su cabeza, pero algo me dice que no es algo simple e inocente, así es que por favor, ve con mucho cuidado.- fue lo único que me pidió antes de levantarse e irse.
Hundí el rostro entre mis rodillas…y la pregunta que fluyó por mi cabeza fue la misma de siempre: ¿Quién period Anster Fitzgerald? Lo pensé durante unos instantes pero no pude responder porque en realidad, no lo sabía. La única certeza que tenía respecto a él, es que era profesor de piano, que le gustaba estudiar y meterse en las casas ajenas, pero de eso a saber al cien por ciento las actividades que llenaban su agenda, había mucha diferencia. Tal vez en esos momentos estuviera de viaje, puede que no y estuviera acechándome a cierta distancia. ¿Cómo podía saberlo?’ lo único que tenía period la versión que él me daba acerca de las cosas… Si su plan era que fuéramos amigos, estaba muy lejos de ganarse mi confianza…
-¿Lista?- me susurró una voz al oído. Giré la cabeza y me encontré con la magnífica cara de mi eterna interrogación.
-En realidad no.- me sinceré. Traté de olvidar lo que André me había dicho hace sólo unos minutos pero no podía. Cuando las personas te advierten acerca de algo alguien, una de dos: odian a esa persona y quieren verla mal en verdad existe algo malo con ella.- En realidad… me da un poco de ansiedad estar contigo en medio de un bosque por la noche. Sé que el pueblo no es muy bello, pero ¿Tenemos que ir a ese lugar?
-Sí, es necesario.- sonreía como un niño pequeño.
-¿Por qué?- insistí. En verdad no quería estar sola con él en un sitio que no conocía y del cual, no podía irme si me venía en gana.
-Cuando lleguemos podrás saber por qué. – me tendió una mano… que tome con algo de miedo. – tranquila, solo es para ayudarte a ponerte en pie.- sonrió con verdadera ternura. Una vez arriba, me soltó.
Rodeamos la casa para llegar a la parte trasera, y desde allí caminamos hasta el rio, de hecho lo dejamos atrás. El cielo se fue oscureciendo, y cuando menos lo esperé, ya me encontraba tomada de la mano de Anster en el mismo corazón del bosque. Árboles y nada más period lo que nos rodeaba. Me dio miedo la situación. No conocía ese lugar y tampoco sabía cómo habíamos llegado hasta él. Si algo me ocurría, nadie, ni siquiera André, podría socorrerme.
-¿Qué es lo que quieres mostrarme?- pregunté con voz suave, escudriñando a mi alrededor para localizar una posible ruta de escape por si la situación se complicaba. Si debo ser sincera, lo seré ahora: aquella era la primera vez que salía con alguien.
-Algo muy simple.- se acercó a un árbol común y corriente y paso la mano por la corteza. La palpó de manera extraña, como si estuviera buscando algo en ella.- Acércate.
Dudé.
– Relájate, por favor.- no pude.- ¿Tienes miedo?- susurró.
-Sí, un poco.- respondí, pero me acerqué apretando los puños con fuerza. Miré lo que su mano señalaba. Period un dibujo tañado en la corteza. Una especie de flor llena de pétalos con unas letras en el centro. No entendí lo que aquello quería decir porque solo eran consonantes: C y H. – Lindo grabado… ¿Lo hiciste cuando eras más joven? No pensé que esta clase de cosas te gustaran… ¿Pero no crees que debería ser una A de Anster acompañada de la letra inicial del nombre de tu amada?
-Camila.- me llamó, interrumpiendo mi estúpido monologo.
-¿Hum?- Temblé, no quería mirarlo directamente.
-¿Crees en los seres fantásticos?- su pregunta me tomó completamente por sorpresa. En un principio creí que bromeaba pero al ver la seriedad de su rostro, supe que tal vez sí hablaba en serio.
-Escribo acerca de ellos. Sobre las hadas para ser más exacta. -Dije.- Me gusta que exista la posibilidad de ver otra clase de mundos… aunque sólo sea a partir de la ficción. Y si me preguntas que sí creo en su existencia, pues puedo decirte que sí. ¿Por qué no hacerlo? En realidad, me gustaría mucho poder ver algo de magia en mi vida. Sería…
Puso uno de sus dedos sobre mis labios para que guardara silencio. Su piel olía a vainilla mezclada con algo más que no reconocí. Mi cabeza se aturdió al tener ese tipo de contacto.
-Camila, ¿Sientes que soy diferente?- me preguntó en voz muy baja, casi como un murmullo. Su rostro estaba un tanto rígido, parecía que le costaba hacer decir algo.
-Por supuesto.- respondí aún con su dedo sobre mis labios, los cuales comenzaron a temblar ligeramente.- ¿Por qué lo preguntas?- no respondió, es más, se alejo de mí un poco. No seguía teniendo su piel contra la mía pero me había quedado inquieta.- Anster, ¿Qué hacemos en el bosque?- tenía que decírmelo. La situación y ese momento, pero en especial su repentina angustia, me asustaron más de lo que ya estaba. – ¿Qué es lo que quieres que vea?
-Esto…- dijo mirándome a los ojos, a la vez que se desabotonaba la camisa para mostrarme algo oculto en su piel.
-¿Pero qué diablos haces?- solté alarmada por ese repentino deseo de quitarse la ropa.- Vístete ahora mismo…
-Solo mírame.- me ordenó con voz fuerte y firme..
Y lo vi.
Lo vi bien.
Vi un tatuaje en su piel… vi claramente la apariencia de su piel y un extraño hueco a la altura de su pecho junto con innumerables marcas y cicatrices…
-No.- articularon mis labios porque la voz no me salía a causa del estupor.
-Esto es lo que soy…-susurró, agachando la cabeza y dejando caer la camisa al suelo.- Algo que no es humano, algo que no está vivo…
Todo se nubló y de golpe caí al suelo, totalmente inconsciente, pero no duré mucho en ese estado. Recuerdo que desperté a los pocos minutos sobre la fría y húmeda hierba. Estaba bastante aturdida, tanto que tarde un momento en recordar el lugar en el que estaba.
-Camila.- escuché la voz de Anster por encima del extraño zumbido que azotaba mis oídos.
Parpadeé un poco para aclarar mi visión pero cuando vi el torso desnudo de aquel hombre, todo amenazo con desvanecerse de nuevo.
-¡Camila!
-¡Aléjate!- solté con un jadeo haciéndome un ovillo contra el suelo. – ¡Vete de aquí!
-Sé que estás asustada pero no voy a hacerte daño.- lo escuche decir.- No voy a hacerte daño. Por favor, no te asustes. Si quisiera matarte lo habría hecho hace días.
La palabra susto me hizo reaccionar.
-No estoy asustada.- dije, tratando de calmarme.- Estoy impresionada, algo que es muy distinto al miedo…
-¿Qué?- exclamó.
-¿No oíste? No te tengo miedo, solo es que estoy en shock porque tú…- mi voz se hizo tan chillona que preferí callarme.
De repente, su mano tomo mi mentón. Levanté la cabeza y lo miré de nuevo. Mi reacción ante eso fue echarme hacia atrás con todas mis fuerzas. No pude evitar soltar un grito de terror cuando se abalanzó hacia mí para detenerme. Sus manos se cerraron en torno a mis brazos y con una fuerza descomunal me tumbo de nuevo en la hierba. Me soltó pero puso una de sus manos contra mi pecho para mantenerme quieta y con la otra me tapo la boca para que dejara de gritar. Debo decir, que aquello en verdad me aterrorizó, no fue por la inusitada violencia que ejerció sobre mi por lo que había visto, lo que me asusto en realidad fue la ansiedad de ver de lo que period capaz.
-Cálmate.- dijo, imponiéndose.- Es necesario que lo sepas para que puedas decidir entre irte quedarte conmigo.- pude ver mis ojos reflejados en los suyos.- Si te vas, mañana por la mañana habrás olvidado todo, pero si decides quedarte, tendré que mostrarte cosas que van a perturbarte aún más.
Trate de calmarme. Hice un gran esfuerzo y con mi pequeña pero muy temblorosa mano, aparte la suya de mi boca.
-¿Es verdad lo que estoy viendo?- pregunte, deseando que me dijera que sí.
-Nunca mentiría con algo como esto.- su aliento me dio de lleno sobre el rostro. Olía a canela.- Nunca te habría mostrado las heridas de mi vida si no fueran reales.
Comencé a respirar cada vez más rápido, mirando hacia todos lados para poder comprender qué era todo eso. No tenía sentido, ni lo que había en su piel, ni siquiera su piel, su cabello, sus ojos, todo él… no tenía sentido. Simplemente no podía ser que alguien como él existiera, al menos no aquí, no ahora, no conmigo como testigo. Cerré los ojos con fuerza para despertar del sueño.
Desaparece Anster… vete como lo hacen todos…
-¿Quieres irte?- la voz de Anster me devolvió a ese primer contacto que mi mente, tras tantos años, ya había logrado olvidar.
¿Quieres irte?, fue la pregunta que de cierta manera marco mi destino. Si la respuesta hubiera sido Sí”, posiblemente habría ido a la escuela a la mañana siguiente y todo hubiera seguido igual peor en mi pequeño mundo, pero dije que no, que me quedaba con él. Al principio lo hice sólo para averiguar qué es lo que podría pasarme al lado suyo, pero con el paso del tiempo, la decisión que tomé se tornó más y más pesada. Piénsalo bien, me había pedido André porque seguramente sabía lo que me esperaba, pero como siempre, hice caso omiso a sus palabras y me encontré atada a Anster por mi propia boca.
-¿Es tu última palabra?- me reto él, aún sobre mí. Ambos permanecíamos en el suelo, entre los arboles cobijados por la noche.
-Sí…- dije yo, creyéndome dueña de mis decisiones.
-Camila… una vez que estés dentro no podrás salir… Una vez que tomes mi mano quedarás marcada de por vida… y cuando todo acabe, cuando este juego llegue a su fin, lo perderás todo… cuando llegue ese momento, ¿serás capaz de soportar el dolor? Piénsalo una y otra vez, por favor. ¿Quieres quedarte aquí, conmigo?
-Yo no conozco la felicidad la paz, Anster.- susurré.- Siempre he estado rodeada de sombras… No tengo nada… Lo que más me dolía ya se fue… ahora soy libre de hacer lo que quiera.
Él me miró.
-¿Te quedas conmigo?- preguntó una vez más.
Mi corazón se estremeció como nunca antes. Tembló y pude sentir ese movimiento frenético, antesala del pánico y el arrepentimiento, pero no por eso desistí en mi intento para darle a mi vida un nuevo matiz… un matiz que se coloreaba lentamente de negro. El negro sería mi nuevo refugio y el gris se convertiría en mi abrigo por la eternidad. Sabía que sería así ahora y por siempre.
-Me quedo contigo.- dije con voz clara y perfectamente firme.
Con mucho cuidado se levantó. Su mano en mi pecho fue lo último que retiró. Cuando lo hizo, sentí una extraña agitación que provocó que el rubor subiera a mis mejillas. Él pudo notarlo, y aun así no dijo nada al respecto. Pero con delicadeza me tomó por la cintura y me levantó de la hierba.
-Tenemos que irnos.- me avisó, como si fuera la segunda parte de su extraño plan.
-¿A dónde?- no pude evitar esa pregunta. Pero no haberla formulado hubiera dado exactamente lo mismo pues nunca me decía el destino.
-Existen otros seres a los que les gustaría conocerte.- se sonrió. Recogió su camisa del suelo y volvió a ponérsela, cubriendo aquel torso destrozado.- Debo admitir que mi atención hacia ti les causa una morbosa curiosidad…- se dio la vuelta.
-Espera.- solté. Se giró hacia mí.- ¿Son como tú? – Negó con la cabeza.- Bien… pero al menos, ¿Estarás conmigo?
Se acercó, me tomó de la mano con mucha fuerza y dijo las palabras que me condenarían por la eternidad.
-De eso Camila, puedes estar completamente segura. Siempre estaré contigo, jamás te dejaré sola y ten por seguro que te seguiré hasta el closing de los días…- sonrió ante sus propias palabras.- Una palabra tuya se convertirá en una orden para mí… siempre y cuando no me ponga en peligro.
Temblé, pero él también. Ninguno supo el verdadero peso de esas palabras hasta que fue demasiado tarde. Pero durante esa noche, la primera noche en vela que pase a su lado, sonaron bien. Caminamos por entre los arboles hasta llegar a un sendero. Fue allí donde nos detuvimos a esperar.
-Hoy es la noche de Samahin.- me informó, mirando en la distancia. Arrugué el entrecejo ante eso. ¿Por qué me lo decía? ¿Acaso iríamos a festejar?- ¿Sabías que para las hadas la noche de Samahin marca el inicio del invierno?
-¿Hadas?- susurré. No terminaba de recuperarme por haber visto aquel hueco en él y ahora me hablaba de has. Period cierto que terminaría muy mal si seguía a su lado.
-Sí, hadas. Esta noche se celebra una festividad muy importante para ellas. Tenemos suerte de que nos dejen asistir a ella. ¿No te emociona?- a él no parecía importarle que mi mente estallara en mil pedazos.
De inmediato comencé a agitarme. Hadas, hadas, hadas… ¿Hablaba en serio? No. Jugaba, quería burlarse de mí… ¿Pero debía dudar después de lo que me había mostrado?
-Tranquila, ellas son muy amigables. Al menos las del bosque.- me observo.- Estas pálida… – soltó con preocupación.
-Dijiste hadas.- susurré.- Hadas, Anster… Seres fantásticos… Quieres que los conozca uno tras otro…
-Sí. ¿No acabas de decirme que escribes acerca de ellas? Te hará bien conocerlas en persona para que puedas afinar tus escritos, ¿No crees? – solté un gemido. Él quería ayudarme a asimilar todo eso pero la cabeza me daba vueltas.-Respira muy profundo porque voy a decirte algo más y no quiero que te desmayes de nuevo.- lo miré.- creo que es tiempo de que te informe que Florence, tu profesora, es un hada.
-Anster…- no podía articular palabra. El miedo, asombro, estupefacción, eran palabras que ni siquiera juntas, alcanzaban a describir lo que sentía en ese instante.
-Respira.- me pidió.- No es tan malo. Puedes chantajearla después para que te ponga una buena calificación.
El corazón me latía con tanta violencia que dolía. Respiraba tan rápido que comencé a marearme y todo me dio vueltas. Me aferre a la mano de Anster y trague el doloroso nudo que acababa de formarse en mi garganta.
-¿Estás bien?- lo escuche preguntarme. Negué con la cabeza.- Maldita sea… – escuche un sonido que se parecía al trote de un caballo.- Allí vienen.
-No.- solté con un hilo de voz. Me pegué al pecho de Anster, olvidándome de lo que faltaba en él- Por favor… sácame… de aquí…
-Tranquila, en cuanto vea a una persona le pediré que nos lleve a casa. Sólo trata de calmarte, por favor.- me estrechó entre sus brazos.
Pero aún así pude ver un farol de luz blanca que se acercaba por el camino, a la cabeza de algo más grande que me paralizo por completo. Por el camino se acercaba una especie de caravana muy ruidosa. Muchas personas iban montadas a caballo… pero no eran personas, no personas comunes, sino más altas, esbeltas y delicadas. Llevaban ropa de telas vaporosas. En medio de mi turbación no pude distinguir sus facciones. El sendero se llenaba más y más de esos seres que cantaban en una lengua extraña. Jugaban y reían mientras iluminaban el camino con decenas de farolillos blancos. Me agité aún más.
-¿Qué pasa?- alguien se había acercado a nosotros.- ¿Se encuentra bien?
-No, al parecer esto es demasiado para ella.- le informó Anster al recién llegado.
-¿Quieres que use la varita?- le propuso, y de inmediato reaccioné.
-¡No!- solté con fuerza. Me despejé de golpe y vi que frente a mí se encontraba la chica más extraña y maravillosa que en la vida pude conocer.
Su nombre period Constance.
Era bajita como yo, de largo cabello azul. Sus ojos con largas y espesas pestañas eran de un intenso shade verde. Tenía una expresión juguetona pero fuerte a la vez. Parecía una niña crecida que me gusto de inmediato.
-¿Estás bien?- se dirigió a mí con una voz suave. Asentí una sola vez.- Que bueno, trata de no pensar, relájate, si lo prefieres cierra los ojos. A las hadas no les gusta que los humanos las vean y mucho menos que se asusten con su presencia. Aunque si te soy sincera, no tienes nada que temer con ellas, de quien deberías cuidarte es de él.
Anster que aún no me soltaba, me ciño aún más en ese abrazo.
-Cuida tus comentarios.- le pidió.- Camila, quiero presentarte a Constance Buckland. Una vieja, pero muy vieja amiga… Ella no es como yo.- añadió en un susurro. Me tranquilicé un segundo pero al siguiente me asuste aún más.- Mi amiga es de una raza diferente que el mundo conoce como brujas.- La sonrisa de esa chica se ensanchó, orgullosa de lo que era. -No quiero que te asustes más, pero te dejaré solo un momento. Tengo que buscar a alguien. Ella te cuidara por mí.- me avisó.
-Pero…- solté con agitación.
-Tranquila. Estas en buenas manos.- me prometió él y en menos de un suspiro se fue, dejándome allí sola con esa criatura que no hacía otra cosa más que mirarme llena de curiosidad.
-Me encantan las correrías de hadas.- comentó ella, mirando el contingente que seguía avanzando por el sendero a quien sabe dónde. -¿A ti no?
-Es la primera que veo.- solté sin poderme creer aquella pregunta.
-Cierto.- se lamento ésta.- Lo lamento… no sé tratar mucho con niños y menos mortales. Se me olvida que eres humana.
Humana. Me sentí defectuosa ante ese título y mucho mas ofendida. Podía soportar que me dijera niña, pero ¿humana?
-Supongo que el inútil de Anster ya te puso al tanto de todo.- continuó ella sin inmutarse en mi repentino silencio que nada tenía que ver con el miedo sino con el enfado.
Inútil, repetí para mis adentros. Esta mujer debía conocerlo muy bien… debía odiarlo. Me coloqué a su lado y con algo de temor la observe.
-¿Florence está aquí también?- pregunté.
-Las hadas con alas esperan en el palacio.- respondió sin mirarme. Era muy bonita, la nariz respingada y pequeña; el rostro en forma de corazón.- ¿Qué esperas encontrar, Camila?- giró el rostro hacia mí y me observó como hacía yo con ella.- Tienes una cara regular, bastante ordinaria. Dudo mucho que pueda llamarte hermosa. Tengo una varita, ¿Quieres que la use contigo? Puedo hacerlo, si te cambiamos un poco los pómulos algo, se podrá justificar que Anster te haya traído a este lugar. – Sonrió maliciosamente.- ¿Qué te dijo exactamente?
-No mucho.- musité.
-No te creo.- soltó.
-Ese es tu problema.
-Ya veo.- observó. El camino por el que hace unos minutos habían aparecido decenas de criaturas danzantes, poco a poco se fue vaciando.- ¿Sabes que Anster es…?
-Si… No, no quiero saber lo que es.- respondí de inmediato para hacerla callar. Ella enarco una ceja y me miró con verdadera curiosidad. – Pude verlo… hace un rato.
-Sabes mucho entonces, Camila.- declaró, cruzando los brazos sobre el pecho.- Ojalá que ese inútil no se haya equivocado contigo de lo contrario nos irá mal a todos, en especial a él y a ti, pero quién soy yo para juzgar sus actos. De hecho, si lo pienso fríamente, a mi no me afecta su fijación hacia ti en lo más mínimo.
– Si crees que voy a pararme en el centro de una plaza y gritar lo que me mostró Anster, estas equivocada. No soy esa clase de persona. Ni siquiera me creo lo que vi… y lo que estoy viendo.- añadí con una clara intención de molestarla.
-No pienso eso de ti, si Anster confía en ti, yo también.- sonrió ante mi escepticismo.- Él no se equivoca con las personas… la mayoría de las veces. Quita esa cara Anster pensara que te estuve molestando.
Me obligué a devolverle el gesto.
-Mejor. – Miró la hora en su reloj de pulsera y ahogó un grito.- Es tarde, tengo que llevarte al baile.- entonces reparó en un pequeño detalle: yo. Me miró de pies a cabeza y su gesto de desaprobación me indicó que no iba vestida como la ocasión lo requería. – Bueno, de cualquier manera, no creo que sepas los pasos de la danza. Vamos.
Solté un gruñido. Caminamos por el sendero que las hadas habían utilizado. Seguimos por él casi cien metros hasta dar frente a una extraña formación de arboles que simulaban una entrada llena de ramas y follaje. Sin mucho ánimo y con las rodillas temblando violentamente una contra la otra, traspasé el umbral. Al otro lado se encontraban todas las hadas de la correría sentadas alrededor de un grueso árbol demasiado alto como para ver donde terminaba. En un extremo del claro, se encontraban sentados en un alto banco de madera dos seres que parecían ser los líderes del grupo, hablaban sin apenas mover los labios. Junto a ellos se encontraban varios seres que vestían una especie de uniforme. Unos lo llevaban blanco, otros verde y unos pocos en colour azul. Parecían ser la guardia de los que estaban sentados. Observé a mí alrededor: ninguna de las hadas tenía alas.
Fue entonces cuando pensé en demandar a los editores de los cuentos infantiles, y de paso a mi abuela por estar tan mal informados. Según un cuento que había leído varios años atrás, las hadas eran una subespecie de princesas delicadas con forma de niñas, las cuales salían a jugar con los hombres que las observaban. Las hadas que observé entonces, reían despreocupadamente, envueltas en vaporosos vestidos de colores vivos y brillantes. Eran bellas y la forma en la que me ignoraban, era chic.
Constance y yo nos sentamos en la crujiente hierba. Desde allí mire a mí alrededor de nuevo. Simplemente no podía creerlo.
-¿Te pasa algo?- preguntó la bruja, acomodando los pliegues de su vestido.
-No, hago esto todo el tiempo. Mañana comeré con un gnomo.- guardé silencio, pero después la mire notablemente perturbada. Ella sólo se rió.
– No es fácil asimilarlo, lo sé. Tal vez cuando despiertes en tu cama mañana por la mañana, creas que estuviste en una representación teatral con bastante presupuesto, pero con el paso de los días te irás dando cuenta de que aquí, no hubo actores, vestuario, escenografía, sino que fue la maldita verdad. Solo trata de comprender que cosas como estas suelen pasar. Que esto que ves ahora también es parte de la realidad, Camila.
Cerré los ojos y respire muy hondo.
-No me gusta saber que esto existe.- dije en voz baja. – No lo pedí, ¿Por qué simplemente no regresas el tiempo atrás con tu varita? Eres bruja, tú lo puedes todo, ¿no?
-No puedo hacer eso, nada puede revertir los acontecimientos. Tú decidiste quedarte.- me recordó.
-¿Por qué no los vi antes?- susurré.- Quiero decir, ¿acaso se ocultan tan bien de las personas?
-Nosotros siempre hemos estado allí, son ustedes, los humanos, los que han dejado de creer que existimos, por eso ya no pueden vernos, pero es un alivio que sea así.- respondió alguien a mi derecha.
Esa era Florence, mi profesora. Ahora convertida en hada, sus alas casi trasparentes se movían de atrás hacia adelante lentamente. Era hipnótico… Pero no más que verla en su totalidad. Era un hada. Podía verlo…
-Me da gusto que hayas podido venir.- se sentó a mi lado con delicadeza. Yo no dije nada, solo me limite a clavar la mirada en la hierba antes de caer desmayada a sus pies.- Creí que no vendrías. Pero ahora veo que eres más valiente de lo que suponíamos todos.
No te engañes, porque si soy sincera, tengo miedo de que todo esto se desvanezca el día de mañana. No quiero despertar y ver la luz del día. Déjame quedarme aquí, mirarlo todo por la eternidad.
-¿Estás bien?- preguntó, y asentí quedamente.- Camila, no tengas miedo. Todos aquí saben quién eres, incluso los reyes. Anster y yo les pedimos que te permitieran venir esta noche, siempre y cuando fuera por voluntad propia. ¿Así fue?
-Si.- al fin la miré.- ¿Por qué tienes alas y las otras…no?- me fue imposible decir la palabra hadas de viva voz.
-Las hadas poseen alas dependiendo del papel que cumpla en la naturaleza.- me explicó.- Yo, por ejemplo, soy una anjana. Originalmente no las poseía ya que mi papel es cuidar de los animales terrestres y de las personas que se pierden por el bosque, pero cuando la reina me hizo parte de su sequito, me las dio como obsequio. Las demás, como esas que están alrededor del tronco son las driadas, protectoras de los arboles.- señaló al grupo más joven de allí.- las que están tras ellas, son las aguane y las seligen, y las que brincan son las damas verdes. Las que están sentadas sobre aquellas piedras son hadas de rio, solo salen durante las fiestas; las que están vestidas de violeta y con el cabello húmedo se llaman dracae, también son parte del reino del agua como las nixes.- vi un grupo de mujeres que charlaban animadamente. Todas tenían el mismo cabello largo y castaño. – Y esas que se encuentran cerca de la entrada son las damas blancas. – cinco hadas altas y rubias como Florence miraban el espectáculo desde un banco de piedra cercano a la reina. – Son solo las que pudieron venir.- añadió mi profesora.
Asentí. Todas me parecían iguales, pero no lo eran. Para mi mala fortuna la gran variedad de criaturas que desconocía, era extensa.
-Mejor así, las fatas italianas son despreciables.- comentó la bruja, cruzándose de brazos.- Si no fueran de una familia antigua, podría tocarlas. – me miró.- Aunque no lo parezca, en este mundo existen ciertas reglas, leyes y códigos que no puedes romper. Edad, riqueza, territorios, parentescos…
-¿Y si lo haces?- me atreví a decir.
-Mueres, el destierro es tu otra opción.- respondió ella.
El barullo que se había escuchado hasta el momento, cesó de repente, pero fue reemplazado por una melodía que puso a todos en movimiento. Busqué a mí alrededor la fuente de la música pero no hallé nada. Tal vez tenía que ver con la magia del lugar. De repente, un joven de cabello castaño y enormes alas azules se acercó a la bruja para poder bailar con ella. Ambos se perdieron entre las demás parejas. Florence y yo nos quedamos solas en la hierba.
-¿Tu no bailas?- pregunté, solo por decir algo.
-Esperare a que regrese mi marido.- dijo.
-¿Estás casada?- me sorprendió escuchar eso.
-Sí, de hecho Constance es mi cuñada.
-¿Estas casada con un brujo?
-Sí, Spencer es mi esposo desde hace one hundred seventy años.- sonreía encantada por un matrimonio tan longevo.- No es que sea muy común que las hadas se casen con magos brujas pero así nos sucedió a nosotros.
Spencer. Ese nombre me sonaba… Claro, Spencer era el tipo por el que Florence y Anster habían estado discutiendo en el estudio cuando los escuche sin querer. Estaba a punto de preguntarle algo más pero en ese preciso momento apareció frente a nosotras un muchacho que period casi un niño de cabello color miel y ojos azules. Al igual que muchos de los presentes, llevaba un traje militar pero el suyo era coloration negro. Al verme, inclinó la cabeza con suavidad.
-Spencer Buckland, señorita.- se presentó.- Anster y Florence me han hablado de ti. Eres muy bonita.
-Yo…. Gracias.- respondí. Era muy guapo… pero un brujo al fin.
-¿Por qué tardaste tanto?- le preguntó su esposa, levantándose en el acto.
– Solo fue una falsa alarma.- la tranquilizó él.- En serio.- añadió al notar que el hada no le creía. – Ven, vamos a bailar. Con su permiso, señorita Camila.
Ellos también desaparecieron entre los demás bailarines. Y entonces me quede sola, sentada en un trozo de hierba que apenas y estaba iluminado. Al parecer period la única en esa posición. Sin querer, recordé mi primer baile escolar. Enfundada en un vestido azul, permanecí toda la noche en una silla, mirando con verdadero desprecio a las parejas que giraban felices por toda la pista de baile. Cuando la noche terminó, regresé a casa donde mi madre me abrazó con fuerza…
Mamá.
-¿Te diviertes?
El rostro de mi madre se desvaneció y en su lugar apareció Anster, sentado a mi lado. Volví a escuchar la música y a llenarme los sentidos de ropa vaporosa, pies descalzos y mujeres de largo cabello claro. El aspecto siempre pulido de Anster había desaparecido, incluso su ropa de siempre. Ahora llevaba el mismo traje que Spencer.
-¿Pasó algo?- le pregunté.
-Sí y no.- respondió el sacudiéndose el polvo de la chaqueta.-Camila, a partir de este momento comenzaré a hablarte de cosas que tal vez te hagan reír, pero son reales y muy serias. ¿De acuerdo? Tómalas de esa manera, por favor.- me pidió con expresión seria.- Spencer y Ferrier, un sujeto que conocerás más adelante, vieron a un par de faunos que merodeaban por la zona. Con algo así, tuvimos que investigar.
-¿Faunos?- sentí que el corazón dejaba de latirme como de costumbre. De hecho me había dado un poco de sueño. ¿Moriría pronto?
-Sí, son bestias parlantes altamente nocivas para las hadas, en especial las damas blancas como Florence. Pero se fueron, los perseguimos hasta el otro lado de la montaña que puede verse desde tu ventana. – Anster levantó la mirada y contempló con antipatía a los bailarines. Tenía el rostro sereno pero los ojos, esos los tenia entrecerrados.
-¿Te pasa algo más?- le pregunté de nuevo.
-Sí, tú.- nos miramos.- ¿Por qué sigues aquí?
Suspiré. Allá íbamos de nuevo.
-¿Alguien que tenga algo mejor, algo por lo que seguir luchando, te habría seguido?
-Lo que acabas de decir sonó a que cualquier cosa es mejor que ser tú.-Soltó una pequeña risa.- Entonces te lo preguntaré una vez más: ¿Quieres permanecer a mi lado?
-Es suficiente.- solté.- Dije que si, cualquier cosa que hagas digas a partir de ahora me importara un bledo. Cualquier cosa es mejor que lo que poseo ahora… ¿Para qué agobiarme con tus preguntas, tus acosos, tus extrañas huidas sino vas a querer que esté aquí? Si así va a ser no le veo sentido a que me sigas dando información. Córreme de aquí y asunto arreglado.
-Una vez que estés dentro, no podrás salir, a menos que estés muerta.- me informó.
– desterrada.- añadí, él suspiro.- A tu amiga le gusta molestar pero no me importa. Además, ¿Por qué me convocarías precisamente a mi si no fuera por algo en especial?
-Dejar tu insignificante vida a un lado, es tu deseo para poder estar conmigo… Suena bien… Me hace pensar en que tal vez me gustaría tener algo a cambio.
– Ese es tu problema, yo no fui la que comenzó esto. – Lo mire fijamente, controlándome.- ¡Basta, solo limítate a mostrarme lo que tenga que ver y dejémonos de dudas! -Anster entrecerró aun más los ojos y apretó los labios.-Tú comenzaste el juego. Si querías que lo aceptara, hubieras mantenido la boca cerrada.- sonreí.- No soy tan tonta como parece.
– Lo noto.- siseó. -Pero ahora…
-Quiero irme.- solté de repente, poniéndome de pie.
-¿Qué?- Anster estaba realmente confundido.
-Es tarde y aun le debo explicaciones a mis abuelos. Así es que te pido que me devuelvas al lugar del que me tomaste.- sin decir algo más fui a la entrada formada por ramas, la traspasé y de nuevo me encontré en una zona regular del bosque.
-¿Sabes con quien estás tratando?- soltó Anster furioso.- Soy Anster Tomas Fitzgerald, prin…
-¡Te vi y aún así no puedo creer que estés jugando con las mariposas!- solté, enojándome de verdad.
Anster se quedo quieto, asimilando mis palabras. No dijo nada, y yo tampoco. Después de un minuto, me sacó de allí y me llevó justo a la puerta de la mansión.
-No es necesario que entres.- le indique.- Desde aquí puedo sola.
-Está bien.- con una última inclinación de cabeza, desapareció por la calle.
Contemple su espalda en la distancia. Lo había hecho enfadar… No period mi problema que él hubiera esperado algo más de mí. Miré el reloj de pulsera. Era muy tarde ya. Oma se molestaría, pero tampoco eso me importaba. Cuando al fin estuve en mi habitación, me acerqué a la ventana.
Tras las verjas se encontraba una figura alta y oscura. Anster.
Respire hondo y me retire de allí.
Me recosté en la cama. Mirando el techo, me puse a pensar.
-Una vez que algo ha sido perdido, jamás regresara, Camila.- eso fue lo que Anster susurro antes de abandonar las verjas.
Vayas donde vayas, yo siempre estaré a tu lado. Hasta el ultimate.
Capitulo 5
Sabía que todo period verdad.
Me alegraba enterarme de que este mundo no era como creía, sino que en él existía lo que tanto había imaginado. Todos esos cuentos, leyendas y mitos se iban volviendo realidad en mi mente a medida que amanecía. Todo mi mundo estaba de cabeza, y esa era una situación que me maravillaba y asustaba a la vez. Constance y Spencer eran bruja y mago respectivamente; Florence, un hada. Y Anster…
Pensar en él me estremeció, pero de igual manera me arrancó una risotada.
Entonces, antes de que Oma llamara a mi puerta, si es que aquella mañana le nacía hacerlo gracias al enfado de la noche anterior, salí de esa casa. El frio matinal me recibió e hizo compañía mientras esperaba el autobús. Cuando al fin pude llegar a la universidad, caminé directo al estudio de piano 1. Miré los arboles que protegían el estudio. Eran enormes. El follaje period tan espeso que ni el cielo podía verse. Tragué saliva y llamé a la puerta. El sonido de sus pasos se hizo presente pero se detuvo y después la puerta se abrió de par en par.
-Buenos días.- saludó con su acostumbrada frialdad.- Solo tardaste algunas horas en volver. ¿Debo sentirme halagado?
Ladeé la cabeza y mis ojos le prestaron toda la atención que pudieron. Mientras nos mirábamos, saqué del bolsillo de mis pantalones unas tijeras.
-¿Me permites tu mano?- le pregunté con voz ronca.
Me la dio con la palma hacia arriba y con un gesto resignado. Respiré hondo y de un solo golpe clave la punta de las tijeras en su palma. No gritó de dolor, solo suspiro. Tomó las tijeras y las tiró al suelo. En la carne de su mano, se apreciaba una profunda herida que sano al instante.
-¿Otra prueba?- soltó con irritación.
Negué con la cabeza.
-¿Qué eres?- susurre.
-La gente me llama inmortal, pero no lo soy puedo dejar de existir si es necesario. – respondió con el tono paternal de un profesor. -Pasa por favor, tengo que decirte un par de cosas que quedaron pendientes.
Entré. Pero esta vez no me guió hacia el salón de clases, sino al piso superior. Tras el piano negro de la primera sala, se escondía una puerta que Anster abrió con facilidad. Subimos a una estancia agradable con una mullida sala. No había ventanas, en su lugar lo que daba luz al cuarto, eran una serie de vitrales… idénticos a los del cuarto de baño de mi habitación. Me senté en el primer sitio que vi, y él hizo lo mismo.
-Mis padres están al tanto de lo que te mostré anoche, y he de decir que no están felices, al contrario, piensan que soy un imbécil. Aunque mi padre cree que debí haber esperado más para conocer más seres y no inclinarme por uno que tiene la cualidad de morir.- su voz tranquila, y hasta despreocupada, me puso ansiosa.- Mi madre está recelosa de que abras las boca…- sonrió.- Si, Camila tengo una familia como todos y al igual que tú, a veces debo dar explicaciones. ¿Tus abuelos se pusieron pesados? Anoche ya era muy tarde cuando llegamos a la mansión.
-Mi abuela está furiosa, pero no me pidió explicaciones.- respondí.- Al igual que tú solo les digo lo que necesitan saber.
-Tu abuela no es tonta.- dijo él.- Sabe que estuviste haciendo algo y espera que se lo digas, pero por otra parte, eres ya una adulta que puede arreglárselas muy bien sola… al menos eso me pareció anoche. En verdad te veías enojada. ¿Lo estabas?
-Mucho.
-¿Por qué?
-Por tu actitud. No hagas provoques cosas de las que después te arrepentirás. No es agradable escuchar las dudas de alguien cuando esa misma persona casi te forzó a decir que sí.
-Vaya…- parecía feliz.- La verdadera Camila aparece, ya decía que no podías ser una niña estúpida y afectada por su pasado… Qué bueno, porque uno de los motivos por los que decidí mostrarte lo que soy y con quienes vivo, es porque necesitamos tu ayuda, cosa de la que no estoy muy seguro.
Me reí. Él necesitaba mi ayuda, definitivamente tenía que tratarse de un chiste.
-Supongo que eres más poderoso que yo en todos los sentidos, y aun así te tomas todas estas molestias conmigo. ¿Bromeas?
-De ninguna manera bromeo en asuntos como estos. Anoche te pedí, que aunque sonara ridículo lo que te dijera, lo tomaras en serio.- asentí.- Pues bien, cuando conocí a Florence, ella estaba huyendo de un grupo de faunos aliados de un sujeto llamado Brickdale.- su rostro se ensombreció al pronunciar ese nombre.- Creo conveniente decirte de ese hombre, es mi mayor enemigo, por su culpa mi familia y yo, somos lo que viste anoche.
-¿El te hizo todas esas… heridas?- susurré.
-No exactamente, él es, por decirlo de alguna manera, el creador de mi madre, y ella es la mía, pero si… Los Fitzgerald descendemos de ese ser.- sonrió.- Y habrá tiempo para contarte de eso, por ahora lo que quiero que sepas es que ese hombre y sus seguidores, odian a todos los que viste anoche. Brickdale, al igual que los faunos, son nuestros enemigos. Después de que ayudé a Florence, rescaté a Lilyth, mi verdadera prima, de la prisión de… bueno, no tienes porque saberlo todo. Lo que si puedes saber es que te necesitamos para completar el grupo.
-Anster, la mayoría del tiempo me resulta difícil seguirte, pero ahora definitivamente estoy en blanco.
-Camila.- estaba tan serio, que me asusté durante un instante.- para terminar con el clan de Brickdale y los faunos, los cuatro mundos deben unirse: el de lo feérico y antiguo; el mágico y poderoso; el de la oscuridad y la muerte, y el de la luz de la vida. En otras palabras: hadas, brujas, alguien como yo y… un humano.
Si, te seguiré hasta el last sea como sea… aunque este cuerpo se haga pedazos, nunca me iré de tu lado… Yo, te seguiré hasta la profundidad de los infiernos…
Parpadee un par de veces, asimilando esa nueva revelación.
-¿Entiendes lo que te digo?- insistió.
-Por supuesto… pero, una cosa es saber que tú y los tuyos existen, y otra muy diferente es pretender que yo me una a ustedes para… pelear contra tus enemigos. Sea cuento no, no me parece que solo hayas recurrido a mí para ese mísero deseo. Pero ahora que lo pienso, por supuesto que tenía que darte algo importante a cambio por haberme dicho lo que eres, ¿No es así?
-Solo es una absurda leyenda que la reina Hermia le contó a Florence para entretenerla. Creí conveniente que lo supieras pues todos te bombardearan con preguntas y querrán saber más de ti. Y lo cierto es que yo no pienso unirte a mi mundo para que luches, solo tomaré eso como una excusa para que puedas quedarte. En nuestro mundo, las leyendas son una verdad indiscutible, y a veces tenemos que aferrarnos a ellas para poder justificar nuestra existencia. Cuando llevas demasiado tiempo hablando contigo mismo, te formas ideas extrañas acerca del entorno y buscas explicaciones poco creíbles para algunas cosas. A Florence, por ejemplo, le resulta grato pensar que tu presencia en nuestras vidas traeré una bella etapa de tranquilidad y prosperidad libre de enemigos. Pero yo creo que es completamente lo contrario, mientras que Constance y Lilyth piensan que lo bueno malo que suceda, dependerá de nosotros.
-¿Y qué es lo que vamos a hacer?- solté, apretando los puños con fuerza.
-Por el momento nada.
-¿Qué?- exclamé.
-Seguiremos como hasta el momento para no levantar sospechas.- sonrió.- Por favor, no comentes con nadie nuestra nueva relación, ni siquiera con tu amigo André, pero si te molesta con respecto a mí y mi compañía, solo dile que no se meta en tus asuntos.
Me levanté del sofá.
-Al que debería pedirle que no se meta en mis asuntos, es a ti. Tus ojos grises me parecen tan malditamente falsos como tu preocupación por mí… Fingir que te intereso solo para hacerme pelear contra unos seres que ni siquiera creo que existan me parece asqueroso…
La puerta se abrió de golpe y alguien entro como una exhalación a la habitación.
-Lo siento.- se disculpó un hombre pelirrojo con el rostro lleno de pecas.- Creí que estabas solo.- dijo, dirigiéndose a Anster.
-No te preocupes.- dijo él y se levantó de inmediato.- Te presento a Camila Dresden. Camila, él es Ferrier Folkard mi mejor amigo.
El hombre quien tenía un rostro bondadoso me tendió una mano fuerte y rosada que yo estreché con timidez.
-Es un gusto conocerte, y sobre todo, darme cuenta que no eres algo que salió de la imaginación de Anster.- rió.
-Nosotros tenemos más de seres imaginarios, que ella. – replicó Anster, pero después, ambos amigos se miraron de una extraña manera.- ¿Te gustaría presentarte?
-No lo creo conveniente.- respondió el recién llegado.- Abajo te esperan algunas chicas que se preguntan si podrías darles clases privadas como lo haces con esta señorita. Al parecer comienzan a llamar la atención…
Sentí una oleada de calor subir a mis mejillas mientras escuchaba como mi nuevo protector maldecía por lo bajo.
-Cuida de ella un momento.- le ordenó a su amigo y salió de la habitación dejando la puerta entreabierta. ¿Por qué?
El hombre pelirrojo y yo nos quedamos solos. Fue un momento extraño. Yo miraba los vitrales de Anster mientras su amigo, me miraba a mí con un inmenso interés. Giré la cabeza para mirarlo directamente a los ojos pero me encontré con un rostro risueño. Tenía la vista clavada en mi nariz.
-¿Qué sucede?- me obligué a preguntar.
-Veo el lunar que tienes en la nariz… es muy pequeño pero resulta curioso. ¿Tienes algún pariente con esa marca?
-No. Ninguno….- respondí de manera cortante.
Ferrier no tomó a mal mis palabras.
-No quiero que pienses que soy una mala persona preguntándote cosas sin parar pero en verdad quiero saber algo en especifico, ¿Cómo conociste a Anster?- volvió a preguntar.
-Es mi profesor como bien puedes darte cuenta.- respondí.
-Sí, pero también lo es de al menos cincuenta alumnos. ¿Podrías decirme cómo es que él se fijo en ti?- pidió con amabilidad. – Te repito, no quiero que me malentiendas pero él nunca, nunca había hecho algo como esto y me tiene bastante preocupado.
Respiré hondo, siendo plenamente consciente de que de ahora en adelante, tendría que pasar una y otra vez por el mismo interrogatorio… ¿Y para qué? ¿Quién era Anster Fitzgerald para que todos se preocuparan por su nueva amiga?
-Hace algunas semanas comenzó a prestarme más atención de la que necesita un alumno. Conversamos una tarde y desde entonces hemos hablado todos los días hasta hoy.
-¿De qué hablaron?- Esta vez, la voz de Ferrier se torno fría.
Aquello llamo mi atención. Tal vez estaba fingiendo para averiguar mi versión de los hechos, pero también existía la posibilidad de que en verdad, Anster mantuviera la razón de su interés por mí en secreto. Me encogí de hombros.
-Pues del taller, del porqué estoy aquí y de que le resultó rara…
-¿Te preguntó eso?- asentí.- ¿Por qué?
-No lo sé.- dije.- ¿Tú lo sabes?
Negó con la cabeza y tomó asiento a poca distancia de mi lugar. Parecía confundido. Comenzó a susurrar cosas que no logre escuchar, salvo las últimas palabras:
-… está demente.
-¿Crees que lo que hizo a noche, puede considerarse como un error?- quería saber qué pensaba al respecto. – Mostrarme su mundo… y a él de paso.
-¿A él? – el genio no parecía entender pero después de unos segundos sus ojos me miraron sorprendidos. ¿Quieres decir que Anster te dijo lo que es?
-No, él se quitó la camisa y me obligo a ver su torso…- dije, pensando en lo extraño de su cuerpo. A pesar de esas horribles marcas y de ese escalofriante hueco que estaba en su pecho en lugar de su corazón, seguía considerándolo un ser perfecto.
-¿Qué?- Ferrier estaba totalmente anonadado. No paraba de mirarme como pasmado al tiempo que trataba de comprender lo que le estaba pasando a su amigo.- No me lo puedo creer, así sin más te muestra… Entonces viste que le hace falta…
-No sé si le hace falta algo no.- dije de inmediato.- pero si vi una especie de… hoyo, agujero, cavidad… allí donde tendría que estar…- la sola thought de pensar que Anster andaba por el mundo sin aquel preciado y very important órgano me estremeció.- Olvidemos eso por favor te juro que no voy a poder estar cerca de él…- el genio asintió.- pero no solo se quito la ropa frente a mí, también me llevó a una… especie de baile lleno de hadas.
-Menos mal, él no te mostro su mundo.- puntualizo él.- Lo que viste anoche sólo fue una parte del mundo de Florence. El mundo al que pertenece Anster es más oscuro y complejo. Sinceramente, no creo que sea vital que lo conozcas, se parece mucho a ese hueco. Veras, Anster y su familia representan otro nivel de existencia que nada tiene que ver con la bondad la maldad. Es muy complicado entender sus razonamientos… Es peligroso estar con ellos, en especial estar cerca de Anster… pero si él creyó que lo mejor es tenerte a su lado, y sobre todo, que tú hayas aceptado libremente estarlo, no hay nada más que decir.
Independientemente de que creyera no en sus palabras, estar con Anster era peligroso. De eso no tenía la menor duda. Pero entonces…
-¿Qué va a hacer conmigo exactamente? ¿Aparecer ocasionalmente en mi vida para que hablemos por unas horas qué? Porque él dijo… antes de que aparecieras, que tu mundo necesita de un humano para poder vencer a su enemigo… ¿Qué hay con eso? Bueno, también dijo que no creía en esas cosas y que solo utilizaría esa leyenda como excusa…- me di cuenta de que todo lo que Anster me decía sonaba a puras locuras.- Disculpa, la mayoría del tiempo no sé de lo que está hablando y cuando al fin logró captar el hilo de sus ideas pienso que está rematadamente chiflado.
– No eres la primera que piensa así, de hecho todos lo que lo conocen, al principio creen que está idiota.- sonrió.- Trataré de explicarte algunas cosas para que mi amigo no te tome por sorpresa. ¿Te habló de los mundo paralelos, los contrarios de los esenciales?- hice un movimiento negativo con la cabeza.- Bien, primero te explicaré que los mundos esenciales son los poseedores del poder y dones del mundo, nosotros, los que pertenecemos a ese mundo, somos capaces de manipular y utilizar una gran cantidad de poder, pero no somos los únicos que lo hacemos; nuestro enemigo también puede. Existen otros cuatro mundos que son los contrarios de los esenciales. El de las hadas, es el mundo de los faunos; el de la magia, fuerzas contrarias que destruyen el poder cósmico; el de Anster…todo es su enemigo, pero lo curioso es que el cuarto mundo, es enemigo de sí mismo. La única fuerza que puede terminar con la humanidad, es ella misma. Hasta ahora ninguno de los mundos esenciales paralelos se ha completado… Pero… supongo que ahora solo es cuestión de tiempo para que nuestro bando sea más fuerte.- me miró y guiñó un ojo.- Anster siempre ha repetido hasta el cansancio que no cree en esa leyenda, pero entonces, ¿Por qué te trajo?
-Porque me simpatiza y no habla mal de mí a mis espaladas.- respondió la voz d Anster desde el umbral de la puerta. Entró y se sentó junto a mí, parecía muy molesto.- ¿Ya le hablaste del pésimo carácter de Marriot?
– No, eso te corresponde a ti al igual que decirle el motivo de su presencia en tu vida.- sonrió.- Nos gustaría saberlo. Más a ella, claro.
Anster lo fulminó con la mirada. Se volvió hacia mí y su rostro se suavizó en el acto.
-Esa vieja historia establece que cuando el mundo paralelo y esencial estén completos, estallara una guerra por la posesión del mundo.- Anster se rió ante sus propias palabras.- Por supuesto que es una leyenda estúpida. Tú nunca harías algo así, al menos no te dejaría hacerlo.
-¿Hacer qué?- susurré.
-Dar tu vida por nosotros.- respondió él, ya sin sonreír.
Guardé silencio, reflexionando en el posible interés que Anster tenía en mí y me asusté. ¿Acaso quería que me uniera a ellos para disputarse la tierra con el mundo paralelo? Un temblor recorrió mi cuerpo cuando caí en la cuenta de que los cuentos de hadas no eran hermosos y mucho menos con un last feliz.
Cuando llegué a clase de teoría me llevé una desagradable sorpresa: el profesor Binns. Aquel viejo decrepito estaba sentado tras su escritorio revolviendo un montón de papeles con la ayuda de sus arrugadas manos. Ocupé mi lugar de costumbre e inútilmente busqué a Florence, pero ni siquiera sus esponjosos asientos estaban allí. Con un suspiró saqué mi cuaderno y me limité a mirar con antipatía a aquel hombre. Como era de esperarse nadie le prestó atención durante la clase y mucho menos al remaining de ésta. Salí fastidiada de aquella aula sintiendo cierto vacío en el pecho. Estaba enfadada con esa hada por no haberse despedido de mí, pero también porque tenía miles de preguntas que hacerle. Me gustaba la concept de tener a un hada como profesora y aún más que estuviera casada con un mago, el cual me había gustado un poco.
Consulté mi reloj de pulsera y comprobé que tenía veinte minutos libres antes de que comenzara la siguiente clase. Justo en ese momento mi estómago gruñó a causa del hambre. Caminé por los jardines rumbo a la cafetería. Allí compré un par de sándwiches y un jugo. Busqué una banca libre y la encontré a pocos metros, me senté en ella y comí en silencio, pensando en todo lo que estaba ocurriéndome. Parecía que de un momento a otro despertaría del sueño y que me encontraría tumbada boca arriba en esa enorme cama… Aquella misma mañana había tenido la esperanza de que todo esto no fuera más que eso, un sueño pero estaba en esa enorme casa, mis padres seguían muertos y una pequeña flor amarilla descansaba en el alfeizar… él me la había dejado allí como si se tratara de una extraña muestra de que todo esto era actual.
Actual… comenzaba a cuestionar la realidad…
-Hola.- saludó de repente alguien a mi derecha. Era André y parecía bastante molesto.- Seré directo, Camila. ¿Qué hiciste anoche?- preguntó sin rodeos.
-Estuve caminando por la ciudad.- respondí en un vano intento por sonar sincera al menos convincente. Él no debía enterarse de lo que había visto la noche anterior.- Nos vimos en mi casa antes de eso, ¿Lo olvidaste?
-No, pero tengo una duda… Si estabas paseando por la ciudad, supongo que tus abuelos lo sabían, ¿verdad?- lo miré sin decir nada.- ¿Por qué tu abuela vino a mi casa después de la medianoche preguntándome si te había visto?
-Me olvidé de la hora.- susurré desviando la mirada de aquel rostro.- Es la verdad.- añadí.
-Claro.- dijo él con un suspiro.- Es muy normal pasearse por el bosque en vez de la ciudad… y más cuando es después de medianoche… y estuvieras acompañada de tu profesor… haciendo algo.
-¿Algo como qué?- le pregunté, dándole el último sorbo a la botella del jugo.
-No lo sé… él no es de fiar.- dijo él con frialdad.
La sangre en mis venas pareció solidificarse. Me siguió, pensé horrorizada. Tal vez había visto la correría de las hadas y su danza.
-¿Por qué crees eso?- volví a preguntar.
-Vi como caminaban por el rio…- su voz tenía un ligero tono acusador que no me agradó.
-¿Qué tiene eso de malo?- quise saber.
-Anster Fitzgerald es una mala persona, no deberías creer en nada de lo que dice hace. Su trabajo es envolver a las personas para que hagan lo que él quiera… Debes tener en cuenta que no lo conoces lo suficiente… cuando lo hagas, sabrás que digo la verdad. Mientras tanto, promete que no volverás a estar a solas con él.
-¿Por qué no?- solté de mala gana.- Siempre me dices cosas como esta, pero nunca hablas claro. ¿Por qué tienes tan mala imagen de él? ¿Te ha hecho algo, es eso?
-Que te lo diga él.- respondió de manera cortante.- Así veremos si el príncipe tiene buena memoria es un maldito. Si son tan buenos amigos como dices, bien puede responder tus preguntas. Como por ejemplo, porque usa lentes oscuros cuando me ve.
-Dímelo tú ahora que te encuentras tan comunicativo.- dije sin dejar de comer.- Dime todo eso que el malo de Anster se niega a confesarle a la idiota y estúpida y tal vez inocente Camila. Anda dime porque usa lentes oscuras cuando a mi me pareces de lo mas histérico y regular.
-Eso es porque tus ojos son humanos.- respondió y al segundó me miró como si hubiera dicho una palabra imperdonable.
-¿Humanos?- repetí lentamente. Constance me había llamado así.
-Eres muy curiosa.- dijo él esbozando una sonrisa nerviosa.- Cuando digo que tus ojos son humanos, solo lo digo como metáfora. Anster tiene hipersensibilidad en la retina y mi piel albina refleja un cierto tipo de luz que lo lastima. Tú eres normal, por eso puedes verme, pero él… él es diferente.
-Lo sé.- dije. Me pareció que André sabía más de lo que aparentaba. Traté de encontrar en su físico alguna similitud con los seres que había visto la pasada noche, pero ninguno period albino y mucho menos tenía esos preciosos ojos esmeralda.- ¿De dónde conoces al profesor Fitzgerald?- le pregunté con lentitud.
– Él dañó a mi familia.
-¿En qué sentido?
André abrió la boca para responder pero la cerró de golpe. Parecía incómodo y su voz temblaba cuando me habló de nuevo.
-Te veo después. Tengo muchas cosas que hacer.- y se marchó dando grandes zancadas por la perfecta extensión de césped del jardín.
Lo miré alejarse. André era un muchacho muy raro, siempre me hablaba a medias y solía decir cosas muy extrañas, sin tomar en cuenta que period evidente su odio por Anster, el cual también se negaba a decirme lo que en verdad lo unía a mi vecino, pero ninguno de ellos contaba con que yo me las arreglaría para averiguarlo.
Con el estómago lleno y la mente despejada fui a mi siguiente clase. El taller de piano resultó algo tedioso pues Anster solo se limitó a hablar sobre Vivaldi pero no interpretó ninguna de sus piezas. Cuando el martirio terminó decidí quedarme un poco más. Fingí que buscaba algo en mi mochila mientras el resto de la clase salía. Una vez solos, él se acercó a la puerta y la cerró con llave. Con mucha calma fue hasta mi para sentarse en el pupitre de al lado. Lo que más me gustaba de Anster no era su rostro, sino su cuerpo y la curiosa manera en la que lo movía. Sus pasos eran agiles, suaves y silenciosos. Sus manos siempre estaban en sus bolsillos y su barbilla cuadrada solía estar arriba, altiva… pero lo que más amaba de él period su cinismo, su falta de preocupación… su libertad para hacer lo que quisiera.
-Florence tuvo que irse.- dijo con esa voz que me estremecía de miedo.
-¿Por qué?- pregunté.
-Everett, el rey de las hadas necesita que alguien se quede con Hermia, la reina, mientras él va de expedición en busca de faunos.- Anster dijo esto con voz serena, como si no le preocupara el bienestar de los otros, pero tal vez fuera así.- Pero volverá en unos días. No tendrás que soportar al sedante profesor Binns por mucho tiempo.- me guiñó un ojo y aquello me hizo sentir incómoda.
-Gracias por la información.- le dije removiéndome en mi asiento, pero entonces se me ocurrió algo.- ¿Tienes hipersensibilidad en la retina?
-Un poco.- respondió entornando la mirada.- Mis ojos son sensibles al movimiento y la luz… Sirven muy bien cuando se está en el bosque por la noche, pero ¿Por qué la pregunta?
-Pues… hace rato me topé con André.- sus ojos se entrecerraron.- y él me dijo que te preguntara el porqué de tus gafas…
-Su piel albina me deslumbra, es todo.- solté un bufido de exasperación.- Bien, niña, tus ojos son humanos y no pueden ver más allá de un punto en especifico.
-Bien- resoplé.- Haremos de cuenta que acepto tu explicación. La cosa ahora se trata de esto: si su piel te deslumbra es porque se trata de un ser extraño, ¿verdad?- Anster no dijo nada.- ¿Verdad?- él asintió de mala gana. Sentí vértigo, no podía creer que mi vecino, mi fastidioso vecino también fuera como mis profesores.- ¿Cuál es?- me obligué a preguntar.
-Si te doy una respuesta estoy seguro de que te morirías en el acto, aunque no sé si lo harías de risa de miedo.- respondió, subiendo cómodamente los pies en el respaldo del asiento de enfrente.
-No creo que sea peor que tú.- solté.- Anda dime… Quiero saber si es seguro que André esté tan cerca de mi abuela.
-No debería decírtelo.- dijo él con tono divertido.- Sabes demasiado y podrías convertirte en un peligro actual si caes en manos del enemigo. Pero por otro lado debes saber que André es el enemigo. Tu enemigo ahora.
-¿Cómo dices?- solté con un hilo de voz.
-Digo que tu amigo rubio pertenece al mundo paralelo.- dijo él con una sonrisa de oreja a oreja.
Mundo paralelo. Repetí esas dos palabras en mi mente al tiempo que un frío mortal me recorría la espalda. André, un joven tan amable, tierno y apuesto… period miembro del otro bando. Ahora podía entender tanta hostilidad, tantas preguntas, tantas visitas a la mansión y también el porqué de sus consejos. André era el enemigo de Anster.
-¿Qué es?- susurré, temiendo la peor de las respuestas.
-¿No lo adivinas?- Anster parecía gozar ante mi rostro lleno de incredulidad.- Sólo trata de recordar lo que te dijo Ferrier.
Hice funcionar mi cerebro. Si André period un ser del mundo paralelo con figura humana, estaban descartadas las fuerzas negativas, los humanos y los faunos. Al pensar en aquello solté un grito ahogado. Miré a Anster quien asintió con la cabeza al notar que ya tenía la respuesta.
-No.- dije tratando de disimular el nuevo ataque de pánico que me embargaba.- Pero es que… no lo parece. Anster, él no parece…
Respiré profundamente y dejé caer la cabeza sobre el pupitre. ¿Por qué todo lo que me rodeaba había cobrado vida de repente? Los latidos de mi corazón se intensificaron y una profunda punzada me recorrió el cráneo justo por la mitad.
-Quería evitarte el mal rato, pero tú insististe en preguntar.- suspiró Anster.- Tal vez es momento de recomendarte que no preguntes mucho, deja las cosas como están, no quieras abarcarlo todo. Y sí Camila, André es lo que todos llamarían hombre lobo.
-Cállate.- solté con voz ahogada.- ¿Queda algo más que debas decirme?
-Por supuesto que hay más, pero si te lo digo todo ahora estoy seguro de que vas a desmayarte y francamente no tengo deseos de llevarte a la enfermería.- gruñó Anster.
Eché la cabeza hacia atrás y respiré profundamente para calmarme, pero lo único que obtuve fue que el dolor de cabeza empeorara.
-André…Anster… una vez me dijiste que tenías veintitrés años- pregunté, mirando de nuevo sus ojos grises.- Mentías… ¿verdad?
-Claro.- dijo él.- Tengo muchos más años de los que aparento…
-¿Y André?
-Mucho más que yo… es varios siglos más viejo.- respondió él con serenidad.
Solté un gemido pues estaba a punto de ponerme a llorar. ¿Dónde demonios había ido a parar? ¿Por qué Oma y Nataniel se habían decidido por esa mansión? Siempre había pensado que los cuentos de hadas eran mentira, pero allí, en medio de esa ciudad y junto a Anster, me di plena cuenta de que no sabía dónde estaba parada.
De repente me encontré en medio del bosque en plena noche y estaba aparentemente sola. A mis oídos llegaba el sonido de gaitas y tambores, pero la música no era alegre, al contrario period intimidante. Un par de esferas plateadas iluminaron el claro en el que me encontraba. Vi que decenas de hadas volaban por encima de mi cabeza burlándose. En torno a mí se reunían decenas de seres vestidos con túnicas verdes y todos levantaban sus varitas. Entre ellos estaban Constance y Spencer, los cuales me miraban intensamente. El corazón comenzó a latirme con violencia y sentí la necesidad de salir corriendo de allí y así lo hubiera hecho de no haber sido porque Lilyth y Ferrier me cerraron el paso. Miré a mi alrededor en busca de una salida pero mis ojos se quedaron fijos en dos descomunales lobos de dientes afilados de los que escurría sangre y jirones de ropa. Y allí, junto a ellos, estaban los faunos, criaturas enormes de largo cabello y enroscados cuernos. Todos, absolutamente todos me miraban. Querían matarme, lo veía en sus ojos… querían hacerlo… Me encogí, rodeada por todos ellos, me dejaría matar pero entonces una sombra apareció a mi lado. Era Anster, pero no el Anster radiante de siempre, sino uno muy cansado, ojeroso y delgado. Al notar mi presencia se volvió hacia mí y soltó un ligero gruñido. Los demás también gruñeron y comenzaron a gritar, pedían mi corazón. Grité aterrorizada y me tapé el rostro pero entonces comencé a escuchar la dulce voz de Florence.
-¿Satisfecha? Grita mientras puedas, nadie vendrá para ayudarte. Este es el remaining que decidiste al quedarte con nosotros. Este será tu closing, Camila, Recuérdalo siempre.
Vi el rostro de Anster y me tiré al suelo, echa un ovillo. Sentí su aliento frio en la nuca y volví a gritar con todas mis fuerzas pero nadie me escuchó. Estaba completamente sola ante ellos…
Entonces desperté de golpe.
Tenía la cara sudorosa y el cuerpo me temblaba incontrolablemente. En aquella aula no había nadie, todo estaba en completo silencio y la puerta estaba abierta de par en par.
Capitulo 6
Anster y los cuadros de la mansión
-Deja de mirarlo así, por favor.- me pidió Anster por milésima vez.
-No puedo evitarlo. Necesito confirmar que lo que me dijiste es actual.- dije yo a mi vez con voz ronca.
Él y yo estábamos sentados sobre un tronco viejo, escondidos entre la maleza, espiando el prado de calabazas del padre de André. El muchacho estaba cosechando una clase particularmente pequeña de calabazas. Las levantaba de la tierra y con mucho cuidado las colocaba una por una en una carretilla para después llevarlas a grandes cajas de madera que seguramente llevaría a su hogar. Aquel trabajo parecía no agotarlo pues en todo el tiempo que llevábamos allí ni una sola gota de sudor resbalaba por su frente. El sol comenzaba a ocultarse tras las montañas y él continuaba con su tarea sin percatarse de nuestra presencia, al menos eso demostraba.
-Camila, ya lo viste durante varias horas seguidas.- susurró él.- No va a convertirse en un lobo frente a tus ojos. Llevas tres meses viéndolo casi todos los días… – soltó con exasperación.- Las cosas no son como te las imaginas.
-¿Entonces cómo son?- gruñí por lo bajo.
-Tu amigo se convertirá en lo que tenga que convertirse cuando a él le dé la gana.- soltó con irritación. Lo miré y solté un hondo suspiró.- Puedes pasar días enteros mirándolo, nada sucederá. Los príncipes tienen un sorprendente auto management.
-¿Príncipe?- repetí.
-Ese lobo no es un ser cualquiera, tiene un rango muy alto entre los suyos y entre los nuestros.- dijo con desgana.- Cualquier cosa que tenga que ver con los Herkomer es un eterno dolor de cabeza. Lo mejor es mantenerse alejados de él… y eso te incluye a ti.
Volví a fijar la vista en mi vecino. André parecía completamente regular. No lograba distinguir en sus facciones en sus actos algo que delatara su verdadera naturaleza. Vi como guardaba sus herramientas dentro de un saco negro para después alejarse del terreno para volver a su casa justo cuando el cielo pasaba de estar coloreado de rosa a un tono violeta y después a un azul intenso, libre de nubes.
-Ya se fue.- dije. No quería admitirlo pero comenzaba a pensar que la tarde en ese lugar había sido una whole pérdida de tiempo y una innecesaria sesión de regaños por parte de mi profesor de piano.
-Eso es bueno.- comentó Anster desperezándose.- Si me ven deambulando por este lugar, y peor aún de noche, tendré que dar explicaciones, sin contar con los problemas que tendré por estar con cierta señorita.-Nos miramos. – ¿Puedo hablarte de algo en specific? Quiero aprovechar la intimidad del lugar.
-Por supuesto.- me acomodé porque seguramente la charla sería larga.
-Camila, quiero que seas completamente sincera.- me pidió.- y también quiero que dejes de hacerte la valiente conmigo. – abrí la boca para replicar pero él levantó una mano para hacerme callar.- Solo quiero que te des plena cuenta de todo lo que está pasando a tu alrededor, no deseo que pienses cosas equivocadas referente a mí a mi mundo, y mucho menos del mundo de André, si te estoy mostrando todo esto es porque… no quiero que le des muchas vueltas a lo que diré.- Anster a veces puede ser tierno, pero solo a veces.- estoy en busca de alguien que me… sirva de compañía.- Entrecerré los ojos.- Dije que había algo extraño que me hacia estar cerca de ti, ¿verdad? Ese sentimiento fue el que me motivó a llevarte conmigo al bosque hace unos días… sigo pensando que eres una opción viable, pero algo me sigue generando una gran duda, y créeme, no es debido a los comentarios de los que me conocen, sino por algo que estás haciendo…- sus ojos se clavaron en los míos.- ¿Por qué sigues actuando como si todo esto fuera normal?
-Pero no estoy actuando como si todo fuera regular.- respondí, utilizando sus mismas palabras.- Actuó lo más discretamente que puedo, en verdad, no es mi intensión que pienses así, solo que si le doy la importancia que las cosas se merecen voy a ponerme a gritar de un momento a otro puede que pierda la razón, simplemente trato de pensar y me digo a mi misma una y otra vez que todo esto, incluido tú, es lo que estaba reservado para mi… de lo contrario no podría levantarme cada mañana… ¿Quieres sinceridad? Pues bien, si estoy asustada por ti y las mágicas cualidades que te rodean… pero piensa en esto un momento, si tu vida no tuviera un rumbo, y no me refiero a una crisis existencial, sino que verdaderamente no tuviera un futuro y solo estés existiendo sin finalidad alguna, te juro que tú también te aferrarías a lo primero que se te cruzara por el camino… ¿Has sentido eso, que hagas lo que hagas nada pasa contigo y que por el contrario todo se va poniendo cada vez peor?
Anster no respondió al momento, solo se limitó a mirarme pero con eso sólo me confirmó que su existencia era perfecta.
-Te sorprenderían todas las ocasiones en las que me he encontrado en esa situación.- sonreía.- y la de veces que he decidió igual que tú… sin embargo…- solté un bufido.- Siempre habrá un sin embargo conmigo, acostúmbrate,- me dijo.- Sin embargo… una vez más me confirmas que he hecho una buena elección, pero mi deber es decirte y advertirte de todos los peligros y problemas a los que vas a estar sujeta desde hoy… ¿Te he hablado de mi madre?
-¿Qué?- de nuevo cambiaba abruptamente de tema.-No… tú nunca hablas de ti.
-Bien, su nombre es Marriot… Camila, debes saber que al igual que una madre mortal, la mía es protectora pero en un sentido bastante perturbador…
-¿A qué te refieres con perturbador?- pregunté con calma.
-Bueno… no quiero sonar presuntuoso, pero aún entre los de mi clase soy privilegiado, tengo demasiados derechos y beneficios, aunque también obligaciones, cosas que debo hacer y que sin embargo, no realizó porque me obligarían a marcharme de aquí… para resumir, aún en mi mundo hay reglas que se deben cumplir, hasta yo debo cumplirlas y una de ellas es… tener una compañera.- me puse pálida de golpe.- Una compañera para la eternidad… Todos creen que tú eres esa compañera, incluida mi madre pero dentro de poco cambiaran de concept porque nadie, salvo mi reducido grupo de amistades, sabe que eres humana. En cuanto lo sepan todos asumirán que te traje como un arma debido a la leyenda que te conté la otra vez.
-¿Y no es así?- musité.
-Por supuesto que no.- dijo él con fuerza.- Estás conmigo por otros motivos.
-Entretenimiento… ¿verdad?- solté sin poder contenerme.
-No.- dijo él con el gesto lleno de sorpresa.- Para nada… tal vez es otra cosa.- su gesto se volvió juguetón.- Para recordar cómo es ser humano…
-Espera un momento.- me estaba quedando loca.- ¿Tú fuiste humano?
-Sí, yo al igual que tú naci siendo humano. Mis padres también lo fueron.
-¿Y ellos son como tú?- no podía imaginar al simpático director con un hueco en el pecho.
-Si… aunque yo soy un poco diferente. Durante un tiempo me negué a lo qué era, pero al ultimate de cuentas tuve que resignarme pues como ves no puedo cambiar. Tiene sus ventajas no enfermarte porque no envejeces y mucho menos mueres, aunque también tiene su lado oscuro… porque no puedes encariñarte con nada… todo lo que conoces se acaba con el tiempo y terminas solo, decidiendo que lo mejor para ti, es mantenerte lejos de todo… Comienzas a no hablar, a no entablar amistades, a esconderte… a actuar como idiota frente a tus alumnos.- Aquella period la primera vez que hablábamos de él, y peor aún, la primera vez que hablaba sobre su verdadero ser… No lo interrumpí pues sabía que no volvería a hablar.- Pero ser esto… es aburrido. Vivir tanto sin necesidad de cuidarte es aburrido. La mayor parte del tiempo la dedicas a pasear, yo lo hice en Europa. Durante mis primeros años como inmortal conocí aquel continente, fue donde aprendí a tocar el piano, el violín, a pintar… durante un tiempo deje la música a un lado y me limité a conocer la noche y sus placeres… Tuve muchas amantes, humanas y no humanas… viví con muchos excesos pero un buen día, me aburrí de eso, me asqueó la manera en la que llevaba mi existencia y volví a la música… Mi único consuelo.
-¿Cómo es que te hiciste amigo de… las personas que me has presentado?- aquello me intrigaba.- ¿Llegaste de repente a sus vidas, hablándoles como me hablas a mí?
-De ninguna manera.- susurró él.- Los fui conociendo de a poco. Mis primeros amigos verdaderos me ayudaron durante mi primer año siendo esto que ves. Yo no me controlaba y period fácil que me vieran… Una vez llegue a Oslo… asesiné a una familia completa, mucha gente me vio, me siguieron hasta un bosque y esos amigos me ayudaron a escapar. Noel, Gustave, Basil y Jean… Ellos cuatro se convirtieron en mi sombra, me enseñaron todo lo que sabían y viví a su lado durante muchas décadas… Lo que hice durante estos siglos no es mágico ni romántico- me advirtió, mirándome de reojo.- Ellos se dedicaban a robar, pero no a cualquier persona, sino a los miembros de la aristocracia de toda Europa. Se hacían pasar por jóvenes herederos, fingían que se dejaban seducir, les hacían el amor a hombres y mujeres por igual. Repetían este macabro juego una y otra vez hasta obtener dinero, joyas, tierras… propiedades… y cuando los humanos no les servían más… los asesinaban. Yo jugué a eso muchas veces… demasiadas… Me hice de una pequeña fortuna que fue creciendo a medida que sofisticaba mis encantos. Cuando me cansé de hacer eso… abandoné a mi grupo de amigos y me fui a vagar por mi cuenta. Con ellos y gracias a su curioso modo de vivir, conocí lo peor de la naturaleza humana y llegué a la conclusión que dejar de ser un hombre había sido lo mejor que me había ocurrido. Pero gracias a eso me convertí en un asesino. Camila… antes mataba para vivir, después comencé a hacerlo por diversión… Solía acechar a mis victimas durante días, incluso me hacia amigo de ellas para finalmente matarlas…- Anster parecía estar sumergido en un recuerdo del que no se sentía orgulloso.- Me convertí en el monstruo que soy ahora.
Y me miró, quería una respuesta pero yo no podía articular palabra. Tenía las uñas encajadas en la corteza del árbol y mi respiración se encontraba cada vez más agitada. Debo admitir que estaba aterrada. Él se limitó a soltar un bufido.
-Ya he hablado mucho.- dijo.- Volvamos a casa.
-Espera.- dije con un hilo de voz e hice algo que no había hecho hasta el momento: tocarlo. Con fuerza lo tomé por la muñeca, obligándolo a detenerse. Aquel contacto lo paralizó por completo, incluso hizo que guardara silencio.- ¿En qué momento dejaste de ser un monstruo?
Y esa pregunta fue más perturbadora que mis dedos en torno a su muñeca.
-Aún soy un monstruo, Camila.- respondió con fuerza.- No he dejado de serlo.
-Claro que sí.- dije yo a mi vez.- Si aún lo fueras me habrías matado desde la primera vez que te mande al diablo.
Anster me miró con calma un minuto eterno y al closing ladeó la cabeza para decirme una sola cosa:
-Que la imagen que te muestro a diario no te confunda, que quiera matarte ahora, después tal vez nunca, no quiere decir que no sea un monstruo, además yo no quiero matarte.
Mis dedos se aflojaron y él alejo su mano de mí. Sin decirme algo más salió de nuestro escondite y comenzó a caminar hacia el rio. Fui tras él. Ambos caminamos en completo silencio y sólo me hablo hasta que llegamos al patio trasero de la mansión.
-Sólo debes prestar atención en una cosa: yo.- sus ojos relampaguearon.- Y sólo debes cuidarte de una cosa: yo.- y con una inexistente caricia en la mejilla derecha, se despidió.
Cuando reaccioné él ya se había ido.
Pasé la noche en vela pensando, cosa que nunca hacia. No se trataba de que fuera idiota no, pero no me gustaba darle vueltas a las cosas. Todo lo hacía sobre la marcha y aunque sabía que eso era un error, esa era mi forma de proceder. No pensar significaba no preocuparse, sobre todo si mis pensamientos iban a dar hacia un futuro efímero en el que no había nada para mi, salvo tristeza y decepción. Así era yo, una chica que no se detenía para reflexionar… Period de la concept de que si te sucede algo es porque malas cosas vendrán a continuación. Nada bueno solía pasarme… tampoco me gustaban mis cumpleaños pues eran la viva imagen del paso del tiempo, ese que me convertía en una vieja… Odiaba pensar en ser adulta, despreciaba esa thought con cada fibra de mi ser pues ser mayor representaba convertirse en un ser lleno de preocupaciones y sin una pizca de alegría. Además, en mi cabeza siempre revoloteaban los problemas económicos y sentimentales. Todos mis precarios empleos me habían dejado un mal sabor de boca al igual que mis romances pasajeros. Todos ellos, por igual, solo eran recuerdos en los que los idiotas desfilaban tropezándose unos con otros para ver quien encabezaba la lista de los más ridículos.
La vida ya me había dado mi buena dosis de sinsabores pero tal vez me faltaban más, así tenía que ser. Primero mi precario estado de ánimo, después mis padres y ahora Anster. De un momento a otro todo tendría que salir mal… ya lo veía venir. Pero ahora estaba aquí en esta casita de cuento de hadas que me permitía salir a pasear para perderme por el bosque. Salir me ayudaba a no perder la cabeza, a mantenerme tranquila y sobretodo ocupada. Ya no me sentía tan perdida ni sola, ya no dolía tanto pensar en mis padres… ya no lloraba… Recostada en la cama pensé que todo esto era producto de estar ocupada pero no, sentirme mejor había sido el resultado de estar con Anster… Saber que existía alguien más miserable que yo me hacía sentir mucho mejor.
El sábado por la tarde recibí una curiosa visita que me resultó un tanto escalofriante. Acababa de salir del baño y aún llevaba la toalla alrededor de mi cuello cuando Oma llamó a la puerta.
-¿Puedes salir un momento?- me pidió con voz alegre.
Y así lo hice. Abrí la puerta y asomé la cabeza al pasillo.
-¿Qué pasa?- pregunté con un enorme bostezo.
Oma estaba más que sonriente, un gesto poco común en ella. Cuando comencé a preguntarme qué period lo que la tenía de tan buen humor me di cuenta de que no estaba sola, alguien la acompañaba.
-Buenos días, señorita.- saludó Anster. Estaba completamente diferente. Su cabello estaba escrupulosamente pegado a su cráneo y vestía un elegante traje negro con camisa y corbata. Sonrió ante mi desconcierto.- Mi nombre es Anster Fitzgerald, soy el antiguo propietario de esta casa, sólo vine por unas cuantas cosas.
-Hola.- musité completamente desconcertada. En mi cabeza empezaron a agolparse decenas de preguntas pero ninguna pudo ser formulada y al parecer aquello le divertía al sádico profesor pues su sonrisa se ensanchaba más y más pero sin mostrar ni uno solo de sus dientes.
-Es un gusto conocerla, a usted y a su lovely abuela.- añadió con una sonrisa que le iluminó el rostro. Oma explotó y soltó una risita que nunca le había escuchado antes. Se puso roja y comenzó a abochornarse como una mocosa de quince años.
-Que muchacho.- soltó ella alisándose el cabello.- pero en fin, hija, el joven viene a recoger unos cuadros del tercer piso, ¿puedes acompañarlo? Yo lo haría pero tengo que salir.
-…- estaba completamente confundida. Traté de responder pero lo único que emitió mi garganta fue un ronco- sí.
-Estupendo.- señaló mi abuela y con una gran sonrisa se despidió de nosotros y fue hacia las escaleras murmurando cosas que no alcancé a escuchar pero Anster posiblemente sí.
-¿Sorprendida?- soltó ese cínico en cuanto escuchamos como se cerraba la puerta principal de la mansión.
-No sé qué decir…- él sonrió. A mi parecer sonreía bastante últimamente.- En serio no sé qué decir… Creí que te gustaba el anonimato al menos eso me hiciste creer con toda la serie de cosas que me has dicho como es que han actuado tus amigos, pero al parecer a ti no te importa mucho guardar las apariencias, ¿verdad?
-Exacto… ¿Quieres acompañarme al tercer piso? En verdad no miento cuando digo que necesito ver los cuadros.
-¿Por qué no subes por tu cuenta?- solté dando media vuelta para regresar a mi habitación.- Después de todo era tu casa…
Anster no entró, solo se limitó a mirarme desde el marco de la puerta.
-¿Por qué duermes precisamente aquí?- preguntó con un susurró, mirando todo lo que había por allí cerca.
-Oma me indicó que esta sería mi habitación, yo solo obedecí.- entonces lo miré. Algo no me gustaba.- ¿Qué pasa? ¿Period tu antigua habitación?
-Mía no… pero sí la de mi prometida.- respondió en voz muy baja pero lo suficientemente audible como para que yo lo escuchara y me quedara fría al momento.
-Tu…- comencé pero él me hizo callar de inmediato.
-En verdad necesito ver esos cuadros.- me pidió y yo asentí.
-¿Por qué la prisa, pasa algo?- pregunté, poniéndome rápidamente los zapatos.
-No lo sé, tal vez… Camila debes estar consciente de que tu presencia en mi mundo cambia algunas cosas, pero también lo hace en los otros mundos. Al parecer el otro bando ya está al tanto de que una humana se encuentra conmigo… necesito confirmarlo.
-Lo que me habías dicho de los cuadros…
Es verdad. Los que se encuentran en la planta baja y el primer piso funcionan como una especie de obituarios pues nos dicen quien sigue con vida. Los cuadros que están en este piso son una burda representación de los principales líderes del grupo de nuestro enemigo… tampoco tienen rostro pues todos siguen con vida. Pero las pinturas del piso de arriba son diferentes… funcionan como una especie de aviso.- lo miré sin comprender y él puso los ojos en blanco.- Sus imágenes cambian según lo que los mundos decidan. Hace mucho que mi mundo no decide absolutamente nada, en parte porque yo no estaba disponible y sin mi nada puede hacerse dejar de hacerse… – solté una risotada de escepticismo. Él me ignoró.- Quiero ver qué ha cambiado hasta el día de hoy. ¿Te importaría si vamos de una vez?
-Claro su actual majestad.
-Muévete, niña.- me ordenó.
Salimos de la habitación y al igual que Oma, nos dirigimos hacia las escaleras pero nosotros subimos en lugar de bajar. Mis pies hacían mucho ruido en comparación con los agiles pasos de mi profesor, pero preferí ignorar aquello y me concentré en lo que acaba de decir referente a los cuadros, entonces recordé que algo más, aparte de los cuadros, solía cambiar en esa casa.
-Anster, ¿puedo preguntarte algo?- él asintió.- En el baño de mi habitación hay unos vitrales, cuatro para ser precisa. A veces están iluminados pero otras no, y me preguntaba qué es lo que podría iluminarlos pues no dan hacia afuera… están empotrados a la pared.
-Esos vitrales funcionan como un medidor de estado de ánimo. Cuando estás feliz se iluminan, cuando estas triste, se vuelven oscuros, cuando mueres se rompen.- nos miramos.- La habitación en la que duermes pertenecía a una persona con cambios de ánimo bastante peculiares, period peligroso estar cerca de ella por lo que yo mismo puse esos vitrales pues necesitaba saber de qué animo estaba para acercármele no. Antes las paredes estaban cubiertas por libros, por eso tuve que ponerlos en el baño…
-La persona que dormía allí period tu prometida.- apunté.- Y era igual de voluble que tú. ¿Dónde está ahora?
-Camila, no es bueno que preguntes tanto.- me recomendó él.
-Debo hacerlo, apenas te conozco.- me quejé.
Anster sólo suspiró y enfiló el largo pasillo del tercer piso. Se acercó a una puerta, la más alejada de las escaleras y puso una mano sobre le picaporte.
-¿Puedo entrar?- me preguntó.
-Sí, ¿Por qué preguntas tanto?- me quejé.
-Esta ya no es mi casa y debo tener la autorización de la actual propietaria para poder entrar y hacer ciertas cosas, por eso te pido que me acompañes.- me explicó él.
Giró el pomo de la puerta y ésta se abrió suavemente. Corrí para entrar tras él y lo que vi me hizo soltar un grito ahogado. El piso, a diferencia del resto de la casa, era de mármol y las paredes parecían estar recubiertas de madera… No había ventanas, solo quince cuadros alargados period la única decoración. Debían medir al menos dos metros de largo por uno de ancho y parecían estar hundidos en la extraña pared. Anster cerró la puerta detrás de mí y sin previo aviso me tocó el hombro. Aquello me hizo dar un respingo. Sin saber cómo su rostro quedó a un palmo del mío… tan corta era la distancia que podía ver el rápido movimiento de su pupila recorriendo mi rostro.
Podía sentir como el miedo subía de mi estómago a mi garganta y tuve que decirme a mi misma que no había nada que temer, que todo estaba bien… pero mi agitado corazón no compartía la misma concept que el resto de mi cuerpo.
-No voy a matarte.- susurró él.- Ni hoy ni nunca si puedo evitarlo… No tienes por qué temerme.
-A veces lo hago.- le confesé mirando sus asombrosas pupilas.- pero hasta ahora no me has demostrado que esa sea tu intención. Lo siento, pero al pensar en todo lo que has hecho, no puedo evitar sentir miedo.
-Imagina que soy solo una persona a la que acabas de conocer, ignora lo que realmente soy para que te sea más fácil tolerarme.- me recomendó.
Entonces se alejó de mí y fue hasta el primer cuadro que se cruzó en su camino. Un jardín de rosas blancas con una silla en el centro era lo que mostraba la pintura.
-¿Qué es exactamente?- me atreví a preguntar.
-El trono de Hermia.- respondió él.- Cuando su imagen aparece sentada allí, significa que hay problemas.- se apartó de allí y fue a la siguiente: una cueva pobremente iluminada y llena de huesos y carne podrida.- La guarida de los lobos… no están, pero planean algo. El fuego aún está encendido… – fue al siguiente: montañas azules rodeadas por un profundo lago.- No hay humo… -Siguió revisando todos y cada uno de los cuadros repitiendo la palabra vacío. Todas esas pinturas eran paisajes de bosques, ciudades, playas, campos… en ninguna había una sola persona, nada, salvo en el último. Se trataba de una imagen en la que solo reinaba el negro, period un perfecto rectángulo negro.- Nada.- bufó.- Todo está vacío como si se hubieran ido a otro lugar.
-¿Acaso esperabas encontrar algo?- solté sin poder darle crédito a su enojo.
-No, por supuesto que no, pero su ausencia me deja peor. Es mucho mejor verlos aquí, porque así sé lo que está pasando, sin embargo al no tener nada en ellos… -suspiró.- Podrían estar haciendo cualquier cosa… – lo deje reflexionar. No entendía mucho lo qué decía. Me puse a mirar el resto de los cuadros y uno llamó mi atención más que los otros, en él estaba un hermoso castillo lleno de torrecillas que se levantaba junto al mar…- La última vez que los vi.- volvió a hablar Anster.- Zatzka, el líder de los lobos, estaba sentado en su trono y se veía verdaderamente enfadado y la puerta de la fortaleza de Bran estaba abierta.- señaló dos cuadros, uno del trono vacio y otro de una puerta de hierro cerrada.- y aquí.- me indicó otro cuadro, uno en el que se veía un callejón.- pude ver a Etheline, la sibila.- y sonrió. Entonces giró la cabeza en mi dirección y añadió.- Una amiga.
-No tienes que darme santo y seña de todas las mujeres a las que conoces.- gruñí.
-Lo hago por si acaso, pero ya que estamos aquí y solos, continuaré con tu educación.- me senté, de nuevo aquello iría para largo.- Hace tiempo, Camila…- hizo una pausa y se sentó frente a mi.- Lo que voy a decirte a continuación es muy importante así es que pon atención. Hace dos siglos y medio, más menos, hubo una pelea con los lobos de Serbia, con el grupo de Zatzka, el cual es el principal y más feroz que puedas encontrar en todo el mundo. La pelea se inició cuando uno de los suyos los abandonó para unirse a nosotros. A raíz de eso nos declaró la guerra pero no lo aceptamos. De hecho, los faunos se unieron a ellos cuando se inició el problema pero a diferencia de los lobos, los faunos son demasiado tercos, odian cualquier cosa que no esté de su lado y peor aún, odian a cualquiera que represente un peligro para ellos.- me miró.- Camila, todos estos cuadros están vacios porque nadie planea luchar, pero el día en que todos estos líderes enloquezcan de poder… lamentablemente comenzará la guerra… en la que uno de los dos mundos tendrá que dejar de existir…
-¿Esto no es una leyenda?- pregunté.
-No, no es una leyenda. Es lo que pasará en un futuro no muy lejano.- Anster volvió a mirar las pinturas.- Todos somos enemigos y no necesitamos de una estúpida historia para matarnos. Queremos el poder absoluto pero ellos no se han decidido… tal vez porque saben que perderían contra mí.- me reí y el también.- Camila, tal vez no vivas lo suficiente para verme como realmente soy, pero por favor te pido que nunca te quedes demasiado cerca de mi si algún día estamos en problemas. Lo que te mostré en el bosque solo es la envoltura del monstruo que soy.
-De nuevo vas con eso.- bufé.- Tal vez lo seas pero no ganas nada repitiéndolo una y otra vez. Eres un monstruo ¿y?- nos miramos.- ¿Cambiarás algún día? Lo dudo, basta de decir cosas como esa. Ya sé que no tienes corazón, ¿y?
Anster se levantó y me tendió una mano para que yo también lo hiciera. Dudé en tomarla pero lo hice.
-¿Dónde estuviste escondida?- preguntó sin soltarme.
-¿A qué te refieres?- solté sin comprender.
-Estás sorprendiéndome y créeme, no contaba con eso.- me soltó y se dio la vuelta para abrir la puerta pero entonces se detuvo.- Camila, ¿Puedo pedirte algo?
-¿De qué se trata?- desconfié al segundo.
-Es una cosa complicada pero me gustaría que hospedaras a alguien aquí, solo por un par de días.- Anster me daba la espalda, aquello no me gustó.- Se trata de una amiga a la que no le tengo confianza pues cada vez que viene a este lugar pone todo al revés, pero si se queda contigo está obligada a comportarse… ¿Recuerdas a Constance?
En mi mente relampaguearon el cabello azul, los ojos verdes y la gran sonrisa burlona de una bruja.
-¿Quieres que esa bruja se quede en esta casa?- solté sin poderme contener. Él se dio la vuelta de inmediato y me miró con sorpresa.- Lo siento pero no voy a exponer a mis abuelos.
-Bueno.- dijo con un suspiro.- No puedo obligarte, al fin y al cabo esta ya no es nuestra casa, estás en todo tu derecho…
-Espera.- dije al punto. Sabía que iba a arrepentirme después pero es que no podía negarle nada.- Me precipité, tal vez y solo si promete comportarse y actuar como una persona normal pueda quedarse… por mí no hay problema pero mis abuelos son gente muy especial, no quiero que sepan de ustedes… – él sonrió triunfante ante mi respuesta.- Si les digo que es una compañera que viene de intercambio la cosa puede cambiar… pero si, puede quedarse en esta casa.
-Gracias, Camila.- dijo él.- Eres muy amable y aunque no lo creas estaré más tranquilo teniéndola aquí contigo. A pesar de tener cientos de años sigue siendo una niña.
-¿Cuántos años tiene?- en verdad no quería saber pero tenía que preguntar.
-823 años exactamente, pero ya que no me lo preguntas yo te responde que Spencer, su hermano, tiene 829, Ferrier 265, Lilyth 998…- me miró y suspiró.- y yo… 302.
-Vaya.- musité tragando un apretado nudo que se había formado en mi garganta.- Luces mucho más joven.- intenté sonreír pero no pude.
Después de eso salimos de la habitación y bajamos hasta la puerta principal. Él me agradeció el favor que le haría y yo no supe qué decirle. Anster solo suspiraba ante mis silencios. Nos despedimos y yo regresé a mi mundo para encontrar la mejor manera de decirle a mi abuela que pronto tendríamos visitas. Por suerte mi abuela se mostró entusiasmada y yo tuve que fingir que también lo estaba. No sabía qué era aquello que nos aguardaba pero preparar una habitación me distrajo de aquellos cuadros siniestros que me habían gustado tanto.
La noche antes de la llegada de Constance me puse a redactar una serie de preguntas que le haría cuando mi abuela nos dejara respirar y todas eran referentes a él… pues de repente mi curiosidad acerca de su vida estaba alcanzando niveles alarmantes… Con un suspiro cerré la libreta y la dejé sobre la mesilla de noche y me sumergí en un sueño profundo.
Capítulo 7
Anster trae a la bruja
Estaba en la sala leyendo mi nuevo escrito para corregirlo cuando de repente Oma salió disparada de quien sabe donde hacia la entrada.
Cerré los ojos con fuerza cuando escuche el pestillo de la puerta y después a mi abuela dándole la bienvenida a una animada Constance en el vestíbulo.
-¿Qué tal, Camila?- saludó ella poniéndose peligrosamente cerca.
Entreabrí los ojos. Constance estaba parada a un lado del sofá en el que me encontraba recostada. Por un momento no la reconocí. Ya no llevaba el pelo largo y azul, sino cobrizo y rizado hasta los hombros, cabello que combinaba a la perfección con su delicado vestido negro. Me sonreía feliz.
-Hola.- musité desconcertada y me incorporé de un brinco. La mire de arriba hacia abajo. Parecía que iba a una junta de negocios por lo elegante que estaba.- ¿Tu equipaje?- pregunté al no ver ninguna maleta por el lugar.
-En las escaleras.- contestó la chica con calma. Sus brillantes ojos me deslumbraron.- Tu abuela me dijo que me mostrarías la habitación que ocuparé.
-Ah, sí.- recordé entonces la charla de quince minutos que había sostenido con mi abuela acerca de la educación y la hospitalidad Dresden.- Ven conmigo.
Pase a su lado y salí de la sala. Oma y Constance me siguieron hasta las escaleras. En el primer escalón descansaban dos maletas amarillo canario. De solo verlas, los ojos me dolieron. Tomé una y Constance se apresuró a tomar la otra. En verdad period una maleta pesada y me pregunté qué demonios podría haber en ella. Me dieron nauseas y preferí no imaginarme nada.
-No se entretengan mucho.- nos advirtió la anciana.
-Descuide, Lady Oma. Estaremos aquí antes de que pueda declinar deus, deí en plural y singular.- soltó ella con una sonrisa radiante.
Oma y yo arqueamos las cejas mirándola. De haber sido dibujos animados, un enorme signo de interrogación habría aparecido sobre nuestras cabezas.
-Un chiste native.- se disculpó ella.
-Claro.- dijo Oma y huyó hacia la cocina.
-¿Qué fue eso?- le reproché a la invitada mientras subíamos al primer piso.
-Un poco de humor latino.- respondió Constance llena de inocencia.
-Evítalo.- le ordené.- Mi abuela no sabe lo que eres y me gustaría mucho que siga ignorándolo.
-Lo recordaré.- aceptó.- pero no veo el problema. Estudié latín en Roma, y hablarlo es lo más común que puedo hacer con el idioma. ¿Para qué estudiarlo si no puedo utilizarlo?- se quejó haciendo un puchero.
-¿Hace cuanto fue eso?- quise saber, deteniéndome en el primer descanso que vi. Ella también se detuvo para observarme con curiosidad.
-Anster hablo de más. ¿No es así?
-Claro que no.- negué de inmediato pero ella no me creyó.- Solo me dio información valiosa.
-No, no lo hizo. Sólo reveló nuestras edades.- la miré.- Conozco a ese imbécil desde antes de que fuera eso que es ahora. ¿Sabías que el tiempo es un tema que le obsesiona? Para dejar de sentirse viejo se compara con nosotros.
Sonreí. Cada que uno de los seres que había conocido aquella noche hablaba, lo hacía en plural. Parecía que todos eran uno, no importaba la situación el problema.
-Ven, dormirás aquí.- le indiqué cuando al fin llegamos al piso lleno de habitaciones. La recámara que le indiqué era esa que se encontraba junto a la mía.
-¡Maravilloso!- exclamó con verdadera alegría.- ¿Cómo supiste que ésta era la mía?- preguntó con los ojos chispeantes de emoción.
-Ya veo.- musité. Esa habitación period la más sucia, asquerosa y llena de alimañas que había visto jamás. Pero si en ella había dormido esa joven, ahora me quedaba claro el aspecto de su antigua guarida. – Oye, Anster me prometió que vas a comportarte.- el corazón comenzó a latirme con fuerza… como cada vez que me asusto.
-Y así lo haré.- de repente su alegría se esfumó. Su semblante se tornó serio y envejeció de golpe.- Ochocientos veintitrés años de vida me han enseñado que a veces es mejor contener los impulsos. Aunque debo reconocer que me alegra mucho.- miró a su alrededor.- poder estar de nuevo en esta casa.
-A Anster le dio lo mismo.- comenté.
-Anster está lleno de malos recuerdos, y este lugar reanima muchos de ellos. Sólo ignóralo, es lo que hago yo. Si te tomas demasiado en serio a Anster puedes perder la cordura.- me recomendó con una nueva sonrisa.- ¿Podemos entrar a la habitación?
-Es tuya.- le dije sin mucho ánimo.- Puedes entrar en ella cuando te plazca.
Tomó mis palabras al pie de la letra ya que caminó hasta el final del pasillo y le dio una patada a la puerta, la cual, se abrió de par en par. Constance entró dando saltitos… Respiré todo el aire que mis pulmones pudieron soportar y lo dejé escapar de golpe. Definitivamente esa bruja estaba demente, era tan descuidada que en cualquier momento la curiosidad de Oma se toparía con la verdad. Y entonces, como si mis pensamientos hubieran ido volando hasta la bruja, ésta soltó un grito de horror. Corrí hasta la habitación pero todo estaba en orden.
-¿Qué fue lo que le hiciste?- Constance me miró. Estaba verdaderamente indignada.
-¿La limpie?- solté sin poder comprender el por qué de su odio hacia la higiene, pero ella me lanzó una mirada de desaprobación.- ¿Qué? Oye, todo estaba hecho un verdadero asco. No iba a dejar que esta habitación siguiera siendo un criadero de bichos. Lo siento, pero esta casa ya no es tuya. Puedo hacer lo que quiera aquí, ¿entendido?
-Supongo que tienes razón.- cedió ella a regañadientes y comenzó a inspeccionarlo todo.- Gracias.- masculló después de salir del baño.- Sé que no es tu responsabilidad lidiar conmigo. Te prometo que me iré en cuanto me sea posible.
-Descuida, si contigo aquí puedo cumplir con lo que le prometí a Anster, supongo que no hay ningún problema.
-No le hagas tanto caso.- me recomendó.- Exagera y exige demasiado de las personas que lo rodean… Solo basta con que no lo hagas enojar y listo.
Constance se sentó en la orilla de su mullida cama y comenzó a desempacar. En silencio fui por la otra maleta y la dejé al lado de su dueña.
-Puede que sea mi imaginación, pero ¿Te llevas bien con Anster?- aventuré.
-No mucho.- dijo con sinceridad.- Es difícil nuestra convivencia debido a lo que somos. Él está criado de una manera muy diferente a la mía, y nada tiene que ver con la edad el lugar de procedencia, aún evitamos pelear en la medida de lo posible, sin embargo hay ocasiones en las que lamentablemente terminamos muy mal. A Anster no le gusta la magia ni nada que tenga que ver con ella y eso me hace pensar que tal vez se siente celoso.- soltó una ligera risita.- Sólo es una concept porque no creo que Anster pueda experimentar celos… – guardó silencio y yo la miré expectante. Quería que siguiera hablando de él pero no sucedió y desvíe la mirada.- ¿Dónde duermes?- preguntó ella de repente.
-En la primera habitación del pasillo.- respondí con sencillez.- ¿Qué pasa?- inquirí al notar su silencio.
-Nada- dijo con una sonrisa y distraídamente se pasó una mano por el cabello.
-¿Lo teñiste?- pregunté mirando los perfectos rizos de su cabeza cobriza.
Constance pronunció aún más su sonrisa y se llevó una mano al interior del abrigo. Sacó lo que parecía ser un delgado palito de madera shade café. Al verlo pensé que period demasiado extraño que ella trajera madera en la ropa hasta que mi estúpido cerebro recordó lo que esa chica era. Ese palito” era nada más y nada menos que una varita mágica, la cual acercó a su cabeza para cambiar esos rizos por una larga melena azul eléctrico.
-¿Qué más puedes hacer?- solté sin pensar.
-No, Camila, no te sorprendas por esto y mucho menos, quieras indagar.- dijo ella.- Nada de lo que hacemos e incluso nada de lo que somos… es algo natural. Siempre he pensado que nuestra existencia es un error, nosotros no deberíamos estar aquí y tú no tendrías porque ver esta varita con tanto interés… – soltó a modo de regaño.
-Lo siento.- murmuré sólo por decir algo pues en realidad no lo sentía en lo absoluto.- pero realmente me sorprende lo que pueden hacer, supongo que es una reacción perfectamente normal. Ustedes también sienten curiosidad por mí, ¿ me lo vas a negar?- ella entrecerró los ojos.- Apuesto lo que quieras a que cuando vuelvas con tus amigos van a preguntarte todo acerca de mí.
-Tienes toda la razón.- aceptó ella cruzándose de brazos.- Van a preguntarme sobre ti y yo responderé a sus preguntas, siempre y cuando sean pertinentes, y todo para que podamos comprender por qué Anster está tan interesado en ti.-nos miramos.- Ya que te noto muy interesada y bastante enterada te diré una cosa que debes saber y ese tipo no te ha dicho: una vez que alguien de nuestro mundo elije a un ser humano y éste a su vez acepta estar con él, ya no hay vuelta atrás.
-¿Cuántos están tan preocupados como tú?- pregunté sin dejarme intimidar.
-Todos.- dijo ella.- Y la mayoría piensa que es un error tenerte cerca de él, además de que nadie te quiere en nuestro mundo, pero tienes algo a favor, los amigos de Anster lo apoyamos en cualquier cosa, incluido esto. – Suspiré.- Debo agregar que mi hermano y yo somos la máxima autoridad en el reino de la magia.
-Tal vez tú me apoyes, pero ¿Qué hay de la madre de Anster?- insistí.- Él me hablo un poco de ella.
-¿Te habló de ella?- se sorprendió la bruja.- Vaya que va rápido nuestro inmortal… Pues no voy a negarte que esa mujer demente piensa que solo eres un entretenimiento demasiado caro para su hijo.- abrí la boca realmente ofendida.- Pero Marriot cree lo mismo de cualquier mujer que se le acerqué a su retoño.
-¡A cenar!- gritó Oma desde las escaleras. Aquel llamado llegó como un rayo de luz en medio de aquella platica tan cruel.
-Tú primero.- dijo ella mientras se llevaba la varita a la cabeza para regresar su cabello al aspecto anterior.
Cuando entramos al comedor mis ojos casi se salen de sus cuentas. La mesa tenía un delicado y perfecto mantel blanco. La vajilla de porcelana que había pertenecido a mi tatarabuela Maxime relucía bajo la potente luz del candelabro. Aquella era una cena por todo lo alto: carne, sopa, crema, salsas y ensaladas.
-Espero que la comida sea de tu agrado.- le sonrió Oma a una Constance que sonreía maravillada.
-Claro que si, señora.- dijo ella sentándose.- Pero no se moleste tanto por mí.- añadió al ver mi cara de incredulidad cuando me senté frente a ella.
Mi abuela le respondió con una sencilla risa, pero algo me decía que aquella chica no estaba acostumbrada a cenar en familia. Entonces me pregunté cómo era la hora de las comidas para los seres mágicos, tal vez solitarias… Mientras engullía las verduras no pude evitar pensar en que la magia, por más fascinante que sea, no deja de ser un elemento que te aísla de los otros, pues no todos la poseen y no todos pueden entenderla. Constance con todo y sus excentricidades me parecía una persona demasiado solitaria… quizá esta period su primera cena en compañía desde hace mucho tiempo.
Justo en ese momento se escuchó que alguien abría la puerta de la entrada. Era mi abuelo… Me puse derecha en la silla. Él no era una persona quisquillosa, de hecho le encantaba conocer a gente nueva, pero me inquietó que Constance intimara tanto con mi familia. Nataniel entró al comedor en ese momento. Siempre le había agradado conocer gente interesante y sació ese deseo con aquella bruja de cabello extraño. Le preguntó cosas de rutina: nombre, edad, y el porqué de su presencia allí, la bruja respondió a todo eso con la mayor educación y dulzura pero al llegar al tema de su familia ella sólo suspiro.
-Mis padres murieron hace mucho tiempo… y la única familia que me queda es mi hermano mayor, Spencer y mi cuñada Florence.- al decir aquello sus ojos se posaron en mí.
Ambas éramos huérfanas…
Pude ver la tristeza en sus ojos… ella había nacido en una familia que la amaba, seguramente era traviesa y su madre tenía que regañarla como a mí, pero no importaba pues todo se olvidaba con un abrazo.
-¿Cómo murieron tus padres?- le pregunté al terminar la cena, de camino a su habitación.
-Los asesinaron.- respondió en un susurró. Mi corazón dio un vuelco y me detuve a mitad del pasillo. Ella hizo lo mismo.- Con magia sin ella se sufre igual.- ella siguió caminando y la seguí. Al entrar a la habitación suspiró.- mi padre no está muerto, solo mi madre.
Contraje el ceño.
-¿Por qué dijiste que eras huérfana?
-Para tener la simpatía de tus abuelos y evitar preguntas que me son difíciles de responder.- se sentó en la orilla de la cama y desde allí me miró, pero yo permanecía junto a la puerta con la mano en el picaporte.- No quiero que pienses cosas equivocadas de mi… así es que seré sincera contigo. No me interesa lo que Anster te haya dicho sobre él los demás, simplemente hablaré por mí, y sólo lo haré hoy.- nos miramos y yo permanecí en silencio.- solo mi madre está muerta… eso ocurrió hace mucho, mucho tiempo atrás casi siete siglos…cuando ella murió Spencer y yo ya éramos adultos…- me lleve una mano al estómago. De repente sentía deseos de vomitar la cena.- ¿Quieres que te diga más de mí?
-Si quieres, adelante.- respondí sin ánimo. Otra vez quería estar sola.
-Nací el 7 de agosto del año 1178 cerca del Monasterio de Monkwearmouth, aunque hoy se le conoce como la ciudad de Sunderland en el Reino Unido. Spencer nació cinco años antes que yo… nos criamos como cualquier niño… jugando en el bosque, rodando en la hierba y ayudando en el campo… Nadie sabía de nosotros pues mis padres eran muy precavidos en no mostrar sus… talentos frente a los demás… pero como todos los seres de este mundo cometimos un error, nos confiamos. Un grupo de magos supo lo que éramos y convocó a mi padre para que se uniera a ellos en un consejo secreto en contra de los humanos…. Pronto la familia se vio envuelta en ese asunto y comenzamos a frecuentar al resto de las familias que pertenecían a dicho consejo…. Pero debes saber, Camila, que en cualquier lugar donde estés siempre habrá alguien que quiera más que los demás, alguien que no dudará en hacerte trizas para conseguir lo que desea… Un miembro de la familia Seymour tuvo la mala fortuna de fijarse en mi… yo me opuse a que me hiciera la corte y en un acto asqueroso y vil intentó violarme, pero mi hermano me salvó. Spencer lo golpeó hasta el cansancio y lo asesinó. De inmediato esa familia buscó venganza pero no podía tocarnos ya que mi padre se convirtió rápidamente en uno de los miembros más influyentes de ese consejo así es que una noche y por accidente… mi madre fue apuñalada en el patio trasero de la casa. Temiendo que eso pudiera pasarnos a Spencer y a mí, mi padre nos ocultó. Desde entonces no permanecimos en un lugar más de un año. Los siglos avanzaron, mi padre se hizo cada vez más poderoso… pero nunca volvimos a vivir bajo el mismo techo, ninguno de los tres…- suspiró y me miró.- evidentemente nos buscaron y tuvimos innumerables peleas, debo decirte que con esta varita y estas manos asesiné a mucha gente y no me arrepiento de haberlo hecho pues fue para defender mi propia vida y la de mi hermano. Cuando el consejo de magos se enteró de que los Buckland no éramos unos cobardes ni débiles, nos dejaron en paz y pudimos regresar con ese puñado de hipócritas… pero no quisimos. Spencer conoció a Florence y yo seguí mi camino viajando de un lugar a otro hasta que cierto día un inmortal paliducho se cruzó en mi camino.
-¿Te refieres a… Anster?- susurré.
-¿A qué otro sino?- Constance se dejo caer sobre la cama y clavó la mirada en el techo.- Todavía recuerdo con toda claridad esa noche. Yo me encontraba en París por decima vigésima vez, no lo sé, y Spencer me había pedido que me quedara un poco más en la ciudad pues tenía asuntos que arreglar allí además de que deseaba verme pues habían pasado cinco años desde la última vez que nos reunimos. Era el 28 de marzo de 1721 y yo estaba hospedada en una posada cerca de Versalles y justo enfrente se encontraba la casa de un anciano que durante su juventud había pintado varios retratos para la nobleza pero cuando lo vi se dedicaba a darle clases a un puñado de jóvenes estúpidos que no pasaban de los veinte años, salvo uno de veintidós años. Un muchacho de mejillas encendidas y abundante cabello negro que se llamaba Anster.- al escuchar eso ahogue un grito.- Si, lo vi antes de que se convirtiera en eso que es ahora… pero no entable una amistad con él. No, ese fue Spencer quien se lo topó una mañana en la calle. A mi hermano le gustaron tanto sus cuadros que le pidió que pintara un retrato de su esposa… pero ese muchacho nunca se apareció por la casa del anciano después de ese día. Muchos años después lo volví a ver pero ya no period el mismo joven, no… Había cambiado demasiado, si lo reconocí fue por su cabello, su voz y porque seguía igual de joven que hace a hundred thirty años atrás. Al principio creí que se trataba de algún descendiente suyo pero no, sus pinturas eran las mismas que yo había visto en Paris. Spencer lo siguió una noche y ambos comprobamos que period el mismo muchacho… convertido… desde entonces nos quedamos juntos. Además de ser un magnifico artista, Anster period muy inteligente, fuerte, valiente, sabia luchar y podía comandar ejércitos si le apetecía… salvarte de la muerte.- Constance rodó sobre sí misma y con el vientre apoyado sobre el colchón me miró.- Soy una bruja Camila, no he comido niños, no he hecho aquelarres, no vuelo en una escoba y no me gustan los gatos. Pero puedo matar a la gente si quiero, odio a los humanos, en especial a aquellos que piensan que la magia es mala… No me justifico pero no tengo el más mínimo deseo de ayudar a los de tu clase, preferiría exterminarlos a todos pero contigo y tu familia haré una excepción… No sé quién eres y tampoco puedo ver lo que él ve en ti, pero me esforzaré para ayudarte porque quiero a Anster y mi único deseo es verlo feliz.
-¿Y si todo sale mal?- pregunté.- ¿Qué pasa si él determine… olvidarse de todo lo que me prometió?
La bruja se incorporó y desde el centro de la cama me miró con aire lúgubre.
-La única moneda que puede pagar mejor dicho la única manera con la que se pueden limpiar los errores Camila, es con la muerte.
-¿La muerte?- repetí con un hilo de voz.
-Sí, pero no te adelantes a los hechos. Tienes de tu lado al mejor de los nuestros, Anster nunca dejaría que algo en lo que ha puesto toda su atención sea dañado.- aquello no me tranquilizó para nada.- Ve a dormir, mañana seguiremos con esta plática. Ahora debo hacer algunas cosas y necesito estar sola. Te prometo que pasarás una noche tranquila.
Asentí sin mucha convicción y con lentitud salí de esa habitación para encerrarme en la mía. Tal y como ella me dijo tuve una noche tranquila pero en cuanto abrí los ojos me precipité hasta su habitación y por suerte la encontré despierta y vestida. No le sorprendió verme allí tan temprano.
-Tu abuelo es muy madrugador.- comentó desde la cama.- No eran ni las seis de la mañana cuando él salía.- no dije nada y me le acerqué con cautela.- ¿Me tienes miedo?- preguntó mirándome con extrañeza.
-No- Respondí con rapidez y eso la hizo dudar.- Bueno, no sé si se trata de miedo curiosidad.- me expliqué. Respiré profundamente y deje escapar el aire lentamente.- Debes entender que todo esto es nuevo para mí. Hace poco enterré a mis padres y de repente Anster decide poner su atención en mí… Todo es muy confuso, no estoy acostumbrada a tanta gente y vigilancia y estoy segura que aunque ustedes fueran humanos me sentiría igual que ahora… Solo trato de comprender, de asimilar la necedad de Anster y de paso la mía. No puedo evitar pensar que todo lo que él me ofrece es lo que he deseado toda mi vida. Yo no lo sabía hasta que él apareció y me llevo al bosque… juro que hasta antes de que llegara a este lugar lo único que deseaba period… algo. -no podía confesarle aquel episodio de mi vida.-Y cada vez que me encuentro sola tengo la vaga sensación de que todo es un sueño y nada más, pero cuando él aparece…- el solo hecho de pensar en él bastaba para cortarme la respiración.- me aferro con todas mis fuerzas a su loco deseo y digo que si a todo lo que de él venga.
-¿Será a caso que estás enamorada de él?- aventuró Constance con seriedad.
-¿Amor?- lo pensé una fracción de segundo.- No, no es amor ni atracción física. Anster es muy guapo pero no lo veo de esa manera. Se trata de algo más fuerte que eso, casi como si fuera algo very important decirle que si a todo. Siento que si digo que no mi corazón se parara en ese mismo instante.
Constance se levantó de la cama y se acercó a la ventana.
-Quieres estar con él…- susurró.- pero para poder estarlo debes ser uno de nosotros… al menos jurar que protegerás nuestro secreto… ¿Te confieso algo?-asentí.- algunos esperan el día en que te asesine.- la mire con espanto.- No me refiero a que busquen tu muerte, sino a que eres demasiada tentación para alguien como él. Y a pesar de que Anster siempre ha sido serio, frio, alguien que al parecer no tiene sentimientos y no parece importarle nada, está al pendiente de ti.
-¿En serio?- eso me sorprendió pues durante este poco tiempo que llevábamos juntos se había comportado de una manera hostil.- Pues creo que tenemos opiniones muy diferentes en lo que se refiere a Anster.- y ella sonrió.- ¿Qué?
-No quiero decepcionarte pero es importante que sepas algo acerca de los de mi mundo en especial de los hombres de mi mundo, los cuales son muy parecidos a los del tuyo: cuando un hombre desea a una mujer hará hasta lo imposible para tenerla a su lado.-entrecerré los ojos y me agité visiblemente.- Con esto no me refiero a que él quiera llevarte a la cama algo por el estilo, no para nada, solo quiero que tengas cuidado. Cuando llegue el verdadero momento de elegir me gustaría que estuvieras consciente de lo que aceptas porque no abra regreso.
-No pienso regresar.- dije sin darme cuenta y ella arqueó las cejas.
-Bien… advertida estás.
Entonces sus enormes ojos verdes relampaguearon y sus labios se curvaron en una sonrisa que no me asustó pero que me inquietó.
Si todo salía mal, ¿Anster me mataría?
Capítulo 8
Anster el poderoso
Ya era de noche cuando Constance y yo, paseando por la casa, al fin nos sentíamos cómodas la una con la otra. Muy lentamente me había descrito la manera en la que el mundo esencial estaba dividido. Se trataba de cuatro sedes todas ellas gobernadas por un consejo, el cual vivía a lo largo y ancho del mundo. Sin mucho ánimo Constance me habló de las hadas, el reino más cercano que teníamos pues estaba oculto en el bosque que crecía tras la mansión. Me dijo que se trataba de una especie de jardín gigante que sólo era seen para los seres mágicos, ningún humano tenía permiso de estar allí sin afrontar las consecuencias… También me confesó que las hadas eran seres bastante malhumorados y que eran los que menos se preocupaban por los humanos. El reino de los genios tenía un castillo en la India pero ese tal vez nunca lo vería pues solo diez genios podían entrar a él.
-¿Y las brujas… también tienen un castillo?- pregunté cuando bajábamos por las escaleras principales.
-Claro.- respondió Constance.- es un castillo junto al mar y se encuentra a un par de horas de Londres. Además de ser una sede mágica también funciona como una casa para mi familia. Y… ya que no me lo preguntas, yo te lo digo, el mundo al que pertenece Anster también tienen un castillo… Lo llaman el castillo negro y está ubicado en los Cárpatos… – habíamos llegado al vestíbulo y ella giró a la derecha justo hacia la sala.- Solo te lo digo para que estés al corriente de las cosas pero en lo que se refiere a todo lo relacionado con Anster preferiría que sacies tu curiosidad con él. Si quiere responder a tus preguntas será estupendo pero si no lo hace, por favor no intentes buscar respuestas con otras personas.
-Al parecer Anster es todo un misterio.- gruñí, sentándome en el sofá, Constance se sentó frente a mí, de espaldas a la puerta.- ahora sé más acerca de ti, de tu hermano e incluso de Florence pero de él… no sé absolutamente nada…- clavé la mirada en un punto cercano a la ventana.- aunque… él quiere que sea así, ¿verdad?- mis ojos volaron al rostro de Constance.- él desea que yo no sepa nada sobre él… ¿Por qué?
-No lo sé.- respondió ella con descaro.
-Claro que lo sabes, eres su amiga y el cariño te hace mentir.- solté, respirando agitadamente.- ¿Sabes una cosa? No puedo ofrecerles mi vida sino me dicen lo que puedo perder y lo que puedo ganar si acepto estar con ustedes.
-Camila, ese no es mi asunto. Eso solo les incumbe a Anster y a ti, yo solo soy una fuerza de apoyo.- sonrió y estiró una mano para tocar el dorso de la mía.- No pongas esa cara, lo menos que quiero es que te molestes conmigo. Aunque no lo creas me simpatizas mucho… Puede que después de esta visita comience a comprender por qué Anster te tiene un especial cariño.
-Apenas ayer me dijiste que él no siente nada, ni siquiera dolor.- le recordé.
-Cierto.- Constance suspiró.- pero no siempre fue así…
La bruja clavó la mirada en un punto cercano a mi rostro y después giró la cabeza a un lado. Fruncí el ceño y me di la vuelta para mirar lo que ella acababa de ver. Me llevé una sorpresa al descubrir a Anster de pie junto a la ventana. Ahora entendía su repentino silencio.
-¿Acaso te cuesta tanto entrar por la puerta?- le reproché a un Anster que miraba con severidad a la bruja.- Ya me estoy cansando de que entres y salgas por donde se te antoje. Ya te dije que aunque esta casa te perteneció en el pasado ahora es mía… bueno, de mis abuelos.- me corregí.
-Elisa esta en el salón y no me pareció conveniente que me viera.- respondió él, mirándome al fin. Elisa period el verdadero nombre de Oma. – Constance es hora de irnos.
-Gracias por tu caballerosidad pero puedo regresar sola a casa.- respondió Constance de manera cortante.
-Sé de sobra que eres muy lista pero me pareció apropiado venir y darle las gracias a Camila por haberte permitido estar en su casa estos dos días.- dijo él con fingida calma. Definitivamente estaba molesto.
-No hice nada impropio.- gruñó la bruja mirándolo fijamente.- No hace falta que revises la casa.
-Eso también lo sé, solo que a veces hablas de más…- la sonrisa que Anster esbozó en ese momento me dio un escalofrío.
-Lo que pasa es que la gente necesita algo más que tus malditos monosílabos.- le espetó Constance poniéndose de mal humor.
-Hum… la mayoría del tiempo no entiendo de que hablan.- intervine y ambos giraron la cabeza hacia mí. Aquello me sobrecogió.- pero les agradecería que no se pelearan aquí, mis abuelos están en la casa y no tengo ganas de dar explicaciones… ¿ ustedes sí?
-Claro que no.- respondió la bruja.- Tranquila, nunca haría algo que te perjudique, créeme. Voy por mis cosas de una vez porque no puedo decir lo mismo de ese tipo.
La bruja se levantó con brusquedad y como un twister salió de la habitación dejando un extraño silencio tras ella. Respiré profundamente y me apoyé en el respaldo del sofá. Solo hasta que me relajé él se acerco.
-No quiero sonar como un padre pero… ¿Qué tal se portó?
Solté un suspiro.
-Bien, no incendio la casa ni voló en su escoba.
-¿Tampoco hizo pociones en tu cocina?- se burló él y solté un resoplido.
Anster period muy extraño. A veces me daba por pensar que yo period un chiste para él. Puede que estuviera equivocada pero la mayoría del tiempo me sentía utilizada y burlada, sinceramente solo estaba esperando el momento en el que me dijera que todo había sido mentira y se riera en mi cara. Pero eso no ocurría, me presentaba a los miembros de su familia, a sus amigos e incluso a sus enemigos… Una broma no podía ser tan detallada, tan compleja… pero si lo era…
-¿Qué ocurre?- preguntó él, allí parado frente a mi enfundado en su ropa oscura de costumbre.
-Nada.- musité con voz apagada y me hundí en el sillón. Él me miró un momento y con un andar muy suave se acercó hasta mí.- Aún me inquieta todo esto.- me vi obligada a decir.- No puedo asimilar las cosas de la manera en la que a ti te gustaría. Simple y sencillamente me intriga el porqué de tus decisiones.- inhalé una gran cantidad de aire, lo solté y lo miré.- De nuevo te pregunto, ¿Por qué yo?
-¿Por qué no tu?- dijo él a su vez.
-Anster, hablo en serio.
-Yo también, pero ya tocamos este tema una y otra y otra vez- él se dejo caer a mi lado y puso un brazo sobre el respaldo del sillón.- Camila… no soy una persona fácil de sobrellevar. De esto ya te abras dado cuenta, también soy muy terco, no perdono fácilmente y soy vengativo… pero también soy justo. Y aunque no lo creas, no me gusta que las personas sufran y tú me pareces alguien que ya ha sufrido lo suficiente en su corta vida. Eres una buena chica y quiero ayudarte. Eso es todo, ¿acaso hay algo malo en querer ayudarte?
-Si.- susurré y evité mirarlo.- ¿A cambio de qué? Los seres como tú… usualmente no desean cosas materiales sino cosas intangibles… ¿no es así?
-¿Te refieres a un alma?- dijo él y nos miramos. Asentí en silencio.- No Camila, yo no deseo tu alma ni la de nadie… Lo que yo quiero de ti es otra cosa.
-¿Qué podrías querer de mi?- susurré. – ¿Mi cuerpo?- aventuré con un hilo de voz.
-Tal vez.- él sonreía divertido.- No había pensado en eso pero me parece interesante que estés consciente de que soy un hombre y tú una mujer… pero descuida, no quiero hacer el amor contigo, solo quiero tu compañía y de vez en cuando tu infinita hospitalidad. Solo esto y estaremos a mano.
Me llevé una mano a la frente. Period tan fácil aceptar sus palabras… con un gran suspiro asentí. ¿Podía hacer algo más?
-Una cosa más.- dijo de repente y me alarmé.- Quiero que lo sepas, no para que te asustes sino para que estés al tanto. ¿Recuerdas que durante la noche de Samahin, tuve que ausentarme?
-Sí, dijiste que había sido por la presencia de faunos en el bosque.- recordé aquella noche fugazmente.- ¿pasó algo parecido?
-De hecho sí.- Anster evaluó mi rostro, esperando mi reacción, pero yo estaba tranquila.- por alguna razón que todavía desconozco, los faunos saben de tu existencia… Saben que hay una mujer mortal de mi lado. Y eso los inquieta.- yo seguía calmada.- son muy supersticiosos y ellos ven tu presencia como un peligro para ellos. – Comencé a agitarme.- Y hace unos días se acercaron a esta casa para mirar a su enemigo más de cerca.
-¿Qué?- solté con un jadeo.- ¿Esos animales estuvieron aquí?
-Sí…- Anster suspiró.- por eso le pedí a Constance que viniera a esta casa.
-¿Cómo?- comenzaba a asustarme de verdad.- ¿para qué?
-Para protegerte.- la bruja apareció bajo el marco de la puerta. Llevaba puesto su abrigo.- Creí que no le dirías nada, Anster.
-Ella necesita saber.- respondió él.- Camila descuida, tanto tú como tus abuelos estarán siempre a salvo. No te preocupes y por favor, no te asustes porque cosas como estas te pasaran continuamente mientras estés a mi lado.
No supe qué decir qué pensar. Mi mente se quedó vacía de golpe, sólo me limite a calmar los latidos frenéticos de mi corazón. Tal vez mi rostro expresara pánico porque en ese justo momento Anster alargó una mano hacia mi rostro, pero aquello me tomó por sorpresa y moví la cabeza, provocando que sus dedos, fuertes como piedra, chocaran contra mis labios. Aquel golpe hubiera pasado desapercibido por cualquier otro, pero no para mí.
-Lo siento mucho.- se disculpó Anster.
Yo sonreí al tiempo que me palpaba el labio inferior y al hacerlo noté que estaba húmedo. Period sangre. La primera emoción que vino a mi fue la indignación pero de inmediato me invadió el pánico pues los ojos de Anster estaban fijos en mi labio. Estaba tranquilo pero no respiraba, se movía parpadeaba. Solo estaba allí, mirando… fueron los segundos más largos de mi vida hasta que Constance apareció junto a Anster y con mucha suavidad puso una mano sobre su hombro. Aquel roce pareció sacarlo del trance pues volvió a respirar.
-Perdóname.- susurró y sacó del interior de su chamarra un pañuelo. Con mucho cuidado limpió mi labio y al last sonrío.- lista.
-Descuida.- dije, fijándome muy bien en como volvía a meter su pañuelo manchado con mi sangre a su bolsillo.
-Es hora de irnos.- dijo Constance con suavidad aun sin soltarlo.-Gracias por todo Camila, estaremos viéndonos muy pronto.
-De nada.- respondí, mirándola apenas. En el rostro de Anster había algo raro, pero no sabía explicarme qué.
Con un gesto de la mano los despedí en las verjas de la mansión y vi como se marchaban en el auto de mi profesor. Sin mucho ánimo regrese a la casa. Cerré la puerta con llave y subí a mi habitación. De seguro que mis abuelos ya estaban dormidos. Cuando entré a la pieza me deje caer sobre la cama y como si se tratara de una tonta chiquilla, acaricié mis labios. No es que pensara que aquello hubiera sido romántico pero me gustaba la concept de que él se mostrara más regular cuando estaba conmigo. A pesar de los disgustos y las peleas parecía que nos llevábamos bien al menos me gustaba pensar eso aunque en realidad seguía sin saber mucho sobre él.
Cómo podía ser que dos desconocidos estuvieran planteándose seriamente la posibilidad de estar juntos… Casi no nos conocíamos y él ya estaba poniendo su mundo a mis pies, eso period algo agobiante que me asustaba. ¿Qué tal si mañana despertaba y salía corriendo de esa casa? si esos faunos decidían que yo period un peligro inminente y me hacían daño… ¿qué pasaría entonces? peor aún, ¿Si despertaba y todo lo ocurrido hasta el momento no era más que un sueño?
Rodé hacia un lado y me hice un ovillo en el centro de la cama desanimándome. Todo terminaría de un momento a otro seguiría así por años. Nadie lo sabía, solo me quedaba apostarle a Anster. No quise pensar en esa posibilidad y preferí dormir de una vez. Tal vez cuando despertará a la mañana siguiente me sentiría más tranquila.
-Corre, Camila.- gritaba André jalándome de la mano con todas sus fuerzas.
Corríamos por un túnel en ruinas, todo allí estaba lleno de agua y chapoteábamos entre los escombros, girando la cabeza a cada segundo para asegurarnos de que nadie estaba siguiéndonos. André tiraba de mi una y otra vez ya que mis piernas eran incapaces de seguir adelante por si solas.
-Por favor.- me imploró con la voz ronca y jadeante a causa del esfuerzo.- Sólo un paso más Camila… ya casi…
Hice un esfuerzo y seguí corriendo a su lado jadeando hasta que llegamos a una especie de salón. El techo estaba cayéndose a pedazos y la luz del exterior se colaba directo hacia nosotros. André me tomó de la mano con fuerza, pude ver que tenía varios cortes en la cara.
-Es la única salida.- dijo, apretando las mandíbulas.- Sube, yo me quedare aquí…
-André,- susurré y acaricié su rostro. Se estremeció al contacto de mi mano y cerró los ojos con fuerza.
-Date prisa, casi llegan.- susurró, soltándome.
-No puedo dejarte aquí, ellos son mi problema no el tuyo.- solté.
Pero justo en ese momento varias figuras altas y oscuras, envueltas en la penumbra, aparecieron allí y comenzaron a rodearnos. André me tomó con fuerza entre sus brazos y me estrechó contra su pecho, rugiendo tan fuerte como un trueno. Lo miré, estaba completamente asustada y él me devolvió una mirada llena de calma. Quise hacer algo, lo que fuera pero un extraño silbido rasgó el aire y al cabo de un segundo sentí el fuerte impacto de algo duro y pesado contra un costado. André me soltó y ambos nos precipitamos contra la dura piedra del suelo. Caí de espaldas con un golpe seco que estremeció hasta la última célula de mí ser con un dolor punzante y candente. Busqué a André con la mirada y lo vi a un par de metros de mi, boca abajo con ambos brazos extendidos, tenía los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta.
-André.- lo llamé con un hilo de voz.
Pero no respondió. Intenté escuchar su respiración pero los pasos de esas sombras eran tantos que no me dejaban escuchar otra cosa que el sonido de mi propio corazón aterrorizado…
Abrí los ojos de golpe. Estaba sudando de pies a cabeza y respiraba rápidamente. Me incorporé en la cama para calmarme y sólo después de unos minutos comencé a racionalizar lo que acababa de pasarme.
Había soñado.
Period la primera vez en toda mi vida que soñaba… y mi primer sueño había sido con André… él y yo estábamos huyendo… y él… él caía al suelo…
Al reparar en ese detalle un escalofrío recorrió mi cuerpo, pues nunca, ni en mil años, yo me hubiera atrevido a imaginar a alguien así y menos a mi vecino, a mi apuesto y curioso vecino… Ya había visto la muerte de cerca y no era algo con lo que debiera jugarse y menos soñarse. Sentí una fuerte opresión en el pecho y me levanté de la cama para refugiarme en el baño. Allí solía encontrar un poco de calma.
Me senté sobre la tapa del retrete y desde allí contemplé la fría superficie del piso. ¿Qué había pasado para que yo soñara? Mi mente y mi cerebro no funcionaban como era debido, eso lo sabía pero no me importaba en lo más mínimo, de hecho me fascinaba que no fuera así. Yo no quería ser regular, no quería y me negaba a serlo, por eso me encantaba que Anster y su loca familia estuvieran conmigo, pero nada compensaba que tuviera que ver a André herido. Saqué esa thought de mi mente al tiempo que me levantaba y me encaminaba hacia el espejo. Una vez allí comencé a peinarme, pero lo pensé mejor y me desnudé en el acto. Mientras me lavaba pensé que nada en mi vida tenía sentido, ni los sueños y mucho menos la realidad, todo lo que estaba pasándome era digno de un diario que pertenecía a un esquizofrénico – como mi bisabuelo Miguel- ´pues siempre había creído que terminaría mis días sola, aburrida, amargada y con un trabajo asqueroso que me consumiría hasta la última gota de vitalidad. Y aunque ya me había resignado a ese futuro, no me gustaba… y aún ahora… pienso que no hubiera sido tan malo terminar como una persona regular en lugar de sacrificar a mi poca familia y el latido de mi corazón por unos cuantos años de gloria, pero en ese entonces era joven y estaba sola, sucumbí fácilmente ante un seductor canto, caí en el hechizo y me precipité hacia ese mundo. De haber sabido todo lo que sé ahora sobre él, no habría hecho lo que hice… pero no lo sabía y mis pensamientos solo son un eterno si hubiera… A los veinte años no se es tan sabio ni fuerte y se está a la espera de cualquier cosa que justifique nuestra existencia en el mundo… y aún así, hasta en mis sueños huía de las sombras que me acosaban durante el día. Guardé ese primer sueño junto a los recuerdos que ocultaba bajo el cajón vacio de mi felicidad y el baúl repleto de mi tristeza.
Aquel día ni Anster Florence acudieron a clases, tampoco lo hicieron el martes y miércoles. Y lo más extraño del asunto fue que no me costó mucho entender esa ausencia, quizá el problema con los faunos los había alarmado, ¿pero eso era tan grave como para que faltaran durante tres días seguidos a sus actividades humanas? Sabía que él director era uno de ellos pero aun así no se justificaba su falta de profesionalismo docente… ¿verdad? Cosas como estas tendrían que ser rutinarias para ellos, pues también eran seres sobrenaturales, no tendrían que estar en peligro. Constance era una bruja poderosa… nada la lastimaría…
-¿Qué te pasa?- preguntó Oma a la hora de la cena. Al parecer nada se le escapaba.
-Acabo de recordar que tengo varios pendientes para mañana.- mentí con total descaro.
Me levanté para ir directamente a la cocina y dejé el plato en el fregadero. Intenté hacer algo pero fue inútil y antes de que me diera cuenta estaba caminando de un lado al otro de la estancia. Era mejor pensar que asustarse. No sabía muy bien porqué pero la situación de esa bruja me inquietaba, period como si temiera que fuera a ocurrirle a ella lo que había soñado… en verdad me daba miedo que algo pudiera pasarle, y de nuevo volví a asustarme en lo que iba del día. Y lo que realmente me asustaba era no saber.
Con mucho cuidado salí por la puerta oculta de la cocina y me volví una con la oscuridad. La noche period fría y pronto eché de menos un abrigo pero con la ayuda de mis brazos cubrí mi torso y comencé a rodear la mansión teniendo mucho cuidado en no ser vista por mi abuela. Cuando al fin estuve en el patio delantero me relajé un poco. Anster me confesó que los faunos habían estado muy cerca de la casa, tal vez habían mirado las fuertes verjas de hierro tal y como yo lo hacía en esos momentos. Tenía que detener mi imaginación terminaría convirtiéndome en una histérica. Y sin embargo tenía que preocuparme pues Anster tomaba riesgos mientras yo me quedaba aquí, pensando en el horror. Entonces me sentí como una mascota. Un animalito que no period bien recibido en la casa, uno al que sólo quieren los niños y toleran los adultos para no provocar un berrinche del dueño. Yo sólo period un capricho de Anster y nada más, cuando se cansara de jugar me dejaría así sin más, tal como ahora.
Gemí. No me hacía gracia tener esa clase de pensamientos pero tenía que plantearme la peor de las situaciones para no caer de cabeza a un abismo, además ya habían pasado tres días sin tener noticias suyas y era más que entendible que yo me preocupara, ¿Y si Anster había decidido alejarme de su vida por los problemas ocasionados? Aquella era una posibilidad bastante acertada. No quise sentir ni decir nada pero no pude evitar desilusionarme y con un profundo suspiro me dejé caer junto a un arbusto cercano a la puerta de la casa.
-Buenas noches.- saludó alguien a mi derecha.
Me quede muy quieta. Sabia de quien se trataba pero no por eso sentí menos inquietud. Respiré profundamente y asentí en señal de reconocimiento.
-¿Te pasa algo?- preguntó el recién llegado.
-No.- mentí y André se limitó a mirarme con esas piedras preciosas que tenia por ojos. – ¿Qué te trae por aquí?- le pregunté para no tener que estar bajo esa mirada.
-Vine a devolverle a tu abuela unas semillas.- me mostró un saco pequeño que llevaba bajo el brazo.- ¿Puedo pasar?
-Claro.- respondí un tanto extrañada ya que siempre buscaba cualquier pretexto para hablar conmigo.- Un momento.- solté cuando lo vi ir hacia la puerta. André se detuvo.- ¿Qué te pasa?
-A mí nada y al parecer a ti tampoco.- respondió y después suspiró.- simplemente he llegado a la conclusión de que lo mejor es mantenerme al margen de tu vida. Tu abuela me cae muy bien y pienso seguir en contacto con ella, ¿Te molesta?
-Dices eso porque no te hice caso la vez pasada, ¿verdad?- respondí y él sonrió.- Es por eso.
-Tal vez… pero… bueno, no quiero hacer un alboroto de esto pero ya me quedó claro que elegiste tu lugar en este mundo.
-¿A qué te refieres?- solté de golpe.
-Vamos, Camila tú sabes a qué me refiero.- respondió con aire impaciente. Desvié la mirada para ganar tiempo pero no sirvió de nada.- A estas alturas supongo que ya estarás enterada de muchas cosas… ¿verdad?- asentí, pues no tenía caso negarlo.- ¿y qué opinas?
-Nada.- musité.
-¿Ni de mí?- volvimos a mirarnos.
-No me das miedo.- dije y esa fue la peor respuesta que pude haber elegido pues su rostro se crispó en una mueca de enfado que no comprendí en un principio.
-¿No te doy miedo?- soltó con dureza.- Cómo podrías temerle a la bestia de Herkomer si el gran Fitzgerald te llevo a su maldita fiesta en el bosque. Por lo que veo ya estas completamente de su lado.
Aquello me tomó por sorpresa. Nunca hubiera imaginado que él reaccionaria de esa manera.
-¿Te enfada que no te tema?- solté sin darle crédito a mis oídos.- En verdad todos ustedes están locos. Ya veo porque se mantienen ocultos.- me levanté de un salto y le arrebaté el saco de las semillas.- No hace falta que entres, yo se las daré a mi abuela.
-Espera.- dijo él.- No era mi intensión ser grosero, sólo que… ese amigo tuyo siempre actúa de la misma manera: sacando la mayor ventaja de todo. ¿En verdad te gusta todo esto?
-Más de lo que crees.- respondí.
-Discúlpame por lo que voy a decirte pero eres la persona más estúpida que me he topado en muchos años.
-Supongo que no gross sales mucho, los estúpidos abundamos.- dije con fiereza.
-Tienes la oportunidad de ir a donde quieras, ser lo que desees… Tienes una vida, algo que ninguno de nosotros posee. Daríamos lo que fuera por tener una segunda oportunidad y tú, alguien que apenas empieza a caminar por el mundo, vas a echar a perder todo ese potencial sólo porque alguien te prometió una ilusión.
-Yo no tengo absolutamente nada de lo que has dicho.- lo contradije.- Ni una vida ni nada de eso. Soy huérfana André y las personas con las que vivo apenas me conocen. Antes de venir a esta casa yo ya había decidido qué hacer con todo mi potencial pero no lo conseguí. Ya no espero nada de la vida de las personas, cualquier cosa es bienvenida, a eso se reduce mi existencia. Lamento mucho que te parezca estúpida mi forma de vivir pero yo ya tome una decisión y si en algo te perjudica, ya no vengas más, tampoco busques a mi familia y sobre todo no me des consejos porque no pienso seguirlos, no lo he hecho antes y mucho menos ahora. Yo no soy el tipo de persona que escucha a los demás antes de actuar, para nada, hago lo que quiero cuando me viene en gana y siempre será así.
-No pensaba hacerlo.- dijo él con un suspiro.- Ya no eres una niña y como bien dijiste no aceptas consejos de nadie. Sólo te deseo suerte y espero de todo corazón que sigas con este mismo ánimo hasta el remaining. Buenas noches.
André me dio la espalda y comenzó a alejarse de la mansión pero en un acto que ni siquiera comprendí entonces pero del cual me arrepiento, corrí hasta él y lo detuve.
-No quiero ser grosera.- dije.- pero no me gusta que las demás personas se metan en mis asuntos, nunca me ha gustado. Además no estoy acostumbrada a que se preocupen por mí, no es necesario.
-Lo entiendo.- dijo él.- Sólo ve con cuidado y estarás bien. Y si acaso estás en problemas, por favor, no dudes en buscarme… tengo más experiencia con ellos que tú.
Asentí y él se marcho sonriendo a medias.
Me quede allí, a mitad del jardín hasta que perdí de vista a mi extraño vecino. Con calma regresé al inside de la mansión y le puse llave a la puerta. Fui a la cocina y dejé el saco de semillas sobre la mesa del centro. Mis ojos se posaron en la estufa y recordé a Anster sentado en ella… De nuevo me sentí inquieta. Sin tan sólo tuviera alguna forma de saber que todos ellos estaban bien podría estar en paz pero no la había. No tenía una dirección número telefónico y me avergonzaba ir con el director para preguntarle sobre su hijo, pero entonces llegó el susurro de un recuerdo. Anster había ido a mi casa un día para enterarse de lo que pasaba lejos de Pumpkin City y para eso había entrado a una habitación… la habitación de los cuadros pero él tenía la llave para entrar.
Suspiré resignada y salí de allí apagando la luz, y de golpe la encendí. Mi abuela guardaba la llave maestra en el primer cajón de la derecha de la alacena. Con mucho cuidado abrí ese cajón y saqué aquella llavecita de plata y la oculté en mi bolsillo. De nuevo apagué la luz y subí hasta el último piso de la casa y fui directamente hasta la puerta indicada. Miré a mí alrededor para comprobar que estaba sola e introduje la llave en la cerradura y la giré.
La puerta se abrió con suavidad. Volví a guardarme la llave en el bolsillo y entré a esa lúgubre morada cerrando tras de mí. Con una sonrisa de triunfo me di la vuelta para inspeccionar esos cuadros pero de golpe descubrí que tenía compañía.
Comencé a respirar con dificultad. Necesitaba aire fresco y no ese que llenaba la habitación con un fuerte olor a vainilla. Era empalagoso y se asemejaba al sabor de la miel. Arrugué la nariz y permanecí quieta. Pensé que el menor movimiento lo alertaría y eso haría que se echará sobre mí, tal y como había leído en tantas novelas, pero él seguía allí, junto a la ventana. Lo miré por el rabillo del ojo pero seguía tan quieto como yo, oculto en las sombras. Espere un minuto, dos minutos, cinco minutos pero los dos parecíamos un par de estatuas pegadas al suelo. La tensión había disminuido e incluso me exasperó su silencio y comencé a mover los dedos y en el preciso momento en el que mi meñique tocaba mi muslo, su fría y tenue voz me habló.
-Recuerdo que te había pedido de la manera más atenta que no entraras aquí.- el tono que utilizó para dirigirse a mi me perturbó. Period frio y sin vida, como si en lugar de estar hablando con mi profesor estuviera inclinada sobre un hoyo en la tierra y el eco distante de la muerte estuviera respondiéndome. Por eso no le respondí.- ¿Puedo saber cuál es el motivo de tu visita?
-Es por…- comencé, sintiéndome valerosa pero la voz apenas me salió y me callé. Para tranquilizarme clavé la mirada en las paredes de piedra que nos rodeaban pero no sirvió de nada ya que él esperaba una respuesta rápida.- ¿Dónde está Constance?- solté sin pensar.
-¿Mi amiga te preocupa?- eso pareció sorprenderlo un poco.
-Es normal…. Hablamos y me simpatizó.- susurré.- ¿Está mal que quiera saber acerca de las personas que traes a la mansión?
-No…. Ella está bien, de hecho esta hospedada en mi casa.- dijo con calma.
Y entonces comenzó a acercarse con una deliberada lentitud hasta detenerse a un par de pasos de mí. Contuve el aliento.
-¿Me dirás que has estado preocupada por nosotros?- inquirió.
-Dijiste que había faunos cerca de aquí.- dije.- No se mucho sobre ellos pero no son buenos, ¿verdad?, al menos no para los de tu mundo…. Y justo después de que lo supe… te fuiste por tres días y era obvio que me inquietara.- dije todo aquello sin apenas mirarlo e incluso sin apenas respirar. Anster no habló y me obligué a levantar la cabeza. Su rostro estaba más pálido, no… no era palidez, sino que su piel traslucida había adquirido cierto tono azulado. -¿Puedo saber dónde has estado?- sabía que no obtendría una respuesta pero aun así quise preguntar.
De golpe su rostro y en especial sus ojos adquirieron aquel toque de fiereza que había visto antes en el bosque. Cuando Anster se molestaba sus ojos se volvían más claros, la pupila gris acero parecía adquirir una tonalidad gris perlada. Y ahora estaba molesto.
-Todo sería más fácil si te limitarás a hacerme caso.- dijo son un suspiro de resignación para después sonreír a medias.
La sonrisa que me lanzó provocó que la mente se me pusiera en blanco. Apenas tenía curvadas las comisuras de los labios pero su gesto era tan único que durante un momento me sentí turbada. Dejé que se acercara un poco más fijándome, tal vez por primera vez, en lo silencioso de sus pasos y en la suavidad de cada uno de sus movimientos. Period como ver andar a un gato por la sala. Preciso, suave y elegante. Parecía flotar por la habitación envuelto en la penumbra de la noche y pensé en lo magnifico que podía ser este profesor cuando se lo proponía y no se convertía en un dolor de cabeza. Alcé la mirada de sus pies sólo para descubrir que él al igual que yo, me miraba con esos ojos almendrados y llenos de luz plateada. Era como mirar un cielo con dos lunas en lo alto, dos perfectas y redondas lunas fijas en mí. Esos ojos eran devastadores, pues uno podía perderse en las profundidades del mar, era como encontrar dos gemas preciosas hechas de acero, pupilas de acero para reparar en aquel resplandor verde alrededor de ellas, period como contemplar un abismo que estaba a punto de devorarlo todo a su paso. Un abismo gris lleno de misterios, de frio, de dolor…. Todo el horror cabía en esa mirada infinita que se fijaba solo en mí. Entonces comprendí que no había por qué dudar, ni cuestionar si todo period cierto no, si éramos diferentes no, si él me mataría no… Nada tenía sentido, ni siquiera mis miedos me parecían tales cosas, ni la existencia me parecía una vida. Esto era algo más, algo que aun no alcanzaba a comprender pero en esos ojos sabía que podía encontrar algo solamente para mí.
Lentamente levanté una mano y la puse sobre su pecho. Se quedó quieto y dejó que mis dedos se acomodaran sobre el lugar en el que había estado su corazón. Pero aquel cuerpo era tan duro y frio como una piedra, mis dedos subieron hasta su cuello y ocurrió lo mismo. Frio y nada más. Subí mas hasta tocar su mejilla y él me detuvo, colocando su mano sobre la mía.
Cerré los ojos.
Period como acariciar una lapida e imaginar la vida que ya no existía debajo de ella. No escuchaba el sonido de su respiración y mucho menos el de su corazón, pero si podía escuchar mi respiración, mi corazón y aun así todo mi miedo desapareció al igual que las dudas.
-Camila.- me llamó con suavidad.- Abre los ojos.
-No.- dije.- si lo hago sabré que nada es actual…
-Anda…- me pidió.-No podemos pasarnos todo el día así.
Abrí los ojos.
Ya era de día. La luz del exterior period azulada y el ambiente frio. Me di cuenta de que no estaba en mi habitación, sino recostada sobre el frio piso de piedra del cuarto de los cuadros y lo peor de todo period que yo estaba entre sus brazos, acurrucada contra su pecho aferrando su playera entre mis manos. Di un respingo y me incorporé de golpe sin mirarlo siquiera. Él se limitó a quedarse donde estaba sin quitarme la vista de encima.
-Lo siento mucho.- farfullé.- Yo no…
-¿Dormiste bien?- preguntó.
-Yo… ¿Cómo dices?- lo miré. Anster sonreía abiertamente mientras se sentaba.- No sé si dormí bien.- respondí.- ¿Qué hora es?
-Van a dar las seis de la mañana.- dijo él.
-¿Cómo es que me quede dormida?- pregunté aun somnolienta.
-Te hable y no respondiste. Te quedaste dormida cerca de las as soon as.
-¿Por qué te quedaste aquí? Podrías haberme dejado sin problemas….- solté pero de golpe supe que no quería saber eso y pregunté otra cosa al segundo.- ¿Qué hacías aquí anoche?
-Me quede por dos simples razones. La primera que no parecía correcto dejarte aquí sola con esos cuadros como única compañía y la segunda razón es que no hubiera sido buena concept que tu abuela me viera llevándote a la cama a mitad de la noche.- abrí la boca ofendida pero él me ignoro.- Y anoche estaba aquí porque necesitaba verificar algo y para mi mala fortuna lo encontré.- entonces me miró de una extraña manera.- Lo que vi fue un lobo, Camila.- no dije nada.- Un enemigo.
El nombre de André relampagueo en mi mente. Tal vez ese lobo period un aviso de lo que podía ocurrir si ese vecino no dejaba de venir a mi casa.
-¿Y eso es malo?- quise saber la gravedad del asunto.
-Depende.
-¿De qué?
-Los cuadros no son muy precisos, Camila. Aquel lobo puede aparecer ahora en mucho tiempo.
-Pero si aparece ahora, ¿podría ser un problema?- insistí. Necesitaba saber la magnitud de la falta de buen juicio de ese muchacho rubio. -Digo, ¿sería malo que aparecieran lobos aquí en la ciudad?
-A veces olvido que eres humana.- gruñó.- El lobo que vi está muy lejos de este lugar, es más, se encuentra al sur de Serbia…. Claro, en el caso de que fuera un aviso real. Lo de anoche pareció ser falsa alarma una llamada de atención para que caperucita deje de jugar con el lobo.- y me miró de manera elocuente.
-Al parecer ustedes están por todas partes.- dije cambiando de tema.
-¿Creías que éramos los únicos acaso?- soltó él.
-Claro que no… sólo que entre mis próximas actividades no estaba el hecho de contarlos a todos….- eso no le causo gracia.- Bueno qué quieres que haga…. ¿Grito, corro me pongo a llorar? Nada de eso, ¿verdad? Mejor olvido que hay más de ustedes vagando por allí y así me evito ratos de histeria que me lleven directamente hasta tus brazos.- Anster me miró y arqueó las cejas.- Si vuelvo a quedarme dormida, por favor, déjame donde estoy. En verdad no quiero que… tú me entiendes.
-Por supuesto que te entiendo.- dijo él y se levantó. Con paso ágil fue hasta la ventana y observó el exterior.- Hoy será un día excelente.
Fui tras él y comprobé el porqué de su alegría. Aquel día el cielo estaría completamente nublado. Noviembre avanzaba y el invierno estaba próximo a llegar.
-¿Por qué te gusta tanto el cielo nublado?- le pregunté- era la segunda vez que lo veía alegrarse por el clima.
-Mi piel tiene una rara condición.- dijo.- Desde que era niño sufría de algo que se llama rosácea. Si no me cuidaba del sol, el viento incluso del agua mi piel se llenaba de granos… Cuando cambie a esto.- se señaló el pecho.- esa condición se agravó, por eso tengo tantas cicatrices.
-Vaya.- suspiré. Qué fácil nos seria estar juntos si tan solo te comunicaras, pensé.
-Hay algo que he estado posponiendo desde el fin de semana.- dijo de repente mientras ambos contemplábamos el bosque. – Mañana eres libre de faltar al taller.
-Hum… está bien.- no quise preguntar nada más.
-¿No vas a quejarte?- soltó y yo negué con la cabeza.- Vaya, estas enferma no dormiste bien. Tomate el día, no estoy seguro de haber sido una buena cuna para ti. – Me miró pero yo seguía callada.- Me voy antes de que tu abuelo me vea.- con una mano me indicó la puerta. Salimos y cerró con llave pero se detuvo y contempló la cerradura.- Ya no le veo sentido, aunque debería quitarte esa llave.
-Es de Oma, la necesita para terminar de limpiar todo el cuchitril que hay aquí.- solté.- hubiera sido muy amable por parte de Constance mover ese palito suyo y dejar la casa impecable.
-¿Por qué no se lo pediste a ella en lugar de quejarte conmigo?- soltó él.
Estaba a punto de abrir la boca para mandarlo al diablo pero justo en ese momento escuché la voz de mi abuelo en las escaleras.
-¿Camila estás allí?- preguntó el anciano acercándose.
Anster y yo nos miramos. Todas las puertas del pasillo estaban cerradas, salvo la ventana del fondo. Anster corrió hasta ella sin dudar.
-¡Pero estamos en el tercer piso!- solté alarmada al ver que subía al alfeizar. Pero él se llevo un dedo a los labios y abrió la ventana.
-¿Qué haces aquí a estas horas?- preguntó mi abuelo apareciendo en el pasillo.
Me quede helada y no pude evitar mirar hacia atrás. La ventana estaba entreabierta pero Anster ya no estaba.
-Vine…. Vine por algo de ropa.- respondí quitándome un mechón de cabello que me caía sobre el rostro.- ¿Y tú?
-Escuche ruidos.- dijo él.- pero ya vi que eres tú.- se acercó a mí y me besó en la frente.- Bueno ya me voy al trabajo…. ¿Usas perfume?
-¿Qué? No, abuelo para nada.- respondí cada vez más nerviosa.
-Juraría que hueles a vainilla.- sonrío y desapareció escaleras abajo.
Cuando estuve sola me precipité hacia la ventana abriéndola de par en par. Y lo que vi me hizo soltar un grito ahogado.
Anster estaba tumbado en la hierba boca abajo en una posición casi cómica, como si se tratara de un muñeco con todos los miembros del cuerpo doblados en ángulos bastante extraños. Quise gritar su nombre pero no sabía si Nataniel seguía en la casa, lo único que pude hacer fue correr escaleras abajo y salir por la puerta de la cocina. Una vez afuera lo vi de inmediato. Estaba en la misma posición pero ya que lo veía más de cerca supe porque su cuerpo me parecía extraño, su brazo derecho se había dislocado. Me dejé caer a su lado y lo sacudí levemente.
-Anster.- lo llamé con un hilo de voz pero no respondió.- Anster deja de jugar… Basta ya…. Anster, por favor estás asustándome de verdad… – no sabía qué hacer y con mucho cuidado y es fuerzo comencé a darle la vuelta para que quedara boca arriba…- vamos, levántate… Oma no tardara en darse cuenta de que no estoy en la casa y saldrá…- Un crujido espantoso, como el que se escucha cuando una tabla se rompe resonó muy cerca del hombro lastimado de Anster.- No.- solté con voz ahogada. Terminé de darle la vuelta y revise su brazo, su codo estaba roto. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿No se suponía que él period indestructible?- ¿Qué hago, qué hago?- comencé a gimotear. Ni siquiera me atrevía a tocarlo de nuevo.
Entonces unos tenues rayos de luz amarilla chocaron contra la parte más alta de la casa. Me paralicé. ¿Hoy el cielo estaría soleado? Miré a mi alrededor desesperada, a unos cinco metros de nosotros estaba el bosque, pero yo no era lo suficientemente fuerte como cargar a Anster hasta los árboles. Intenté despertarlo de nuevo pero si su codo roto no lo había hecho ya, mis débiles intentos no servirían de nada.
-¿Camila?- dijo una voz contrariada a mis espaldas.
Al ver de quien se trataba el alma se me cayó a los pies. No era mi abuela como había pensado al principio sino Ferrier, el mejor amigo de aquel cadáver. No me importó saber qué rayos hacia en mi casa a esa hora del día lo único que sabía period que él podía ayudarme.
-Ayúdame, por favor.- le imploré.
-Claro, pero… ¡Anster!- soltó con espanto al ver a su amigo tumbado en la hierba.- ¿Qué ocurrió, Camila?
-Estábamos en el tercer piso, y entonces mi abuelo apareció y todas las puertas de las habitaciones estaban cerradas, salvo por la ventana y él decidió salir por allí pero no se que le paso… yo creí que había salido bien pero cuando volví a acercarme a la ventana lo vi aquí tirado.- respondí, mirando su rostro inexpresivo.
El genio se inclinó para revisarlo y después de un breve chequeó suspiro.
-Solo está débil.- me miró.- necesita comer.
-¿Comer?- repetí.- ¿Él come?- eso sí period una novedad.
Ferrier sonrió y lo levantó en brazos con cierta dificultad. Anster parecía un muñeco de trapo cuya cabeza oscilaba de un lado al otro de un modo perturbador. El genio caminó rápidamente hasta los árboles, se dirigía hacia una camioneta muy bien disimulada entre los arbustos. Con mucho cuidado acomodó a Anster en el asiento trasero antes de dirigirse de nuevo a mí.
-Hum… – parecía que no podía decirme algo.- Camila, él necesita comer… y no creo que te agrade ver.
-¿De qué hablas?
El genio suspiró y fue hasta la cajuela y comenzó a revolver su contenido en busca de algo. Mientras él hacia lo que fuera que estuviera haciendo, me acerqué a Anster y lo miré. ¿Era el hambre lo que hacía que pareciera mas pálido que de costumbre? Con mucho cuidado le quité el cabello de los ojos y allí deje mi mano, sobre su frente. En ese momento apareció Ferrier con una botella de cristal colour verde llena de un espeso líquido oscuro. Al ver mi mano enarcó una ceja.
-No es lo que parece.- solté de inmediato, sintiéndome extrañamente culpable y con la necesidad de explicarme cuando no hacia ninguna falta… ¿verdad?
-¿Sabes por qué esta débil?- dijo él, ignorando mis palabras.- Lleva dos semanas sin probar absolutamente nada. De hecho no ha comido desde la vez que hablaron en su estudio. Al principio creí que solo quería llamar la atención acerca de su nueva amiga, pero al parecer no period mentira. Camila, él no quiere actuar como un monstruo frente a ti. No quiere que te asustes.
-Tú, pedazo de idiota.- solté, mirando a Anster.- ¿No te diste cuenta de que no me importa lo que seas ni que aspecto tengas?
-A él si le interesa, Camila.- dijo el genio.- Cree que su verdadera naturaleza podría inquietarte y trata de actuar como humano para hacerte sentir más cómoda.- solté un gruñido.- al menos eso cree él.- añadió el otro.
-Cuando despierte hazle saber que va por mal camino.- solté y entonces me fije en la botella que Ferrier tenía en las manos.- ¿Qué es?
-¿Anster no te ha dicho de lo que se alimenta?- volví a negar con la cabeza.- Vaya…. No sé si deba decírtelo… pero… es sangre Camila, eso es lo que él come.
Aparte mi mano de su frente en el acto y la llevé a mi vientre. Traté de calmarme pero no podía. Había tanto que desconocía de él pero esto period demasiado…
-Tiene que comer de inmediato.- me dijo Ferrier.- Si te molesta, puedes alejarte un…- negué con la cabeza.- Está bien, él no va a atacarte ni nada de eso, tranquila.
Ferrier destapó la botella y en el acto el cuerpo de Anster se sacudió en el asiento y yo me pegue a la puerta abierta de la camioneta pero no despegué mis ojos de su rostro, el cual se había reanimado. El genio acercó la botella al rostro de Anster y éste abrió los ojos de golpe. Primero miró a su alrededor, luego a la botella que tenía cerca, después a Ferrier y por último a mí.
-¿Qué haces mirando esto?- dijo con voz ronca.
-Anster bebe esto de una vez.- intervino Ferrier al notar que yo no respondía.- Ya lleva un rato enfriándose.
-Camila, aléjate por favor.- me pidió si usar la fuerza los gritos. Sin muchos miramientos le di la espalda y caminé de regreso a la mansión.
Pero no entré a la casa, me quede sentada contra la puerta esperando a que ellos regresaran, pero no lo hicieron. Abrí la puerta secreta con mucho cuidado y entré a la cocina. No llevaba ni diez segundos allí cuando Oma apareció mirándome con sorpresa. Desayunamos juntas y después subí a mi habitación para cambiarme de ropa, ya me bañaría después. Tomé mi mochila y fui a la escuela. Mientras el autobús avanzaba deprisa por las calles me di cuenta de que estaba un poco deprimida. Ver a Anster así me había recordado a mis padres… No era nada bueno pensar en la muerte pero así solía ocurrir, siempre nos tomaba por sorpresa. Nunca se está suficientemente preparado para ella…
Cuando entré al edificio me arrepentí de no haberle tomado la palabra a Anster y quedarme en casa, no tenia ánimos de hablar ver a alguien, simplemente quería estar sola. Suspiré, ¿y si daba media vuelta y me iba?
-Dresden.- la voz de la profesora Florence me llamó desde algún lugar de la bruma que solía rodearme cuando bajaba la guardia.
-Buenos días, profesora.- la saludé con educación.
-¿Podemos hablar?- me pidió y yo asentí. La seguí hasta el estudio de Anster, preguntándome si él estaría allí pero lo descarté de inmediato cuando el hada sacó las llaves para abrir la puerta. Una vez dentro me preguntó.- ¿Ayudaste a mi hermano, verdad?
-Yo no lo ayude en nada, Ferrier fue el que llego a la casa e hizo todo.- respondí con sequedad. En verdad quería estar sola, no me sentía nada bien.
-Bueno, no lo dejaste solo.- se corrigió y me miró con curiosidad.- Él ya está mucho mejor… de hecho, está con su madre ahora.
-Vaya, que bien.- intenté sonreír pero no pude.
-Camila, ¿te ocurre algo?- Florence me miró con ojo crítico.- Te ves decaída.
-No.- mentí y sonreí a la fuerza.- Sólo que a veces no entiendo a Anster y me saca un poco de mis casillas, es todo.
-Menos mal, creí que te habías asustado por su salud.- sonrío y yo solté una risita. No había reparado en eso… en verdad me asustó el hecho de verlo allí… – Bueno.- prosiguió ella.- el verdadero motivo por el que te traje hasta aquí fue para decirte lo que Constance y yo hemos estado haciendo estos últimos días.- se mordió los labios y respiró hondo.- Necesito que conozcas a unas cuantas personas que quieren verte de cerca.- y con una mano me indicó que tenía que ir al piso de arriba.
Con algo de recelo subí por las escaleras pero incluso antes de salvar el último escalón, vi a los curiosos. Todos me miraban intensamente, hasta con fiereza. Florence no tardó en aparecer allí y me obligó a colocarme frente a ellos tomándome de la mano.
-Camila, déjame presentarte a los cuatro señores de mi mundo, ellos son los que deciden acerca del futuro de las hadas.- me explicó Florence.- y quieren conocerte. Sus nombres son Solomon, señor del fuego, Dracae, protectora del agua, Viviana, señora de la flora y la fauna y Hermia, protectora de los bosques y las montañas.
-Buen día, Camila.- me sonrió Hermia con sus enormes ojos azules.
Yo sonreí con timidez. Period impresionantemente hermosa. Ahora que la veía bajo otra luz, su piel parecía resplandecer al igual que su hermoso vestido. A su lado se encontraba un hombre, supuse que era Solomon, aunque no pude decir si period muy varonil no pues su cabello era rojo encendido y largo hasta los hombros, el cual resaltaba aun mas gracias a su piel morenorosa y sus ojos coloration miel. Frente a ellos, ocupando el otro sillón, estaban dos mujeres, una de cabello negro y ojos verdes, tan verdes como el tono de su vestido y la otra criatura era muy pálida con el cabello casi blanco y con los ojos azul celeste. Su vestido llegaba hasta el suelo y terminaba en un pequeño charco de agua cristalina y fragante que no mojaba el suelo. Los miré a los cuatro en completo silencio y aparente calma, de repente me pregunté si Anster estaría de acuerdo con que yo conociera a estas personas sin su presencia y llegué a la rápida conclusión de que él no sabía nada al respecto.
-Sus majestades.- habló Florence con un tono respetuoso, incluso sumiso que no me gustó en lo más mínimo.- Esta jovencita lleva por nombre Camila Antonia Dresden y se trata de la protegida de nuestro Anster.
-La humana, querrás decir.- la corrigió el hada rubia, mirándome despectivamente de arriba abajo.
Sentí como los dedos de Florence se crispaban alrededor de mi mano al escuchar a esa criatura hablarme de esa manera. Al parecer no le había gustado en lo absoluto.
-Sí, señora Dracae, ella es humana pero también es una gran amiga del guardián Fitzgerald.- soltó mi profesora rebajando al máximo la amargura de su voz.
-Cada ser en esta tierra tiene una función en particular, Dracae.- dijo el hada de cabello oscuro, mirándome con dulzura mientras la otra soltaba un bufido.- Mi nombre es Viviana, cariño.
-La función de los seres humanos es algo que carece de sentido.- soltó la rubia sin dejarse intimidar.- Si yo estuviera en lugar de Anster, habría puesto mayor cuidado en elegir a mis amistades.
-No lo estas.- intervino Hermia con tono severo y la rubia cerró la boca al instante. -Además de que me parece una gran grosería de tu parte comportarte de esta pésima manera frente a la señorita Camila. – La rubia se cruzó de brazos y me fulminó con la mirada.- Camila, Florence, por favor, tomen asiento.- nos indicó, señalando un par de sillas cerca de ella que no había notado antes.
Moví los pies con torpeza al acatar la orden. Casi derribo mi silla de un golpe. Mientras me sentaba pude escuchar claramente la risita burlona de esa rubia que comenzaba a parecerme un verdadero dolor de muelas.
-Florence, me gustaría que pusieras a nuestra joven amiga al corriente de cuanto ha sucedido desde nuestra pasada entrevista.- dijo Hermia, mirándonos con calma.
-Con todo gusto, su majestad.- dijo la otra con una inclinación de cabeza, después se volvió hacia mí y con un suspiro comenzó a hablar.- Camila, la noche del baile fue una ocasión bastante peligrosa para todos debido a la presencia de un pequeño grupo de faunos que rondaban el claro en el que nos encontrábamos. Ellos representan un gran peligro para nosotras las hadas, son nuestros peores enemigos, si una de nosotras cae en sus garras podemos darla por muerta.
-Por eso Anster desapareció por un rato.- la interrumpí.
-Exacto. Él y Ferrier salieron para atacarlos pero en esa ocasión el objetivo no éramos nosotras sino que de alguna manera se enteraron de que tú estarías presente en el baile. Uno de ellos te vio y Anster tuvo que matarlo para que no dijera nada a sus superiores, pero otro de ellos los siguió a ti y a Anster cuando éste te acompañó de regreso a la mansión e inevitablemente se enteraron de que la casa blanca está de nuevo habitada, quisieron averiguar quién vive allí pero ni Spencer yo dejamos que se acercaran.
-Anster me dijo que ellos ya lo saben.- dije, poniéndome muy seria.- Y que para vigilar la casa mandaron a Constance.
-¿Anster te ha hablado de todo esto?- se sorprendió Hermia y yo asentí por toda respuesta.- Pues me parece bien que él no te oculté nada, pero debes saber que no sólo él está poniéndose en riesgo al atacar a los faunos, también Constance lo hace pues fue ella quien asesino a las bestias que se acercaron a tu hogar, y lo mismo ha pasado con Ferrier y su esposa, todos ellos te ayudan porque aprecian al joven Anster, sin embargo, que actúen así hace que nosotros cuatro, nos preocupemos también.
No supe qué decir que prometerle pues hasta ese momento me di cuenta de que yo representaba un peligro para ellos, más grave que el que ellos pudieran representar para mí.
-Camila.- el que habló fue Solomon, su voz grave y profunda me sobrecogió.- debes saber que si alguien revela el secreto de nuestra existencia, será nuestro fin. El mundo no lo creerá al principio, pero la duda vivirá allí y nos buscaran, tal y como ahora lo hacen, querrán poseer a cada uno de nosotros y convertirnos en meras piezas de colección en el mejor de los casos, pero habrá los que quieran averiguar lo que podemos hacer para utilizarlo en su beneficio, es very important el anonimato para preservar nuestra existencia Camila y tú, sabiendo todo lo que sabes hasta ahora, representas un peligro para nuestro mundo, y lo mismo piensan los faunos, pero la diferencia entre ellos y nosotros es que de este lado queremos llegar a un acuerdo en el que ninguna de las dos partes salga perjudicada.
-Yo…- mi voz salió muy ronca y carraspee para aclararme la garganta.- yo sé lo que todos piensan de mí al menos hasta ahora me doy cuenta, pero pueden estar seguros de que yo no revelaría nada sobre ustedes… – y los cuatro me miraron.- aunque claro, no hay forma de que me crean. Puede que lo único que tenga para prometerles que tendré la boca cerrada, sea mi propia vida pero ahora, después de conocer todo lo que ustedes hacen… esa vida que solía atesorar ahora me parece vacía y sin sentido, poca cosa comparada con todo lo que me rodea… pero no tengo nada más que ofrecer…
-Niña.- Viviana me miró.- sabemos de sobra que nuestro mundo deslumbra a los humanos, pero no eres la primera y tampoco serás la ultima que quiera permanecer a nuestro lado, muchos como tú han puesto su vida, incluso a sus familias como prenda jurando hasta el cansancio que nunca abrirían la boca, pero al ultimate lo hicieron. Durante milenios hemos caminado en esta tierra, primero las hadas y los genios, y ya con la aparición del hombre, las brujas, los seres como tu protector… Todos nosotros estamos aquí antes de que el tiempo fuera tiempo y necesitamos mantenernos invisibles para seguir ayudando al mundo, pero no a las personas pues los mortales no son de fiar. Y no quiero que pienses que te culpo a ti por todo el mal que ha hecho la humanidad pero el tiempo que llevo aquí me ha bastado para darme cuenta de que son malos por naturaleza, sin embargo siempre existirá aquel hombre mujer que merezca saber más de lo permitido y en verdad me gustaría mucho que esa persona fueras tú, pues así Anster nos mostraría que no se equivocó. Y noto, al igual que mis compañeros de vida, que posees algo en especial que hace que mi Anster se sacrifiqué por ti, eres apasionada, valiente, inteligente y si… fuerte, pero eso no basta., debes aprender mucho, debes madurar, debes escuchar y resistir… si sigues aquí, habrá ocasiones en las que tendrás que cerrar los ojos y aguantar pues lo que nos ha mantenido con vida es que nos protegemos, nadie actúa por su cuenta, y el bien es colectivo… aunque el destino no está escrito y eso lo aprenderás, pase lo que pase, siempre podrás decidir acerca de tu vida y siempre existirá la posibilidad de irse…
-Y si tú quieres estar con nosotros y demuestras que mereces estarlo, ni lo que diga yo el mundo entero valdrá.- dijo Hermia.- Además de nosotros, hay otros tres reinos que piensan que no estás hecha para esta vida.
-Pero también existe gente que cree que lo eres.- intervino Dracae, mirándome con sus claros ojos.- Y Anster Fitzgerald es el primero en jurar hasta el cansancio que tu lugar es a su lado. Él tuvo la suficiente confianza para decirte todo lo que sabe pues cree que puedes con la verdad… aunque mirándote ahora me doy cuenta de que a veces dudas… esperas a que ocurra algo, ¿verdad?- y sonrió a modo de burla.- Todavía no le crees, incluso con nosotros aquí sigues preguntándote si no estaría bien que te fueras… y puede que lo medites en cuanto sepas que si no queremos tenerte aquí, la muerte es tu único camino.
El hada a mi lado me tomó de la mano con fuerza, se había quedado helada y muda. Si ella al igual que los otros supieran lo que me había llevado hasta esa ciudad, no hubieran perdido su tiempo amenazándome, tal vez sería bueno decírselos pero entonces alguien entró al estudio, cerró de un portazo y corrió escaleras arriba.
-Anster.- soltó Florence con voz desmayada. Por mi parte sólo lo miré avanzando hasta mi lugar para colocarse a mi lado.
-¿Esta es la manera en la que solucionan las cosas?- soltó él con verdadera rabia.- Le dan a escoger a Camila entre la vida y la muerte como si se tratara de cualquier persona. ¿Acaso no saben que es mi protegida? ¿Ya lo olvidaron?
-Creíamos que esta conversación period a puertas cerradas.- soltó Dracae, enfadándose.
-Por supuesto que no lo es y menos si utilizan mi estudio para decir tantas estupideces juntas.- soltó Anster.
-Me gustaría recordarte que tú mismo pediste esta audiencia.- dijo Solomon con calma.
-La pedí, sí, pero en ningún momento accedí a que trataran a Camila de esta manera.- y él colocó una mano sobre mi hombro.- El trato fue que ustedes la pondrían a prueba el tiempo necesario para que se ganara su confianza, no matarla si se negaban a recibirla en nuestro mundo.
-Pues esa resolución no me parece.- soltó Dracae.- De hecho pienso que ambos deberían pagar por trasgredir la ley porque hasta donde sé ningún mortal puede ir a la noche de Samahin sin que se le autoricé y tú la llevaste importándote poco nuestra negativa.
-Bien.- dijo él.- si quieres castigar a alguien que sea a mí, pues yo comencé todo esto. Camila sólo es una víctima de mis malas decisiones aunque… hasta donde sé.- Anster imitó el tono agudo de Dracae.- el consejo en pleno es quien decide quien muere y quien vive, no un hada temperamental y vengativa, ¿no es así su majestad?
-Estás en lo correcto, muchacho.- aceptó la reina, mirándolo a él y luego a mí.- Si Camila quiere estar con nosotros tendrá que demostrárselo a todo el consejo y lo único que mis compañeros y yo podemos hacer por ella es obligarla a prometernos que no revelara nada a ningún mortal ni miembro del mundo paralelo lo que sabe y sabrá. Camila sino cumples esto me veré obligada a juzgarte según sea el caso. Si revelas algo al mundo paralelo, el destierro es tu castigo pero si hablas con algún mortal, incluyendo a los miembros de tu familia, la decapitación será la forma en la que limpies tu mancha y lo mismo va para ti Anster.
-Me aseguraré de que Camila cumpla al pie de la letra su promesa.- se apresuró a decir él de manera seria y contundente.
-Estoy segura de eso pero es Camila la que debe prometérmelo, no tú.- Hermia, que aún no me quitaba la vista de encima, me sonrió.- Ven por favor.
Cuando hice ademán de levantarme Florence me soltó pero Anster me retuvo con la mano aún en mi hombro.
-No le haremos nada, muchacho.- le recriminó Viviana.
-Teme que rompamos su juguete.- susurró Dracae.
Anster gruñó muy bajito pero me soltó y sin quitarme los ojos de encima dejo que me acercara a Hermia quien se levantó de su asiento y me tomó de la mano con fuerza. Aquella piel period tan suave y fresca que me reconfortó el alma. Los otros tres se acercaron y colocaron las manos sobre la de su reina.
-¿Aceptas no revelar el secreto de mi reino, el de los bosques?- me preguntó la reina.
-Sí, acepto.- respondí con nerviosismo pues me daba un poco de temor estar tan cerca de ellos.
-¿Aceptas no decir nada de mi reino, el de la flora y la fauna?- quiso saber Viviana.
-Si.- dije con más seguridad. Esa hada de cara redonda me daba confianza, además miraba a Anster con cariño.
-¿Dirás algo de mi reino, el de las hadas de fuego?- dijo Solomon.
-No, nada.- respondí.
Cuando llego el turno de Dracae, nos miramos una frente a la otra y supe que tendría que sufrir su existencia en mi vida.
-¿Juras no decir nada acerca de mi reino?
-Lo juro.- susurré.
-Si revelas algo del mundo de las hadas del esencial, ¿aceptaras el castigo que se te imponga?- volvió a preguntar ella.
-Por supuesto.- respondí, mirándola con verdadera rabia.
Comencé a sentir un extraño calorcillo en la palma de la mano, después una descarga fría reemplazó el calor y aquello me dolió. Miré el montón de manos en torno a la mía pero ya no estaban, habían sido reemplazadas por cuatro luces muy brillantes que se unieron para formar una sola y cegadora luz blanca que fue a dar a mi palma provocándome un fuerte escozor. Di un respingo y me solté de Hermia. En el centro de mi palma había aparecido una mancha roja en forma de gota. Dolía mucho, quise tocarla pero Viviana me lo impidió.
-No, déjala así, en unos minutos el dolor se irá y esa marca se convertirá en una cicatriz que servirá para recordarte tu promesa.
Asentí varias veces sin apartar los ojos de mi mano. Acababa de firmar mi contrato con este mundo y no me sentía segura al respecto, levanté la cabeza para buscar a Anster pero éste ya estaba a mi lado. Tomó mi mano con suavidad para revisar la marca y por su expresión a él tampoco le gustaba lo que acababa de pasar.
-Supongo que esto es todo.- dijo, sin dirigirse a nadie en particular.
-Con nosotros, si.- respondió Hermia.- A la brevedad escribiré al consejo para informarles de lo que se habló aquí.
-¿Nos apoyaras?- quiso saber Anster, envolviendo mi mano con las suyas. No pude evitarlo, me ruboricé y el hada rubia me miró con curiosidad.
-Claro que lo haré, siempre y cuando no perjudique a mi pueblo.- Hermia acarició el rostro de Anster con ternura y éste se quedo quieto.- Hasta pronto, Camila.- me sonrió.- Hazme un gran favor y cuida de él. – después miró a Florence.- Te espero.
-Por supuesto, su majestad.- Florence hizo una reverencia antes de que la reina se desvaneciera ante nuestros ojos.
-Yo también me voy.- anunció Dracae.- Espero que sepas lo que haces, Anster.- añadió ella mirando elocuentemente nuestras manos.
-Descuida.- dijo él.- Camila y yo somos tan adultos como tú, además nadie te obliga a ver con buenos ojos lo nuestro.
-¿Lo suyo?- inquirió ella confundida.
Para contrariarla más, Anster me acercó a su cuerpo tomándome con fuerza por la cintura. Dracae soltó un bufido de irritación y también desapareció de la sala. Por su parte Solomon se despidió con una inclinación de cabeza y se marcho como las otras dos, pero Viviana fue la última en quedarse. Pensé que me diría algo más pero lo que hizo me dejo sin palabras. Sonreía de oreja a oreja y se acercó a un Anster que le devolvió el gesto, claro utilizando únicamente las comisuras de sus labios.
-Anster, Anster… siempre tienes que salirte con la tuya.- le dijo.- Muchacho tonto y terco, ¿Qué ganas enemistándote aún más con Dracae?
-Yo no me enemiste con ella.- replicó él.- Esa hada se cree demasiado bonita como para admitir que no despierta nada en mi. Yo no tengo la culpa de que se haya encaprichado conmigo.
-Y por eso mismo abusas.- lo regañó el hada.- Haz las cosas con inteligencia y cuidado, no toda la vida estaremos allí para defenderte.
-Yo hago las cosas con mucho cuidado.- dijo él y el hada nos miro.- Esto es sólo un juego, entre Camila y yo no hay nada, somos amigos.- añadió pero no me soltó.
-Eso espero… ya sabes cómo resulta esto, ¿verdad?
-Eres peor que mi madre.- rió él y me soltó al fin.
-Cuídense mucho, los dos.- Viviana nos sonrió y desapareció en medio de una tenue bruma con olor a pino.
En cuanto nos quedamos solos, todo me dio vueltas y me precipité en un remolino de colores apagados, mientras Florence me pedía que respirara profundamente. Traté de enfocar lo que estaba a mí alrededor pero no podía. Sólo sentía la pesadez de mi cuerpo… lo sentía recostado en el piso y sobre mi frente algo duro y helado me daba un poco de calma. Anster me susurró al odio que me tranquilizara, que todo estaba bien pero period inevitable sentir que la oscuridad me tragaba pues aquello solo era el principio del fin.
Capitulo 9
A través de la ventana
A partir de ese momento, desde la promesa hecha a las hadas, me tomé más en serio lo que estaba pasando y más aún lo que yo tendría que hacer para no resultar muerta en mi camino para pertenecer al mundo de Anster. Aquel profesor me debía una seria explicación acerca de todo esto pues el mundo shade de rosa que me había pintado hace días no tenía nada que ver con lo que estaba ocurriéndonos. Todos esos seres me habían pedido que fuera excepcional para ganarme el derecho a mirarlos siquiera, pero la verdad era que yo solo period una muchacha que apenas había visto mundo, poseía una inteligencia nada fuera de lo regular y sumado a todo esto, mi físico fuerza no era algo envidiable. No bastaba con que unos cuantos me apoyaran, con esas hadas period todo nada y de eso estaba segura, ¿Qué pasaría si los otros reinos no me aceptaban? ¿Qué pasaría conmigo entonces, tendría que morir para que su bendito secreto estuviera a salvo?
Todos estos pensamientos bastaban para que me quedara horas despierta y por fin cayera dormida a mitad de la noche, soñando con formas y colores, producto de mi pánico a fallar. A nadie le había dicho que yo no soñaba y lo que tenía últimamente eran leves bosquejos de uno, bueno excepto a Constance, la única persona que me inspiraba verdadera confianza y en la que comencé a pensar, incluso antes que en Anster, cuando me sentía en peligro.
El fin de semana que le siguió a mi extraña entrevista, la bruja vino a visitarme y para variar Oma la obligó a quedarse para la cena, por lo que nos dedicamos a pasear por el jardín toda la tarde.
-Espero que no hayas venido a vigilarme.- le dije cuando al fin nos quedamos solas en el jardín, muy cerca de las verjas de la entrada principal.
-Descuida.- sonrió ella.- esta vez solo vine a visitarte… aunque no te caería nada mal algo de vigilancia extra.- pude leer el reproche en su mirada.- ¿Por qué aceptaste, Camila? Era mucho más easy seguir el plan de Anster.
-Así era el plan pero Florence no pudo evitar que sus jefes se metieran.- respondí.
-Esas hadas.- gruñó ella.- Siempre metiéndose en donde no les importa… Si te soy sincera, nunca me han caído bien, salvo Florence porque se trata de mi cuñada y otra hadita de los jardines pero además de ellas, no soporto a ninguna otra.
-¿Ni a Hermia?- me sorprendí.
-Mmm ella es cosa aparte, es la reina y más que caerme bien no, tengo que llevar la fiesta en paz debido a que ambas estamos en puestos muy críticos… pero a pesar de eso no me gusta deberle favores a esos de Dracae y Solomon, pero al final de cuentas no fui yo la testigo de tu promesa, sino Anster… quien de nuevo se aprovecha de la simpatía de la reina.
-Ella lo aprecia mucho, ¿verdad?- dije, pensando en la mirada que la reina utilizó con Anster.
-Sí, mucho…. Y siempre lo apoya aunque sus concepts no sean las más geniales.
Es por él, no por mí”, pensé, nadie se jugaría un reino por salvar a un mortal.
-¿Y Viviana?- volví a preguntar pero la bruja no respondió.- ¿Es otra de esas cosas que sólo Anster puede decirme? A estas alturas creí que todos ustedes serían más sinceros como mínimo dejarían de tratarme como una mocosa idiota.
-Antes que todo, déjame decirte que nadie cree que seas una mocosa idiota.- aclaró ella.- Anster y tú decidieron llevar esto de la extraña manera en la que lo hacen. Sencillamente los demás nos adecuamos a lo que decida Anster… pero esto no es un secreto, está bien que lo sepas. – suspiré y ella sonrió.- Terca, terca, pero bueno, te diré que cuando un niño nace, sea mágico no, un hada también lo hace, pero a diferencia de los bebes que tardan mucho en crecer, un hada llega a su madurez en cuestión de semanas. En agradecimiento al bebé por haberle permitido existir, el hada se convierte en su protectora… y ese es el caso de Viviana. Ella se encariñó tanto con Anster que se hizo visible para él y siguió a su lado a pesar de que éste se convirtiera en un hombre. Ni siquiera cuando se volvió inmortal ella lo abandono, de vez en cuando lo visita pero siempre está pendiente de él.
Aquello me pareció tan raro que no podía imaginarme a alguien como mi profesor siendo protegido por un hada, pero así era… Hasta un ser como él necesitaba protección… aún así, todo lo que estaba viendo y sintiendo se alejaba de los parámetros de cuentos de hadas que Oma me leía. En ellos las hadas negras – ninguna era como Florence- atacaban y castigaban a los humanos que eran malos y los seres como Anster… Hice una pausa… y caí en la cuenta de algo que había pasado por alto hasta el momento…
¿Exactamente qué clase de criatura period Anster?
-¿En qué piensas?- quiso saber Constance cuando me quedé callada más de un minuto.
-En nada.- mentí pero ella no me creía y me miraba con intensidad.- Vamos al rio.- le pedí y ella aceptó de buen grado.
Caminamos lentamente por el bosque hasta que el rio se hizo presente. Cuando estuvimos a unos metros de la orilla, Constance se adelanto y fue a sentarse muy cerca del agua y con mucho cuidado comenzó a rebuscar entre las piedrecillas que la rodeaban. Yo la miré en completo silencio, fascinada en lo regular que parecía… y entonces recordé a André. A él no le parecía mi amistad con estos seres y ahora podía entender el porqué de tanto recelo de su parte. Él ya sabía lo que me esperaría a su lado. Con un leve suspiro deseé que apareciera por allí y de repente sentí unas ganas incontrolables de hablar con él para desahogarme pero dudaba mucho que mi vecino se llevara bien con la bruja de ojos verdes que ahora tenía un montón de piedras en la palma de la mano.
-Estás muy callada.- observó la bruja sin dejar de escoger piedras.- ¿Eres así simplemente estás preocupada?
-Las dos cosas.- respondí cruzándome de brazos.- Pero en realidad soy una persona muy silenciosa, prefiero observar en lugar de hablar… tal vez por eso a Anster no le molesta tanto mi compañía.
-A él no le gusta que lo contradigan ni tampoco que lo cuestionen.- susurró ella, levantándose lentamente.- Creo que ya es tiempo de volver a tu casa, tu abuela no tardara en salir al jardín para descubrir que no estamos.
Asentí una sola vez y ambas regresamos a la mansión para comer con una Oma especialmente risueña que dejo que Constance se marchara sólo con la promesa de que volvería al día siguiente. Cuando salí a la puerta para despedir a Constance ésta me miraba con curiosidad.
-No le des demasiadas vueltas al asunto terminaras loca.- me sonrió.- Te veo mañana.- se despidió y fue hasta las verjas para marcharse rápidamente por la acera.
Al día siguiente cuando me desperté, lo primero que mis ojos vieron, fue el rostro de Constance muy cerca del mío. Solté un gritito y me incorporé de golpe.
-¿Qué demonios haces?- farfullé con la voz ronca.- Me asustaste.
-Comprobando que estuvieras bien.- respondió ella, alejándose todo lo que la orilla de la cama le permitía. -¿Qué quieres hacer hoy?
-¿De qué hablas?- dije tratando de enfocar algo.
-Los jóvenes mortales no pasan el fin de semana en sus habitaciones.- dijo ella arqueando las cejas.- Los normales no….
-No soy mucho de salir.- respondí bostezando.- Creí que ya te habías dado cuenta de que soy como una vieja. No salgo, no hablo mucho y prefiero estar en lugares oscuros y fríos. Así es que no te esfuerces mucho, con que estés aquí es más que suficiente. – pero ella parecía de esa clase de personas que no aceptaban un no por respuesta.- podemos ir al cine….- solté con fingido animo.
-Así está mejor.- soltó con una sonrisa pero yo reprimí un gruñido.- Quita esa cara, no es tan malo salir al mundo de vez en cuando.
-No me gusta…- solté.- es todo. Si me agradara tener amigos normales, los tendría y Anster no hubiera tenido ni la más mínima oportunidad para engatusarme.
Constance soltó una carcajada y se levantó de la cama.
-Yo no lo hubiera dicho mejor, pero es cierto, eso fue lo que hizo el maldito.- después de reírse suspiró.- Bueno, como veo que contigo es mejor utilizar palabras directas y no andarse con sutilezas te digo de una buena vez que Anster me pidió que te investigara.
No supe si reír gritar.
-¿Qué tiene ese tipo en la cabeza?
-Necesitamos saber qué clase de persona eres.- se explicó ella.- No podemos darnos el lujo de proteger a un asesino a un demente.
-Anster ha sido mi profesor y tú te quedaste en esta casa, ¿No fue suficiente como para confirmar que soy una asquerosa y patética persona incapaz de tener amigos reales? – exclamé.
-Tú no eres asquerosa ni patética.- soltó ella poniéndose muy seria de repente.- Y no quiero que vuelvas a decir algo así, al menos no frente a mí. He conocido a muchas personas en mi vida como para saber quien vale la pena y quien no, y tú amiga mía lo vales, sino creyera que fuera así, yo habría sido la primera en darle la espalda a Anster cuando me habló de ti.- no dije nada y me levanté de la cama.- Vamos, no tengas esa actitud. Aislarte es tu principal problema.
-¿Y tú porque crees que lo hago?- solté, enojándome.- Las únicas veces que he tratado de hacer un vinculo, mis padres se mueren mi profesor resulta ser un maldito entrometido psicópata. Disculpa que te lo diga pero no me está gustando nada la forma en la que llevan las cosas… pero ¿Qué crees? No tengo más opción que callarme y dejar que hagan conmigo lo que se les venga en gana porque ya le hice una promesa a las hadas.
-No te exaltes.- dijo ella llevándose los dedos al puente de la nariz.- El panorama es oscuro pero nada ganas poniéndote así. Date un baño y salgamos, ¿te parece?
Me di por vencida y asentí con la cabeza. Una vez limpia y relajada bajé al salón donde la bruja me esperaba. Estaba tan concentrada mirando las pinturas de la pared que apenas noto mi presencia cuando me coloqué a su lado. Después de unos minutos de darle su espacio decidí mirar lo que ella observaba con tanto interés. Eran dos figuras sin rostro en medio de un camino, tomados de la mano, parecían ser una chica y un chico.
-Ya había olvidado que mi cabello period rubio…- murmuró la bruja. Y se llevó distraídamente la mano a la cabeza…- Hace ya tanto de aquello.
-¿Esa chica eres tú?- pregunté.
-Sí, somos Spencer y yo.- respondió.- Era mil seiscientos catorce, 24 de abril de 1614 cuando mi hermano y yo posamos para ese joven pintor… ¿Sabías que el artista period un humano? Le ofrecimos la inmortalidad, riquezas, el amor, la gloria como pago, pero lo único que él quería period pintar… no importaba a quienes. Rechazó la gloria para vivir una vida regular e insignificante.
-No hay nada de malo en querer una vida regular, Constance.- dije con mucha seriedad y ella giró la cabeza en mi dirección entrecerrando los ojos y entendí porqué.- Suena mal que yo lo diga… pero a veces la paz y tranquilidad no se compara con la gloria.
-¿Tú buscas la paz?- inquirió la bruja.
-Sí, siempre lo he hecho pero nunca la he alcanzado… Pienso que mi vida será un eterno sufrimiento… tal vez a su lado eso cambie… tal vez pueda hacerles un gran favor como lo hizo este pintor y me ofrezcan algo.
-¿Qué es lo que quieres a cambio?- Constance me miraba como si mirara una pintura.
Respiré profundamente y desvié mis ojos de esa mirada esmeralda, no period que me intimidara sino que me incomodaba decirle algo tan privado como lo era mi mayor deseo. Period algo very important, para algunos era estúpido pero para mí era lo más difícil que pudiera existir sobre la faz de la tierra.
Lo que más deseo en esta vida es despertar sin miedo, levantarme con un propósito cada mañana, caminar sin prisas, hablar sin dudar, respirar sin dolor, no temerle a la soledad, no incomodarme con la compañía, reír sin reservas e irme a dormir tranquilamente sin que me acorralen los malos pensamientos, la pena, el coraje, el odio, la frustración, la impotencia y las ganas de querer terminar con todo… -. Sentía rígida la garganta, dolía y un sollozo estaba atorado en mi pecho, pero yo no lloraría más.- Poder vivir sin miedo… vivir en paz es lo que anhelo con todas… – cerré la boca porque si seguía hablando me pondría a llorar. Clavé la mirada en un punto en la pared y dejé que las lágrimas siguieran resbalando. Necesitaba tranquilizarme.
Constance me miraba sin decir nada. Yo podía sentir su intensa mirada sobre mí, tal vez pensaba que estaba loca que por el contrario, que pedía demasiado que todo period una tontería de una niña idiota. Nunca supe lo que pensó de mi aquella mañana, sólo sé que dijo algo que me hizo estremecer.
-Si te quedas con nosotros nunca encontraras la paz.- la miré. Hablaba en serio.- Es mejor que lo sepas de una vez.
No sé por qué razón aquello no me hizo sentir mal pero tampoco mejor, sólo la escuché porque tenía que hacerlo. Después de aquello no dijo nada más del tema. Salimos de la mansión y me llevó a ver una película que no me gustó, comimos en un restaurante de comida rápida y apenas probé bocado. Me sentía tan depressing que lo único que deseaba era dormir sin despertar y ella lo notó pues no me visitó el domingo.
El lunes después de la clase de canto, corrí al baño para encerrarme en un cubículo. Quería prepararme para ver a Anster. No habíamos hablado desde el día de la promesa ya que, después de mi súbito desmayo, se había marchado dejándome con Florence. No sabía qué decirle qué cara poner si lo más sensato period dar de baja el taller y arreglármelas después con los créditos, pero eso period algo estúpido, el semestre terminaría en un par de semanas y no tenia caso evitarlo. Sólo seis clases más, sólo doce horas más y ya no lo vería, pero a quién engañaba, como si las clases fueran el único medio para verlo, bueno, el único permitido porque bien podría pedirle a Constance que me llevara a su casa… en el más desesperado de los casos.
No, lo mejor period respirar hondo e ir a clase como cualquier lunes. Sí, eso tenía que hacer. Me levanté del frio piso del sanitario y tomé mi mochila. Al salir me di cuenta de que al menos seis chicas me miraban ceñudas, haciendo fila a un lado de la puerta. Les lancé una sonrisita a modo de disculpa pero todas me ignoraron y sin más salí del baño. Afuera, el sol se había ocultado tras las nubes y hacia un poco de viento. Tenía frio pese a que llevaba la chamarra puesta. Caminé resueltamente hacia el estudio y llamé a la puerta dando unos suaves golpecitos. A los pocos segundos escuché risas y la puerta se abrió, contuve el aliento, preparada para lo que fuera… menos para lo que mis ojos vieron.
Anster estaba tan frio como de costumbre salvo por un delicado tono rosado que coloreaba sus mejillas. Ese simple cambio en su tez bastaba para que pareciera vivo. Eso me intrigó.
-Llegas temprano.- observó utilizando el tono de voz de costumbre.
Parpadeé, de seguro había visto mal, pero no, allí estaba el rosa inundando su rostro. Tal vez la condición de su piel period lo que la hacía lucir extraña.
-Tú.- intenté no sonar grosera- cara.
Respiró hondo y cerró los ojos, esperé una contestación grosera pero solo se limitó a decir:
-Comí de más.
El estómago se me contrajo de asco y desvié la mirada. No me gustaba hablar de ese tema. Me enojaba y asqueaba a la vez.
-Y… ¿con quién te reías?- pregunté, rompiendo el odioso silencio que de pronto se había hecho entre los dos.
-Con Ferrier.- respondió.
-¿Está aquí?- de pronto me sentí contenta. Aquel genio me caía bien.
-Pasa.- Anster se hizo a un lado para dejarme entrar. El genio estaba sentado frente al piano negro y en cuanto me vio sonrío.- Hola.- saludé.
-Hola, Camila.- dijo él a su vez.
Me acerqué al piano y busqué con la mirada un asiento disponible pero al no encontrar ninguno hice ademán de irme al salón de clases pero Ferrier me detuvo.
-Siéntate aquí.- se recorrió a la orilla del banquillo y quedo un amplio espacio. Titubeé un poco pero al final me senté y el genio me sonrió para infundirme confianza.
Con un profundo suspiro el pelirrojo apartó la mirada de mi rostro y la clavó en las teclas del piano. Con mucho cuidado y elegancia comenzó a tocar una melodía rápida y animada. A su lado comencé a sentirme tan poco importante, todo lo pasado me llegó de golpe y mientras escuchaba a Ferrier pensé en las hadas, en mis abuelos, en esa inmensa casa, en mamá y papá, en su funeral, en mí… en la cocina de la casa, el piso blanco lleno de gotitas carmesí… Parpadeé un par de veces para alejar esa imagen de mi atribulada mente y mis ojos fueron a dar hasta Anster que también me miraba en silencio, apoyado contra la puerta de la entrada.
De repente tuve ganas de abrazarlo.
-¿Qué va a pasar ahora?- le pregunté por encima del sonido del piano. Él no respondió.- ¿Tendré que cuidar cada uno de mis pasos la cosa que tengo en la mano me quemará como aquella vez?- pero él seguía mirándome en silencio y la ansiedad que experimentaba desde el jueves al fin salió.- ¿Qué voy a hacer ahora, Anster? Tú nunca me dijiste que algo como esto ocurriría…. – Ferrier seguía tocando.- Acaso yo era tu sucio secreto y ahora que te descubrieron no sabes qué hacer, ¿Es eso?
Hubiera estado encantada de que mis palabras lo hicieran enojar pero no, él seguía quieto contra la puerta tal como lo hace una estatua. Period frio y estaba tan inmóvil que realmente pensé que en su inside no había nada pero eso era verdad, en lugar de corazón tenía un hueco seco y oscuro que lo hacía insensible, ajeno al dolor. Él no siente, me había dicho Constance y yo pensé que mentía exageraba pero no, me había dicho la verdad. Anster no podía sentir empatía por nada ni nadie y eso me estremeció. Ferrier dejó de tocar y puso una de sus enormes manos en mi hombro. Había más bondad en aquel genio que había visto en tres ocasiones que en el inmortal que me había dejado dormir contra su pecho.
-Te hice una pregunta.- dije en voz baja. Tenía la boca seca y amarga.
-Hermia habló con el consejo, ellos vendrán a platicar contigo al ultimate del verano.- respondió al fin.
-¿Al last del verano?- repetí sin poderlo creer.- Pero Anster, estamos a mediados de otoño. ¿Tendré que esperar medio año para verlos?
-Lo siento, pero no pueden venir antes. Hay asuntos muy importantes que tienen que tratar y para ellos esto no es tan… urgente.
-Importante.- lo corregí.- Para tu consejo yo no soy importante… y es lógico. Nadie apostaría por una humana.
-Tienes razón.- dijo él y Ferrier lo miró con dureza.- Nadie apostaría por una humana cualquiera, pero si por una humana que se encuentra al servicio de Anster Fitzgerald.
-¿De qué hablas?- lo miré a él y luego a Ferrier quien sonreía.
-Es obvio que esas hadas nos tendieron una trampa y quieren estar protegidas en caso de que el consejo las recrimine por apoyarte si fallas, pero no es todo lo que podemos hacer, de hecho pienso que su ayuda es innecesaria.
-Anster.- lo llamó Ferrier.- No te conviene hablar así de quienes te ayudan. Tu madrina y Hermia te apoyan.
-Lo sé, pero estoy hablando del par de hadas nefastas… – y nos miró de manera elocuente.- Esas dos apuestan a que fracasarás y puede que tengan razón, pero lo que ellas no saben tal vez sólo sospechan, es que yo soy muy terco, además de que no me gusta perder. Yo siempre gano, Camila.- y una sonrisa asomó a sus labios.- Y para que yo gane y le demuestre a todos que mi voluntad es ley voy a hacer que el consejo te acepte siempre y cuando me demuestres que vale la pena luchar por ti.- hizo una pausa y me miró.- Debes prometerme que harás todo lo que yo te indique al pie de la letra y- levantó un dedo frente a su rostro.- sin dudarlo ni un solo segundo. ¿Entendido?- asentí, qué otra cosa podía hacer.- En primer lugar tienes prohibido hablar del mundo que has visto, ni siquiera con nosotros y mucho menos con tus abuelos amigos.- no pude evitarlo y me reí. Para mi mala fortuna él supo el motivo.- ¿Todavía no tienes amigos?
-No.- sonreí.- Pero no es algo que me preocupe, estoy mucho mejor sin ellos… además, gente de esa naturaleza se interpondría entre tu loco plan de guardar el secreto.
Anster murmuró algo que no alcancé a escuchar.
-Supongo que por esta vez tienes razón.- respondió.- pero no es sano, hasta yo tengo amigos, Camila.
-Que bueno.- respondí sin dejarme amilanar. – Supongo que es más necesario para ti tenerlos ya que vivirás durante varios siglos más.
Él joven profesor puso los ojos en blanco y continúo.
-Lo que viene después es mantenerte lejos de los faunos. Ahora que sabes que ellos tienen un especial interés en ti, no es sensato que el consejo se dé cuenta de que puedes ser un poco peligrosa para nosotros.
-Pero yo no he hecho nada.- me quejé.- Esas criaturas son las que quieren verme, no yo a ellas. A todo esto, ¿Tú sabes porque me buscan?
-Quieren saber que eres.- respondió Ferrier.
-¿Qué soy? Espera… ¿Los faunos no saben que soy humana?
-No.- dijo Anster.- Y más vale que sigan sin saberlo, Camila. Nada de salir de noche sola, ¿te queda claro? Tarde temprano se enteraran, de eso no hay duda pero mientras más tiempo tarden en hacerlo mejor para nosotros. Si el enemigo se entera de que tenemos vínculos con los humanos mejor que sea cuando ya seas miembro de mi mundo, no antes.
-¿Tu mundo?- soltó Ferrier.
-Nuestro mundo.- se corrigió Anster pero el genio no quedó convencido. El profesor abrió la boca para continuar con su cantaleta pero la cerró de golpe. Sus ojos de aclararon al instante y me eché hacia atrás de manera instintiva. Al principio creí que se había enojado con el genio pero luego comprendí que su reacción se debía a algo más.
-Los invocamos.- murmuró Ferrier.
-No puedo creer esto.- gruñó Anster y con mucho cuidado se acercó a la ventana.
Quise preguntar qué period lo que pasaba pero Ferrier se llevó un dedo a los labios y se levantó. Con un rocé muy suave, Anster movió la cortina y el alma se me cayó a los pies. Al otro lado del cristal vi dos pupilas muy azules, dilatándose de emoción. Aquellos ojos me miraban desde el centro de un rostro grisáceo de piel curtida y facciones alargadas como las de un animal… Primero sentí fascinación, después miedo cuando lo escuche decir con una voz ronca y profunda:
-Es una humana.
Un extraño murmullo se escuchó después de esas palabras, period como un zumbido que se pasaba de boca en boca.
-Sácala de aquí.- ordenó Anster mientras ponía una mano sobre el pomo de la puerta.
-Pero, Anster…- solté.
La mano larga y delgada de Fierre se enroscó en mi muñeca con fuerza. Y me jalo hacia el salón de clases. Tropecé frente a los pupitres hasta la pared del pizarrón, la cual pateó Ferrier para abrir una puertecilla que llevaba directo al bosque.
-¿Y Anster?- me atreví a preguntar mientras el genio me jalaba hacia el exterior.
-Tengo que sacarte de aquí.- urgió él y con un último tirón me encontré afuera.
Recuerdo que el cielo estaba de un colour gris plomizo cuando salimos del estudio. Los alrededores estaban desiertos y sólo se escuchaba el leve sonido del viento. Rodeamos el edificio con rapidez y a un par de metros de distancia se encontraba una camioneta negra. Cuando la vi suspiré de alivio, pero como salidos de la nada, varias criaturas vestidas con harapos, con el pelo sucio y esos impactantes ojos azules, se pararon frente a nosotros. Eran enormes con fuertes patas peludas, torsos musculosos y cuernos enroscados en lo alto de la cabeza. Uno de ellos, el más bajo que debía medir un metro setenta centímetros, levantó un brazo lleno de cicatrices en mi dirección y con un dedo larguísimo terminado en garra, me señaló.
-¡Es la humana!- gritó con todas sus fuerzas.
Su voz me hizo estremecer y me quedé paralizada de miedo. Ferrier me jaló hasta la camioneta y me metió a empujones a la cabina. Mientras el genio pisaba el acelerador, vi por el retrovisor como los faunos se movían en nuestra dirección. El vehículo arrancó y salimos disparados hacia el bosque con el enemigo corriendo detrás de nosotros. Seguimos por un sendero improvisado que se abría paso entre los enormes y gruesos arboles. Íbamos dando tumbos al avanzar por el accidentado terreno. A través de la ventanilla sólo podía ver un borrón verde. Iba pegada al respaldo con las manos aferradas al tablero, ni siquiera quería ver a cuantos kilómetros íbamos pero si miré al genio, cuyo rostro estaba tranquilo y completamente fijo en el camino.
-¿A dónde vamos?- susurré con la mandíbula tensa.
-Voy a sacarte de esta zona y te llevaré a tierra amiga.- respondió él.
-¿Tierra amiga?
-El reino de Hermia.
El corazón me dio un vuelco. Moví la cabeza levemente en señal de haber escuchado y fijé la mirada en un punto cercano. De repente un fuerte ruido de pisadas se elevó por encima del sonido del motor. Me giré con brusquedad y con horror vi a esas pesadas y enormes criaturas corriendo a poca distancia de nosotros. Quise gritar pero nada salió de mi garganta.
-Tranquila.- dijo Ferrier con la voz un poco agitada.- Todo va a salir bien, aunque no lo creas esta clase de cosas ocurren más seguido de lo que puedas pensar… Aguarda, ya casi llegamos, sólo resiste, no dejes que te vean asustada.
Ferrier pisó el acelerador a fondo y pronto salimos del bosque y dimos a un prado enorme lleno de maleza. Una vez allí nos detuvimos en seco.
-¿Qué pasa?- pregunté mirando a mí alrededor llena de miedo. Pero el genio hizo lo mismo que yo y maldijo por lo bajo.- ¿Ferrier? – pero no hubo respuesta y volvió a poner la camioneta en marcha. – ¿Qué ocurre?- volví a preguntar.
-Anster.- murmuró.
-¿Dónde está?- quise saber.
Ferrier me miró por primera vez. Tenía el ceño fruncido pero sus ojos reflejaban duda.
-No lo sé, venía detrás….
-Regresemos por él.- urgí de inmediato.
-No podemos.- fue su respuesta.- Esas bestias están muy cerca y él me ordenó ponerte a salvo. Si acaso llegaran a ponerte las manos encima…- no terminó la frase pero me lanzó una rápida mirada.
Anster estaba a merced de esas criaturas. Esa fue la primera vez que temí por él, quería ayudarlo pero no podía hacer nada y mientras pensaba en lo inútil que solía ser, un fuerte golpe en la puerta trasera de la camioneta me sacudió tan violentamente que Anster salió de mis pensamientos. Ferrier dio un brusco viraje. Los faunos ya nos habían alcanzado y uno se acercó demasiado a mi ventanilla. No pude evitarlo y grité de horror pero el sonido de mi voz fue ahogado por el de un trueno. El cielo se oscureció y el viento comenzó a rugir y en pocos segundos una verdadera tormenta se desató. Y yo estaba pegada al asiento muerta de miedo, mirando ese rostro salvaje y manchado de tierra, sin poder creer que estuviera lloviendo. Ferrier conducía lo más rápido que podía a través de ese interminable prado pero con la hierba crecida y esa tormenta period muy difícil mantener la camioneta en línea recta. Un segundo impacto en la parte de atrás me hizo gritar de nuevo. Otros embates le siguieron a este y la camioneta avanzó a trompicones hacia lo que parecía ser una montaña. Los cristales de la parte de atrás no resistieron y se hicieron añicos, otro golpe y mi ventanilla se vino abajo. Entonces vino una sacudida closing que empujó la camioneta directo hacia los arboles. Dimos un par de vueltas antes de chocar contra un roble. Mi cuerpo se sacudió de pies a cabeza. Sentí un latigazo en la espalda y otro en la cabeza. Después un líquido tibio comenzó a gotear por mi cuello. Traté de enfocar pero todo me daba vueltas y un zumbido resonaba en mis oídos. Ferrier a mi lado soltaba un gemido intentando hacer que la camioneta se pusiera en marcha de nuevo, pero ésta no respondía.
-Vamos, vamos.- soltaba el genio pero nada ocurría. – ¿Camila, estás bien?
-Si.- respondí con voz débil. Respiré profundamente para calmarme. La vista comenzó a aclararse y lo que vi me asustó aún más.
Los faunos estaban de pie, a un par de metros de la camioneta, mirándonos en completo silencio. Eran enormes… y me miraban con fiereza. Comencé a agitarme y sin darme cuenta me eché hacia atrás pegándome al cuerpo de Ferrier.
-Calma.- susurró él.- No grites, sólo cierra los ojos.
Y así lo hice. Apreté los ojos con fuerza pero comencé a temblar incontrolablemente. El genio intentó de nuevo encender la camioneta y lo consiguió, pero no pisó el acelerador sino que aguardo.
-Entrégala, Ferrier.- dijo una voz profunda y ronca que me hizo estremecer.
-Calma.- volvió a decirme en un susurro.- Ustedes no pueden estar aquí.- les dijo a los faunos con fuerza. -Este territorio no es suyo y tampoco es neutral, han atacado a un miembro de la guardia por lo que han perdido sus privilegios. Estoy en todo mi derecho de atacarlos si así lo deseo.
-Danos a la humana.- volvió a rugir el fauno. -¡Ahora!
-Sostente con fuerza de lo que puedas.- me indicó y me aferre al asiento en el acto.
Me atreví a abrir los ojos cuando lo escuché encender el motor. Los faunos seguían plantados allí, observándonos, pero temblaban ligeramente y respiraban tan fuerte que los escuchaba con toda claridad. Ferrier colocó la mano sobre la palanca y puso el pie en el acelerador. Lo miré sonreír. Cierra los ojos, Camila, fue lo último que dijo antes de acelerar. Me solté del asiento y cubrí mi cabeza con los brazos al tiempo que la camioneta salía disparada hacia adelante, directo hacia los faunos. Escuché el sonido del metal al aplastarse, el parabrisas se hizo polvo y yo me sacudí en el inside de la cabina, encogiéndome ante los gritos de las criaturas recién embestidas. Sentí las manos pegajosas y por mi rostro comenzó a resbalar sangre. Bajé los brazos y vi mis antebrazos llenos de cortes, me dolían pero nada comparado con el muslo derecho, allí había un trozo de vidrio incrustado. Al verlo solté un jadeo.
-Los faunos se quedaron atrás, Camila.- dijo Ferrier con voz agitada.- No creí que esta camioneta aguantara tanto…. Pero debemos llegar al territorio de las hadas antes de que el motor se detenga. – no respondí y él se giro en mi dirección. Al ver mi lamentable estado maldijo por lo bajo.- Vaya suerte que tienes, todos los golpes fueron de tu lado… pero tranquila, conozco a alguien que puede ayudarte, sólo espero que podamos llegar a ella antes de que…- entonces reparó en mi muslo.- Eso si es grave.- sin avisarme de lo que haría arrancó el cristal de mi pierna y me hizo gritar.- Los siento mucho.- se apresuró a decir y de la guantera sacó un pañuelo.- pero debo ver la profundidad… No es tan grave, sólo presiona con esto.- y me dio el pañuelo. -Anster me matara.- gruñó.
-¿Dónde está él?- dije con agitación, presionando una herida que me dolía mucho.
-Tal vez fue con Florence…- dijo él.- aunque en realidad no lo sé. Anster sabe cuidarse perfectamente, hemos tenido situaciones mucho más peligrosas que esta. Un ataque de faunos es como un ejercicio para él, la única que debe preocuparnos eres tú, pero estás conmigo así es que relájate y sigue presionando.
-¿Qué lugar es este?- me obligué a preguntar al no reconocer esa parte del bosque.
-Estamos al sur de la ciudad, casi en la frontera con el siguiente estado.- la camioneta siguió avanzando hasta llegar a las faldas de la montaña. Nos internamos más y más en el bosque hasta detenernos cerca de una zona llena de rocas y enredaderas.- Aquí es.
Ferrier detuvo la camioneta y apagó el motor. Y en un acto muy extraño se guardó las llaves en el bolsillo. Estaba segura de que nadie en su sano juicio se robaría esa chatarra pero por si acaso no dije nada al respecto. El genio salió del auto y miró a su alrededor para cerciorarse de que estábamos solos. Una vez hecho eso rodeó la camioneta y abrió la puerta del copiloto. Con mucho cuidado me ayudó a bajar y me colocó sobre una enorme piedra que estaba junto a una perfecta pared de hojas. El genio metió una mano por el cuello de su camisa y sacó un pequeño dije en forma de mariposa, el cual acercó a esa perfecta pared de hojas. El dije se iluminó en el acto. Un ruido extraño llenó el ambiente y entré en tensión. Automáticamente miré hacia el sendero pero allí no había nadie más que nosotros dos.
Suspiré para tranquilizarme. Giré la cabeza hacia el genio y lo que vi me dejo sin habla… por segunda vez en lo que iba del día. El perfecto muro de hojas se había abierto a modo de cortina y lo que dejaba ver period un hermoso y perfecto jardín de ensueño, todo lo contrario al húmedo, siniestro y espeso bosque que nos rodeaba.
Ven.- me dijo Ferrier caminando hasta mi.- Dejaremos la camioneta aquí porque las cosas humanas no pueden entrar a este mundo.
-Pero yo soy humana.- le recordé.
-Dije cosas no personas.- me tomó por la cintura y con mucho cuidado me levanté y de a poco me acerqué a ese jardín. – Con cuidado, no quiero que te lastimes aún más.
Entramos a ese jardín y la cortina de hojas volvió a correrse. Sentí cierta aprehensión pero si Ferrier me había llevado hasta ese lugar tal vez no fuera tan malo, respiré profundamente pero en el acto tosí. El aire allí estaba cargado de un fragrance fuerte y dulce que me quemó la nariz. Period extremadamente empalagoso y en poco tiempo me hizo sentir nauseas. Aquel jardín estaba lleno de árboles frutales altísimos que al parecer servían como casas aunque a ras de suelo también había decenas de cabañas con chimeneas humeantes. Varios caminillos de piedra llevaban en distintas direcciones y nosotros tomamos uno que llevaba hacia una zona más boscosa y oscura.
-¿Está permitido que yo pueda estar aquí?- le pregunté a Ferrier, alzando la cabeza al cielo al escuchar un aleteo familiar. Las hadas volaban sobre mi cabeza sin percatarse de mi presencia.
-No, pero no tenemos otra opción.- dijo el genio.
Seguimos caminando hasta que alguien nos detuvo cerrándonos el paso. Period Florence que no llevaba ropa humana sino una vaporosa túnica verde. Al vernos se llevo ambas manos a la boca.
-¿Qué fue lo que les pasó?
-No estamos tan mal como parece.- le dijo el genio pero ella sólo negó con la cabeza.
-Anster me llamó diciendo que venían hacia acá debido a un ataque de faunos, pero no me dijo nada de que estuvieran heridos.- dijo ella y se acercó para ver mi rostro y mis antebrazos.- ¿Te duele mucho?
-Para nada.- respondí con sinceridad. Estaba acostumbrada a los cortes y a sangrar…- Me molesta el muslo solamente.
-Bien, te llevaré con una buena amiga, se llama Malekin, ella puede curar tus heridas en segundos. – asentí y ella suspiró.- Siento mucho lo que ocurrió pero no pierdas la confianza en nosotros.
-Descuida, no he pensado en salir corriendo.- sonreí.
El hada no dijo nada y comenzó a caminar por delante, mostrándonos el camino. Después de un rato que se me hizo eterno ya que no podía andar más rápido, llegamos a una cabaña maltrecha y en pésimo estado. Si Florence no hubiera llamado a la puerta creería que ésta se trataba de una casa abandonada. Después de un par de minutos la puerta se abrió con un chirrido siniestro.
El ser que apareció en el umbral period una joven mujer de cabello rizado y unos enormes ojos castaños que nos miraron con sorpresa.
-¿Ustedes, aquí?- soltó con un agudo timbre de voz que me hizo reír. Error, pues eso la hizo fijar su atención en mi. -Años sin vernos y ahora me traen a Camila.
Aquello me sorprendió por dos motivos: ella sabía quien era yo y a pesar de eso no me miraba con desprecio.
-Hola, Malekin.- la saludó Ferrier.- No se trata de que no quiera verte sólo que tu prefieres vivir en soledad.
-Tienes razón. – sonrió ella.- Que les parece si nos metemos… por lo que veo están un poco heridos.
Y esa pequeña hada se hizo a un lado para dejarnos pasar a su destartalada cabaña.
-Esa tendencia tuya de dejarle toda la responsabilidad a los objetos humanos me enferma.- dijo Malekin con el ceño fruncido.
-No tenía otra opción.- se defendió Ferrier. – Anster no nos permite utilizar la magia frente a ella.
-Claro que la tenías. Eres un genio, ¿no? Tomas a Camila de la mano y desaparecen. Es más simple, rápido y seguro que traerla por el bosque en una camioneta que seguramente quedó hecha pedazos porque esos faunos no se andan con tonterías.- le reprochó el hada.
Ferrier guardó silencio pero me sonrió a modo de disculpa. Estábamos en la sala de Malekin. Un lugar lleno de taburetes de distinto tamaño y forma. Todo olía a guayaba. No había lámparas allí, sólo decenas de velas que descansaban en mesillas. La única luz que provenía period la del exterior que se colaba por las ventanas abiertas. Las paredes estaban llenas de repisas con frasquitos. El hada me había sentado junto a una mesa que ya no tenía una pata pero si tres gruesos libros que le permitían estar en pie. Mientras me curaba, untándome una pasta helada coloration rojo y con olor a tomate y vinagre en el muslo, yo miraba a mi alrededor muerta de curiosidad. De todos los que había conocido hasta el momento, ella period la primera que no me miraba con ojo crítico y me preguntaba cosas. Esa pequeña hada se portaba como cualquier persona común y corriente. No parecía tan distinguida como Florence ni tan intimidante como Lilyth tan chocante como Anster, era más bien sencilla, desordenada y hasta un poco seria. Iba vestida con un sencillo vestido azul, zapatos de piso y un delantal parchado y muy remendado. Parecía muy joven, tal vez de mi edad, pero en ese mundo uno no podía fiarse del físico de nadie. Olía a flores, a jazmín para ser precisa y tenía entre el cabello algunas florecitas blancas que le daban el aspecto de una niña.
Después de untarme esa pasta puso sobre la herida un trozo de tela y al fin levantó la mirada. Me sonrió y esa alegría llegó hasta sus ojos castaños, los cuales brillaron bajo la sombra que proyectaban sus largas y espesas pestañas. Soltó una risita.
-¿Qué pasa?- solté de golpe.
-Anster se va a poner como loco cuando te vea.- respondió y me tomó de las manos para revisar los demás cortes. Se levantó y fue por uno de los frasquitos de la pared y regresó. Lo abrió y dejo caer unas cuantas gotitas en mis antebrazos. De golpe los cortes desaparecieron, lo mismo hizo con mi nuca. Allí había un corte que no había notado. – Ahora tendremos que esperar, la herida del muslo es profunda y el emplaste tardara en hacer efecto. – Me indicó.- volvió a ponerse de pie y comenzó a recoger su material de curación. – Por cierto, ¿Dónde dejaste la camioneta?- le preguntó a Ferrier.
-En la entrada.- respondió él toqueteándose un corte de la mano.- No podía meterla, me quitarían el pase si algún guardia la ve. Aunque después de esto tendré que comprar una nueva. Lo malo de las cosas mecánicas es que no puedes arreglarlas con magia.
-Mmm cierto…. – Malekin me miró.- ¿Quieres un poco de jugo?
-Mejor agua.- le indicó Florence y ambas intercambiaron una mirada. Malekin desapareció por una puerta cercana y regresó al cabo de un minuto con una charola y tres vasos. Le ofreció uno a Florence quien lo tomó con una sonrisa. Lo mismo hizo Ferrier y finalmente yo tomé mi vaso. Sin ver el líquido del interior di un gran trago. Sabía dulce.- Espera, Camila….- Florence se acercó y miró el contenido del vaso.
-Es agua con azúcar.- dijo Malekin contrayendo las cejas.- Después de lo que pasó necesita tomarla a menos que quieras que se desmaye.
-Disculpa, pero la última vez que ofreciste una bebida, mi esposo cayó desmayado.- dijo Florence con amargura.
-Ah, eso fue porque los magos me caen mal.- dijo la pequeña hada y se sentó a la mesa. Volvió a mirarme.- ¿Camila, cómo es que los faunos sabían de tu paradero?
-No lo sé.- respondí con timidez. Ella estaba al tanto de muchas cosas.- estaba en el estudio de Anster, en la universidad, y esos animales aparecieron allí, así sin más.
-Tal vez te siguieron.- aventuró el hada.- puede que tengan curiosidad por conocerte, al igual que todos aquí.- abrí la boca con sorpresa.- Oh sí, ya eres toda una celebridad por aquí, muchos querrán verte saber de ti…. Debes acostumbrarte a que ciertos seres no se andan con sutilezas. Pero bueno, los faunos los vieron, los siguieron, los atacaron y…
-Saben que la protegemos porque es una humana.- dijo Ferrier sin mucho ánimo.- Pronto los lobos lo sabrán también.
-¿Qué prosigue entonces?- Malekin period de esa clase de seres que buscan una solución y no caen en pánico con facilidad.
-Avisar del ataque para que reduzcan el perímetro de su reino, revisar la zona impartial, la universidad, la mansión y ponerle seguridad a esta señorita.- dijo el genio levantándose.
-Camila no puede regresar a la mansión.- intervino Florence.- No hasta que estemos totalmente seguros de que en esa casa puede estar a salvo.
Un escalofrío me recorrió la espalda, Oma y Nataniel estaban en la mansión. El pánico se apoderó de mí y Ferrier puso una mano en mi hombro para evitar que me levantara de mi asiento.
-Regla número uno: si no puedes ayudar, no compliques las cosas. Tus abuelos están a salvo, nadie, absolutamente nadie que no tenga el permiso de los actuales dueños de la mansión, puede entrar en ella. Calma, si te apareces allí, los faunos podrían atacarte y sólo nos pondrían en riesgo a todos.
-Pero…
-Regla número dos: conserva la calma y piensa en tus opciones. Tienes prohibido caer en pánico y actuar de manera estúpida pues podrías hacer que nos maten a todos. Respira profundo y deja esto en nuestras manos.
No supe que decir y lo mejor fue callar aunque me moví incomoda en la silla pensando en mis pobres abuelos. Ellos no tenían ninguna necesidad de estar en peligro…
-Tranquila Camila.- Florence se acercó a mí.- Después de que Anster me llamó le pedí a Constance que fuera a la mansión, sólo debemos esperar a que nos indique que ya puedes regresar. Si algo malo hubiera pasado, ya lo sabría.
-¿Otra vez?- gemí y los tres me miraron con aprehensión.- Es la segunda vez que Constance tiene que hacerles frente a esos faunos por mi culpa. – Ferrier sonrió y eso me hizo enojar.- Disculpen que diga esto pero yo no entre a este mundo para que tengan que estar cuidándome… en realidad no sé muy bien porque entre pero nada de esto me está gustando. No sé si todos estos ataques son cosa normal para ustedes pero para mí no… por favor entiendan que no sé lo que está pasando y… en verdad, esto va a volverme loca.
– Camila.- Florence trataba de calmarme.- A esto es a lo que le temíamos cuando Anster nos habló de ti… pero ya es tarde para regresar. Sólo asimila lo que pasa y no pienses mucho en eso.
-¿Ahora entiendes porque prefiero la soledad?- Malekin sonreía.- Estar con estos locos es nocivo para la salud. Y lo peor de todo es que comienzas a generar una necesidad de ayudarlos… ¿No te pasa a ti?
La miré.
-¿Por qué no te sorprendiste al verme?- le pregunté.
-Observadora… – su sonrisa se ensanchó.- Anster ya me habló de ti.- los otros dos la miraron.- ¿Qué? Anster es un adulto y puede ir por el mundo haciendo lo que le venga en gana sin que de santo y seña de sus actos. Pero sí, él me hablo de ti… ¿Hermia sabe que ella está aquí?- se dirigió a Florence.
-No.- y el hada puso cara de circunstancias.- Y no debe saberlo… Sería un punto en contra de Camila…
-Pero ella es la reina.- le recordó Malekin.- y por mucho que quieras ocultárselo lo va a saber… sobre todo porque eres su dama principal. Lo mejor que pueden hacer es decírselo de manera sutil… antes de que se entere de labios de alguien más. Recuerda que hay ojos y oídos en todas partes.
Florence suspiró y se llevó una mano a la frente.
-En verdad no quiero decírselo… me va a mirar con condescendencia y después dirá….
-Que no vale la pena pasar riesgos por alguien como yo.- terminé la frase por ella.- No hace falta que trates de esconderlo, a esto se refería Anster, ¿verdad? A que no cometiera errores como estos.
-Esto no fue tu culpa.- me contradijo ella.- Escapa a todo nuestro control….
-Y por lo mismo es más peligroso.- el hada me miró con pena.- Dile a la reina la verdad…
-Bueno, mientras deciden abrir la boca no.- Malekin intervino. – Me gustaría apuntar a que hay alguien al que deben temerle más que a la reina. Si Anster la ve así va a correr sangre.- Ferrier me miró y de nuevo sonrío a modo de disculpa. – ¿Te importaría cambiarte de ropa? Lo digo para evitar que Anster se ponga aún más histérico.
Negué con la cabeza. Con mucho cuidado me levanté de la silla pero enseguida noté que la pierna no me dolía. Deje al hada y al genio en la sala y seguí a Malekin hasta la puerta por la que había salido hace un rato. Entré por ella y vi la cocina y después un pasillo que seguramente llevaba a la recamara de Malekin. Volví a cruzar otra puerta y me encontré en una habitación sencilla con una cama, una mesilla y un baúl.
-No tengo mucha ropa.- dijo Malekin agachándose hasta la altura del baúl para abrirlo.- Pero algo encontraré para ti… Eres más alta que yo así es que ningún pantalón vestido te quedara… – rebuscó entre sus ropas y al fin encontró algo.- Esto está bien. – Se levantó y me pasó lo que parecía ser una falda y una blusa sin mangas.- Antes de cambiarte, quítate el emplaste.
Pero justo en el momento en el que tomaba la ropa algo se escuchó. Period una melodía fuerte que sonaba desde el bolsillo izquierdo de mi pantalón. Period mi teléfono celular. Al verlo vibrar en mi mano me pareció fuera de lugar, algo que no tenía sentido, pero seguía sonando. Period mi abuela. Al menos está bien, pensé, si está llamándome es porque todo en casa está bien… pero si contestaba qué le iba a decir… las palmas comenzaron a sudarme y sin querer mi dedo resbaló sobre la tecla que decía contestar.
-¿Dónde estás?- vociferó la voz de mi abuela. Suspiré de alivio, estaba bien, pero me quede callada.
Sorpresivamente Malekin me quitó el teléfono de la mano y se lo llevó a la oreja.
-Aun estoy en la universidad.- dijo, pero no con su aguda voz, sino con un timbre idéntico al mío. La miré estupefacta y ella sonrió.- Tranquila, no estoy haciendo nada malo, el profesor de piano quiere hacer un recital para la clausura del curso y necesita que todos ayudemos con los preparativos, de hecho tengo que asistir a varios ensayos…- guardó silencio, escuchando lo que mi abuela respondía.- Sí… llegaré antes de la cena…. Sí, antes de que se enfrié… Te veo en la noche… adiós. – y colgó.- Ten.- tomé el teléfono que me ofrecía.- Estás libre y sin problemas, lo de los ensayos te servirá por si Anster te necesita a deshoras.
-¿Cómo hiciste eso?- inquirí.
-Tengo muchas cualidades, Camila. No por nada tus amigos me buscan cada que tienen problemas.
-Pues… muchas gracias.- susurré.- Por la llamada, por curarme y por… ayudar a Anster.
-¿Puedo preguntarte algo?- asentí.- ¿Cómo conociste a Anster?
-Es mi profesor de piano.- respondí. – Un día comenzó a hablarme y desde entonces no me lo puedo quitar de encima.
-¿Sólo así? Profesor y alumna…- el hada no parecía satisfecha con mi respuesta.
-A mí también me intriga su especial interés por mí.- respondí.- pero supongo que tiene sus razones.
-Claro que las tiene pero a veces no se da cuenta de que todo el mundo está pendiente de cada uno de sus pasos… y que muchos esperan que fracase…
-¿Por mi?
-No solo por ti. Anster es alguien muy especial y por lo mismo se ha hecho de enemigos…- Malekin me miró con intensidad.- Vístete, tal vez Florence decida llevarte con Hermia.
Malekin me dejó sola en su habitación. Respiré profundamente y tal como me había recomendado Florence dejé de pensar en lo ocurrido. Me quité la ropa y con la playera me limpié el muslo sólo para comprobar que la piel volvía a estar lisa. Me maravillé de aquellos remedios al tiempo que me ponía la falda. La prenda me llegaba hasta los tobillos pero era muy bonita, de un color azul oscuro y profundo, la blusa me vino un poco ajustada pero no importaba, lo único que desentonaba eran mis tenis… Tomé mi ropa, la doble lo mejor que pude y regresé a la sala donde ya me esperaban.
-Vamos con Hermia.- dijo Florence y no pude evitar mirar a Malekin. Ella me sonrió. Siempre sabía más de lo que aparentaba.
Florence me tomó de la mano con suavidad y yo me deje conducir como una niña pequeña hasta la puerta. El día period soleado y gruñí ante aquella eventualidad. Al parecer el clima en este reino no era igual que en el mío… Ferrier y Malekin caminaban en silencio detrás de nosotras. Nuestro destino era el castillo y avanzamos hacia él por el sendero de piedrecillas que nos había llevado hasta la cabaña de Malekin. En todo el camino no vi ni a una sola hada, sólo árboles y árboles junto con ese espantoso oxigeno lleno de perfume.
-¿Por qué huele así?- pregunté.
-Para ocultar nuestro olor de los faunos. – Respondió el hada.- A la larga te acostumbras…
Seguimos caminando hasta que nos detuvimos frente a una enorme torre. La única entrada estaba custodiada por un hombre altísimo vestido como Anster la noche de Samahin.
-Buen día, Alphonse.- saludó Florence.
-Buen día, señora Florence.- saludó el guardia con una inclinación de cabeza. – Creía que había acompañado a la reina a su reunión de esta tarde.
-No…- Florence suspiró.- olvide que hoy period esa reunión.
-Alguien vino a buscarla, señora.- dijo el guardia y me lanzó una rápida mirada.- El joven Anster la espera al otro lado del jardín, en la zona del rio, por cierto lo acompaña la dama Lilyth.
-¿Mi esposa está aquí?- soltó Ferrier con un gemido.
-Sí, señor, y a decir verdad se le notaba bastante preocupada.
-Muchas gracias, Alphonse.- le dijo Florence al guardia antes de que diéramos media vuelta.
El hada apretó mi mano con mayor fuerza y caminamos hacia el rio. Malekin le dijo algo a Ferrier que no alcancé a escuchar pero que lo hizo reír. De repente me sentí más ligera y no pude engañarme a mí misma. Me sentía mejor porque Anster estaba cerca.
El camino hacia el rio ni siquiera lo recuerdo, sólo caminé de manera automática entre los árboles, lo único que guardo en mi memoria es el grito de alegría de Lilyth cuando corrió para abrazar a su esposo y a Anster, sentado sobre una piedra, muy cerca del agua. Sin pensarlo dos veces, me solté de Florence y camine deprisa, aunque debo admitir que estuve a dos de correr, hasta él. Anster me miró y se levantó con deliberada lentitud pero cuando estuvimos uno frente al otro, cuando vi y comprobé que estaba inmaculadamente bien, lo abracé.
Mi cuerpo se impactó contra el suyo y mis manos rodearon su dura cintura. Él se puso rígido y mantuvo los brazos a ambos lados de su cuerpo pero después de unos segundos puso sus manos sobre mi espalda con suavidad. Ese frio abrazo me reconfortó. Por primera vez en lo que iba del día me sentí tranquila e inmensamente segura entre sus brazos. Su delicado olor a vainilla sustituyó la peste empalagosa del lugar. Aspiré su fragrance y mi corazón se relajó pues ahora todo estaba en calma.
-Creí que no te gustaba tenerme cerca.- susurró en mi oído.
-Esto es diferente.- respondí con los labios contra el pecho de su camisa.- Creí que estabas en problemas.
-¿Yo?- su barbilla tembló contra mi coronilla, se reía.- mocosa, yo nunca estaré en peligro.
Sentía sus frías palmas contra mi piel y lo abracé con más fuerza. Entonces alejó una mano de mi espalda y la llevó a mi cabeza donde comenzó a acariciar mi cabello. Aquello llamó mi atención.
-¿Hace cuanto que estás aquí?- preguntó de repente.
-Hace…- hice memoria.- poco más de una hora.
-Bien, tenemos que salir de aquí.- me soltó y miró a los otros.- Como podrán darse cuenta debó llevármela, hasta luego y gracias.
Acto seguido me tomo de la muñeca y comenzamos a caminar a toda prisa siguiendo la corriente del rio. Quise preguntar qué es lo que pasaba porque no había dejado que me despidiera de los otros pero la experiencia me hizo guardar silencio. Caminamos hasta llegar a una especie de muro. Anster sacó de su bolsillo un dije idéntico al de Ferrier. Las piedras del muro comenzaron a moverse hasta formar una salida que daba directamente al bosque que ya conocía. Anster me dio un empujoncito para que saliera. Cuando ambos estuvimos afuera el muro se selló de nuevo pero pude ver el rio a pocos metros de allí, salía de entre las piedras de la montaña.
-Ese rio… ¿es el mismo que está cerca de la mansión?
-Sí, es el mismo.- Anster me miraba de arriba abajo.- ¿Cómo te sientes?
-Bien… ¿Por qué salimos de esta manera? ¿Hice algo malo?
-Tú no…. – parecía enojado.- Lo que ocurre es que en este lugar el tiempo corre más deprisa… las hadas no se ven afectadas pero si los seres ajenos a ellas. En este caso, para ti el tiempo pasa más rápido… – lo mire sin entender.- Bien, una hora allí dentro equivale a ocho aquí afuera.
Me quedé alucinada. Miré de nuevo a mí alrededor. Todo estaba sumamente oscuro. Debía de ser muy tarde ya.
-Anda, vamos a la mansión, tu abuela debe estar muy enojada.
Caminamos de nuevo siguiendo el rio. Estaba tan oscuro que yo tropezaba a cada momento, Anster cansado de esto decidió tomarme de la mano para impedir que me diera de bruces en la hierba. Me puse tensa al sentir su mano en torno a la mía… Period la primera vez que caminaba tomada de la mano de un chico… Él lo noto y soltó una carcajada.
-Yo no soy un hombre un novio, Camila, solo soy Anster, relájate. – Y me soltó.- Ahora que estamos verdaderamente solos, quiero saber si estás bien.
-Estoy bien…
-Malekin no hubiera estado allí con ustedes sino te hubiera curado. ¿Te lastimaste mucho? Y no intentes mentir porque vi la camioneta.
-Sólo un poco.- gruñí.- Anster… ¿Qué va a pasar ahora?
-¿A qué te refieres?- dijo con tono serio.
-Pues… ¿los faunos van a estar persiguiéndome por siempre?
-Ellos no son tu problema, sácalos de tu sistema y no vuelvas a pensar en lo que ocurrió hoy.
-No puedo hacer eso.- me miró con enojo.- Pude haber muerto hoy, Anster.
-No digas tonterías.- bufó.
-Tú eres inmortal y obviamente a ti no te preocupa que un montón de faunos ataquen el auto en el que vas, pero a mí sí. Mis abuelos tienen solo una vida, no puedo exponerlos. ¿Qué tal si los faunos van a mi casa la próxima vez y no está ninguno de ustedes para defendernos?
-Tú nunca estarás sola.- dijo él con fuerza y siguió caminando.
Permanecimos en silencio el resto del camino y sólo cuando vi el patio trasero pude respirar tranquila.
-Camila.- me llamó y ambos nos detuvimos. Estaba verdaderamente serio.- Tengo que decirte una cosa muy importante. – contuve el aliento. – los faunos son muy supersticiosos. Solo te lo digo para que sepas porque tienen especial interés en ti.
-Ellos creen que seré su destrucción… ¿Ya vas a decirme qué hago aquí contigo?- le exigí.
-Bien, tienes mi promesa de que sabrás mis motivos solo cuando el consejo te haya aceptado.- abrí la boca para protestar.- No antes.
-¿Por qué no?- desconfié al punto.
-Porque así debe ser, Camila.- Anster se llevo una mano al puente de la nariz.- Ahora entra a la mansión y compórtate de manera natural con tus abuelos.
-¿Ellos no saben nada?
-Nada, Constance me informo que los faunos no se acercaron a la mansión en todo el día.- sonreí para mis adentros, Constance estaba bien.- Camila, entra por favor necesito hacer varias cosas antes de que se termine el día.
-Bien.- acepté.- te veo mañana…
-El miércoles…. Descansa.- dijo antes de perderse entre los árboles.
¿Descansar? Anster estaba completamente loco. Gruñí por lo bajo y rodeé la casa para entrar por la puerta principal. Lo único que quería era dormir, pero no podía hacerlo porque una gran pila de deberes me esperaba en mi habitación.
Capitulo 10
Por el pasillo
Pasé aquella noche en blanco. La verdad es que no tenía mucha tarea pero la poca que me habían dejado decidí hacerla con toda la parsimonia posible. Estaba cansada pero no quería dormir y mucho menos soñar. Con todo y eso cuando terminé mi trabajo miré el reloj.
La una de la madrugada.
Faltaban al menos siete horas para la clase de Florence. Mire a mí alrededor en busca de algún entretenimiento. Vi mis libros y el cuadernito azul de mi historia inconclusa porque con cada día que pasaba me costaba más y más seguir escribiendo allí… Lo tomé pero al abrirlo y encontrarme con la hoja en blanco no supe que hacer… y lo cerré dejándolo de nuevo en su lugar. Tampoco quería leer. Aunque de haber querido no hubiera podido pues estaba cargada de tanta información que era imposible quedarse quieta. Me parecía todo tan irreal, pero Anster me había dicho que no había nada por lo que debiera preocuparme, hasta el momento no me había mentido, tenía que confiar en él… y en su promesa de protegerme, no permitir que algo malo me pasara. Suspiré, plenamente convencida de aquello. Y sin resistirme más, me recosté en la cama para dormirme de inmediato.
Durante la mañana siguiente un terrible dolor de cabeza no me dejó concentrarme en nada. Florence regresó tal y como había dicho Anster. Todos los alumnos, incluida yo, saltamos de alegría al verla entrar por la puerta, iluminándolo todo a su paso como si se tratara de un sol de cabellos dorados y profundos ojos azules. Me pregunté a dónde había ido a parar el maltrecho profesor Binns… pero decidí no querer saberlo. Con todo y eso no presté mucha atención a la clase, salvo a la ultima parte, esa que decía que pronto habría un examen remaining. Si lo aprobábamos podríamos seguir al siguiente curso pero si no… lo mejor period ponerme a estudiar en serio, para eso tenía toda una semana, pero el resto de los profesores dijeron algo parecido y en menos de dos horas me encontré ante la perspectiva de ocho exámenes diferentes y una semana para prepararme para todos ellos. Genial, ahora tenía una preocupación más aparte de todas las demás que me quitaban el sueño: aprobar el semestre.
Y a pesar de todo lo que estaba ocurriendo a mi alrededor la idea de los exámenes finales no me molestó en lo más mínimo, al contrario, agradecí que esos benditos cuestionarios existieran pues eran una pequeña prueba de que aún estaba en el mundo actual y no dentro de ese ridículo cuento de hadas en el que Anster me había metido. Durante la noche había pensado que tal vez, y solo tal vez, lo mejor para todos era retractarme de mi promesa y dejar que Anster arreglara las cosas para sacarme de ese problema pero lo cierto es que no quería que ese profesor amargado me odiara y mucho menos que se alejara de mí, no era important para mi existencia pero me pondría de un estado anímico muy deprimente si se alejaba de mí.
Regresé a casa temprano por ordenes de mi abuela, no me había reñido la noche anterior pero me había amenazado con no dejarme salir si volvía a llegar tarde, pero si puso mala cara cuando le avise que llegaría al menos tres días muy tarde pero al last lo aceptó y me di cuenta que mentirle a Oma no me incomodaba en lo absoluto, sin embargo no me aficionaría a hacerlo… muy seguido.
Una vez en casa pasé la mayor parte de la tarde tumbada en el piso del estudio de Simmons, durmiendo profundamente. No recordaba que me había llevado hasta allí pero cuando me senté en el frío suelo, no pude evitar recostarme. Gracias a lo que fuera no soñé. Volví al mundo cerca de las siete de la noche y no fue porque yo quisiera sino por los golpecitos que sentía en la espalda.
-Hija, párate de allí.- reconocí la voz de Oma en el acto.- Camila.
-¿Mmm?- abrí los ojos. La luz del exterior se había ido a otra parte. Mi abuela me jaló del brazo y me levanté a regañadientes.- Ya voy…- gruñí.
-¿Quieres cenar algo?- me preguntó.
-No.- sacudí la cabeza para despejarme.- Gracias pero prefiero salir un ratito al jardín…
La deje en el estudio y fui a trompicones hasta las escaleras. A medida que bajaba los escalones iba estirándome. Una vez afuera recibí la fría brisa del otoño. Un poco más despierta salí y cerré tras de mí. Mientras paseaba por el jardín, el cielo terminó de oscurecerse y la única luz que pude ver fue la de la luna llena. La miré fijamente y comencé a caminar alrededor de la casa sin apartar la vista de esa enorme esfera blanca. Cuando period pequeña y hacia esto, tenía la absurda idea de que la luna estaba siguiéndome allá donde fuera, incluso llegué a considerarla una especie de amiga ya que en mi niñez no tuve ni un solo amigo verdadero. A ella le contaba todo lo que no podía decir en voz alta, mi miedo a los payasos por ejemplo a quedarme a oscuras en una casa vacía. También le decía como period la forma en la que papá y mamá se insultaban en cada pelea… como period que corría y me escondía en un rincón. Cuando las cosas empezaban a volar y romperse por la habitación y las suplicas se hacían presentes yo me dormía en el acto… Me gustaría poder recordar esas peleas pero no puedo… lo único que queda en mi memoria son fragmentos de una mujer temblorosa que olía a flores y que no le gustaba llorar frente a mi pero que se sentía tan sola que a veces deseaba estar muerta.
Sí, la luna fue mi compañera en esos primeros años cuando me sentía más triste que nunca. Fue la única que escuchó el lamento de una niñita de seis años, asustada contra la ventanita de aquella habitación tan pequeña que consideraba su refugio. Era el lugar donde podía escapar de todo… pero ahora esa niña había crecido y se sentía más sola y perdida que su propia madre. Sin mucho que agradecerle a esa luna, aparté la vista del cielo y observé a mí alrededor, había llegado al patio trasero. Me puse un poco nerviosa al pensar en los faunos que me buscaban y decidí dar media vuelta pero entonces un ruido a mis espaldas llamó mi atención. Era el inconfundible ruido que hace una rama al romperse. Entorné la mirada pero no distinguí absolutamente nada. Faunos, pensé con cierto terror pero hasta donde lo había visto, ellos no eran muy sutiles que digamos. Si fueran faunos y me hubieran visto ya estarían gritándose unos a otros… Tal vez period un animal… Anster… No, Anster no hacia ni el menor ruido para acercarse a mí…
Aguardé allí, pegándome contra el muro de la casa, esperando que aquello que estaba entre los arboles apareciera y si, volvió a escucharse un ruido pero esta vez de hojas secas y entonces vi una alta figura oscura moverse entre los árboles. El ritmo cardiaco se me disparó y comencé a agitarme.
-¿Camila?- preguntó una voz acercándose. No respondí y deje que esa persona saliera de las sombras para poder ver su rostro. Period André quien me miró sorprendido.- ¿Qué haces allí?
-Paseando por el jardín de mi casa.- respondí en voz baja, relajándome a medias.- ¿Qué haces tú aquí… en mi casa y por la noche?
-Buscaba unas raíces para preparar un te.- respondió mostrándome unas raíces llenas de tierra.- ¿Te asusté?
-Un poco.- admití aún sin soltarme del muro. Entonces una thought se formó en mi cabeza.- ¿No viniste a vigilarme verdad?
Aquello lo tomó por sorpresa.
-¿Por qué tendría que vigilarte?- dijo con una media sonrisa.- En nuestra última conversación seria me dejaste muy claro que eres una persona adulta que sabe lo que hace… ¿ ya no es así?
-En la última conversación adulta que tuvimos… creí saber lo que hacía.- susurré y me deje caer hasta el suelo. André se acercó unos cuantos pasos y me miró.- Tal vez no deberías estar aquí ahora.- le dije pero él seguía mirándome.
-¿Qué ha pasado? ¿Te ha ido mal con tus amigos?- su pregunta era tranquila, parecía que de verdad le preocupaba eso.
-No, con mis amigos todo va bien… al parecer los tuyos son los que tienen el problema.
André suspiró y guardó silencio unos minutos pero al final dijo algo que no me tranquilizó.
-No puedo decirte nada y tú a mi tampoco… porque sospecho lo que hiciste para provocar que los faunos te sigan.- lo miré, ¿sabía lo de la promesa?- pero acerca de eso no te culpo a ti, sino a ese tipo que tienes por… amigo. En realidad ni siquiera debería estar aquí y mucho menos hablar contigo pero necesitas saber que en efecto, los faunos creen que por tu culpa, tu profesor querrá iniciar una guerra.
-¿Y los tuyos?- solté con voz contenida.- ¿Ellos también quieren atacarme?
-No puedo responder a eso.- André parecía abatido.- pero si puedo decirte algo, incluso prometértelo: de mi nunca recibirás algo malo.
Bufé y me llevé ambas manos a la cabeza.
-Tú solo eres uno, André.- Tú no puedes decirle a los otros que hacer.- André soltó una risita por toda respuesta.- Supongo que estas pensando que soy una completa idiota, ¿verdad? Que debí hacerte caso en lugar de a él.- André sonreía.- Yo nunca aprendo de mis errores, André, puede que este sea la primera de muchas cosas que lamentaré… pero al menos tengo la certeza de que a ti no te nacerá perseguirme.
El muchacho se acercó un poco más hasta quedar junto a mí, extendió una mano para ayudarme a levantarme. La tomé de mala gana y él jaló hacia arriba con tanta fuerza que di contra su pecho. Mi boca quedo a la altura de su garganta y mágicamente su brazo se enroscó en mi cintura. Miré su rostro y comprobé que su sonrisa había desaparecido. André era muy guapo. Me gustaban su cabello platinado, su piel de leche, sus ojos verdes y enormes… sus labios rosas, sus cejas claras y su olor a bosque… Me deleitaba mirarlo, comprobar que su rostro period perfecto… e incluso me gustó estar así de cerca de él… me gusto que tuviera su brazo en mi cintura y me pegara a su cuerpo…
Vete. Dijo una voz en mi cabeza súbitamente alarmada. Period la primera vez que mi mente me hablaba de esa manera ya que, según yo, la mente no habla por sí sola, uno piensa las cosas y comienza un monologo interno. Pero esa voz, idéntica a la mía, decía que me fuera. Notice un extraño peligro y decidí hacerle caso.
-Buenas noches, André.- dije y me solté de él.
-¿Pasa algo?- inquirió él confundido.
-Sí.- me puse muy seria.- No me gusta que me toquen, ni siquiera del hombro. Además mis amigos, como tú los llamas, no se merecen que esté hablando con… contigo. Si quieres podemos platicar en la universidad pero no aquí. Prefiero hacer las cosas bien porque estoy cansándome de tantos problemas.
-Como desees.- dijo él con una inclinación de cabeza.- Sólo trataba de reconfortarte, nada más. Lo único que buscó es que no la pases mal, es todo pero si como dices, tus amigos son importantes para ti, más vale que hagas lo correcto. Buenas noches a ti Camila.
André esbozó una fría sonrisa y desapareció adentrándose en el bosque. Estaba segura de que se había molestado conmigo pero preferí que así fuera, mientras menos personas estuvieran involucradas en esto más fácil sería para mi poder seguir adelante. Aunque debo admitir que André realmente me gustaba como amigo, meses atrás no podía aceptar su presencia en mi casa pero ahora disfrutaba cada vez que lo veía. Eran contadas las ocasiones pero en ellas, él realmente period simpático y sincero, sino estuviera tan pendiente de otras cosas tal vez me habría enamorado de él en el acto, pero no. El amor nunca fue un tema importante en mi vida, ni siquiera el sexo, todo aquello estaba de más para mí. Realmente pensaba que moriría antes de enamorarme de alguien y no me desagradaba la idea de morir sola.
Borré aquel tema de mi mente y suspiré de alivio cuando al fin pude echarme sobre la cama. Creí que solo había pestañeado unos segundos pero no. Me había dormido y la noche paso en un segundo pues cuando abrí los ojos el sol de la mañana me deslumbraba. Pero a medida que me preparaba para ir a la escuela, observe que el cielo se nublaba. Sonreí encantada pues vería a Anster.
Recuerdo que desayuné como de costumbre: lo primero que encontré en la concina. Besé a Oma y Nataniel como despedida. Desde la muerte de mis padres no quería dejar de demostrarle a la poca familia que me quedaba que en verdad los amaba. Después de ponerme los zapatos en la entrada me colgué la mochila del hombro y salí a la fría mañana. Crucé las verjas y las cerré con cuidado. Enfilé la calle en dirección a la parada de autobuses mientras buscaba una canción en específico en mi reproductor de música y no me percate de que la calle estaba completamente vacía. Al llegar a la esquina me detuve pues los autos pasaban a toda velocidad. Me puse los audífonos y subí el volumen. Mi canción favorita comenzó a sonar con toda intensidad. Miré el semáforo, la luz seguía en rojo pero ningún auto pasaba ya. Levanté un pie para cruzar la calle a toda velocidad pero algo me detuvo.
Algo muy fuerte me rodeó la cintura jalándome hacia el suelo. Sorprendida traté de zafarme pero lo que vi me hizo soltar un jadeo. Lo que me sostenía con esa fuerza brutal era un fauno. Quise gritar pero un fuerte golpe en el estómago me corto la respiración y después algo muy duro y pesado se impacto en la parte trasera de mi cabeza. Todo me dio vueltas mientras sentía como me quitaban la mochila y los audífonos. Me esforcé por respirar pero antes de que tomara una bocanada de aire, algo volvió a golpearme en la cabeza y no supe nada más.
A veces cuando lo que me hace dormir fue violento y doloroso no suelo despertarme a tiempo y con facilidad. Lucho por mantener los ojos cerrados el mayor tiempo posible para no tener que enfrentarme al horror de las consecuencias de la noche pasada. Muchas veces escucho los sonidos de fondo, voces como las de mamá y papá, puertas que se abren y cierran, el arrastre de una silla, el agua que cae por el grifo. Sonidos comunes de una casa por las mañanas, pero lo que llegaba hasta mis oídos en esos momentos era muy distinto. Primero porque ignoraba el lugar en el que me encontraba y segundo porque no sabía si esto era un sueño en verdad estaba pasando. Desde la bienvenida que esta fastidiosa ciudad me había dado hace apenas unos meses, todo en mi vida se había puesto de cabeza. Los abuelos ricos que me llevaron a vivir a una gran mansión de tres pisos y decenas de habitaciones pero ni un sirviente. Un ser mítico que había aparecido en el bosque para salvarme de mi misma. Los seres mágicos que me mostraron otro modo de vida. El príncipe negro que quería llevarme a como dé lugar a su reino, ayudado por la bruja buena y el hada blanca. Todos ellos en conjunto hacían que día tras día me cuestionara sino estaba perdiendo la razón.
Mis oídos escuchaban un gruñido lejano y el claro tintineo del metal chocando contra otro metal. De pronto ya no pude escuchar nada, pero si comencé a sentir una presión en las muñecas y en los tobillos. Quise detener eso, me hacía daño pero permanecí quieta. Tal vez sólo estaba imaginándolo y creyendo eso me relajé. El sueño pronto terminaría y yo, como siempre, despertaría enredada en las sabanas sin saber qué hacer aquel día los siguientes. Sólo sabía que tenía que levantarme y hacer… No pude recordar que es lo que hacía después de despertar. Iba a algún lado… pero no sabía el destino. ¿Qué importancia tenia eso ahora mientras flotaba en medio de la nada? Period muy extraño no saber si dormía estaba muerta. Ojalá que pronto viniera alguien para despertarme, estaba impacientándome debido al silencio que se pegaba a los oídos. También me molestaba un extraño dolor de cabeza pero no period lo suficientemente fuerte como para despertarme. Aunque un dolor pequeño atenazaba mi estomago. Me moví inquieta por la repentina falta de aire. Algo muy pesado caía sobre mi pecho y de golpe sentí mis brazos moverse hacia arriba. El aire cada vez era menos y mis brazos perezosos se movían de arriba hacia abajo.
-Deja eso, Ludovic.- susurró una voz desde algún lugar.
El peso sobre mi pecho se aligeró hasta desaparecer y un aire candente me estremeció los pulmones. Pude sentir mi pecho ascender y descender con lentitud, mi estomago también se movía… De manera sutil mis manos me indicaron que allí estaban, sentí mis muñecas y mis dedos, lo mismo con mis piernas… El dolor de cabeza se intensificó y fui consciente de mi nuca y mi cuello. Respirar comenzó a doler y del interior de mi garganta salió un gemido. De nuevo sentí algo pesado sobre el pecho y abrí los ojos de golpe. Period una mano gris contra mis senos, apretándome contra… el suelo. Enfoqué la mirada y caí en la cuenta, muy lentamente, de que esa mano le pertenecía a una bestia. Mi grito de terror quedó sofocado por esa misma mano.
-Guarda silencio.- me indicó el fauno con un susurro.- No nos gusta el ruido aquí.
Me agité asustada y la presión se hizo más fuerte. Con la otra mano atenazó mi hombro y comenzó a clavar sus garras en él sin dejar de aplastarlo contra la piedra del suelo.
-Ludovic.- dijo una segunda voz en tono cansino.
Aquel fauno me soltó y se incorporó, alejándose un poco de mí pero sin dejar de mirarme. Comencé a jadear a causa del dolor y el pánico pero me senté enseguida. Estaba en una especie de bodega, cuarto, salón, en realidad no sabía qué era aquello. Incluso podría haber sido una cueva pues las paredes eran de piedra, no había ventanas allí, sólo una puerta de madera y un altísimo techo de cristal sucio, pero aún así pude ver un trozo de cielo plomizo. Comencé a temblar al ver a los dos faunos que me miraban en completo silencio. Me habían atrapado con tanta facilidad que me costaba creer que ahora estuviera en ese lugar. Me encogí llena de pánico, no sabía lo que pasaría y no tenía el valor suficiente como para gritarles defenderme. Sólo podía ver sus fuertes patas, sus letales garras y esos inmensos cuernos. Mi pecho comenzó a temblar, quería llorar pero apreté los labios recordando lo que Ferrier me había dicho No dejes que te vean asustada”, pero ¿Cómo no estarlo si posiblemente iban a hacerme daño? Aparté la vista de esos ojos azules y profundos y busqué otra cosa que mirar mientras mi respiración se agitaba cada vez más. Allí en una orilla, pegado a la pared había un grueso y mugriento tronco que al principio había confundido con la piedra de las paredes. Period inmensamente alto y en la base sus raíces se curvaban en una especie de asiento desde donde un par de ojos negros me observaban. Solté un jadeo y me eché hacia atrás. Allí estaba sentado algo alguien, envuelto en una mugrienta tela. El ser estaba tan quieto que no se notaba a easy vista, pero allí estaba, mirándome. Cuando notó que yo lo miraba también, sacó de entre los pliegues de esa mugrosa tela una mano blanquísima y se quitó la capucha. Se trataba de un fauno muy distinto a los que había visto. Su piel period blanca, su pelaje era casi rubio y sus ojos negros brillaban como si detrás de ellos se escondieran dos velas. Aún así me daba tanto más miedo que los demás.
-Buen día, Camila.- saludó con voz profunda y amable. – Me alegra que hayas despertado al fin.- mi cuerpo se puso rígido al escucharlo hablar.- Quisiera haberte traído hasta aquí de una forma más tranquila pero no eres fácil de atrapar. – Los faunos que estaban cerca de mí me lanzaron una extraña mirada que era una mezcla de odio y aburrimiento.- Quisiera decirte que estás aquí como una invitada pero lo cierto es que lo último que deseo es tenerte en mi casa… Tampoco me gusta darle muchas vueltas a las cosas, así es que seré directo. Mi nombre es Aubrey y soy el líder de los faunos que están dentro de la liga de los esenciales. – hizo una pausa para mirarme. Tal vez esperaba que preguntara a qué se refería pero mi silencio le confirmó que yo estaba al tanto de muchas cosas.- Este debería ser el momento en el que muestras algo de sorpresa como mínimo finges no saber de lo que estoy hablando… al menos dices tu nombre completo… Camila Antonia Dresden, veinte años, 14 de febrero, huérfana, abuelos… únicos parientes vivos.
Me estremecí visiblemente y mis ojos buscaron alguna ruta de escape pero sólo estaba esa asquerosa puerta que seguramente conduciría a mi perdición.
-Estás asustada.- prosiguió el fauno.- Y es normal… presientes que algo muy malo va a ocurrirte y tienes toda la razón, pero puede que salgas ilesa de aquí si respondes a mis preguntas de la manera correcta. – Tragué saliva y él ladeó la cabeza.- ¿Qué te hizo venir a esta ciudad?
Apreté la mandíbula negándome a responder pero uno de esos seres se acercó de manera amenazante y mi voz salió de mi garganta atropelladamente.
-La muerte de mis padres.- respondí con la voz aguda a causa del miedo.
-¿Cuánto tiempo ha pasado de aquello?- Aubrey me miraba con complete y completa calma.
-Cuatro meses.- dije con un jadeo.
-Cuatro meses.- repitió el fauno y se miró una mano.- Es la misma cantidad de tiempo que Anster Fitzgerald lleva aquí… No sé tú, pero a mí me hace pensar en que tal vez llegaron juntos. Vivir en la misma casa que él ocupo hace años me parece muy curioso.
-No sé de qué habla.- susurré.- Yo llegue con mis abuelos a esa casa sin saber que pertenecía a quien quiera que diga usted.
-¿No conoces a Anster Fitzgerald? Hasta donde tengo entendido es tu profesor de piano… Estabas en su estudio el día en que mi querido Ludovic visito aquella escuela tan bonita.- Aubrey hizo ademán de levantarse y yo solté un gritito, pero sólo estaba acomodándose en el asiento.- Relájate, niña.- me pidió.- Esto sólo es el comienzo. Sino coperas nos quedaremos toda la tarde y la noche hasta que me digas porque te trajo ese maldito mocoso a esta ciudad. – su voz seguía inusitadamente tranquila.- ¿Me vas a negar que estas con él y los suyos?- No respondí.- Camila, sé muy bien que estás con ese maldito inmortal. Por tu bien, dime a qué se debe su ridículo jueguito.
-No sé de qué habla.- volví a decir sintiendo la boca seca.
-No sabes de qué hablo.- soltó él con impaciencia.- Entonces desconoces que tu puedes significar la ruina de mi reino, ¿verdad?- las manos me temblaban contra los muslos. Allí sentada sobre mis pies, en medio de ese salón supe que no llegaría a ver la luz de la mañana.- Anster no te ha dicho nada, para él eres solo una alumna … ¿Es qué acaso eres su amante en turno? ¿Es eso? – Agaché la cabeza.- No, no eres su amante… eres algo más… Camila, es tu última oportunidad para que me digas por las buenas qué es lo que haces con Anster.
Me encogí, pegando la barbilla al pecho. No podía responder y no era porque no quisiera sino porque en verdad no sabía por qué estaba con Anster. Seguí en silencio mientras los minutos pasaban y la fría mirada de Aubrey seguía cada uno de mis movimientos. Comencé a preguntarme cómo es que no había podido adivinar que esto me pasaría. Period tan tonta que había creído en las palabras de Anster.
-¿Vas a decírmelo no?- inquirió el fauno.
-No tengo nada qué decir señor, no sé absolutamente nada acerca de su reino, su ruina porqué Anster me tiene con él.- tragué saliva y me obligué a mirarlo.- Lo lamento pero yo no tengo la información que busca.
-Es una lástima que me digas algo como eso.- Aubrey suspiró.- Pero lo es más el hecho de que seas tan mentirosa. Nadie puede estar con alguien sin saber porque está allí. Eso me parece estúpido pero si es tu caso, me da tanta pena que te hayas dejado envolver por las mañas de ese Anster. Siempre ha sido así, susurra cosas en los oídos de las mujeres y después de hacer que le otorguen sus favores las arroja de su lado. No eres la primera y no serás la ultima, pero si eres la mujer por la que desafío al consejo… y eso querida niña, te hace importante para él, valiosa. Le sirves y por eso te cuida, pero sabes algo, que le seas de utilidad tú, precisamente una humana, es algo que a mí me causa cierta molestia, no, no es molestia, es preocupación. A mí no me gusta estar preocupado, no… pero para evitar ese estado de ánimo tan lamentable voy a hacer una cosa.- volvió a acomodarse en el asiento.- No puedo permitir que estés con ese ridículo grupo de magníficos mientras su único objetivo sea limitarme. Desde hace mucho que ellos desean mi destrucción, lo sé bien pero no por eso es fácil… A veces te encuentras solo, Camila y debes echar mano de todo aquello que te permita ir hacia adelante… Los faunos somos seres muy solitarios, incluso mis amigos los lobos me han dado la espalda pero a pesar de eso la vida me ha dado un regalo: tú. Creí que sería muy difícil atraparte pero al parecer tus amigos decidieron que no period necesario vigilarte esta mañana. Al no ver a los faunos cerca se confiaron… típico error de la juventud.- y entonces ese fauno enloquecido me sonrío.- No quiero volver a saber algo de ti. ¿Me oyes, entiendes lo que digo? No deseo perder mi valioso tiempo con alguien que no sabe qué demonios hace aquí y por eso mismo voy a darles la orden a mis queridos capitanes para que te encierren un rato y después te asesinen como la asquerosa humana que seguramente eres.
El piso parecía sacudirse con violencia pero se trataba de mí. Cada parte de mi cuerpo temblaba como si estuviera muriéndome de frio. La voz se me fue y mi corazón se impactó a cada segundo contra mis costillas. Mis ojos estaban totalmente abiertos al igual que mi boca formando una mueca de incredulidad y horror. Iba a morir… al fin, pero ya no quería hacerlo.
-Ludovic.- Aubrey llamo al fauno quien se me acercó aún más.- Llévala a la celda de los traidores, déjala allí. Si se pone pesada golpéala, átala, haz lo que quieras con ella, pero no la mates. Quiero ver como su cabeza se separa de ese cuello largo y tembloroso. Cuando el sol este por desaparecer esta pequeña estúpida dejara de existir… ¿Creen que a Anster le gustaría recibir el cuerpo decapitado de su amiga en una caja de regalo?
Ludovic me tomó por las muñecas y yo grité de horror en el acto. Traté de soltarme gritando y retorciéndome pero el fauno me tomó con fuerza del cabello y me dio una bofetada que hizo sangrar mi nariz. Con facilidad me puso en pie y jalándome por el pecho de la blusa me sacó de aquel salón, pero al ver que me encontraba en un pasillo hice el intento por escapar. Fue en vano haberse movido pues de inmediato me tiró al suelo y puso una de sus patas sobre mi espalda y comenzó a hundirla en mi carne. Grité de dolor pero el capitán seguía ejerciendo sobre mis huesos toda su fuerza. Entonces levantó esa pata y la bajo de nuevo. Una y otra vez como si estuviera pisando a un asqueroso insecto. Un chasquido, un extraño ruido se escucho y grité con más fuerza. Mi clavícula derecha no pudo ante tanta presión y se quebró. Ludovic me jaló y comenzó a arrastrarme por ese pasillo de piedra. A medida que avanzábamos mi rostro, mi cuello y mi mano se iban llenando de mugre, de cortes, de raspones y de sangre. Los gemidos quedaron amortiguados por el suelo pero claramente escuché una melodía. Period el timbre de mi teléfono. Ludovic se detuvo y hurgó por todo mi cuerpo hasta dar con el teléfono. Con una patada me puso boca arriba y yo me encogí ante ese nuevo golpe.
-Oma… así se llama tu abuela.- dijo él leyendo el nombre que había aparecido en la pantalla del teléfono.
Y allí, echa un ovillo en el suelo comencé a llorar. Era tarde y no regresaba a casa, period lógico que mi abuela me llamara para saber a qué hora volvería…
Ludovic me miro un momento antes de destrozar el teléfono impactándolo contra el suelo y yo cerré los ojos con fuerza mientras me arrastraban de nuevo.
Al last de lo que parecía más un túnel que un pasillo, se encontraban varias celdas de barrotes oxidados. Allí olía a humedad, a orina, a podrido, a excrementos… La combinación de todos esos olores sumados al zumbido incesante de las moscas y la nula ventilación hicieron que las tripas se me revolvieran. El fauno me levantó con brusquedad. Mis piernas pudieron soportar mi peso pero cada centímetro de éstas me dolía. A mí alrededor pude ver la suciedad del piso en forma de una gruesa capa marrón llena de charcos amarillentos. Todas las celdas estaban ocupadas, ya fuera por huesos podridos, cadáveres de faunos al borde de la muerte. Ludovic me llevó hasta el fondo de aquel lugar y me arrojó a una celda que compartiría con un esqueleto que aun tenia pedazos de carne reseca. Miré al fauno en busca de alguna burla de algún insulto pero de nuevo me miraba fijamente como lo había hecho en el salón.
-Tú fuiste el que apareció en la ventana.- afirmé, llevándome una mano a la clavícula, la cual dolía como los mil diablos. Ludovic asintió en silencio.- ¿En verdad crees que yo pueda hacer daño?- le pregunté.
-Sí.- respondió él.- Ahora no lo notas pero bajo la dirección de un príncipe negro cualquier ser puede convertirse en un demonio.
Entrecerré los ojos. ¿Qué quería decir aquello? Me habría gustado preguntar pero él se fue dejándome allí y lo único que pude hacer fue dejarme caer con la espalda apoyada en los barrotes. Clavé la mirada en un punto iluminado del suelo, seguí aquel rayo de luz y descubrí una pequeña ventila en lo alto del techo. Al menos podría saber cuándo estuviera atardeciendo. Con los ojos fijos en esa luz sentí como mi pecho comenzaba a vibrar, deseaba llorar, gritar hacer cualquier cosa… pero no le vi caso. Me encogí todo lo que mi cuerpo me permitió y comencé a respirar profundamente mientras me mordía los labios para no sollozar pero al last no pude reprimir un quejido que hizo estremecer mis huesos rotos. Apreté los dientes para no gritar de dolor…
Todo estaba a punto de terminarse. Así acabaría mi vida, encerrada en aquella celda asquerosa y después llevada con un verdugo… Al pensar en eso me lleve una mano al cuello… Si tan solo no hubiera pedido más de la cuenta, si me hubiera conformado con la vida que tenía nada de esto estaría pasando. Pero pedí una señal, desee la gloria y la miré… Había visto el paraíso y me gustó. Anhelé vivir en él sin reparar en el costo. Mi cabeza rodaría por el suelo a causa de él… Mi cabeza, mi cuello… dejarían de estar unidos a mi cuerpo por haber aceptado esa promesa, por haber asistido a ese baile, todo terminaría para mi gracias a esta pequeña cicatriz en mi palma. Yo era la que iba a morir y ellos… ¿Dónde estaba Anster? Él me había jurado que nada me pasaría a su lado, Constance me cuidaba lo mismo que Florence… ¿Qué había pasado entonces?
¿Ya nunca saldría de aquí? Y Oma… mi abuela… Un nuevo quejido salió de mi garganta al pensar en ella, al imaginarla en la ventana cuando el sol se ocultara, preguntándose porque no respondía a sus llamadas, asustada cuando la noche cayera y yo no regresara. ¿Qué sería de mis abuelos? No los vería nunca más… ¿Y si Aubrey los asesinaba también? Ahora la decisión de morir no era mía pero si tan solo hubiera hecho caso de las palabras de mis abuelos yo tendría amigos nuevos al menos conservaría a los antiguos en lugar de alejarme de todo el mundo para encerrarme dentro de una caja oscura a la espera de cualquier cosa. Pero aunque yo hubiera seguido en esa caja nada obligaba a Anster a haberse metido en ella… porque no me sacó de mi soledad, sino que me hundió aún más en el abismo que period mi vida. No se lo reprocho pues me dio la oportunidad de elegir y yo lo hice mal. Me gané esto y ahora por mucho que doliera tenía que aceptar lo que pasara. Me abrumaba el pánico y el dolor pero no había opción.
-Te dejaste atrapar, humana.- dijo una voz a mi derecha.
Di un respingo y me dejé caer al suelo pues la clavícula estaba matándome. Maldije por todo lo alto y traté de buscar, con los ojos llenos de lágrimas a causa del dolor, a quien me había hablado. Era un fauno prácticamente esquelético que me miraba desde la celda de enfrente. Estaba sarnoso y le faltaba una mano.
-Podrías haber hecho la diferencia.- continuó fijando sus opacos ojos en mí.- al menos haberlo intentado. Pero ahora estas allí…
-¿De qué estás hablando?- susurré.
-Es una lástima que mueras sin haber logrado nada.- el fauno apenas y movía los labios.
-Todos por aquí hablan como si yo estuviera enterada de todo.- solté, enojándome.- Pero no es así, solo soy una imbécil que se dejo convencer por un loco. Dentro de poco voy a morir así es que hazme el favor de hablar con claridad sino cállate.
El fauno me miró como si lo hubiera golpeado.
-Una adivina llamada Sibila, dijo hace muchos siglos que una humana sería la destrucción de nuestro reino. Una mujer muy joven acompañada por un fuerte inmortal, desencadenarían una guerra tan brutal que pocos quedarían con vida. Tú llegaste a esa casona blanca y el inmortal te dio su ayuda… pero a diferencia del rey, yo agradecí tu presencia pues significa que el gobierno del terror de Aubrey está por terminar.
-Lo que dicen es una verdadera tontería.- dije en voz baja, mirando la mohosa pared de la celda.- Yo llegué a este lugar por otros motivos. Nunca fue mi intensión encontrarme con Anster y mucho menos pertenecer a su mundo… Fue algo que se dio… pero en realidad no pertenezco a ese mundo… Yo no puedo ser la persona que esperan porque sólo soy Camila, la pobre idiota que se tropezó con este mundo de porquería… – el fauno gruñó al escucharme hablar así.- ¿Qué?- solté con un toque de fiereza en la voz.- Apenas se algo del mundo, no soy buena en la escuela, nunca he trabajado ni he hecho algo importante de mi vida, ¿Creen que yo voy a encabezar una guerra contra ustedes? Mírame y juzga por ti mismo. – Mis ojos volaron hasta el rostro de ese ser quien me miraba también.- Yo no voy a luchar por nadie porque no puedo y porque no quiero…
-¿Ni siquiera lucharas por ti?- inquirió.
Solté una risita que me hizo soltar un quejido. A momentos olvidaba que tenía un hueso roto. Cuando estás esperando la muerte las heridas poco importan.
-No… porque no tengo nada por lo que luchar. Mis abuelos podrán seguir sin mi… y lo único que realmente amaba en este mundo ahora me espera en el más allá. – De repente me sorprendió lo poco que me importaba mi propia vida y caí en la cuenta de que en realidad no había nada para mi aquí.- Yo no soy quien esperas, lo siento.- agaché la cabeza y apoyé un costado de ésta en un frio barrote.
Aquel fauno no dijo nada más. De repente sentí una especie de alivio por estar allí, si Anster estuviera cerca ya habría desplegado su infinita impaciencia su extraña preocupación. Pensé en aquel abrazo que él había correspondido… ¿Me extrañaría?
El tiempo pasó muy lento. Cuando agoté los recuerdos de mi vida antes de agosto, seguí con los más recientes pero no pude aguantar. La tarde seguía, la luz de aquella ventila me indicaba que pasaba de mediodía, tal vez la mitad de la tarde ya había corrido y yo comencé a sentir miedo otra vez. Miré cada parte de mi cuerpo empezando con las manos como si se tratara de un escaneo. Cada parte de mi ser dejaría de moverse cuando la luz del día se extinguiera. Una saliva amarga me lleno la boca. Sentí como la bilis, si es que period eso mezclado con mi desayuno, subía por mi garganta. Apenas tuve tiempo para inclinarme hacia un lado y vomitar todo lo que contenía mi estómago. Fue tal la brusquedad de las arcadas que me estremecí ante el dolor de mi fractura. Caí sobre un costado y allí me quede gimiendo de dolor como un animal herido. Mi rostro se cubrió de sudor a la vez que mi pecho ascendía y descendía con rapidez. La agonía de esperar estaba matándome y era consciente del lamentable estado en el que me encontraba pero no podía evitar verme y sentirme así.
Sobre mi cabeza, muy arriba allá en el techo, había varias telarañas. Sus dueñas iban y venían tejiendo hilos blancuzcos pero de repente se quedaron quietas. Imaginé que me miraban, preguntándose qué period lo que hacía allí en el piso pero después de un minuto regresaron a lo suyo. Suspiré, comenzaba a impacientarme tanto silencio, tanta tardanza, tanta indiferencia, tanto olvido y giré sobre la espalda para poder ver la ventanita del techo. La luz period cada vez más dorada y pude escuchar el asustado latir de mi corazón. Yo quería morir pero no así, no hoy, no aquí… No en aquel lugar que no conocía y me daba ganas de vomitar. De haber tenido la fuerza necesaria para romper el metal, atravesar la piedra, encogerme y salir por la ventana hubiera echado a correr con todas mis fuerzas. Correría sin mirar atrás sólo para alejarme de aquellos seres tan horribles y dañados. Correría hasta que los pulmones me quemaran, correría hasta que mi pecho se pegara a mi espalda, correría hasta que mis piernas se zafaran de mi cadera, correría hasta que mis rodillas salieran volando hasta que mi cuerpo se desarmaran lentamente y cada uno de mis miembros quedara esparcido por la tierra, y aun así haría que mis manos, que mis dedos se arrastraran hasta lo imposible y sólo allí, cuando lo único que quedara de mi fueran unas cuantas falanges sucias y secas, sólo así me detendría y allí donde no pudiera más me dejaría morir. Cuando ya no quedara nada de mí, ni un pensamiento un suspiro, cuando la nada me hubiera alcanzado cuando la bastedad del mundo me abrumara, cuando el universo explotara y sólo quedara de mí una eterna pregunta, moriría. Pero no antes de comprobar la capacidad de mis piernas, no antes de haber mirado la inmensidad, no antes de haber gritado hasta reventar mi garganta, no antes de haber caído en el tiempo y en el espacio, no antes de expandir mi ser en todas direcciones para abarcar todo aquello que duele, todo aquello que sufre, no antes de que el dolor de mi vida, la felicidad de mis sueños se hubieran terminado. Y a pesar de eso con mi último suspiro maldeciría la totalidad del mundo por no ser capaz de hacer que me quedará un minuto más para poder mirar que hay algo aquí para mí. No moriría por el enfermo deseo de unas criaturas enloquecidas de mentiras, no moriría porque un rey lo quisiera, moriría porque así lo he decidió porque así lo quiero, moriría porque así lo necesitaba, no antes, no antes no antes no antes no antes no antes no antes, nunca moriría por alguien más, nunca… y sin embargo, sería capaz de esperar ese momento de gloria, podría esperar mi muerte toda mi vida sólo en mi búsqueda del momento perfecto… podría estallar en llamas mi pecho, podrán tomar mi cuerpo todas las fuerzas de esta vida y no terminarían conmigo porque easy y sencillamente no querría morir. Yo moriría en medio del momento más chic, el más genuino y aquella jaula que me contenía a los veinte años no lo period.
Entonces solté un grito que me lleno la boca, que la desbordó y fue a dar como una ola sangrante en todas direcciones. Grité como nunca antes lo había hecho. Si iba a morir esa misma tarde, al menos haría algo lo suficientemente fuerte como para que el centro del planeta se enterara de que Camila había nacido para morir. Grité, grité, grité y maldije, maldije por mi daño físico, maldije por mi alma herida, por mi corazón roto, por mi soledad, por mi insatisfacción y después seguí gritando, golpeado el piso de esa asquerosa celda con mis palmas, con los puños, me colgué de los barrotes y pateé cada parte de esa celda, grité por unos abuelos ciegos, grité por una niñita asustada, grité por un amigo perdido, grité por mí, por mi, por mi, por Camila. Aquella mocosa estúpida que le tenía miedo a la vida, grité por no haber podido alcanzar la fama y gloria, por no haber sido la mejor músico del mundo, por haber dejado a mis padres con una sonrisa rota. Grité por no haberlos llorado, por no haberlos amado más, por no haberles dicho que eran lo que más amaba en mi vida. Grité por todo aquello que no hice y que nunca haría, grité por la ausencia del amor, por la ausencia de la amistad, por la ausencia de valor, por la falta de libertad, por estar en una caja toda mi vida, grité con todas mis fuerzas por haberme dejado encerrar. Grité por cada cicatriz, por cada adiós, por cada hubiera, por cada beso que no pude dar, por cada caricia que jamás alcancé, por tanta maldita soledad, por el único abrazo de un imbécil que me había abandonado. Grité por haberle creído a alguien como Anster. Grité por esos ojos, ese olor, por ese corazón muerto que nunca conocería. Grité por la sangre en mi boca, el ardor de mi piel, el dolor cerca de mi hombro. Por todo eso grité hasta quedarme vacía.
El sonido se apagó y el silencio, el delicioso silencio después de la tormenta, me envolvió de una manera tan magnífica que me dejé caer en el duro suelo. Allí pude obtener un poco de paz antes de que los guardias vinieran a mí para hacerme callar.
Cerré los ojos con fuerza.
Las pisadas sonaban cada vez con más fuerza. Se iban acercando hasta mi lugar. Sus voces flotaron hasta mis oídos acompañada por risas y luego el chirrido de una puerta al abrirse. Sólo hasta que sentí sus rugosas manos en mis brazos, abrí los ojos. Era Ludovic quien venía por mí.
-¿Gritabas de miedo?- preguntó.
-No.- respondí con voz muerta.- Gritaba de alegría. Tu rey no lo sabe pero la muerte es mi más preciado deseo.
La fría y seca risa de alguien me hizo mover la cabeza. Period ese fauno moribundo. Sonreía.
Ludovic no dijo nada y se limitó a levantarme con una facilidad extraordinaria. Mis piernas me sostuvieron y a trompicones salí de aquel lugar y me dejé llevar por los mismos pasillos que antes eso pensé, pues de repente torcimos a la derecha y entramos a un nuevo pasillo, pero éste estaba iluminado, incluso tenía una alfombra y decenas de pinturas de faunos colgaban de las paredes. Al igual que en otros túneles-pasillo al ultimate había una puerta custodiada por un fauno flacucho. El rostro de aquel guardia, si es que lo era, estaba ligeramente afectado. Cuando estuvimos frente a la puerta, respiró profundamente y sin mirarnos giró el pomo y abrió.
Una intensa luz dorada me cegó por completo. Ludovic me tomo de la muñeca y me empujó al inside. Varios metros después nos detuvimos y me soltó.
-Déjela allí, capitán.- ordenó una voz agradable.
Parpadeé un poco para aclararme la vista. Estaba en un salón circular, sin ventanas, cuya única decoración period un enorme cojín y una cúpula de cristal en lo alto. Miré a Ludovic en busca de una explicación pero lo único que hizo fue inclinar la cabeza y salir por donde habíamos entrado. Me quede sola allí y en un impulso corrí hacia la puerta pero una voz me detuvo antes de que pudiera llegar hasta ella y girar el pomo.
-Por favor, no te vayas.
Giré sobre mi misma y miré que dos hombres altos y de piel un poco grisácea me observaban desde un extremo del salón. Ambos vestían de negro y parecían… Se parecían mucho a Anster aunque uno era joven y castaño y el otro viejo y canoso, pero ambos tenían profundos ojos azules. Me quede quieta, esperando lo peor.
-Hola, Camila.- habló esa misma voz, la cual le pertenecía a ese hombre entrado en años. No le respondí y eso lo hizo sonreír.- Eres desconfiada como un zorro. – entrecerré los ojos. ¿Quiénes eran ellos?- Para que te relajes un poco voy a presentarme, ¿Te parece? Mi nombre es Brickdale y el de este joven es Roddam.
El otro hombre period bien parecido, bastante joven y con una sonrisa un tanto bella, pero aún así esa presentación no acababa de tranquilizarme y tuve que preguntar.
-¿Quiénes son ustedes?
-Nosotros conocemos a Anster.- respondió Brickdale. El corazón me dio un vuelco a causa de un ligero alivio.- pero debo decirte que… no estamos aquí por él, sino por ti.
-¿Por mi?- repetí. Y entonces caí en la cuenta de que los seres inmortales eran enemigos de los faunos… Traté de que mis manos no temblaran pero era inevitable estar tranquila cuando unos nuevos asesinos estaban frente a mí.
-Algo me cube que ya sabes a qué vinimos.- soltó el ser que se llamaba Roddam.- Esto será más fácil entonces. Camila… me da mucha pena informarte de que los faunos no son los únicos que piensan que eres un estorbo, de hecho nosotros también lo creemos, aunque nos hace mucha gracia que representes el fin de esos animales…
-Pero no venimos para decirte que eres el origen de una guerra, no, nada de eso, de hecho si desataras una estaríamos más que complacidos.- continuó Brickdale.- Lo que realmente nos molesta es que eres una distracción para Anster. – fruncí el ceño sin entender.- Él, querida niña, es el asesino perfecto y alcanzaría la gloria en un futuro cercano si tan solo se deshiciera de ti. A nosotros no nos importa si eres su amante, su arma, su juguete, su comida, nada de eso. Sólo queremos que te alejes de él pero como él no permitirá que te vayas, decidimos facilitarle las cosas. Un corazón roto es mucho más moldeable que uno feliz.
El aire se fue de mis pulmones. Brickdale, Brickdale… ¿Dónde había escuchado ese nombre? Ahora no podía recordarlo pero no importaba porque ese hombre quería utilizar a Anster como un soldado, un escudo, una maldita arma en contra de sus enemigos… Eso period mil veces peor que toda la desgracia de mi vida.
Alguien llamó a la puerta y di un respingo. Ésta se abrió y entró Aubrey, vestido magníficamente con una túnica blanca y joyas que colgaban de su cuello. Paso a mi lado sin mirarme apenas.
-Ya es hora.- les dijo a los otros dos.
Brickdale asintió y Roddam sonrió como un niño ante un regalo muy deseado y esperado.
-Esperemos un minuto.- pidió él.- Quiero que los rayos de luz se fundan con los de su sangre.
Me eché contra la puerta temblando de pies a cabeza. Era tanto mi miedo que no sentía el dolor de mi cuerpo.
-De ninguna manera.- se rehusó Aubrey.- Ella morirá como la prisionera que es. La decapitación es una ley en mi reino.
-Lo sabemos pero ella es nuestro asunto.- lo contradijo Brickdale con infinita paciencia.- De no haberte hablado de su existencia en estos momentos estarías en tu bello trono persiguiendo a las mariposas.
-Estas en mi casa.- le recordó el fauno.- Soy un rey, que no se te olvide.
-No se me olvida que fui yo quien te puso en este puesto.- sonrió el viejo de cabello cano.- ahora hazte a un lado si no quieres que te mate a ti también. Créeme, todo el mundo me agradecería que dejaras de existir.
-Vete de aquí.- dijo Aubrey con complete calma.- Ahora, por favor.
-Me temo que no puedo hacer eso.- Brickdale sonreía como un niño mientras yo temblaba incontrolablemente contra la puerta, mirándolos pelear y mirando como Roddam saboreaba mi carne con la mirada.- La chica es nuestra.
Aubrey me miró un momento.
-Hagan lo que quieran, solo desaparézcanla.- les dijo dándome la espalda.
Solté un jadeo. Roddam avanzó hacia mí con paso decidido pero yo no me quede allí para esperarlo. No, corrí, mejor dicho, intenté correr hacia donde fuera pero me atrapó y con suavidad me tomó del cuello, clavando la punta de su dedo índice en mi piel. La sangre brotó de inmediato y comenzó a escurrir por mi cuello. Con la otra mano atenazó mi brazo y me arrastró hasta el cojín y después me aventó en él. Me hundí en la vaporosa tela. Era muy suave y blanda, tanto que no podía apoyarme para levantarme. Roddam se echó sobre mí tapándome la boca con una mano. Me retorcí bajo su peso pero fue inútil, no podía liberarme de su abrazo mortal. Ladeó mi cabeza, hizo a un lado mi cabello y sonrió.
Aquel era el fin… Mi fin y no quería que lo último que mis ojos vieran fuera esa cúpula de cristal, así es que los cerré con todas mis fuerzas preparándome para sufrir. Pero entonces, el sonido que hace el cristal al romperse me hizo abrirlos de nuevo.
Roddam disminuyó la presión que ejercía sobre mi cuerpo y aquello me permitió levantar la cabeza para mirar una figura oscura que estaba a unos metros de nosotros, agachada, cubierta con una extraña tela oscura que dejaba ver que una de sus rodillas estaba en el suelo. La figura se levantó con rapidez y de entre los pliegues de aquella rara túnica salió una mano enfundada en un guante de piel, la cual bajó la capucha.
El recién llegado period un hombre de cabello negro y fríos ojos grises.
Solté un grito ahogado que alertó a mi asesino. Roddam gruñó y rápidamente acercó su boca a mi cuello. Esperé sentir un dolor lacerante pero en vez de eso, el peso que había sobre mi cuerpo se esfumó con una ráfaga helada. Miré. Anster estaba frente al cojín, protegiéndome de Roddam.
-Una sangre tan preciada no es algo que pueda probar un maldito perro como tú, Roddam.- dijo Anster con un tono frio en la voz.
El otro quiso embestirlo pero Brickdale lo tomó del brazo. Sus pupilas se dilataron al contemplar a Anster. Parecía que estaba a punto de caer muerto por la emoción.
-Anster.- soltó con voz contenida y una media sonrisa.- mi querido muchacho, al fin puedo ver lo que los años han hecho contigo y debo decirte que estoy más que complacido. A falta de una palabra mejor, solo puedo decirte que eres perfecto.
Anster retrocedió unos pasos sin apartar los ojos de aquel hombre extraño y me jaló del brazo para estrecharme contra su pecho, pero entonces gemí y su rostro se giró en mi dirección. Me miró bien y vio todos los golpes y las heridas. Sus ojos se nublaron y un siseo amenazador salió desde el fondo de su garganta.
-Llegaste un poco tarde.- se burló Aubrey cruzándose de brazos. – Otra vez… A ti se te da muy bien dejarlas morir…
-Rey, le aconsejo que cierre la boca.- soltó Anster.- Aún no olvido la estupidez de hace unos días. Creí que era inteligente pero no deja de ser el perro de estos malditos.
-¿Perro?- soltó Roddam.- Mira quien lo dice, un ser como tú que esta a las órdenes de un consejo decadente que no deja que los seres con poderes más allá de lo imaginable hagan su voluntad. No, los que parecen perros son los tuyos, sometidos a esos consejeros de mierda que no hacen más que limitarte. Ellos son a los que deberías matar, no a nosotros que sólo buscamos la libertad.
-¿Libertad?- Anster escupió aquella palabra con asco.- Nosotros, como dices, no sabemos que es la libertad y nunca la experimentaremos. Estamos condenados a ocultarnos.
-No por mucho tiempo muchacho.- soltó Brickdale. – Sólo debes quitarte de encima todo aquello que no te deje ser quien de verdad eres. Tú mejor que nadie sabe lo que es vivir con una máscara. Anda, deja a todos atrás y conviértete en un dios.
Pero Anster sólo suspiró y me abrazó con más fuerza. Al ver ese gesto, Brickdale soltó un grito de rabia. No entendí su reacción en un principio pero al cabo de unos segundos, cuando Anster me echó hacia su espalda y habló, comprendí la preocupación de Brickdale.
-Te prometo algo, Camila.- susurró Anster agazapándose mientras Roddam hacia lo mismo.- Vayas donde vayas, yo siempre estaré a tu lado. Hasta el remaining.
No supe qué responder pues en ese preciso momento, Roddam se abalanzó hacia nosotros.
Capítulo 11
Hacia la superficie
Brickdale y Roddam se separaron para atacar por los dos lados. Durante un momento no temí más por mí sino por Anster. Yo era sólo una humana, nada glorioso e imprescindible que tuviera que protegerse. En el mundo existían decenas, cientos de personas como yo. Si moría, no sería una gran diferencia ya que yo period algo que no valía la pena salvar, mientras que él, al ser todo lo contrario a mí, tendría que ser adorado como un dios. Prefería mil veces mi propia muerte que la suya y sin embargo Anster estaba frente a mí a punto de ser atacado por su gran enemigo para salvarme. Eso period, sin lugar a dudas, lo mejor que alguien haya hecho por mí en veinte años. El tiempo que Camila Dresden había estado en este mundo.
Me habría gustado agradecerle tantas cosas antes de que mis ojos se cerraran para siempre pero en aquella ocasión mi voz, como muchas veces, desapareció. Tan pendiente estaba de la proximidad del enemigo que no be aware como unas cuantas sombras se deslizaban del techo a las paredes del salón.
-No quiero hacerle daño a la criatura más espectacular que ha pisado esta tierra.- dijo Brickdale embriagado en la imagen que Anster le mostraba.- Danos a esa niña mátala. Tú mejor que nadie sabe que lo suyo no durara por siempre… y aun así insistes. -Anster dejó escapar un gruñido bajo desde lo más profundo de su garganta. No pude ver su rostro pero supe que mostraba los dientes.- ¿Por qué sigues protegiendo a esta niña? Dinos, por favor, si es tu amante en turno.
Anster soltó un nuevo gruñido y los otros dos dejaron sus andares en cámara lenta y se agazaparon, emitiendo un sonido gutural, agudo y amenazador. Se preparaban para saltar sobre mi protector. Al tiempo que contenía el aliento, preparándome para lo peor, alguien me tomó con fuerza del brazo jalándome hacia atrás. Estaba dispuesta a soltar golpes y patadas, gritos también pero al darme cuenta que se trataba de Constance, solté un jadeo de alivio. Pero al cabo de un segundo no pude mirar más allá que a Anster. Ignoré a la bruja y no me fijé en Florence, solo podía ver a Spencer a la derecha de Anster, lanzándole conjuros a diestra y siniestra a Brickdale y Roddam, mientras estos dos se reían a carcajadas saltando de un lado hacia el otro para esquivar los rayos de luz que chocaban de vez en vez en su cuerpo.
-Un mago.- gritó radiante Roddam.- No sé porque no me sorprende, Anster. Un mago a tu lado, debí de haber reparado en que siempre los llevas tras de ti como si fueran una especie de escolta. Y tu chico, por mucho que seas un Buckland no tienes la suficiente fuerza como para luchar contra seres principales como nosotros.
Pero Anster y Brickdale se habían acercado mientras los otros dos se hacían de palabras. A diferencia de los seres mágicos, ellos dos utilizaban sus puños y luchaban como si fueran humanos. Sus movimientos eran tan rápidos que apenas y se rozaban al menos eso me parecía a mi pues de un segundo a otro el rostro y ropa de ambos se manchó de rojo y pequeños parches lavanda comenzaron a cubrir sus pómulos para desaparecer a los pocos instantes. Los miraba con la boca ligeramente abierta, mitad maravillada y mitad asustada por aquella forma tan peculiar de luchar. Tan absorta estaba en ellos que no me había dado cuenta de que Constance me tenia contra su pecho. Pero al abrazarme con más fuerza un alarido de dolor salió de mi garganta y alertó a todos. Mi costilla rota estaba a punto de perforarme algún órgano important.
-Sácala de aquí.- le gritó Anster a la bruja.
Pero Florence fue la que reaccionó primero. Me tomó en brazos como si se tratara de una preciada carga y se elevó del suelo, revoloteando hacia el agujero en el que se había convertido la cúpula de cristal.
-No puedes dejar a Anster.- protesté haciendo una mueca de dolor.
-Regla numero uno.- me recordó ella.- Si no puedes ayudar, no perjudiques. – pero sus ojos se clavaron durante un instante en Spencer, su esposo. El mago no tenía varita y ahora peleaba con sus propias manos. Sangraba de un labio y su pómulo se ponía morado. Las cejas de Florence se contrajeron un poco y desvió la mirada del suelo.
-¡No te atrevas a tocarla!- bramó la voz de Spencer.
Florence se detuvo en seco y ambas miramos hacia atrás. Period Roddam quien aferraba su mano como garra en torno al tobillo del hada. Y de un sólo tirón el inmortal nos hizo caer al suelo con tal fuerza que dimos de bruces contra el mármol. Escuché a Florence gritar pero yo no hice ni un solo ruido. El impacto contra mi costado y la parte frontal de mi cráneo bastaron para que se me olvidara hasta mi propio nombre. Todo se volvió negro y dejé de escuchar la pelea. Totalmente desorientada me quedé tendida en el suelo, sintiendo como la sangre brotaba de nuevo por mi nariz. El dolor era algo a lo que estaba acostumbrándome pero la sensación de estar destruida por dentro y que lo único que mantenía mi cuerpo unido period mi piel, me parecía tan exacta que quise reír de desesperación pero en lugar de eso, mi boca se abrió para vomitar saliva, bilis y sangre.
¿Voy a morir? Me pregunté mientras el vomito se escurría de mi barbilla hasta mi brazo. ¿Cuánto más tardara estar muerta?
Y mientras dejaba caer el rostro sobre aquel charco de sangre y baba, una mano fresca me acaricio la frente. Abrí los ojos. Era Anster.
-Vamos, levántate, los faunos viene hacia acá.- me indicó con urgencia, pero yo era incapaz de moverme. Simplemente mi cuerpo no podía responder a su voz. -Camila, por favor.- el suelo no paraba de temblar.
El ruido de la madera al romperse rompió el tapón que se había formado en mis oídos. Gritos, muchos gritos de furia llenaron el lugar al igual que un incontrolable ruido de pasos apresurados. Eran pisadas de faunos, decenas de pisadas. Anster me levantó del suelo. Ya había perdido la cuenta de cuantas veces me había dejado caer en ese día. Todo era borroso, con colores apagados. Vislumbré a muchas figuras grises a nuestro alrededor, pero él se lanzo contra ellos conmigo en brazos. Me sacudí con violencia contra su pecho mientras mi espalda recibía golpes, rasguños y piquetes de lo que seguramente eran lanzas y garras llenas de odio. Escuché por encima de los gruñidos de los faunos la voz de Anster indicándole a Spencer que tomara el hacha y que sacara a Florence inmediatamente de allí. Sentía que me desmayaría de un momento a otro pero de repente todo cesó y quedó en calma. Nos habíamos detenido y estábamos de pie contra algo liso.
-Reacciona, por favor.- dijo Anster con enfado, tomando mi rostro entre sus manos.- lo escuchaba pero mis labios se negaban a abrirse.- Necesito que camines, no puedo cargarte hasta la superficie, seriamos un blanco fácil. Tienes que caminar al menos. – Traté de enfocar algo, pero me sentía tan cansada que solo quería dejarme caer hasta el suelo y dormir mucho.- Vamos, Camila, tengo que sacarte de aquí pero tienes que caminar… por favor.- me susurró al oído.
Aquel sonido suplicante me recorrió el cuerpo y activó en mi cerebro algo que hizo que de pronto todo se aclarara y se viera más easy y sencillo de lo que en realidad period. Tenía el rostro de Anster frente al mío y estábamos tan cerca uno del otro que podía distinguir cada una de sus negras pestañas al igual que la beta verde de sus ojos y aspiré ese olor fresco y penetrante que no tenia comparación con ninguna otra fragancia que olería jamás. Salía de cada uno de sus poros pero también de su boca entreabierta, period como un bálsamo que me reconfortaba.
-¿Me ves?- preguntó con un susurró aun sin soltar mi rostro. Asentí levemente.- Bien, tenemos que salir de este lugar. Ahora estamos en una de las cámaras principales de este cuartel. Nos encontramos exactamente a la derecha del salón, debemos salir de aquí y llegar hasta la sala del trono para poder subir por el árbol, no es la mejor opción pero si la más rápida y más fácil para ti. – aspiré una bocanada de aire mientras mi mente se aclaraba poco a poco.- Lo repetiré de nuevo, saldremos de aquí y enfilaremos el pasillo, ¿me sigues?
-S-Si.- musité, sintiendo un nuevo embate de dolor.- Anster… yo… creí que ninguno de ustedes volvería…
-Cuando estemos a remaining del pasillo debemos girar a la izquierda y subir las escaleras, entrar al salón y subir hasta la superficie trepando por el árbol.- dijo él, ignorándome por completo.
-Anster.- quería que por primera vez en todo el tiempo que llevábamos de conocernos me prestara atención de verdad.- Si lo que quieres es sacarme de aquí… no lo intentes. No creo poder…- su rostro se endureció de golpe y se alejó de mi para quitarse la capa que lo cubría. Acto seguido me la puso encima y ajustó las cintas en mi cuello. Estaba completamente silencioso.- ¿Anster?- pero él parecía estar más interesado en la tela que me tapaba los pies. Quiso hacer algo con ella pero yo me quité de la pared.-Basta, por favor.- el torso me dolía pero ya estaba acostumbrándome.- Lamento mucho haberme dejado atrapar por los faunos, lamento que hayas tenido que encontrarte con viejos enemigos y sobretodo, lamento que te hayas visto obligado a venir por mí.
Anster respiró profundamente.
-Te estoy dando todas estas indicaciones y te puse mi capa porque es muy possible que tengas que trepar el árbol tú sola porque no puedo ir contigo hacia la salida.
-¿Cómo dices?- aquello me asustó más de lo que ya estaba.- ¿Por qué te vas a quedar aquí? ¿Es por mi culpa verdad?
-Camila.- él parecía estar buscando las palabras adecuadas y más sencillas para poder explicarme algo sumamente complejo.- El ser que estaba en el salón, ese que tiene por nombre Brickdale es, como bien dijiste hace un momento, un viejo enemigo, un letal y odiado enemigo. El odio que le tengo sólo se puede comparar con lo mucho que le temo al sol… – yo no podía articular palabra.- Camila ese ser, Brickdale, es el culpable de que yo haya dejado de ser un humano.
Sentí como si el suelo bajo mis pies comenzara a temblar con violencia pero quien se movía de forma incontrolable era yo. Temblaba tanto que mis dientes comenzaron a castañear. Todo en mi inside se enfrió tanto que me costaba respirar. De repente entendí tantas cosas que hasta entonces se me habían escapado pero no por eso el miedo me abandonó. No, al contrario, el terror y el pánico se colaron en mí, quería correr reírme por no haber muerto entre sus manos, pero después caí en la cuenta de que aquel hombre de cabeza cana era la persona que había hecho de mi profesor eso que ahora se me presentaba como un dios. Temí por Anster y negué con la cabeza, ignorando la fractura.
-No.- susurré agitándome aún más.- No puedes quedarte… ¿Qué pasara con los otros?
-Ellos existen desde antes de que yo naciera.- respondió con total calma.- Podrán seguir viviendo esté yo no. La única que me preocupa ahora eres tú. Debo sacarte antes de ir con él…
-¡No!- exclamé sin poderme contener.- No vas a ir con ese hombre. – Anster arqueó las cejas.- No sé qué es lo que pretendes pero no vas a dejarme aquí, vas a sacarme y ambos volveremos a la mansión. No pienso dejarte aquí, me oyes. Tal vez no pueda pelear, y… – él me miraba asombrado.- No puedes, Anster. No puedes, no puedes y no vas a dejarme sola. ¡No!- grité y me aferre al cuello de su abrigo.- ¡No puedes dejarme!- mis ojos se llenaron de lagrimas.- ¡No me dejes, te lo suplico!
Anster no supo que decir por primera vez. La mandíbula se le tensó y con gran facilidad separó mis manos de su cuerpo. No dejaba de mirarme, tal vez pensando en lo malo que había sido meterme a su mundo y puede que yo también creyera eso, pero en ese momento lo único que quería period que ambos saliéramos de allí. Y mis lágrimas mi desesperación lo hicieron retrasar sus planes.
-Camila.- su voz era suave.- ¿Qué crees que somos tú y yo, me refiero a qué clase de relación crees que tenemos? – Aquella pregunta me tomó por sorpresa.- Quiero que entiendas una cosa: tú y yo solo nos estamos ayudando, sólo eso.
-Yo…- estaba totalmente desarmada.- Nunca he pensado en ti de otra manera más que como mi profesor.
-Que bueno.- dijo, soltándome.- No es el momento pero tengo que decirte que ningún ser mágico es buen compañero para una humana.- Debo admitir que algo en mi destrozado pecho se estremeció.- Ahora vas a seguir por donde te indique, yo te abriré camino. Afuera te esperan Ferrier y Malekin. Sé que estás muy lastimada pero debemos ser rápidos nos atraparan a todos.
Miré hacia otro lado. Deseaba decirle que se fuera al diablo y que nunca más me dijera cosas como las que acababa de escuchar. Tragué saliva y una profunda punzada atravesó mi cabeza justo por la mitad. Aquel dolor fue algo nuevo. Gemí y en el acto Anster me tomó del mentón. Me miró con ojo crítico pero no dijo nada. Su mano fue hasta mi muñeca y se enroscó en ella con fuerza para salir de aquel lugar.
El pasillo estaba desierto y en penumbra. Todo olía a humedad, a tierra mojada… la alfombra lo que fuera que cubría el suelo, estaba pegajosa a causa de la sangre. Supe que de eso se trataba por que la sangre tienen un particular olor a huevo y a oxido. Caminábamos con tanta rapidez que parecía que corríamos. Todo mi cuerpo se estremecía a causa de los bruscos movimientos que hacia al avanzar pero apretaba mis mandíbulas para no dejar escapar ni el más leve quejido, algo me decía que si Anster me escuchaba nos detendríamos y seguramente pelearíamos. Al llegar al final del pasillo, torcimos a la izquierda y como period de esperarse varios faunos nos esperaban. Miré a Anster. Sonreía.
-¿Qué tal la están pasando, caballeros?- les preguntó con una cordialidad casi irreal. El desconcierto se sumó a mi miedo. No era la única que lo miraba como si estuviera frente a un demente, también los faunos le lanzaban miradas de desconfianza.- Lamento informarles que la señorita se va conmigo, como habrán podido imaginar ella es mía.
De entre los faunos se adelantó Ludovic quien nos sonrió.
-No cabe duda que los inmortales son una raza especialmente terca.
-Hola, Ludovic.- suspiró Anster.- años de no vernos, gracias al cielo. ¿Vas a ponerme las cosas fáciles tendré que dejarte sin tu guardia personal?
-Vayan por la humana.- les ordenó Ludovic sin asomo alguno de emoción.
De inmediato los guardias se abalanzaron sobre nosotros. Sin pensarlo dimos media vuelta y corrimos de regreso al pasillo. Entonces vi una puerta en la que no había reparado antes, mi profesor se detuvo frente a ella y la abrió de una patada. Me empujó al inside pero no fue tras de mí. Quería dejarme allí para enfrentar a la guardia pero por primera vez fui más rápida que él. Lo tomé con fuerza por la cintura y lo jalé hacia a mí y dejándome caer sobre la puerta, ésta se cerró de golpe.
Anster estaba a punto de gritarme pero al ver que yo no me movía se agachó rápidamente junto a mí. Jadeaba a causa del dolor y el cansancio.
-¿Qué te duele exactamente.- preguntó de inmediato.
-El… costado.- gemí.- Tengo una costilla rota y varios golpes… La clavícula… también… está rota…-solté apoyándome contra la puerta.
-Perdóname, Camila.- susurró. Nos miramos.- Podría decirte que nada de esto debía pasar, pero es mentira. Esto es lo que imagine desde un principio, lo único que lamento es no haberte puesto sobre aviso.
Una lluvia de golpes cayeron sobre la puerta y Anster me arrastró lo más lejos de ella. Eran los guardias que al fin nos habían alcanzado. Gemí de nuevo pero esta vez escupí algo de sangre.
-No puedo hacer nada por ti ahora.- dijo Anster, tomándome con cuidado por la cintura para levantarme.- Tendrás que aguantar hasta que llegues con Malekin.
-¿Cómo vamos a salir de aquí?- dije con los dientes apretados.- Dijiste que la única salida period por el pasillo.
-Queda otra.- Anster señaló un punto cercano a nosotros con un movimiento de cabeza.- La ventana da directamente al salón del trono. – Contuve el aliento.- Son cuatro pisos hasta el suelo.- suspiré.- Después de todo lo que has pasado, saltar de una ventana ya no parece difícil, ¿no es así?
Y aunque nadie pueda creerlo, las comisuras de mis labios se curvaron un poco hacia arriba. Eso lo animó. Con la mayor delicadeza que una enfermera podría utilizar para tomar a un recién nacido, Anster pasó sus fuertes brazos por mi espalda y me levantó del suelo. Lo hizo con tanta rapidez y cuidado que me sentí flotar. Se dirigió hacia el amplio ventanal que estaba detrás de nosotros y con otra patada rompió el cristal. Con agilidad se colocó sobre el alfeizar. Por mi parte pegué el rostro a su pecho y cerré los ojos, apretándolos con fuerza. El rugido de los guardias era brutal y la puerta estaba a punto de ceder sobre sus goznes.
Anster ni siquiera contó hasta tres. Sentí el horrible hueco que se experimenta al caer al vacío pero después todo quedó quieto. Abrí los ojos y me encontré frente al trono de Aubrey.
-Rápido.- me urgió Anster soltándome.
Aquel lugar estaba completamente vacío. No me detuve a pensar en que tal vez estábamos cayendo en una trampa. Yo solo miré el tronco de ese inmenso árbol y caminé hasta él al lado de Anster. Al llegar al trono, Anster me ayudó a subir y a colocar ambos pies sobre las raíces.
-No tardaran en llegar.- susurró.- Empieza a subir.
Con mucho esfuerzo comencé a trepar por el tronco. No period tan difícil como imaginé. La superficie era tan irregular que podía colocar mis pies sobre los bultos y hoyos que la adornaban. Anster estaba tras de mí, cuidando que no me cayera, tal vez… pero a los pocos metros mi cuerpo no pudo más y él lo notó pues me detuve para tomar aire. Se colocó a mi lado y con un suspiro me ordenó.
-Sube a mi espalda, como si fueras una cría.
No dudé, con mucho cuidado le pasé los brazos por el cuello y enrosqué mis piernas alrededor de su cintura. Una vez acomodados, comenzó a subir por la rugosa corteza con una facilidad sumamente estúpida. Pronto deje de ver el piso de piedra y lo que me rodeó fueron decenas de ramas y hojas gruesas. Al cabo de unos minutos el sonido del viento me llegó a los oídos, después lo sentí y mi corazón comenzó a latir con rapidez presa de la emoción. Estábamos por llegar a la superficie. Y entonces, a través de esas hojas pude ver un trozo de cielo estrellado.
-La superficie.- susurré con alivio.
El viento nocturno me dio de lleno en el rostro cuando mi cabeza asomo por encima del follaje. A mi alrededor solo podía distinguir la copa de cientos de arboles pero no, el árbol crecía muy cerca, casi pegado a la piedra de la montaña. Y allí, en la orilla de lo que parecía ser un desfiladero, estaba Ferrier.
-Al fin llegan.- dijo el genio con alivio. Al vernos se aproximó a la orilla y alargó una mano en mi dirección.- Vamos, Camila.
-Cuidado, tiene varias fracturas.- dijo Anster acercándose a la piedra hasta que Ferrier pudo tomarme por debajo de los brazos y jalarme.
Cuando quede acostada sobre la fría piedra respiré aliviada. Ferrier volvió a inclinarse hacia el árbol para ayudar a Anster.
-Andando, hermano.- urgió el genio.
-Voy a brincar.- le indicó el otro y Ferrier se hizo a un lado.
Anster se echó un poco hacia atrás para impulsarse pero algo tiró de él hacia abajo. Soltó un rugido de rabia, lo mismo Ferrier pero en menos de un suspiro desapareció entre las ramas. Lo siguiente que escuché al gritar su nombre, abalanzándome hacia el árbol, fue el sonido de algo duro y pesado impactándose contra el suelo.
-¡ANSTER!- gritamos Ferrier y yo al unísono.
Nuestras voces hicieron eco en aquel lugar tan sombrío. Nadie nos contestó y durante unos momentos sólo se escuchó el rugido del viento mientras el genio y yo mirábamos hacia abajo, como esperando a que de la nada surgiera el rostro de Anster, triunfante e ileso. Esperamos otro tanto de segundos pero la incertidumbre me nublaba la mente. Pensé en gritar, incluso tomé el aire suficiente pero Ferrier me tapó la boca con ambas manos.
-Shh.- me dijo. Lo miré presa de la desesperación.- Allá abajo están los faunos con él.- susurró. De inmediato el sonido de batalla llego hasta mí. Gritos mezclados con la voz de Anster y el inconfundible sonido del metallic al chocar contra otro steel.- Está peleando. Sí…. – me soltó.- Regla número tres Camila, nunca se abandona a un compañero. Yo voy a ir con él, pero tú debes seguir por esta grieta, Malekin está esperándonos al otro lado. No te detengas y escuches lo que escuches sigue adelante, por favor.- y sin decir nada más se dejo caer sobre las ramas del árbol.
Lo perdí de vista al instante. Miré a mí alrededor y me di cuenta de algo: de nuevo estaba sola.
No quería alejarme de allí y dejarlos a su suerte pero Ferrier me había dicho que si no podía ayudar lo mejor era irse. Y fue lo que hice. Me levanté y quedé frente a esa inmensa grieta. El viento azotaba con fuerza desde esa altura, era helado, casi invernal. No quise avanzar… Lo desconocido me aterraba y sin embargo era incapaz de pasarlo por alto. El ruido de la batalla me hacia querer bajar por el árbol hasta donde estaba Anster pero si él me veía allí nuestras oportunidades serian pocas, sin más miramientos di un paso hacia adelante y me sumergí en las sombras. Tragué el enorme nudo que se había formado en mi garganta y avancé por ese camino con las rodillas temblorosas y el corazón latiéndome con violencia contra las costillas. Rodeé mi torso con los brazos y agaché la mirada pues no quería ver directamente hacia adelante. El viento rugía como enloquecido en mis oídos, como si se tratara de cientos de fantasmas que pasaban zumbando a mi lado con el único propósito de asustarme aún más.
La ansiedad y el miedo son malos consejeros. Mi imaginación comenzó a jugar con mi última gota de paz pues comencé a ver formas extrañas sobre las paredes que me rodeaban. Sombras espectrales y de sinuosos movimientos me hicieron estremecer. Danzaban con macabra elegancia sobre las piedras del suelo. Caminé más deprisa y el dolor aumentó. Tuve que detenerme para poder respirar. Costaba mucho trabajo inhalar, cada bocanada de aire helado me quemaba la garganta y me laceraba el pecho. De inmediato me agité y el movimiento de mi pecho me hizo soltar varios quejidos. A mitad de ese camino me apoyé contra la piedra y cerré los ojos. Todo aquello estaba por sobrepasarme, mi cuerpo estaba cediendo y mi mente quería reventar de un momento a otro. Pensé en los abuelos pero no bastó para hacer que mis piernas se movieran. Recordé mi vida y eso me hizo quedarme quieta. No había nada para mí y de nuevo me sumí en aquel estado casi comatoso que me hundía más y más en las sombras de mi locura. Si moría en aquel lugar nadie lo notaría…
Agaché la cabeza y suspiré, decidida a quedarme allí…
Y como por arte de magia una corriente de aire tibia llegó hasta donde me encontraba. Era débil pero en ella viajaba una tenue nota de vainilla… Miré a mí alrededor buscándolo, precisamente a él pero no estaba.
-Anster…
Fue como si mi mente se aclarara. Los pensamientos sombríos se esfumaron de golpe y fueron reemplazados por la whole y brillante imagen de mi profesor. Y entonces pensé, solo por hacer algo, que su presencia en mi vida estaba dejando de ser una estúpida y cruel casualidad. Period horrible soportarlo pero su inquietante persona period algo esencial para mí. No era amor, eso estaba claro, period algo más fuerte, Anster era lo que me permitía existir, period la vía y el camino por el cual yo estaba viva, era quien me permitía estar aquí y ahora al menos había hecho que mi existencia se alargara unos cuantos meses. Él, con su extraña apariencia y sus modos brutales de ser, me había obligado a seguir adelante… ¿Acaso él sabía que yo había estado a punto de quitarme la vida un día después de la muerte de mis padres?
Tan absorta había estado en mi dolor que no noté que él había llegado a mi vida en un momento específico. No period casualidad, no period simpatía, no period por la universidad, no era por la mansión, no period por André… era algo más… algo más lo había llevado hasta mi.
-Tengo que verte de nuevo.- solté con voz temblorosa.- Tengo que verte de nuevo.- me repetí con el mismo fervor que un niño expresa cuando promete algo a su madre. El rostro de Anster apareció en mi mente pero no con hastío como siempre me ocurría, no, ahora lo miraba bajo otra luz, una más cálida y acertada.- Te voy a ver de nuevo.- susurré. Esos labios delgados e imaginarios se curvaron en una sonrisa fantástica.
Me puse de nuevo en movimiento y caminé, caminé mucho con los ojos fijos hacia adelante. Ahora ya no tenía miedo, podía soportar otro golpe, lo que fuera para poder preguntarle a ese ser una sola cosa. El viento hería mis manos y mi rostro golpeándolos con violencia. No miraba muy bien por donde iba y tropezaba a cada momento. La plana superficie de piedra comenzó a llenarse de obstáculos y tardé un poco en descubrir que el musgo y las plantas period lo que me hacia tropezar. Pronto comencé a distinguir arbustos y raíces. Los árboles aparecieron poco después, muy cerca unos de otros. Miré hacia atrás, el camino había terminado pero no veía a Malekin por ninguna parte.
-Aquí estoy.- dijo su suave voz cerca de mí. El hada estaba oculta entre el follaje.- No sabía si se trataba de amigo enemigo, por eso subí.- de un solo salto bajo, cayendo frente a mí. – Te ves un poco mal, en un momento te curo. ¿Dónde están los otros?- preguntó mirando detrás de mí.
-Anster y Ferrier se quedaron allá abajo.- respondí.- y el rostro del hada se ensombreció.- No sé donde están los otros.
Malekin abrió la boca pero no dijo nada. Tomó aire pues parecía que se ahogaba, dejo caer al suelo lo que tenía bajo el brazo y se llevó una mano hacia la frente donde acababa de aparecer una fina arruga.
-¿Tienes fuerzas para caminar un poco más?- me preguntó al cabo de unos minutos. Asentí.- Debemos atravesar el bosque para poder llegar al jardín. Temo decirte que no sé luchar y no te sería de gran ayuda si los faunos alguien más nos encuentra.- no dije nada y ella me miró, como evaluándome. Se acercó a mi derecha después de un breve debate consigo misma y paso una mano por mi cintura.- Se que tienes dos huesos rotos y varios golpes, además de una probable perforación en un pulmón por eso no puedes respirar bien y sientes que te ahogas. Tenemos que llegar pronto a mi cabaña, no me gustaría que ese pulmón colapsara.
-No hace falta que me ayudes.- le dije.- puede andar sola, solo guíame.
-El camino es largo.- me previno y comenzó a caminar.
Yo la seguí. La luna estaba en lo alto y supuse que no debía ser muy tarde. Aquel extremo del bosque period demasiado boscoso y muy difícil de cruzar. Malekin se detenía cada tanto para cerciorarse de mis signos vitales, decía que cada vez me costaba mayor trabajo respirar, como a mí todo me dolía no sabía si tenía no la razón. Cuando le pedí parar para poder acomodarme el zapato un extraño ruido lleno el ambiente. Un aullido. El hada se quedo quieta, muy quieta.
-¿Qué fue eso?- pregunté.
-Ellos lo saben.- respondió con un susurro. Se acercó a mí y me tomó por la cintura.- Nuestros enemigos saben que estamos peleando contra los faunos.-La miré sin comprender.- Los lobos, Camila. Eso que escuchaste fue una indicación de batalla. Tenemos que movernos de lo…- la voz de Malekin se cortó en seco. Decenas de aullidos se escucharon pero esta vez más cerca de nosotras, terriblemente cerca.- Corre. Camila, corre, por favor.- me urgió, tomándome de la mano con fuerza.
Y así comenzamos a correr, un hada y una humana, por entre los árboles para escapar de los lobos. Avanzábamos a trompicones, chocando contra todo lo que estuviera a nuestro paso. Ella me tomaba con fuerza y mis piernas, en un gran esfuerzo, se movían a toda velocidad pero pronto el aire comenzó a faltarme. Entonces el inconfundible sonido de pisadas me llegó a los oídos.
-Los faunos.- solté con un jadeo.
Malekin siguió corriendo tirando de mí pero el sonido de pisadas era cada vez más fuerte al igual que los aullidos. Llegamos a una zona aún más boscosa y húmeda, la tierra parecía fango y correr se hizo imposible. El hada se precipitó hacia el suelo. Quise ayudarla pero ella me gritó que siguiera adelante.
-CORRE, CAMILA… NO TE DETENGAS…
El hada estaba hundida hasta las rodillas en el fango y me gritaba que me fuera. Los ojos se me llenaron de lágrimas y tuve que dejarla. Seguí corriendo unos metros más, escuchándola gritar algo que no alcancé a entender, pero también escuchaba las pisadas de esas fuertes patas que estaban a punto de alcanzarme. Podía escuchar el jadeo de esas bestias mezclado con el mío. Avancé desesperada por entre los árboles, hundiéndome en el fango y gimiendo de espanto. Cada vez iba más lento y ellos más rápido. Quise respirar más deprisa pero el aire no entraba a mis pulmones y la boca me supo a sangre. No podía ver por dónde iba, el camino se cerraba y la penumbra se me pegaba a los ojos… y entonces el suelo bajo mis pies pareció inclinarse e inevitablemente tropecé y caí como un fardo sobre el lodo, pero no me detuve allí, rodee unos cuantos metros hacia abajo hasta que mi cuerpo dio contra unas rocas y solo así pude detenerme.
Todo el aire que aún había en mí escapó de mis pulmones. Manoteé en busca de algo, lo que fuera pero mis manos dieron contra el fango. Quise inhalar pero no podía respirar. De repente una horrible sensación de ahogo se apoderó de mí. Estaba ahogándome con mi propia sangre. Malekin tenía razón, uno de mis pulmones estaba dañado… Ni siquiera podía gritar, estaba muriéndome allí, sepultada en medio del bosque… Todo en mi interior period un caos, la sangre me llenaba la boca, la cabeza me daba vueltas y una extraña respiración se acercaba a mí…
-¡CAMILA!- gritó alguien.
Súbitamente todo se oscureció y el bosque se lleno de gritos pero uno en especial era el que llamaba mi atención, uno que resonaba furioso. Esa voz se acercaba rápidamente mientras yo luchaba por respirar, sintiendo como cada uno de mis miembros se sacudían con violencia.
-Camila…- decía.- No, por favor… ¡Camila!
Su voz perdió fuerza y sus manos sobre mi pecho dejaron de pesar. Pronto dejé de sentir dolor, dejé de ahogarme, de escucharlo…
Pero entonces comencé a escuchar unos susurros familiares. Si, eran las voces de mamá y papá. Me daban la bienvenida a un lugar tranquilo y libre del dolor de su ausencia… Todo a mí alrededor se llenó de luz y dejé de sentir frio. Y mi madre estaba allí, frente a mí con las manos extendidas en mi dirección, pidiéndome que las tomara…. Yo levante mi mano… pero la distancia que nos separaba se hizo más grande.
-No.- dije.- No, por favor….- solté asustada otra vez.- No…- quise ir hacia ella pero algo me jalaba. -No.- solté, enfadándome. Vi como se alejaba y con ella la luz.
Me quedé en medio de la nada, envuelta en el silencio. Y el dolor volvió de golpe, la soledad, la desesperación, el odio y la rabia… La voz de mi madre regresó mezclada con la de mi padre. Giré sobre mi misma en un vano intento por encontrar su origen, pero allí sólo estaba yo y el eco de su recuerdo…
-¡Vuelvan!- grité con voz en cuello.- ¡VUELVAN! ¡POR FAVOR, REGRESEN!- pero sus voces seguían diciendo cosas que no lograba entender.- ¡POR FAVOR, REGRESEN POR MI!
Extendí los brazos hacia adelante y comencé a caminar, tratando de encontrar un pecho cálido al cual aferrarme pero ellos no estaban. Y lloré, en aquel lugar lloré con amargura… Lloré sintiéndome infinitamente peor que antes de caer al fango. Bajé los brazos y poco a poco fui tragando mi pena. Un extraño viento me rozó las húmedas mejillas. Busqué el lugar del que provenía, period un punto a mi derecha, una pequeña y tenue luz que apenas se vislumbraba.
Comencé a sentir frio, mucho frio y de improviso un fuerte dolor en el pecho. Miré hacia allí y pude ver como se formaba una mancha enorme de sangre en mi camisa. Me agité sin saber porqué. Y una nueva voz se dejó escuchar por encima de las voces de mis padres. Period un murmullo que decía mi nombre, me llamaba desde el centro de aquella tenue luz…
-Camila, cierra los ojos.- dijo con complete claridad mi padre.
-Camila.- dijo alguien más.
El dolor aminoró… Las voces me llamaban y no supe a cual responderle. Todos me llamaban, todos querían que fuera hacia ellos…
-¡Camila!- gritó la voz enfadada de Anster.
Un fuerte latigazo de dolor atravesó mi pecho. La sangre comenzó a brotar de allí donde dolía y goteó hasta el piso. Pude ver mis manos manchadas de rojo y el rostro de mi madre en la distancia. Seguía estirando sus manos hacia mí pero yo no podía tomarlas.
-Perdóname…- dije con un gemido.
Ella desapareció, pero el viento y el dolor no, se intensificaron hasta hacerme gritar.
Un inmenso cielo lleno de estrellas con la luna en lo alto apareció allí, llenándome los ojos con su hermosura. Nunca había visto el cielo como hasta entonces, por unos segundos me maravillé con él, pero después, la agonía me hizo gritar de nuevo. Estaba en el suelo, en la hierba… y algo salía de mi pecho, una especie de tubo del que manaba sangre y eso dolía, dolía mucho. Quería quitármelo pero un par de manos me mantuvieron quieta. Era él, era Anster.
-Tardaste en despertar.- me dijo en tono acusativo.
Allí estaba él, a mi lado, ayudándome a respirar… Seguramente los demás también estaban allí pero a mí no me importaba, yo solo estaba pendiente de su presencia. Y él me miraba ceñudo, con la boca fruncida y los ojos llenos de rabia. Sonreí.
-¿Por qué haces eso?- me preguntó.
-Déjala.- dijo alguien a mi lado. Era Constance.- Ya despertó y eso es lo que importa. ¿Camila, me escuchas?- asentí.- Perfecto.- sonrió.- Todo está en orden… Nos diste un buen susto.
-Malekin.- dijo Anster y el hada apareció sobre mi cabeza, estaba llena de barro pero parecía estar bien.- ¿Cuánto tiempo más debe tener eso saliéndole del pecho?
El hada soltó un bufido.
-Ni un segundo más, ya estaba por quitárselo pero me pareció mala idea interrumpir su encuentro.- dijo con tono vengativo.- Camila, aguanta un poco porque esto va a doler, pero créeme, es lo último que sufrirás esta noche.
Anster rodeó mi cabeza con sus brazos y apretó con fuerza. No entendí porque hacia eso pero al momento siguiente sentí como si un candente cuchillo me cortara en dos. Grité con todas mis fuerzas pero el sonido de mi voz quedó ahogado por su pecho contra mi boca. Jadeante y temblorosa me quedé sin voz. Él me liberó de su abrazo y me miró.
-Vamos a la mansión.- susurró y me tomó entre sus brazos.
El aire comenzó a entrar a mis pulmones con facilidad, pronto mi respiración se normalizó y yo me deje llevar a través del bosque. Busqué su mirada y cuando la encontré, le pregunté:
-¿Por qué fuiste por mi?- mi voz sonaba muy débil y ronca.
-No quería que murieras por mi culpa.- respondió.
-No me refiero a esta noche.- dije con voz débil, estaba tan cansada que sentía el cuerpo muy pesado. Él arrugó el ceño.- Sino a antes de llegar aquí…
Tardo un momento en responder. Miraba el camino que se abría ante nosotros.
-Aún no ha llegado tu tiempo, Camila.
Por decisión unánime todos habíamos optado por no llevarme a un hospital y utilizar la camioneta de Anster como sala de terapia intensiva. En medio del bosque y muy cerca de la mansión, Malekin me curaba lo mejor y más rápido posible que podía. En un santiamén había curado mis huesos rotos y las heridas de mi cuello, manos y cara, pero el daño en mi pulmón period más delicado, tendría que tomar varios remedios pero antes de que terminara el año estaría como nuevo. Cosa que no podía decir de mis piernas y espalda, las cuales estaban llenas de moretones y raspones que se quitarían en cuanto terminara de beber la extraña mezcla colour magenta que el hada estaba obligándome a beber.
-En cuanto te termines eso podrás volver a la mansión.- me indicó, guardando todo su instrumental. Esa hada se estaba convirtiendo en mi médico private.
Una curiosa bruja se acercó con cautela, sentándose a mi lado. Constance estaba despeinada y con la ropa sucia, pero fuera de eso, estaba ilesa.
-¿Mejor?- me preguntó con una sonrisa. Asentí.- Que bueno, si te soy sincera pensé que… bueno, estabas muy mal. Mira que romperte una costilla y perforarte un pulmón…
-Tengo mucha suerte para terminar medio muerta.- dije sin mucho ánimo, dándole un trago al bebedizo de Malekin. Constance me lanzó una extraña mirada.- ¿Qué sigue ahora?
-Los lobos tendrán que explicar porque las atacaron a ti y a Malekin mientras nosotros conteníamos a los faunos que te habían secuestrado.- dijo ella.- Ante el consejo no hemos hecho nada malo, sólo nos defendíamos, Camila.
-Sí, pero esto no habría pasado si Anster no se hubiera empeñado en que el consejo me admitiera.- solté con amargura.
-Eso no es cierto.- dijo una voz cercana. Period él.
En cuanto éste apareció, Constance y Malekin intercambiaron una mirada y se alejaron silenciosamente de la camioneta.
-Tú y yo tenemos que hablar en serio.- me dijo.- pero será hasta después de la junta que tendremos con el consejo, sólo quiero pedirte una cosa, mantente tranquila y no estés sola, por si acaso Malekin te vigilara mientras los demás estamos en la reunión.- asentí dando otro sorbo a mi vaso.- Ahora te pido que bebas esa cosa para que pueda llevarte a tu casa.
Por primera vez no me quejé. Eso lo sorprendió pero no comentó nada al respecto. Después de tragar hasta la última gota del brebaje, me despedí de Constance, Malekin y Ferrier y me encamine a la mansión acompañada por Anster.
-¿Dónde están Florence y Spencer?- le pregunté a mi extraño profesor. No podía creer que me sintiera tan bien cuando hace apenas una hora estaba muriéndome literalmente.
-Spencer tuvo que sacar a Florence de allí, recuerda que los faunos son tóxicos para las hadas, pero ellos están bien.- agregó al notar mi expresión de susto.- Lo que debe importarte ahora es llegar a casa y lidiar con tu abuela. Cuando Constance la llamó para decirle que te quedarías en su casa a dormir, no se escuchaba muy feliz. Supongo que puedes lidiar con eso.
-Si puedo.- respondí. Ambos evitábamos mirarnos. Cuando llegamos al patio trasero de la casa al fin nos dignamos a poner los ojos encima del otro.- Tal vez no te agrade lo que voy a decir pero necesito que sepas que…- tomé aire.- estoy muy agradecida por todo lo que has hecho esta noche… pero no sólo hoy sino desde que llegué a este lugar…
Su dedo índice se coloco sobre mis labios.
-Entra a la mansión.- me pidió.- Ya habrá tiempo para hablar.
Asentí y le di la espalda sin detenerme hasta que llegué a la puerta de la casa. En cuanto mi mano tocó el picaporte ésta se abrió de golpe y mi abuela apareció en el umbral, pálida de rabia. Pero yo, en cuanto vi sus apergaminadas manos, la abracé con fuerza por la cintura. Aquello la tomó por sorpresa. Aspiré su perfume de rosas y acomode mi cabeza en su pecho.
-Ya estoy en casa.- le dije en voz muy baja.- Lamento si te preocupé.
La última vez que Oma había recibido un abrazo de mi parte fue cuando yo cumplí ocho años. Doce años después volvía abrazarla y a sentirme en paz conmigo misma. Totalmente atribulada me dejó ir a dormir sin preguntarme absolutamente nada. Cuando llegué a mi habitación me dejé caer sobre las mantas y me dormí al instante.
Epilogo
La perspectiva de un par de meses lejos de la universidad me parecía lo más maravilloso que pudiera ocurrirme. Ya habían pasado dos semanas desde aquella mañana, mi pulmón volvía poco a poco a la normalidad y el tercer semestre de la carrera ya esta salvado. No tenía excelentes calificaciones pero me daba por satisfecha del buen resultado que había obtenido después de tantas altas y bajas en los últimos cuatro meses.
Y en todo ese tiempo no vi a Anster. El resto me visitaba hablaba por teléfono pero él parecía estar distante. De hecho no estuvo presente cuando hice el examen closing, Lilyth fue la que me puso buena nota a petición suya. Durante ese breve encuentro no pude dejar de notar que la genio me tenía cierto rencor por haber puesto a su esposo, a su primo y a sus amigos en peligro. No sabía si debía disculparme no, lo dejé pasar y acepté mi diez sin rechistar. Quería ver a Anster, incluso fui a buscarlo a su estudio el último día de clases pero el lugar estaba vacío y la puerta cerrada con llave, un poco preocupada me alejé de allí. Cuando atravesaba los jardines de la universidad con paso lento y despistado, alguien me llamó con fuerza.
-¡Camila!- se trataba de André y para mi sorpresa no estaba vestido como de costumbre, mezclilla y sudaderas enormes, sino que traía puesto un traje de vestir negro. Lucia más pálido y extrañamente mayor. Ahora que lo pensaba… ¿Cuántos años tendría él en realidad?
-Hola.- saludé con cautela, mirando a mí alrededor. Anster me había recomendado, casi advertido, que no me acercara al enemigo… ¿Eso incluía a André también?
-Veo que te encuentras bien.- dijo con algo de vergüenza en la voz. Me miraba de arriba hacia abajo, buscando heridas. Como yo solo moví la cabeza afirmativamente, añadió.- Me enteré de lo que ocurrió hace unos días y quiero que sepas que lo lamento mucho y que en verdad estoy muy apenado por lo que mis amigos hicieron.- fruncí el ceño.- Me refiero a los lobos, ellos acudieron al llamado de Aubrey, sólo cumplían con su deber… además de que no estaban enterados de que precisamente tú eres la persona que Anster protege, por favor no los juzgues.
Aquello me cayó encima como un balde de agua fría.
-Yo… no… había pensado en los lobos.- respondí con un suspiro.- ni en ellos en algo de lo que paso esa noche. ¿Sabes por qué? No tengo intensiones de hacerme la vida aún más depressing, lo que pasó fue un error y ya no quiero pensar en eso.
-Pero pudiste haber muerto.- me recordó.- No quiero sonar como un padre tu hermano, porque no soy ninguno de los dos, solo quiero que pienses un poco en que si vale la pena quedarte aquí.
-André, solo respóndeme esto, ¿Estuviste allí esa noche?- le pregunté acomodándome la mochila en el hombro.
-No.- respondió.- Recuerda que te prometí que en mí podrías encontrar ayuda… y a esa promesa le sumo esto: yo nunca te lastimaré.
-Apenas me conoces.- dije con un suspiro.
-¿Y? Yo no necesito de años a tu lado para saber que algún día podrás recurrir a mí. – me miró y sonrió.- Hasta luego, Camila.- se despidió.
-Adiós.- dije yo a mi vez y lo vi a travesar el jardín rumbo a las oficinas de servicios escolares.
Un extraño pesar cayó sobre mí. André ya no me disgustaba en lo absoluto y sin embargo no podía dejar de sentirme inquieta en su presencia. Él period un lobo… un lobo y a pesar de que yo estaba del lado de sus enemigos seguía tratándome como siempre. Esa extraña lealtad no acababa de parecerme regular pues nunca le había dicho prometido algo… Lo mejor para los dos period ignorarnos a partir de ese momento.
Sin mucho ánimo salí a la calle y fui a la parada del autobús. Una vez arriba y cómodamente sentada miré la fachada de la universidad y suspiré. Si alguien me hubiera dicho todo lo que pasaría conmigo en cuanto cruzara la entrada no le habría creído. Me reí para mis adentros y dejé que ese autobús me llevara de regreso a la mansión. Cuando estuve dentro de los terrenos de esa enorme casa vi que la puerta estaba abierta, no me asusté pues en el acto percibí el aroma de la vainilla y la canela en el aire.
-¿Qué tal tus calificaciones?- preguntó en cuanto puse un pie en el vestíbulo. Estaba sentado a los pies de las escaleras.
-Regulares.- respondí cerrando la puerta tras de mí.- Supongo que mis abuelos no están.
-Supones bien, fueron a comer, regresaran por la noche.- dijo él, mirándome atentamente. Sus ojos fijos en mi me indicaban que quería hablar de algo… Comenzaba a conocerlo. Me senté a su lado y miré el suelo.- Veo que nos estamos entendiendo.- soltó con un suspiro.- Bien, antes de que me preguntes cualquier cosa, déjame hablar primero, por favor.
-Bien.- susurré y mi corazón comenzó a latir muy deprisa. Durante todos esos días sin verlo me había puesto a pensar en muchas cosas pero la más aterradora de todas period que debido a lo pasado, tal vez nuestro trato se había terminado.
-El consejo ya está al tanto del ataque que sufriste y también que los responsables son Aubrey y Brickdale, como éste último escapó sólo el fauno pagara por lo ocurrido, pero también tendrán que hablar con los lobos debido a su intervención en el asunto. Los reunirán a todos en unos días, allí se hablara de ti y de mí por supuesto, pero ninguno de los dos tendremos que asistir… y eso es un alivio porque estaré muy ocupado.
-Ocupado en fechas decembrinas.- solté con desparpajo.- Tú sí que eres todo un caso.
-Cuando los humanos festejan yo trabajo.- lo miré sin comprender.- No soy profesor de tiempo completo, de hecho la enseñanza es una mera máscara y una forma para que mis padres sepan que estoy bien, en realidad yo me dedico a otra cosa.
– Cosa que no me dirás.- sentencié.
-Si lo haré, pero no ahora. Por el momento necesito preguntarte una cosa y te lo pregunto porque quiero que de ahora en adelante seas tú quien decida qué hacer con su vida.
-Antes de preguntarme lo que sea que estés pensando.- solté, no tendría otra oportunidad como esta.- quiero saber porque te acercaste a mí.
Anster giró la cabeza y el cuerpo en mi dirección. Parecía que no quería responder pero lo hizo.
-Me acerque a ti… no, mejor dicho, hice que te acercaras a mi…porque te vi en una cama de hospital.- mi corazón dio un vuelco y mi memoria se activó.
Cuando despedí a mis padres en el cementerio, me negué a ir con mis abuelos y regresé a mi casa. Todo estaba en calma y mi firme propósito period meterme a la cama y dormir durante días pero en vez de eso, lo que hice fue ir directo a la cocina para sacar las tijeras del cajón de la alacena. Eran unas tijeras nuevas, todavía en su empaque y sus hojas estaban afiladas… Sin detenerme a pensar en que si aquello period lo mejor no, las saqué del plástico y con ellas me hice dos profundos cortes, uno en cada muñeca. Cuando la sangre comenzó a brotar abrí la llave del fregadero y puse las manos bajo el chorro del agua. En pocos minutos comencé a sentirme muy cansada y con toda la calma del mundo me senté en el piso, tomé de nuevo las tijeras e hice otros dos cortes. Dolía mucho, mis miembros temblaban y todo me dio vueltas. Me hice un ovillo bajo la mesa, pensando que muy pronto estaría con mi familia. Ni siquiera pensé en mi vida, no pedí perdón por lo que estaba haciendo, sencillamente quería irme de este mundo lo antes posible. Para mí no existe un cielo un infierno, lo único que espero ver después de morir, es la nada, la nada absoluta y un eterno silencio. Y creí que lo había conseguido pero desperté un día después en una cama de hospital en medio de la noche, con vendas en mis muñecas y un profundo agujero en el pecho.
-Yo buscaba sangre en aquel lugar.- dijo Anster.- estaba en el banco de sangre cuando una enfermera entro para sacar varias bolsas pues una chica estaba muriendo. Me dio curiosidad conocer a una suicida, esperé a que estuvieras sola y me acerqué a ti. Leí tu expediente, escuché a tus abuelos llorar por ti en la sala de espera. Hace dos días habían estado allí para llevarse el cuerpo de su hijo y su nuera y ahora tenían que pasar por una tercera muerte. Yo nunca he sido religioso ni piadoso, pero tampoco me considero un maldito… y pensé, mientras luchabas por irte, que sería bueno que pensaras las cosas un poco más. Tal vez en unos días la pena se haría menor y te darías cuenta de que podías seguir sin ellos pero algo me dijo que no podrías hacerlo sola… Mientras tú sanabas bajo la vigilancia de Nataniel, yo vine a este mismo lugar, vi estas mismas escaleras y supe que la paz de mi hogar te ayudaría a sanar. Le vendí la casa a tu abuela para que te trajera aquí y le recomendé la universidad… -suspiró.- Y henos aquí ahora.
Mi pecho ascendía y descendía con rapidez, la mente estaba revolviéndoseme y mis ojos no dejaban de abrirse ante aquello que mis oídos habían escuchado.
-Tal vez pienses que yo no tengo el menor derecho en decidir por ti.- dijo él.- y sé que no debo hacerlo, fue un error evitar que te mataras pues es lo que querías pero… quise que experimentaras el dolor por un simple motivo. La pena te enseña todo lo que necesitas saber para poder vivir… A los veinte años no sabes absolutamente nada del mundo y no estás capacitado para decidir si tu vida debe terminar no. En un futuro, podrás saber si quieres dejar el juego seguir en él, pero ahora no Camila. Como te lo dije en el bosque, aún no ha llegado tu tiempo.- Anster acercó su mano a la mía. Clavé mis ojos en los suyos.- Perdón si te arrastre a un lugar al que no querías regresar.
No podía pensar con claridad. Aquello era tan extraño, tan confuso y tan doloroso que lo único que podía hacer period tratar de calmarme. No sabía si estaba furiosa, sorprendida asustada, todo eso a la vez, quizá simplemente maravillada porque un extraño quería que siguiera aquí. Después de un momento pude expresar algo coherente.
-Que me hayas metido a tu mundo… tiene que ver con tu deseo de que yo viva… ¿no es así?
-La vida humana te llevo al suicidio, pienso que la mágica puede ayudarte.- respondió.
-¿Y si resulta peor?- aventuré.- qué tal si me maravillo tanto con esta vida y el consejo no me acepta aquí… ¿no crees que ya no podría volver al mundo que rechacé?
-La gente no debe morir joven.- dijo con fuerza. Entrecerré los ojos. Allí había algo más.- Estás en tu derecho de no querer seguir adelante con el plan.
-No tengo otra cosa mejor en puerta.- respondí con aparente calma, aunque por dentro estaba muriéndome de pena.- Además pienso que tu deber es mantenerme ocupada ya que tu decidiste tenerme aquí…- aquel extraño profesor enarcó una ceja.- ¿Qué quieres preguntarme?
-Eres muy rara, Camila.- dijo.- pero no importa… me agrada que seas así, pero me gustaría que en un futuro me dijeras cuando notes que hay algo extraño.- del inside de su chamarra sacó un nuevo teléfono celular y me lo ofreció.- Como te quedaste sin el tuyo quiero que tengas éste.- No lo tomé.- No es un regalo, sólo es una forma para que estemos comunicados.
-Bien.- lo tomé sin prestarle mucha atención.- Al fin podré llamarte en lugar de esperar a que te aparezcas.
-Así soy yo.- dijo con una media sonrisa.- Tengo muchas cosas que hacer y cada vez que me aparezco aquí es porque tengo un poco de tiempo libre, pero en el siguiente mes no podré venir y si soy sincero me inquieta que los faunos intenten hacerte algo de nuevo. No quisiera sonar pretensioso pero soy de los pocos seres que pueden contenerlos… La cosa es que quiero que me acompañes.
Una sonrisa asomó a mis labios.
-¿En verdad quieres eso?- solté.- Somos muy tercos y apáticos…
-Lo sé pero no confío en nadie más para cuidarte que no sea yo.- dijo como si aquello terminara con la conversación.
-¿Cuidarme?- solté una risotada.- Siento que soy una estúpida muchacha que en cualquier momento va a caer de cabeza a un hoyo en la tierra. Puede que no sea muy inteligente fuerte pero se cuidar de mí. Si tu estas lejos no voy a deprimirme a recurrir al primer par de brazos que se me acerquen. Ni a querer buscar formas estúpidas e lógicas de atraerte… No soy de esa clase de personas que se deleitan en la autocompasión, Anster. Ve con calma, estaré bien.
Él no insistió más. Se despidió y salió con paso decido pero antes de que cruzara el umbral de la puerta me levanté para detenerlo.
-No sé bien quién eres ni lo que pretendes hacer conmigo, pero no tengo otro lugar al que ir. Perdí mi hogar y a mi familia, y aunque tengo a mis abuelos, me siento sumamente sola… y lo único que hace que ese sentimiento se vaya… eres tú. No se muchas cosas y casi no he visto mundo pero si crees que seré buena compañía, acepto ir a donde quiera que tú vayas.
Anster asintió levemente con la cabeza. No dijo nada más pero me miró con atención, con fijeza, pensando en mil cosas a la vez. Con suavidad acarició mi cabeza y se fue, dejándome allí.
Constance fue a recogerme por la noche. Mi abuela creyó que pasaríamos unas semanas en la playa, y que regresaríamos después de Navidad, pero de nuevo, eso fue una mentira. La bruja me llevo hasta la carretera, allí estaba Anster quien tomó mis maletas y las puso en la cajuela mientras yo me despedía de esa mujer de cabello azul que me agradaba tanto. Prometió llamarme una vez al día y recogerme en aquel mismo punto para regresarme a la mansión.
-¿Lista?- me preguntó él cuando nos quedamos a solas.
-Si… ¿puedo saber cuál es el destino?
-Todavía no.- respondió encendiendo el auto.- pero en cuanto lleguemos al aeropuerto internacional lo sabrás.
-Esperar a que las cosas lleguen y luego preguntar.- gruñí.- Ya me voy dando cuenta de cómo opera tu mente.
Anster me miró y suspiró. El automóvil se puso en movimiento y yo me hundí en el asiento, respirando profundamente. Ninguno de los dos vimos el bosque la pequeña ciudad que dejábamos atrás.
Pensé entonces que caminar sola… period lo que había hecho a lo largo de los años. Cada compañero que seguía mi camino desaparecía de una u otra forma. ¿Si esto ocurrirá por siempre, por qué he de aceptar la ayuda de un ángel que volará cuando su misión a mi lado haya concluido? ¿Debería arrancarle y convertirlo en mi demonio para que permanezca a mi lado por la eternidad?
Mayo 2009
Cuando llegue a clase de rítmica el lunes por la mañana, un frío glacial me recibió en el pasillo. Todo el terreno que rodeaba a la universidad estaba cubierto de una especie de llovizna que se había convertido en pequeños cristales en forma de gota. El cielo estaba blanco como si fuera a nevar, pero descarte eso de inmediato. Nunca había visto la nieve, así es que no podía saber cómo era un cielo antes de nevar. Subí al salón a toda prisa para calentarme un poco las piernas, y para mi mala fortuna, todo volvía a estar lleno de pupitres, y con fastidio pensé que el profesor Binns, si el viejo profesor había vuelto pero no, allí estaba Florence, flotando como de costumbre de un lado al otro de la pizarra, enfundada en un grueso abrigo rosa pastel.
-Buenos días, Camila.- me saludo con una sonrisa, poco antes de que el resto de la clase llegara.- Bueno, como no podemos hacer otra cosa más que usar el pizarrón, veremos un poco de rítmica hoy, ¿Se dan cuenta que hemos dejado ese tema completamente olvidado?
La profesora tomo un gis azul y comenzó a escribir una canción en el pizarrón. Me fije que escribía con la izquierda porque la mano derecha tenía una venda en la muñeca.
El resto de las clases resultaron tan aburridas como de costumbre… pero cuando llego la hora A (Anster) me alejé de los fríos edificios para internarme en los dominios de mi amargado profesor. Aun no podía creer que fuera hijo del encantador director Fitzgerald, pero lo era, period su primogénito, de hecho su único hijo. Tal vez la madre fuera la del carácter de los mil demonios, un tío, que sé yo. Me reí entre dientes de la pobre señora Fitzgerald que tenía que lidiar con ese engendro cuando alguien en especial apareció de la nada, haciéndome brincar del susto. Era Anster que me miraba desde un metro de distancia.
Parecía tranquilo, incluso feliz cuando me acerque un poco más. Aquella ocasión solo portaba un pantalón negro a la medida y una delgada camisa coloration vino.
-Buen día.- salude no muy segura de eso porque el clima daba asco, pero él sonreía abiertamente, bueno, todo lo abiertamente que permite una sonrisa que solo necesita de los labios.
-Estupendo.
Estaba feliz. Eso period un hecho… ¿Por qué diablos sonreía así? En verdad, daba miedo… pero me perturbo aún más cuando me miro de tal forma que mi corazón se detuvo un segundo. Sus ojos grises se iluminaron como un par de luciérnagas en medio de la noche. No puedo decir si eran hermosos no, pero si impresionantes porque estaban tan llenos de vida y frialdad a la vez que dolía mirarlos por mucho tiempo. Pero… me sentí bien mirándolos.
-Respira.- me dijo en voz baja.
-Pero si…- había dejado de respirar. Sentí como el aire entro de forma dolorosa a mis pulmones.- Gracias.- solté con voz rasposa.- ¿La clase ya comenzó?- pregunté, restándole importancia a la falla en mis signos vitales.
-Faltan veinte minutos.- respondió él sin dejar de mirarme.- Eres nueva aquí.- sentenció.
-Es obvio. Soy de primer ingreso.- solté con un suspiro de irritación.
-¿De dónde vienes?
-De un lugar muy lejos de aquí.- respondí, dándole a entender que no se metiera en el terreno private.
-Se más específica.- pidió, mirándome sin parpadear ni una sola vez… ¿ lo hacía cuando yo parpadeaba?
-No.- dije con fuerza.
No me agradaba la concept de intimar con un extraño tan extraño como ese, pero aún así prefería que me preguntara de mi procedencia en vez del materials del que estaban hechos los pianos del siglo XIX. Ante mi respuesta, sonrió y se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
-Eres una persona muy cerrada.- comento, mirando a su alrededor.- Y no solo para conversar, sino también para aprender. No te sientas especial, no eres la primera a la que le pasa algo así, más bien, me pareces del montón.
-¿Cómo cube?- solté ofendida. Ya me había aprendido la mayor parte de su estúpido libro.
-¿Crees que miento?- me preguntó con lentitud, ladeando un poco la cabeza.
-¿Qué? Yo no dije eso… solo que…- me miraba tan intensamente que me costaba hablar, pero pude decir.- Puedo tocar la melodía que nos enseñó la semana pasada sin equivocarme.
-Bien, pongamos a prueba tus dotes musicales.- dijo él con calma. Fuimos a la sala donde se encontraban los pianos y me indico que me sentara frente al negro de media cola.- Comienza… por favor.
Anster se colocó frente a mí, al otro lado de la habitación y miró un punto cercano a mi hombro. Me acomode en el banco y contemple las teclas como si fueran enormes gusanos blancos que se retorcían bajo mis dedos. Respire hondo un par de veces, tratando de entender por qué solía meterme en esta clase de problemas, y aún más en ésta, cuando ni siquiera había practicado en un piano de verdad sino en el viejo teclado del abuelo.
Localice las primeras teclas con las que comenzaba la melodía, la cual no era tan difícil. Toque un par de notas con inseguridad pero al ver que me habían salido bien, continúe. Era easy y alegre. No podía creer que mis dedos supieran donde colocarse exactamente. Cuando termine, sonreí triunfante y mire al profesor. Éste tenía el rostro completamente inexpresivo. Estaba quieto y por un momento creí que iba a gritarme.
-No estuvo mal.- comentó con la misma expresión.- pero tienes que mejorar… mucho… demasiado. Te espero en el salón.- añadió antes de dejarme sola en esa habitación.
¿Por qué siempre lograba perturbarme más de lo que ya estaba?, me pregunté mientras tomaba mi mochila del suelo.
La clase fue más animada que de costumbre: Anster salió un par de veces. Cuando termino, salí tan rápido como de costumbre. Y al caminar un par de metros lejos de esa casa, sentí la mochila más ligera de lo regular. Revise mis cosas y me di cuenta de que mi valioso ejemplar de Piano 1 se había quedado en el salón. Desanduve lo andado y levante una mano para llamar a la puerta, pero me detuve. Adentro se escuchaban gritos. De inmediato reconocí la voz de Anster y la de mi profesora Florence.
-No digas tonterías.- dijo la voz del profesor, notablemente divertido.- él no tuvo la culpa.
-¿Qué no la tuvo?- replicó Florence.- Si no hubiera sido por sus absurdos inventos, yo no me habría lastimado la mano. ¿Acaso no se da cuenta que vivimos en el siglo XXI? Cualquiera pudo haber llamado a la puerta para curiosear, peor aún la policía pudo haber llegado.
-No debes culparlo de todo. Yo se lo pedí.- trato de tranquilizarla el hombre.
-¿Cómo no se me ocurrió antes? – Exclamó ella.- Eres su eterno defensor, su maldita tapadera… pero espero que sigas así el día en que lo descubran. Y no sólo a él, sino a toda la familia. Ya me imagino el espectáculo que dará la familia Fitzgerald, avanzando por el juzgado mientras todos nuestros enemigos se burlan y se alegran de que ya no estemos. En cualquier momento nos visitaran ¿Y por qué? Porque tú y tu hermano no pueden controlarse.
-Que merciless. Florence… si pasa eso tendré que llevármelo de aquí… de nuevo…
-A veces pienso que eso sería lo mejor, que él pero en especial tú, se marcharan de aquí. Definitivamente. ¿Sabes algo? Creo que ya es tiempo de que tomes tu verdadero lugar y dejes de jugar al profesor. No te queda bien lidiar con niños. Lo tuyo, es comandar ejércitos y llevarlos a la victoria. Por cierto, alguien te busca.
Nadie hablo. Trate de alejarme lo más rápido que pude pero apenas había movido un pie cuando la puerta se abrió de golpe y Anster apareció.
-¿Necesita algo, señorita Dresden?- preguntó con fingida calma.
-No…, bueno, sí.- balbuceé.
-No te desquites con ella.- dijo Florence, quien se acerco a la puerta. Me miro y sonrió.- Tranquila, no escuchaste nada malo, solo la ineptitud de mi esposo y la estupidez de mi hermano. Nos vemos después, Anster, Camila.- y con un suave paso, salió del estudio y camino hacia los jardines.
Anster y yo nos miramos.
-Olvide mi libro.- murmuré, rascándome la cabeza.
-Aquí tienes.- dijo él, ofreciéndome el volumen.
-Gracias.- le dije mientras lo tomaba, y sin poder contenerme, pregunte.- ¿Es su hermana?
-Sí.- respondió con lentitud.- ¿Por qué?
-No se parecen.- solté de golpe.
-Es que me tiño el cabello y uso lentes de contacto grises.- replicó con una sonrisa desagradable… como las de siempre.
-No es cierto.- repliqué, mirándolo atentamente.- Sus ojos son como los del director: grises.
-¿Te has puesto a compararme con los miembros de mi familia?- soltó con enfado.
-No… bueno, sí. Es que me pareció curioso que usted… precisamente usted fuera hermano de la profesora porque sinceramente creí que si period algo suyo, sería una esposa algo así.
Sonreí para no reírme, pero de inmediato sentí un desagradable calor en la cara. Tal vez había metido la pata de nuevo…
-Cualquiera podría pensar lo mismo.- solté para justificarme.- ¿Verdad?
-No.- y se cruzó de brazos, abandonando todo asomo de humor.- Florence es mi hermana. Así nos comportamos pero nadie había malinterpretado nuestra relación.
-Supongo que me confundí.- murmuré, deseando evaporarme al momento.
-Un poco… pero te aviso que tengo una prima.- soltó él con frialdad.- Para que no pienses que es mi amante algo por el estilo.
Asentí en silencio. Yo tenía la culpa por entrometida. Levante la mano para despedirme y di media vuelta para largarme de allí. Salí a la calle y espere el autobús de costumbre, el cual, estaba tan lleno como de costumbre, pero al menos logre entrar y no ir colgando de la puerta. Cuando vi que me acercaba a la mansión, hice lo imposible para salir de allí. Me retorcí y logre salir… pero sin mi mochila.
-¡Hey!- grité y logré jalar una de las correas antes de que el autobús arrancara. Verifique el daño pero no period tan grave, solo se había descocido un poco.
Camine por la acera, pero ahora que me fijaba, estaba a una calle de distancia. Entonces notice que alguien observaba mi casa desde la acera de enfrente. A medida que me acercaba, distinguí la figura de Anster. ¿Qué hacía allí?
-¿Olvide algo más?- pregunté desde la esquina. Era obvio que no, pero quería saber que lo traía a mis dominios.
-¿Qué haces aquí?- preguntó con brusquedad al verme.
-¿Qué hago aquí?- solté enojándome de verdad.- Pues vivo aquí. ¿Tiene algo de malo?
-¿Desde cuándo?- de nuevo comenzaba a interrogarme.
Me detuve justo frente a la entrada y me cruce de brazos. Allí había algo raro, pero decidí responderle.
-Dos meses… vine con mis abuelos.- sus ojos iban y venían de la casa blanca a mi.- ¿Qué le pasa? Hoy da más miedo que de costumbre.
-No pasa nada.- susurró. Sus ojos se detuvieron sobre los míos para después inspeccionar el resto de mi cara.- Disculpa que haya venido así. Te veo mañana, Camila.- y subió a un hermoso auto negro deportivo que se alejo a toda velocidad.
Camila. Period la primera vez que me llamaba por mi nombre… de cualquier forma. ¿Mañana? Mañana era martes… día no Anster.
Y muy tarde comprendí que no se refería a vernos precisamente en una de sus clases.
Durante la mañana del martes me la pase tan inquieta que ignore al mundo por completo. Cuando salí de mi última clase vi a Anster discutir con una mujer en medio del pasillo. Bendita la hora en la que había tenido la suerte de verlo pelear con sus mujeres…
-No va a pasar nada malo.- decía él entre dientes.
-Tú no lo sabes.- lo contradijo una hermosa mujer de un cabello tan negro como el suyo que le llegaba hasta los codos. Vestía un traje sastre rojo sangre.- ¿Qué pasa si lo recuerda todo?
-No lo hará.- afirmó el apretando los puños.- Florence…- pero su frase quedo en el aire al darse cuenta de que lo miraba. Me sonrió.
Dios mío aquel hombre estaba loco. Mire a mí alrededor para buscar una ruta de escape pero en cuanto la mujer que hablaba con él se giro para mirarme, me quede quieta, igual que una rata que siente la presencia de alguien cerca, muy cerca de ella. La mujer era blanca y de ojos azules… unos ojos azules que me evaluaban.
-Buen día Camila.- me saludó Anster con una inclinación de cabeza. Ni un solo cabello se le movió. Volví a pensar que en verdad, cómo esa cosa pálida podía ser hijo del encantador y dulce director.- Te presento a Lilyth, mi prima-hermana.
Asentí en señal de reconocimiento. Esa mujer era muy parecida al otro. Igual de altos, igual de pálidos, igual de raros.
-¿Qué tal, Camila?- sonrió la mujer y su expresión cambió por completo. Parecía tan angelical como Florence, pero tuve mis reservas. Me miro un momento y después se dirigió a su primo-hermano.- Espero que sepas lo que haces.- y se dirigió al último salón del pasillo.
Cuando nos quedamos solos… ahora que lo pienso, cada vez que se pelea con alguien, yo soy la que se queda con él. Cuando nos quedamos solos… Anster me miro poniéndose muy serio.
-¿Tienes algo que hacer después de la escuela?
-Sí.- mentí, y él lo supo.- Bueno, no… ¿Quiere hacerme practicar hasta que me sangren los dedos?
-Lo que quiero que pierdas, es la razón.- abrí los ojos sorprendida.- pero no por tocar el piano. Acompáñame por favor.- un destello malévolo ilumino su mirada.
-Claro que no.- me rehusé de inmediato.- Usted está rematadamente loco.- me di la vuelta y corrí hacia las escaleras. Pero ese profesor y sus largas piernas me cerraron el paso. Estábamos completamente solos en aquel piso. Nadie podía ayudarme, pero gritar serviría para alertar a quien fuera.-Déjeme pasar.- gruñí, apretando los dientes, pero él solo sonrió.- ¿Qué, no oye?
Esa sonrisa se acentuó. Retrocedí un poco.
-Por favor, acompáñame, necesito hablar contigo de algo verdaderamente importante. – Me negué.- Te lo suplico.
Me acomode la mochila en el hombro y evalué la situación. Irme acompañar a mi attractive pero demente profesor a un lugar desconocido… suspire resignada. Una parte de mi creyó que aquello period una pésima concept, la parte que suele ser la de no conciencia, pero la otra, la rara, me empujo a caminar tras él. Me intrigo su comportamiento obsesivo-compulsivo hacia mí. Así es que lo acompañe hasta su estudio pero no entramos sino que lo rodeamos. La parte trasera tenía una especie de columpio para dos desde donde se veía un camino que llevaba a las profundidades del bosque.
-¿Puedo preguntarte algo?- me dijo de repente.
-Claro, por eso estoy aquí, ¿No?- gruñí mirando el trozo de bosque que allí había. Aquella construcción era muy parecida a la mansión de los abuelos. Me intrigo.
-¿Qué imagen tienes de mi?
Me detuve y lo miré. Estaba más loco que una cabra.
-Me refiero.- dijo con suavidad.- a qué clase de persona crees que soy… y no te sientas obligada a decir algo que no sientas. No tomare represalias contra tu calificación.
Lo mire un momento más, un minuto a decir verdad.
-Pues creo que usted…
-Háblame de tu.- me indico con un dejo de dulzura en la voz.- te he cuestionado bastante como para que aun me tengas respeto.
Ah, en ese caso…
-Pues creo que eres un actual y completo imbécil.- solté de un tirón.
Anster se detuvo y parpadeo un par de veces.
-Bien…- carraspeo un poco.- ¿Algo más?
-Sí, además de lo imbécil odio que las personas dispongan de mi tiempo como se les venga en gana. Además, odio que me trates como basura… ah, y que te aparezcas en mi casa y te largues sin más. ¿Eso qué fue?
El profesor movió la cabeza negativamente.
-¿No era eso lo que querías escuchar?
-No exactamente.- soltó con frialdad.
-Bueno…- tal vez me había excedido un poco.- No sé. No ha pasado mucho tiempo como para conocerte realmente, pero esa es la impresión que tengo de ti. Quejas a decir verdad… pero tal vez se deba a tu faceta de profesor… la cual es muy aburrida.
-De lo contrario nadie me prestaría atención y las alumnas se limitarían a ir a mis clases solo para verme.- soltó con descaro.
-¿Crees qué eres guapo?- pregunté no muy convencida de ello.
-Sácame de mi error entonces.- Se acercó más de lo normal. Pude distinguir cada una de sus pestañas, y el sonido de su respiración me llego claramente a los oídos.- ¿Sabes que no eres la primera mujer que me encuentra imbécil?
-¿Preguntas muy seguido?- le dije, sin apartar mis ojos de los suyos.
-Sí, cada vez que me siento inquieto me encuentro frente a alguien diferente…
-¿Crees qué lo soy?
-Si… Otra en tu lugar ya me hubiera besado debido a lo juntos que estamos, al menos se le hubiera alterado el ritmo cardiaco, pero tú, estás más tranquila que antes…. ¿Te gustan los hombres?
-¿Qué?
Sonrío.
-Solo bromeaba.
Me impresiono mi autocontrol. En otro momento y con alguien más hubiera salido corriendo, pero con él, me daban ganas de quedarme así, uno frente al otro, separados por unos centímetros sin otra cosa que hacer más que mirarnos.
-Eres extraña.- continuo, mientras el cielo se nublaba por encima de nuestras cabezas.
-Mis padres decían eso.- susurré, recordándolos de repente.
-¿Por qué vives con tus abuelos?- pregunto sin más.
-Porque son mi única familia viva.- le respondí con tono sombrío.
-Lo siento.- dijo él. Y se alejo un poco. Pestañeó y sus ojos brillaron.- A veces no me doy cuenta de que el mundo no gira a mi alrededor.
-Eso es bueno. Te hace menos imbécil.
Sonrió y se alejo por completo. Lo miré sentarse en el columpio, y entonces caí en la cuenta de que acababa de hablarle de mis padres sin ningún asomo de duda… Con un movimiento de la mano me indico que me sentara a su lado.
Dudando, me senté con cuidado. Mi espalda pego con el respaldo y aguarde el golpe contra el suelo pero el columpio parecía fuerte.
-Tranquila.- susurró Anster cerca de mi hombro. Lo mire de nuevo… creo que si era guapo.- ¿Por qué decidiste estudiar música?
La misma platica de André, pensé.
-La verdad fue para molestar a mis padres y hacerlos gastar más dinero del que teníamos… al principio no me importo pero cuando vi que papá comenzaba a trabajar turnos dobles, me sentí culpable y pensé estudiar otra cosa más productiva pero eso hubiera sido empezar desde cero y gastar más dinero.
-¿Y quién paga tus estudios ahora?
-Mis abuelos paternos son ricos… y a veces… me siento incomoda viviendo en ese lugar.- confesé.- No es que esa casa sea fea, me gusta mucho en realidad, pero no la siento mía.
-¿Cómo llegaste hasta allí? Platícame.
-No sé por qué mis abuelos eligieron este lugar…- lo mire.- pero cuando lo hicieron, esa casa era lo único disponible que había.- Anster estaba pensativo.- ¿Qué hacías ayer en ese sitio?- no dejaría pasar aquello.
-Contemplaba mi antiguo hogar.- respondió con sencillez.
-¿Viviste allí? – el ritmo cardiaco se me disparo.- ¿Cuándo?
-Hace mucho.- murmuró, mirándose las blancas manos de nudillos rosados.- Tal vez cuando tus abuelos aún no nacían…- y sonrió.
-No te ves tan viejo.- le dije, creyendo que me hablaba en broma, pero siguió mirándose las manos.- ¿Qué edad tienes?
-Veintitrés.-giró la cabeza hacia mí.- ¿Y tú?
-Veinte… pero, un momento.- lo miré de nuevo.- ¿veintitrés? Eres muy joven para ser profesor y subdirector, ¿no te parece?
-Sí, pero tengo influencias para poder trabajar aquí.- sonrió.-Anda continua.
-¿Por qué dices que viviste allí hace mucho?- resoplé.
-No me hagas caso… tengo un humor extraño.- me aseguro moviendo la cabeza afirmativamente, como si ese movimiento autentificara la veracidad de sus palabras.
Asentí. En realidad su personalidad parecía la de un niño de diez años, y su rostro era tan joven…. Me mentía y tal vez tenía mi misma edad… pero ya era profesor…
-¿Solo venimos a hablar de mí?- tenía que cambiar de tema antes de que me pusiera a contemplar la veta verde de sus ojos.
-¿Te molesta?- volvía a sonreír.
-Si.- afirme.- porque es raro que un profesor se comporte así con una alumna… Deberías ignorarme como el resto, me haces caso… ¿Eres un pervertido?
-No… Tú y yo somos más que un profesor y una alumna.- afirmo y se recargo en el respaldo del columpio. Comenzó a mover los pies, balanceándose.- ¿Te inquieta?
-Sí, mucho. Tú y yo no nos conocemos y francamente deseo que las cosas sigan así. No te ofendas pero además de imbécil, te sobrevaloras.- me deje mover hacia atrás y hacia delante mientras el viento helado jugaba con la copa de los arboles.- ¿Qué es eso de hacerte amigo de una alumna que acaba de llegar? ¿No te parece un poco raro e idiota? Discúlpame pero es que yo no me trago eso de que Tú y yo somos más que un profesor y una alumna”, suena a mala novela romántica.- y no pude evitar reírme.
Él me miro con enfado, pero pronuncie más mi sonrisa.
-¿Quieres sinceridad?- asintió.- No me creo ni una sola de tus palabras, profesor Fitzgerald. Francamente pienso que te traes algo muy extraño entre manos, y es algo que no quiero saber.- me levante de un salto del columpio.- Ahórrate todo este circo y limítate a ser solo mi profesor. Es más cómodo y fácil.
-¿Y si no quiero?- me reto, levantándose también. Pero a diferencia de mi, él si se acerco aun más.- Respóndeme, Camila.
Agache la cabeza y me mire los pies, pero no en señal de timidez, sino para respirar hondo. Volví a levantar la cabeza y sonreí.
-Te vas a arrepentir.
Di media vuelta, y me marche de allí lentamente.
-¿En verdad lo crees?- susurro.- Porque en realidad… ya estoy arrepentido por haberte metido a mi vida.
Camila despertó enredada en las sabanas, aunque no recordaba haberse dormido bajo ellas. Las hizo a un lado con las piernas y fue a darse un baño.
El cuarto de baño era un poco, pero solo un poco más pequeño que el resto de su habitación, cosa que le molestaba ya que le recordaba de nuevo las carencias que había sufrido tiempo atrás. El piso era de mármol y las paredes tenían algunos vitrales que representaban la mañana, el día, la tarde y la noche. Eran enormes. Ocupaban toda una pared yendo del piso al techo…
Les dio la espalda para quitarse la ropa y meterse sin miramientos a la tina de porcelana y allí se quedo un momento, quieta, sintiendo como el agua caliente le golpeaba la piel. Cuando salió de allí, se envolvió en una toalla y regreso a la habitación para dejarse caer en la cama… pero de inmediato se levantó para buscar ropa y comenzó a vestirse. Cuando bajo a desayunar encontró el comedor desierto al igual que la cocina, pero en la barra una nota la esperaba:
Tu abuelo y yo tuvimos que salir a arreglar unos asuntos referentes con la venta de nuestra casa en la ciudad. Llegaremos por la noche y por favor, trata de no matarte en nuestra ausencia.
Camila leyó la hoja un par de veces más y después la estrujó con la mano para tirarla a la basura.
Matarme- pensó ella.- ¿Qué piensan? ¿Qué acaso tengo diez años que soy una suicida en…? – suspendió esa pregunta porque sus abuelos si tenían serias razones para preocuparse- Esta casa es tan tranquila como yo…
Camila tiene un gran defecto: piensa que lo único raro en el mundo, es ella. Salió de casa para ir a la escuela sin fijarse que los vitrales del baño habían cambiado. Los cuatro mostraban la imagen del día pero con una diferencia: uno period en un bosque, otro en un campo, otro en la ciudad y el último representaba un lugar cubierto de nieve…
Mientras el autobús se sacudía por la accidentada calle, Camila repasaba mentalmente sus clases y recordó que aquel día tendría que presentarse a clase de taller. Cuando avisto el edificio de la universidad, se levantó de inmediato y se abalanzó hacia la puerta para bajar., pero no evito darle de golpes a las personas que colgaban de la puerta. Miro su reloj de pulsera y maldijo por lo bajo. Iba tarde y corrió hasta el edificio 3 para tomar la clase de rítmica de la mañana pero cuando entró se llevo una sorpresa.
En vez de los acostumbrados pupitres que miraban en dirección a la pizarra negra, el aula estaba llena de colchonetas azules, como las que uno ve en las clases de educación física. Ella se preguntó si no se habría equivocado de salón, e incluso salió y comprobó el número de aula con el de su horario y ambos correspondían.
-Estás en el salón correcto.- dijo una voz femenina desde el interior del salón.
Camila volvió al salón y abrió la boca llena de asombro. La persona que le había hablado era una joven… al menos eso pensó Camila al ver la delicadeza reflejada en los rasgos de aquel ser.
Period alta, debería de medir un metro ochenta y delgada, rubia y de ojos azules como el cielo, y su piel se veía del mismo colour y textura que la de un melocotón. Al ver mi expresión sonrió y yo cerré la boca de inmediato. Sus dientes eran tan pequeños y blancos que me dieron ganas de felicitar a su dentista.
-¿Qué clase es esta?- murmuré, echándome la gorra hacia atrás.
– Originalmente rítmica, pero el profesor Binns tuvo que salir de viaje por asuntos personales. Yo me haré cargo de la asignatura.- me explicó la joven acercándose con elegancia hasta donde estaba. Cuando la tuve más cerca comprobé que su rostro parecía el de una niña.- Soy la profesora Florence Buckland, ¿Y tú, cuál es tu nombre?
-Camila Dresden.- musite un poco incomoda por su apariencia tan perfecta.
-Mucho gusto, Camila. Siéntate y espera al resto de tus compañeros.
Así lo hice, y desde mi nueva posición comencé a mirarla furtivamente. Iba y venía por el salón abriendo las ventanas para que la luz de la mañana iluminara la estancia. Sus movimientos eran fuertes y seguros, cosa rara ya que se veía como una muñeca de porcelana que fuera a romperse en cualquier instante. Cuando el salón estuvo lleno y todos los colchones ocupados, la profesora hablo:
-La mayoría de ustedes me conoce, y a los que no, mi nombre es Florence Buckland. Seré su profesora de rítmica y danza, por lo menos hasta las vacaciones decembrinas, ¿Dudas?- como nadie abrió la boca, añadió.- Todos pónganse de pie, quítense los zapatos y por parejas, súbanse a las colchonetas, por favor.
Al salir de la clase tuve que detenerme un momento en el pasillo ya que los músculos de mis piernas amenazaban con deshacerse si no tomaba un respiro. Nunca había comprobado la elasticidad de mi cuerpo como lo hice en esa clase… como cuando conocí a Florence Buckland.
Con paso lento, me encaminé a mis demás clases hasta que llego el momento de ir al taller de música. El salón no estaba en ninguno de los edificios, sino que se encontraba en una pequeña casa al fondo de la escuela. Esa casa era de dos pisos y parecía muy antigua. Me acerque con cautela y llame a la puerta. Mientras esperaba, notice que el sol cualquier muestra de vida era algo que no aparecía por ningún lado. Comencé a sentir frío y saque mi chamarra de la mochila. Cuando subí el cierre, la puerta se abrió.
-El registro de los talleres es en las oficinas del vestíbulo.- dijo nada más y nada menos que el sujeto de ojos grises que había visto el lunes pasado. Su voz… period totalmente extraña, pero se parecía a él: grave, profunda y estremecedora, y aún así, suave como un murmullo como la voz de una madre cantando una canción de cuna para su inquieto bebé. Pero también, period como un grito que se produce en completo silencio. Y aunque su tono period regular, sentí como si me hubiera gritado directo en los oídos, incluso me encogí un poco.
– Ya lo sé.- respondí de inmediato y sentí una punzada de furia, pero no supe por qué.-Me inscribí en el taller de piano y según el horario… la clase es aquí.
El joven frunció el ceño durante un segundo pero después sonrió, curvando las comisuras de sus delgadísimos labios rosas. Rosas… como el tono de las verdaderas rosas coloration rosa.
-Pasa.- se hizo a un lado para dejarme entrar y así lo hice. Me encontré en una especie de estudio.
Las paredes estaban revestidas con madera, y de ellas colgaban decenas de repisas llenas de gruesos libros empastados en piel. En el centro de la estancia había un par de pianos de media cola que descansaban sobre la brillante duela del piso. La pieza se iluminaba gracias a una lámpara en forma de hongo que colgaba del oscuro techo.
-¿Y el profesor?- pregunté después de hartarme de mirar los pianos. Aquel joven que miraba con aire distraído por la ventana, apoyado en uno de esos pianos, me perturbaba. Sus largas pestañas proyectaban una tenue sombra sobre sus ojos…
-Mucho gusto.- dijo él. La cabeza se me embotó.- Anster Fitzgerald.
-Tu…- se me hizo un hueco en el estomago.- ¿Tu eres ese tipo?- el muchacho arqueó las cejas.- Digo, esa persona…
-Limítate a conocerme como tu profesor de piano 1.- dijo él con una expresión de lo más tranquila y caminó hasta la otra habitación (que no había notado) en la que había al menos diez alumnos esperando. Me sentí idiota de repente, pero tome asiento en un pupitre al fondo del salón.- Ahora que todo el grupo está completo.- sus ojos gris acero se clavaron en los míos durante un segundo.- Pondremos las reglas del curso. Este es un taller que dura dos años, con tres clases de dos horas por semana. Antes de que comencemos a tocar, deberán aprender más de la mitad de la teoría, ¿Entienden?
Todos menos yo, asintieron con la cabeza. Tal vez, al igual que yo, les daba un poco de miedo.
El profesor Anster salió un momento de la habitación y al minuto regreso cargado de gruesos y posiblemente, pesados libros empastados en cuero negro. Uno a uno los fue repartiendo, sonriendo y diciendo De nada”, pero cuando llego a mi lugar, deposito el libro con suavidad sobre la mesa y se alejo sin decir ni una sola palabra. Durante las siguientes dos horas nos limitamos a leer y comentar dos capítulos del libro que trataban sobre la historia del piano.
Piano, instrumento de cuerda con un teclado derivado del clavicémbalo y martillos y cuerdas derivados del dulcémele. Difiere de sus predecesores, sobre todo, en la utilización del sistema del martillo impulsado hacia las cuerdas por la tecla, que permite al intérprete modificar el volumen mediante la pulsación fuerte débil de los dedos. Por esta razón el primer modelo (1709) se denominó gravicembalo col piano e forte (‘clavicémbalo con suave y fuerte’). Su creador fue Bartolomeo Cristofori (1655-1731), fabricante de clavicémbalos florentino, al que se considera inventor del instrumento en 1698. Dos de sus pianos han llegado hasta nuestros días. La caja de uno, fechada en 1720, está en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York; la otra, de 1726, está en el Museo de la Universidad Karl Marx de Leipzig.
Al terminar la clase, ese hombre de cabello negro levantado en las puntas, se levantó con elegancia de su escritorio y sin dirigirse a nadie en particular, anunció:
-Hasta la próxima semana. Sean puntuales, por favor.
Salí de aquel salón lo más rápido que pude, preguntándome por qué habría clase hasta el siguiente lunes si se suponía que la siguiente period el miércoles. Iba pensando en eso cuando un par de chicas de mi clase, pasaban a mi lado soltando risitas tontas.
-Es muy guapo.- decía una de cabello oscuro y falda a cuadros.
-Sí, pero no me creo que sea soltero. ¡Es un delito!- dijo otra de cara huesuda y después de soltar una risa especialmente idiota, se alejaron por el camino rumbo a los jardines. Solté un gruñido. ¿Guapo? Su piel estaba totalmente descolorida, sus ojos eran raros, y tenía pinta de maldito. Eso no era especialmente guapo, sino más bien siniestro. Revise mi horario y contenta miré que ya no tenía más clases. Tenía una memoria pésima, tal vez en dos tres meses ya tendría el horario en la psique.
El fin de semana que le siguió a mi primer mes de clases me la pase en el salón de paredes de cristal de esa enorme casa, tratando de imitar los movimientos de la profesora Florence, pero fracase olímpicamente. Ella period un cisne, y yo un pato con callos. Me levanté por… no recuerdo el numero de esa caída, pero me levante del suelo y recogí la cobija que había usado a modo de colchón para dejarla por allí. Oma odia que las cosas se queden tiradas, pero también odia que no estén en su lugar. Aún así la bote en la primera silla que vi, me puse los zapatos y salí al jardín. Allí estaba mi abuela charlando con alguien que reconocí al instante.
-Tú de nuevo.- solté sin mucha simpatía que digamos. Ver a André fuera de la escuela no me gustaba tanto.- ¿Qué haces aquí en sábado? Creí que trabajabas con tus calabazas los fines de semana. Puedes irte ahora, no me ofendería.- y sonreí mostrando los dientes. Esa es mi señal para intimidar gente.
-Hola.- él si saludo como es debido, salvo por ese extraño rubor que le cubrió el rostro de repente.- Venía a invitarte a conocer los sembradíos de calabazas. ¿Quieres venir? Tu abuela ya dijo que sí.
-Ah.- solté como si fuera un gruñido. No me emocionaba en lo absoluto ir a deambular entre tierra y calabazas, menos cuando Oma cometía el primer error en mi crianza: decidir por mí. Nota: odio las calabazas, la tierra, en resumen, todo lo que tenga que ver con la naturaleza, pero en especial a los entrometidos como André. El muchacho empezaba mal.-Gracias por preguntarle a mi abuela pero ya soy una niña grande que determine a donde ir y a donde no.- solté, mirando fugazmente a una Oma que se entretenía podando las flores de aquel jardín que no necesitaba ser cuidado. Siempre estaba perfecto. Pero André me lanzó una miradita de suplica que quise ignorar, sin éxito.- Bueno… supongo que servirá de algo conocerlo… cuando me dé por vender calabazas… por atentar contra ellas.- añadí en un susurro.
-¿Qué?
-Nada, André.- y volví a lanzarle mi sonrisa, pero eso parecía fascinarlo. Me detuve.
-No vayas a dejar que se arrojé por una pendiente.- le pidió Oma al tiempo que salíamos de los terrenos de la mansión.
-No se preocupe, señora.- exclamó él cuando lo único que se reconocía de mi abuela era su cabeza blanca y redonda.- Te cuidan mucho.- dijo, mientras caminábamos por la orilla del bosque en dirección al sur.
-Soy su única nieta.- le dije con las manos en los bolsillos a causa del frio viento.- Y su único pariente vivo. De la familia Dresden solo quedamos nosotros…- añadí en un tono que no dejaba lugar a más preguntas acerca de mi recién mutilada familia.- ¿Tú con quién vives?
-Con unos primos.- dijo André, mirando el cielo perlado de mediados de octubre.- No somos muchos pero parece que en casa vive un batallón. La guardiana siempre se queja de que somos unas bestias.- y rió con amargura.- A veces tiene razón.
Caminamos por el bosque hasta llegar a un claro lleno de calabazas. Enormes, naranjas y horribles… como lo suponía. Miré a André para reclamar pero no pude… comencé a sentir curiosidad por él mientras caminaba entre sus calabazas, escogiendo una tal vez. Me caía bien. Period amable y no me hacía tantas preguntas como mis antiguos amigos, esos que había dejado en la ciudad. De repente me pregunte por su edad, pero él se me adelantó.
-¿Qué edad tienes?
-Veinte, ¿Y tú?
-Veinticinco.- respondió él, tomando un par de calabazas pequeñas del suelo. -¿Te importaría llevarle una a tu abuela?
-Sí, mucho.
-¿En serio?
Negué con la cabeza y sonrió.
Por primera vez, desde la muerte de mis padres, me sentí más tranquila y ligera, tanto que pude devolverle el gesto con toda sinceridad, al menos sin enseñarle mis dientes.
-¡Sabes sonreír!- grito André. Su voz hizo eco en el claro y me sentí enrojecer.
-Claro que sí.- solté, ofendida en broma.- Pero yo no parezco tan estúpida como tú.
Abrió la boca sorprendido pero volvió a sonreír… también yo.
Siempre me han gustado los cuentos.
Cuando tengo tiempo y, sobre todo, ganas, escribo. Pero ahora no tengo deseos de hacerlo. Al parecer, los cuentos han tomado cartas en el asunto y decidieron hacerme participe de sus tramas. Y aquí estoy. En medio de un cuento. Espero poder conocer el desenlace… Ojala sea como la lluvia, frío, sorpresivo, melancólico, fuerte y torrencial. Además de los cuentos, amo a la muerte… No es extraño que lea hasta el cansancio esta historia…
La casa blanca que se oculta tras las gruesas verjas de hierro, en uno de los barrios más solitarios del pueblo, es un lugar al que nadie va. Algunos dicen que se trata de una casa abandonada y que solo es eso, pero hay otros, los habitantes más antiguos, que aseguran que esa casa no es regular. Y de todos, son los únicos que tienen razón.
Esa casa blanca de dos pisos, repleta de ventanas altas y anchas, protegida por un inmenso jardín delantero que daba al bosque por la parte de atrás, había sido construida hace mucho, pero mucho tiempo para una familia en especial. Un matrimonio joven acompañado de seis jóvenes: tres hombres y tres mujeres. La gente recordaba que dos de esos jóvenes estaban juntos. Durante las décadas que esa casa estuvo ocupada, no notaron cambio alguno en las personas, seguían igual, salvo en su ropa, ya que esa cambiaba según la época, pero por lo demás, todo seguía extrañamente igual hasta que, una noche, si, justo una noche de primavera, esa casa se lleno de gente para celebrar una boda. Los jóvenes que siempre estaban juntos, se casarían. Pero…. Como si se tratara de un hechizo, esa casa se incendio con la novia dentro, y el futuro esposo no pudo hacer otra cosa más que gritar desde afuera porque uno de los muchachos que vivía con él, no lo dejo ir tras su prometida. La casa quedo completamente iluminada por las llamas y el pobre chico, desesperado, solo observaba con horror como todo se consumía. Gritaba el nombre de su enamorada: ¡Debra, Debra! Pero ella no respondía….
Había muerto irremediablemente en el interior de su habitación llena de flores y él no pudo hacer absolutamente nada por ella…. lo que hizo fue correr lejos de ese lugar, perderse en el bosque mientras su padre lo llamaba a voz en cuello: ¡Anster, espera!
No volvió.
Los que quedaron se encargaron de todo para después irse, pero la casa no tuvo arreglo alguno. Permaneció consumida y negra por el humo y las cenizas, hasta que un día, se encontró de nuevo en pie, tan imponente como al principio de su creación. Aquel suceso lleno de espanto a los habitantes y sin dudarlo dos veces, la declararon maldita porque una casa no se levanta por si sola de la noche a la mañana. Nadie se acerco por miedo a que algo ocurriera, pero los curiosos que tenían se sentían con el suficiente valor para traspasar las verjas, entraban al vestíbulo y contemplaban la enorme escalera principal, pero no solo observaban eso, sino también a la sombra que caminaba por el jardín…. Period una sombra negra y lenta que vagaba por allí cada noche, asustando a cualquiera que se atreviera a entrar a su casa. Después de que uno de esos curiosos amaneció muerto en medio de un jardín impecable que nadie cuidaba, las personas valientes dejaron de ir….
Fue así como la casa quedo relegada al olvido. Ya casi nadie recordaba que allí habían vivido personas extrañas que solo vagaban de noche, que un día se había incendiado para repararse por sí sola años después.
Esa casa aún existe, de hecho está en un lugar a la vista de todos…. Y la sombra… aún ronda por los jardines a la espera de que alguien vuelva a visitarla…. Toca el piano al caer la tarde. Sus dedos arrancan notas de espanto y dolor, evocan a las pesadillas más hermosas que se puedan tener… Melodías que harían danzar a los monstruos… Un ritmo que te haría creer en lo imposible. Un susurro que hace correr el miedo en tus venas… Un grito que te paraliza… Una voz que hace temblar la tierra… Así es la eterna sombra de la casa blanca… ¿Te gustaría conocerla?
Solo basta con encontrar aquel lugar y entrar, pero sin la promesa de que algún día saldrás.
Opiniones de un payaso cuenta la historia de Hans Schnier, un payaso que ha regresado a su pueblo natal después de fracasar en sus espectáculos, pero también en la vida amorosa ya que Marie, su pareja, la cual es altamente católica, lo ha abandonado por faltar a la ethical religiosa que tanto la oprime y no la deja ser libre de verdad. Nuestro personaje se nos presenta en el centro y fondo del abismo de su existencia al estar solo, triste, sumido en un estado de odio hacia el mundo que le arrebato sus posibilidades de ser dentro de la trampa de la sociedad y la vida, además de haber tomado a Marie, única pieza sincera de la obra que aun tiene fe.
A través de las llamadas telefónicas que realiza Hans, nos damos cuenta del tipo de sociedad que se desarrolla a su alrededor, es decir, los tiempos de pos-guerra, el nacionalsocialismo, con lo que se hace una fuerte crítica a la sociedad religiosa e hipócrita que le arrebato a Marie, una verdadera creyente influenciada por el poder.
Hubiera podido pensarse que los hilos de la marioneta que soy se habían roto. Al contrario, los tenía firmemente agarrados en mi mano y me vi allí tendido, en ese escenario de la asociación de Bochum, borracho, con la rodilla herida, oí el compasivo cuchicheo en la sala y me encontré vulgar: no había merecido tanta compasión y hubiera preferido unos silbidos. Ni siquiera la cojera period totalmente apropiada a la lesión a pesar de que estaba herido, en efecto. Quería tener de nuevo a Marie y había empezado a luchar, a mi manera, solo por aquello que en sus libros se califica de deseo carnal. 1
Toda esta visión del mundo, la vemos a través de los ojos de un payaso, de un hombre que intenta salir de la trampa pero que al sufrir un nuevo golpe, dado después de la pérdida de su hermana, lo cual es el principio de su desilusión, nos da una mirada desencantada del mundo, esa que solo tienen los sujetos que han sufrido y han caído al suelo y desde allí contemplan su existencia, preguntándose por qué debe ser así, porque deben de seguir con aquello en lo que no están conformes. Solo por asumir una postura diferente, la sociedad relega al payaso a un punto muerto, lejos de todos. Van quitándole poco a poco a todos aquellos que hacen de su vida algo llevadero hasta dejarlo completamente en la soledad, el auto encierro y en la pobreza, uno de los problemas más graves del payaso, ya que si no tiene dinero, no puede moverse dentro de la sociedad y el mundo que mide al hombre por lo que tiene.
Hans es la representación de aquellos hombres que luchan en un vano intento por alcanzar la felicidad dentro de la trampa del mundo, y lo que el mundo mismo puede hacerles puesto que se obedece a un mismo principio de nacionalidad ya que en la sociedad existen determinados impuestos en provecho de los señores feudales de la iglesia, y se cuestiona si son racionalmente necesarias las normas de la religión y el poder de los monarcas para que los hombres se reproduzcan y vivan en paz”. 2 Hans comprende esto, para él no es necesario estar casado por la iglesia, que ésta le dé su bendición para poder vivir con Marie, pero precisamente esto, ilegitimizar a la entidad católica y asumirla como algo que puede pasarse por alto, es lo que desencadena su sufrimiento.
Hans Schnier es un payaso, una figura que tiene como finalidad entretener al público, hacerlo reír y sacarlo por un momento de la realidad. Además de esto, la naturaleza del payaso es en sí misma graciosa, no tomada en serio y sin relevancia alguna. La risa que causa es momentánea, no sería, sin trascendencia pero lo cierto es que el payaso es esa figura creada por la sociedad para poder salir del aburrimiento y reírse del mismo sujeto que se encuentra parado en el escenario. Estar allí frente a todos, decir cosas para ganar la simpatía y la burla, pone al sujeto a merced de la sociedad ya que se convierte en un objeto capaz de recibir críticas, burlas y humillaciones. El payaso hace cosas que mueven a risa pero lo cierto es que al hacer eso, rebaja la capacidad del hombre para asumirse como una entidad en el mundo. El hombre se burla de sí mismo en su deseo por salir del tedio, por lo que el payaso puede parecernos un objeto que está allí para que el resto de la sociedad se ría, lo manipula en cierta medida puesto que la sociedad fue la que lo creo. El espectáculo moderno añade una dimensión sustitutiva de la que no contaba la concepción teatral clásica: en esa segunda realidad, la producción técnica de lo imaginario está llamado a suplantar lo actual con su vida y sus conflictos, con su carácter de lo ignoto, la supremacía y la razón. three
Pero Hans Schnier rompe con este presupuesto ya que se nos presenta como una figura que a través del espectáculo le da una bofetada a la sociedad parodiando sus maneras de ser, su falsa ethical, las concepts religiosas que tiene, y sobre todo, la manera en la que trata a los sujetos que no van acorde con las ideas del sistema. Al hacer esto, el payaso, que de por si, al ser payaso adquiere una carga artística al crear artificios para sus espectáculos, se sitúa en un lugar poco grato para el resto de las personas, pero además de ser un payaso, es un ser que no está de acuerdo con el sistema político y económico de la Alemania de la pos-guerra, la cual comienza a sumirse en una sociedad enteramente moderna capitalista y hedonista. El problema de la manipulación cobra exactamente aquí toda su magnitud, puesto que no se trata solamente de la imposición de una figura de conciencia de un paradigma de interpretación de la realidad, sino de la definición de un estilo de vida, de la configuración de la realidad humana.” four Nos muestra la realidad del hombre escindido, su existencia fragmentada en manos de la modernidad ya que el hombre emprende un camino por el cual deja de ser persona y se vuelve un mero objeto para el poder además de que la miseria material, el desamparo, el hambre, los motivos de la explotación capitalista y el temor de la soledad del individuo frente a la naturaleza, la muerte inside bajo las figuras del tedio, de la incomunicación la desesperación son dos grupos temáticos que remiten al principio civilizador” 5 del que intenta escapar Hans, pero no puede, al contario, cae en él de nuevo en su intento por recobrar a su mujer.
La sociedad en la que Hans se desenvuelve sufre una especie de enajenación que hace que los sujetos dejen de ser lo que son y se conviertan en elementos del sistema dentro de una sociedad de masas, como pasa con Marie, la cual se halla en un dilema, ser libre al lado de Hans, reintegrarse a su punto de comodidad en el catolicismo, pero al ser alguien débil, se integra al mundo del que huyo y no sale nunca más. Hans no vuelve a verla ya que ella se encuentra viviendo un mundo ajeno al suyo. Estos sujetos caen en la apatía complete donde no hay una fuerza de reversa, una salida más que la marginalidad la muerte misma. La sociedad del consumo es un desarrollo de nuestra existencia dentro de la seducción de lo materials en el contexto de la enajenación, cosificación, es decir, de una pérdida del ser esencial.
La conciencia de la crisis moderna en los términos de una escisión entre el desarrollo tecnológico y angustia ante sus propias consecuencias negativas. Existe una vida que ha variado su ser individual en aras de su realización como ser histórico common y, por otra parte, una historia universal que en su incuestionable desarrollo niega la posibilidad de ser, amenaza al hombre moderno con la doble anulación de su existencia como autonomía y como sobrevivencia física. 6
Las personas que rodean a Hans ya no son eso, personas, sino objetos, seres cosificados que no son consientes de sí mismos ni de lo que los rodea, con lo que se crea una nueva lógica cultural un juego de aparentar no hay profundidad y se vive en una superficialidad que causa el horror del hombre como en el caso de la madre de Hans y de la sociedad en common que pretenden ser buenos católicos y ciudadanos cuando en realidad son un puñado de hipócritas. El ciudadano burgués que rodea a nuestro payaso, tiene una identidad private que se confunde con la subjetividad moderna de la dominación y repite siempre hasta el hastío: la capacidad de sacrificar la individualidad a lo universal, para que su identidad personal se funda y confunda con el poder que de esta universalidad emana”. 7
Hans Schnier es un payaso que en lugar de movernos a risa, nos llama a la compasión, verlo allí, reducido a la más completa desgracia, rompe con la alegría que caracteriza a estos sujetos. Todavía tenía los lánguidos aplausos en los oídos. Casi hubiera sido más humano que hubieran bajado el pulgar. Ese fatigado e indolente desprecio por mis números period tan insípido como la cerveza en ese estúpido vaso de plata. No me sentía capaz de mantener una conversación filosófica”. eight Es como ver a esas personas del Cabaret, las cuales deben salir y mostrar la mejor de sus sonrisas a pesar de estar muriéndose por dentro, es decir que la vida del hombre moderno y problemático, representado en Hans, pasa a ser una mera escenificación de la realidad destructiva del progreso. Además es como ver a uno de los personajes de la opera, Los payasos, en la cual ha de actuarse, seguir con el espectáculo crear aquella fantasía de perfección que ayuda a los otros a sobrevivir cuando el creador, está más muerto que vivo. En vano el alma quiere alcanzar un reposo, en vano quera indagar su meta closing. Ella avanzara sin cesar, arrastrando siempre la pregunta puesto que su progreso no tiene ninguna esperanza.” 9 Lo inesperado de la vida son hechos y acciones que determina la existencia del payaso, ya que no solo vale la voluntad de ser querer sino que también valen los hechos externas. Hans está dentro de un contexto en el que no se sabe, pero aún así debe vivir allí, es como si Hans y el hombre mismo fueran arrojados al mundo para buscar la manera de sobrevivir a él dentro de la modernidad degradada en el que hay un manejo cierto del mundo ya que el hombre moderno, no puede manejar su destino a pesar de su afán por dominar al mundo.
Al que está afuera -y en este mundo todos estamos fuera de los demás- las cosas le parecen siempre peor mejor que al que se encuentra metido en ellas, ya que se trate de suerte desgracia, de penas de amor de descenso artístico. A mí no me importaría nada hacer buenas payasadas aunque sólo fueran bromas en salas que olieran a moho y ante amas de casa católicas enfermeras evangélicas. 10
El hombre-payaso, no puede permanecer ajeno a la sociedad ni a la realidad que lo rodea, aunque permanece dentro de aquella burbuja, no es todo perfección ya que la falta de dinero, lo hace trabajar, ir de un sitio a otro presentándose, mientras arrastra a Marie en su recorrido para alcanzar la libertad, pero en medio de esto, ambos se dan cuenta, se asumen como sujetos que, aunque se aman, no viven en el mismo mundo, sus visiones son tan diferentes que terminan por separarse, y Hans tiene que retornar al mundo del que huyo para intentar recuperar a Marie. El sujeto moderno es cautivo de su renuncia su rechazo del universo de normas y signos que lo alienan, del sentido que la cultura los sistemas de socialización le imponen, así como el dolor y la insatisfacción que la violencia de ésta conlleva.” 11
El payaso al no seguir los presupuesto de esta nueva manera de concebir al mundo, se encuentra relegado, marginado, hasta situarse en un punto que lo coloca como un desterrado de su propio mundo a pesar de que esta en él, no es parte del sistema de progreso ya que el sujeto que reivindica ha sido convertido por el mismo progreso, del que es portador, como categoría filosófica, en una falacia, una sombra.” 12 Rechazar el catolicismo, la hipocresía y pelear por los valores auténticos dentro de una sociedad degradada lo coloca en un punto en el que comienza a estorbar. Tanto es así que este sujeto renuncia a esa pantomima de ser alguien dentro del sistema y se asume y reafirma en contra de éste al tocar la guitarra en la estación del tren. A pesar de ser uno de estos sujetos que pelean por alcanzar una especie de utopía en el sistema, no lo logran porque precisamente, buscar la perfección dentro de un mundo en el que el hombre es medido por lo que tiene y no por lo que es, los scale back a entes que no tienen cabida en el mundo. Algo así como un lobo estepario, en medio de la soledad y lejos de todo, busca su verdadera esencia fuera de este mundo que no los comprende. Tanto Hermann Hesse como Heinrich Boll hacen una literatura en la que denuncian y muestran a esta nueva sociedad de masas llena de sujetos marginados.
Has intentado consolarte con el reposado cinismo izquierdista de Fredebeul: en vano. En vano habrás intentado enfadarte por el reposado cinismo derechista de Blothert. Existe una hermosa palabra: nada. No pienses en nada. Ni en canciller ni en católicos, piensa en el payaso que llora en la bañera, sobre cuyas zapatillas cae a gotas el café. thirteen
La solución que tiene el hombre moderno, es darse cuenta de las posibilidades que tiene dentro de la trampa pero no solo eso, sino la necesidad que le viene por cambiar las acciones que lo rodean a pesar de saber que no puede cambiarlas, como el camino que toma la religión, la misma Alemania. Hans no puede cambiar eso, pero puede hacerse ajeno a ella, crear una disaster en el sistema gracias a su voluntad de ser, de querer ser. Hans se hace ajeno a su condición humana dentro de la trampa del hombre moderno, a través del payaso, ese ser que lo dota de fuerza para dar pelea.
Empecé a cantar El pobre papa Juan”. Nadie me hizo caso. Mejor así: dentro de una, dos tres horas empezarán a fijarse en mí. Al oír en el inside la voz del que daba los anuncios, dejé de tocar. Anuncio la llegada de un tren de Hamburgo y entonces seguí tocando. Cuando cayó en mi sombrero la primera moneda me asuste: era una de 10 pfennig, choco con el cigarrillo y lo apartó demasiado hacia el borde. Volví a colocarlo bien y seguí cantando. 14
Hans no vuelve a ver Marie, pero al menos, al no caer en manos del poder político que sus conocidos encarnan, se asume como un ser libre dentro de una sociedad degradada. Si bien no puede cambiar el rumbo político e ideológico del país, puede establecerse y asumirse como una fractura falla en el sistema del progreso. Hans no tendrá la fuerza suficiente para cambiarlo todo, pero comienza allí, tocando frente a las personas que llegan, su grito de protesta ante un sistema al que no quiere pertenecer. Es triste la situación de los sujetos marginados, representados en este payaso, pero es un gran bloque que queda relegado a la nada cuando no quiere integrarse al sistema degradado de la modernidad que en vez de ayudar al hombre, lo rebaja más en su juego hasta hacerlo caer de cabeza al abismo, al vacio.
Bibliografía
BOLL, Heinrich. Opiniones de un payaso. Barcelona: Barral editores, 1974, p. 244.
SUBIRATS, Eduardo. Contra la razón destructiva. Barcelona: Tusquets editores, Colección. Cuadernos ínfimos 89, 1979, p. 143.
—————————-. Figuras de la conciencia desdichada. España: Taurus, 1979, p. 161.
—————————-. Metamorfosis de la cultura moderna. España: Anthropos, Colección. Pensamiento crítico/Pensamiento utópico 57, 1991, p. 237.
1 Heinrich Boll. Opiniones de un payaso, p. 36.
2 Eduardo Subirats. Contra la razón destructiva, p. 32.
three E. Subirats. Metamorfosis de la cultura moderna, p. 230.
four E. Subirats. Figuras de la conciencia desdichada, p. 98.
5 Eídem., p. 33.
6 E. Subirats. Metamorfosis de la cultura moderna, p. 108.
7 E. Subirats. La razón destructiva, pp. 62-63.
eight H. Boll. Op cit. P. seventy three.
9 E- Subirats. Figuras de la conciencia desdichada, p. seventy eight.
10 Heinrich Boll. Op. Cit., p. fifty four.
eleven E. Subirats. Figuras de la conciencia desdichada, p. 92.
12 E. Subirats. La razón destructiva, p. 123.
thirteen H. Boll. Op. Cit. P. 133.
14 Eídem, p. 244.
Lear el payaso
Las calles se encontraban solas y oscuras por la falta de farolas que sirvieran. Sólo se escuchaba el sonido de la ligera lluvia cayendo sobre la piedra de la acera, donde estaba sentado un joven de mirada extraña, que contemplaba con tristeza el infinito, con una botella en la mano. A medida que su garganta tragaba el fuerte licor, su traje blanco con borlas negras en vez de botones, se mojaba al igual que su rostro pintado de blanco.
Sus anchos labios negros, manchaban la boca de la botella; al acercarla trataba de disimular su sonrisa rota. Cómo hubiera deseado que las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, hubieran estado pintadas al igual que las estrellas de su pómulo derecho, pero no, eran tan reales como sus ganas de que el viento de hiciera más fuerte y se lo llevara de allí.
El dulce payaso, llevaba largo rato sentado allí, tratando de olvidar lo que había pasado tras la cortina carmín… tras la cortina de Carmín. Vació su quinta botella y la arrojó contra la pared que tenía enfrente. Suspiró profundamente y se puso en pie secándose las lágrimas, sin quitarse ni un solo gramo del maquillaje que cubría su pálido semblante.
Caminó por las calles sin rumbo aparente hasta que se detuvo frente a una casa sin vida, con altas ventanas de cortinas blancas. Y en una de esas ventanas vio una luz amarilla que proyectaba la silueta esbelta de una mujer de cabello corto y rizado.
El joven payaso se aferró a un poste que tenía al lado, en un vano intento por ocultarse. Con la mitad del rostro oculto en las sombras, levantó la mirada de sus ojos grises para contemplar la figura de su querida hada.
La lluvia se intensificó, pero a él no le importó. Miró a su alrededor en busca de su fiel banca de hierro que tantas veces le había servido de compañera y consorte en las noches que pasaba en vela por culpa de alguna sonrisa mirada traviesa de Carmín.
Ahora en cambio, esperaba sentado allí que la mujer que había encendido en su marchito peso la llama del cariño, soplara un glacial viento de sus rosados labios para terminar con su dolor.
Sí sólo hubiera escuchado las palabras de Antonie: No te ciegues con la belleza exterior, más vale un alma buena de carne lastimada, que un fantasma maligno de dulzura perversa”, se habría evitado tanto. Pero no todo había sido en vano, había tocado con la punta de sus frágiles dedos la felicidad al lado de aquella hada retorcida, había aprendido a sonreír con tan sólo escuchar el sonido de su cantarina voz, y había aprendido a llorar gracias a su desprecio, pero sobre todo, había aprendido a vivir, ya que Carmín lo había sacado de su dulce mundo de fantasías.
El joven acercó el rostro a sus rodillas y se miró los pies, más bien sus largos zapatos negros mientras recordaba cómo había sido su vida antes de conocerla, cuando aún period una cálida primavera y no un frío otoño.
1
En un barrio extraño y sombrío, lleno de hombres altos y terribles, y de mujeres flacuchas de cara pálida rodeadas de niños gordos de mejillas rosadas y rodillas raspadas, se encontraba la calle Bolena, adornada con una acera empedrada, lugar en el que siempre se podía escuchar el triste violín del músico melancólico del humilde lugar que hacía interesante a aquella calle, y que era el motivo por el cual siempre estaba llena de niños.
Improvisado desde hace un año en el sótano de la enorme casa de la señora Sofía, el circo de una pequeña compañía, llamado La piedad”, daba sus funciones cinco veces por semana todas las noches.
El pequeño circo estaba formado por Marie, una escalofriante soprano que rompía cualquier cristal con el sonido de su voz, y por su amante Neptuno, que caminaba sobre los vidrios rotos al tiempo que manipulaba el fuego que salía de su garganta, todos lo conocían como El dragón Neptuno”; también existían tres hermanas de idéntico rostro que jugueteaban en gruesos listones que colgaban del techo, para después bailar entre los asistentes. Pero como en todo circo, no podía faltar un mago bueno, pero este no era bueno en lo absoluto, su nombre era Antonie y en cada uno de sus actos acababa enamorando a la doncella que se sentaba frente a él. Antonie period hermano de Leonel, el mimo provocativo que solía representar muy bien a una doncella en su noche de bodas. Todos ellos eran un nutrido grupo de jóvenes amantes de la noche y sus placeres, reían, cantaban, paseaban por la fría plaza hablando en voz alta y estridente, todos menos Leonel el mimo, pero había una persona que no encajaba en aquel grupo: el melancólico payaso Lear.
Con el semblante triste y sus globos grises, blancos y negros, salía función tras función en el más profundo de los silencios, a dar un perturbador espectáculo acompañado de un lastimero violín, y al terminar con su acto acostumbraba encerrarse en el camerino del maquillaje hasta que la gente se iba. La finalidad de esto era practicar su juego de cartas malditas a solas.
Sus compañeros lo tachaban de débil al no poder soportar el aplauso del público, pero él sólo alegaba que aquel sonido le hacía sangrar los oídos y que esa era la causa de su huida.
Lear vivía en una de las habitaciones de la casa, haciéndole compañía a la señora Sofía. Solía pasera antes del amanecer por los solitarios pasillos de la casa, envuelto en su pijama negra y con el castaño cabello claro, despeinado. Le encantaba escuchar la madera crujir bajo sus pies y caminar de puntitas hasta el balcón más alejado de la calle para observar como la luna se perdía entre los colores de la horrenda aurora.
Aquel joven con sombrero puntiagudo tenía veintiún años, period muy delgado y pálido para lo que comía. No le gustaba hablar, pero Antonie y Leonel lo obligaban a hacerlo, en un vano intento de demostrarle que aún no era un espíritu que se limitaba a flotar por la casa, y a regañadientes hacía que su lengua y labios se movieran, transmitiendo los sonidos que sus amigos querían escuchar.
-¿Por qué te limitas sólo a decir monosílabos?- comentó una tarde Antonie, tocando el piano de la casa.
Lear, sentado sobre el frío suelo dejó su dado favorito, uno que tenia agujeros en lugar de círculos negros donde los dedos se quedaban atorados, y giró la cabeza hacía el pianista.
-No me gusta hablar frente a extraños.- dijo Lear con voz suave y ronca.- No conozco a los que me ven, por eso no hablo.
-Vaya consuelo.- exclamó Antonie mientras miraba pasar una araña sobre el piano.
Cerró los ojos y comenzó a tararear una rara melodía. Con cada movimiento de su lengua, Lear se hundía en un mundo de sombras que se lamentaban al pasar a su lado, pero eso no lo asustó, y menos cuando una le acarició el rostro.
Desde que tenía memoria, esas sombras siempre lo habían seguido, pero antes de salir de casa de su padre, las veía sólo en pesadillas, pero después comprendió que eran simples sueños. Gracias a ellas y a las hadas negras que lo conjuraban por las noches, había escapado de La villa esperanza”, un pequeño pueblo lleno de pintorescas casitas de colores con hermosos y soleados jardines. En ese lugar la gente parecía cantar en lugar de hablar, eran amables, comprensivos… y felices. Y eso era lo que precisamente asqueaba a Lear. La felicidad le parecía un tema tan absurdo, tan patético que prefería olvidarse de ella y encerrarse en su oscura habitación para contemplar las formas que se perdían en la nada, a la espera de algo, de cualquier cosa que recompensara tantos años de vivir en esa casita de cuento de hadas.
Pero cuando llego su cumpleaños número dieciséis, ocurrió algo asombroso.
Antes de bajar al salón donde todos lo esperaban, una pequeña doncella se le apareció en el pasillo. Lear la contempló en silencio y después sopló con fuerza, arrojando a la pobre hada hasta la ventana abierta, pero ésta regresó y lo atacó con una gran cantidad de polvos brillantes. El joven bajo corriendo por las escaleras en medio de gritos de dolor, pues aquellos polvos le provocaban ardor en la nuca. Fue tanto el alboroto que hizo que los invitados se asustaron también y salieron huyendo de la casa.
-LEAR.- gritó su padre. Un hombre alto de bigotes rubios que tenía el grado de Basic.
El chico se quedó quieto, pero el hada le susurró al oído: Te condeno a que no puedas hacer reír a la gente. Sólo podrás hacerla temer para admirarte, sólo hasta que dejes de odiar…”. El hada nunca pudo terminar de formular su maldición, ya que en ese momento, el Basic tomó a Lear del brazo y lo encerró en el armario.
-¿Vendrás con nosotros esta noche?- preguntó Antonie, poniéndose de pie.
Lear vio como las sombras se disipaban cerca de la escultura de un cuervo, y respondió:
-Sólo si van conocidos.
-Qué remedio.- suspiró Lear.
-Maldito seas, Lear.- exclamó entre risas Antonie antes de irse.
-Desde hace tiempo lo soy.- susurró el joven con tristeza. Se quedó sentado en medio de la sala de aquella silenciosa casa.
Cerró los ojos y respiró aquel aire frío de aquella casa medio muerta. Tomó todo el aire que sus pulmones pudieron soportar y aguantó, pero sin previo aviso, una nota de dulzura llego a su nariz y expulsó todo el oxigeno de golpe. Se tapó la boca horrorizado al contemplar ante él, una neblina rosada llena de burbujas blancas.
Lear miró a su alrededor tratando de encontrar alguna ventana abierta un fragrance tirado en la alfombra, pero nada. Se alejó despacio, como si temiera que aquella niebla se convirtiera en un ser cariñoso que quisiera abrazarlo. Esperó un momento y las burbujas reventaron. Solo así la neblina comenzó a dispersarse.
Lear suspiró agradecido, pero horrorizado notó que aquella cosa salía de él. Tomo un poquito de aire y lo sacó. Un par de burbujas blancas envueltas en esa cosa rosa salieron de su boca. El chico contuvo un gritito y subió corriendo las escaleras blancas de la casa hasta su sombría habitación. Se echo bajo la cama un momento, y desde allí vigiló que todo estuviera en orden. Miró su puerta gris y de forma irregular, como la de una bandera que ondeara al viento. Miró su espejo con marco negro de espirales al igual que su ventana de cortinas blancas y negras, miró el baño a través de la puerta entreabierta, se fijo en su fría y honda tina de patas finas como garras. Miró las paredes azules, el piso de suelo café, las patas de su cama con dosel, ellas eran las únicas que parecían con vida al tener la forma de una enredadera que subía hasta la cabecera de la cama. Lear siguió su camino y salió de debajo de la cama como si se tratara de un pequeño gato, hasta mirar que las hojas de hierro de la enredadera pendían sobre la almohada. Las hubiera ignorado pero la figura que formaban llamo su atención, se acercó un poco más para mirar mejor. Aquellas hojas se unían para formar un corazón. El chico alargo un dedo…
-¡Lear!- exclamó la señora Sofía con su anciana voz parada en el umbral de la puerta.
Éste dio un respingo y miró a la mujer. Era bajita y de piel casi translucida, era tan delicada como la de un pergamino muy viejo que estaba a punto de romperse. Tenía el canoso cabello recogido con un moño que siempre hacia juego con su ropa de funeral; portaba unas pequeñas gafas y siempre estaba de buen humor, pero nunca dejaba de hablar de que algún día emprendería un viaje por el camino oscuro. Lear interpretaba aquello como sus ansias de morir. Pero aquella vez, la señora Sofía llevaba puesto un vestido tan azul como el cielo.
-¿Acaso va a alguna fie…?- Lear se interrumpió de pronto gracias al hipo que acababa de tomarlo como huésped. Sin poderlo evitar, una burbuja blanca salió de su boca y después otra.
-¿Qué es eso?- preguntó la anciana, mirando fijamente a Lear.
-Nada.- mintió él, tapándose la boca.- Tengo que irme, es tarde.- y salió corriendo de la casa y no se detuvo hasta estar en la calle.
Sólo recordaba una ocasión en la que le había ocurrido algo similar, pero esa vez habían sido burbujas negras. Las había sacado después de que su padre, el Normal, lo liberara del armario, cinco días después de la fiesta de cumpleaños. Había sido tanto su enojo, que en lugar de pelear con su padre, le dio un ataque de hipo tan fuerte que las burbujas comenzaron a danzar por la habitación. Al verlas, su madre comenzó a gritar y su hermano mayor, Sandro, sólo se limitó a mirarlas con aburrimiento, mientras que el General se ponía morado del enojo. A partir de ese momento, su familia lo tacho de raro, y en una ocasión, mientras bajaba por la noche a la cocina, escucho a sus padres decir:
-Pronto cumplirá dieciocho años y podrá entrar al ejército, al igual que su hermano.- había dicho su padre.
-No creo que acepte.- contestó la vocecita de su madre.
-Es que no voy a preguntarle si quiere no, Amelia. Lo enviaré para que de una vez por todas comience a actuar como un hombre, de lo contrario se irá a vivir con la amiga de tu tía.
-¿Con Sofía?
-Exacto. Si quiere seguir actuando como un loco que lo haga lejos de mi vista, y es mejor que él se vaya, pues si yo soy quien lo corre, no volverá a mirarnos de frente.- sentenció el Common.
Como period de esperarse, Lear rechazo su ida al ejército, pretextando que aún no terminaba la escuela elemental, pero juró que en cuanto saliera de allí, iría al sur para matar a los fantasmas que su padre tenía en la cabeza. Cuando terminó la escuela, le dio largas a su padre inventando cualquier cosa, incluso tuvo que cuidar a una tía con aliento de tumba un par de meses para ganar tiempo, mientras descubría el lugar en el que vivía la amiga de la tía de su madre. Cuando faltaba poco para la primavera, Lear empacó sus cosas y salió de casa y de la Villa esperanza para llegar al pequeño mundo de la Cuna escarlata”. Allí encontró a la señora Sofía, la cual lo recibió como si se tratara de un viejo amigo.
-Lear, llegas temprano.- le dijo Leonel, vistiendo su recurring camisa a rayas. El joven estaba frente a una pequeña puerta de cristal esmerilado, que se encontraba al ultimate de unas escaleras que descendían, las cuales eran parte de la casa de la señora Sofía.
-¿Por qué no estás con la cara blanca?- le preguntó el payaso desde lo alto de las escaleras.
-¿Por qué no estás vestido de payaso?- le preguntó a su vez el mimo.
Lear lo miró con detenimiento hasta que encontró que en la comisura de sus labios unas gotas de sangre invisible que nublaban la expresión del mimo.
¿Por qué veía esa sangre de niebla? ¿Por qué se daba cuenta de la desgracia? No se explicaba porqué de repente veía a Leonel bajo las nubes grises de lluvia como únicas compañeras. El muchacho se estremeció al darse cuenta que no period capaz de ver más allá de la tristeza y la tragedia de aquellos que lo rodeaban. Y sin quererlo, sintió un nudo en la garganta que le duró hasta la función del día siguiente. Mientras pintaba cerca de su ojo derecho figuras serpenteantes y extrañas, Marie le susurró al oído:
-Hoy te noto más extraviado que ayer.
Lear agacho la cabeza.
-¿De nuevo la luz del sol perturba tu silenciosa melancolía?- siguió ella, mirando como dos botellas de fragrance correteaban frente a la aburrida lámpara.
El joven negó con la cabeza.
-Veo matices en la negrura de las sombras.- susurró él.- Formas… que no me gustan.
-Nada de lo que vemos es agradable, más bien parece salido de un cuento de terror que muchas veces se convierte en realidad.- dijo Marie, pasando un brazo por sus hombros.- No te asustes, se irán y no te harán daño… Tranquilo.
Lear suspiró y se miró en el espejo, y en el umbral de la puerta que se reflejaba en él. Vio a Antonie que sonreía de manera maliciosa.
-Neptuno mandará a sus esclavos acuáticos a matar a Lear si te ve tocándolo.- dijo el mago sin dejar de sonreír.
-Creo que Lear preferiría a los seres acuáticos en lugar de las madres histéricas que se sienten deshonradas.- dijo vagamente Marie, soltando al payaso para pasar majestuosamente junto al mago.
Marie se fue y Lear tomo una gran caja blanca del suelo y se encaminó hacía el escenario. Se detuvo tras la cortina roja y miró el acto de Leonel: una mañana de un amante herido.
-¿Alguien nuevo en el público?- preguntó Lear con voz queda.
-Aún no, pero en una semana vendrá gente del sur.- respondió Antonie, mirando como su hermano le lloraba a una mujer invisible.- Quizá por eso el aire susurra cosas.- Lear arrugó el entrecejo y el mago continuo hablando, con las manos metidas en los bolsillos.- No son buenas. Los extraños son como luz amarilla que chispea al tocar la piel. Son como los helados coloridos de Sofía…dan miedo.
-¿Alguna vez han salido de tu boca burbujas?- preguntó Lear.
-Sólo negras, y una vez.- el mago hizo una pausa para suspirar.- rosas.
-¿Rosas?
-Sólo pasa dos veces en toda tu existencia. Si ocurre así, declárate afortunado ya que puedes arrojarlas solo una vez. Esas burbujas rosadas indican que te has enamorado perdidamente.
Lear miró con asco al mago. ¿Amor? Esa cosa tan horrible había contaminado a su amigo y él sonreía agradecido. El payaso no tuvo mucho tiempo para asquearse pues su turno había llegado.
Salto al escenario en completo silencio y dejo la caja a un lado. Contempló a todos. Los mismos rostros, las mismas ropas, las mismas expresiones de desconsuelo. Lear se deprimió un poco, pero aún así se inclinó sobre la caja.
De ella sacó una gran esfera de cristal que comenzó a moverse al compás del violín que tocaba un anciano ciego al lado del payaso. Éste sacó de la caja un par de palillos negros, con ellos movía la esfera a un lado y al otro.
Del centro de esa esfera, surgió una luz azul que la llenó por completo. Pasaron unos momentos hasta que Lear, aturdido por la presencia del público, le sopló a la esfera para convertirla en una enorme araña negra hecha de humo que se esfumó lentamente. Después saco una cuerda para saltar que se convirtió en una serpiente, la cual arrojó a una señora muy fea que la recibió convertida en una delicada mascada.
Después de un rato, Lear hizo malabares con limones que convirtió después en dulces estrellas para dárselas a los niños. Hecho eso, Lear tomó su caja y dio media vuelta, escuchando el aplauso del mustio público. Los oídos le dolían, pero a pesar de eso, no había dejado de notar algo dulce en el ambiente.
2
En la mañana, y durante las seis siguientes, Lear notó algo extraño en el aire, algo que lo contaminaba y hacía que tuviera un olor rancio, como el olor de las rosas del jardín de su madre. Amanecer tras amanecer, se la pasaba con la cabeza asomada a la ventana de marcos de serpiente, captando el olorcillo con pequeñas olfateadas. Sabía que venía del sur, de eso no tenía duda pues había detectado un delicado polvillo de oro en el viento que llegaba hasta su ventana.
Sin quererlo, y desearlo mucho menos, Lear se sentía un poco inquieto con esas señales tan extrañas y ridículas: neblina rosada, burbujas blancas, olores dulces, polvo dorado y gente nueva… ¡Ja! Como si eso pudiera perturbarlo, más bien, le molestaba… Pero que equivocado estaba al pensar que sólo eran un montón de cosas raras que pronto se irían, en lugar de detenerse a pensar que todo aquello sólo era el principio de su mal. Un día, al levantarse de la cama, corrió a la ventana y con una apática sonrisa descubrió que el polvo dorado ya no estaba en el alfeizar y que tampoco el aire olía a flores. Animado, se vistió y decidió hacer lo que nunca había hecho: ensayar con sus compañeros. Al bajar las escaleras que daban al sótano, una pequeña orquesta lo recibió con los platillos resonando en su cara. Los movía Antonie. El tambor lo llevaba Neptuno, el acordeón Leonel y Marie la trompeta. Las trillizas llevaban vestidos color violeta hechos de encaje y tul. Una de ellas le dio a Lear el traje de payaso.
-¿Y ahora que pretenden?- preguntó Lear, tomando su traje y mirando ceñudo a los demás.
-Cámbiate. Te explico en el camino.- dijo Antonie con impaciencia.
Lear se metió al sótano y se cambió lo más rápido que pudo. La verdad es que sentía curiosidad por las ocurrencias de sus amigos. Al salir, se colocó al lado de Antonie y el grupo comenzó a caminar tocando una triste melodía. Lear miró a su alrededor y después al mago.
-¿Bebiste?- preguntó el joven, tratando de percibir el olor etílico.
-Aún no.- respondió Antonie, haciendo sonar los platillos.- Pero acaba de llegar la gente del sur, y según el oráculo de Marie, son de dinero y buscan un buen espectáculo para llevarlo a su ciudad.
Caminaron por una amplia calle que daba hacia el boscoso y espeluznante parque, donde avanzaron hasta la estatua de un hombre encadenado y allí se detuvieron, rodeándolo.
-¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?- dijo el payaso, mirando con desconfianza a la gente que se detenía frente a ellos.
-Todo.- respondió Antonie y sacó del fondo de su bolsillo varias esferas coloration carmín.- Toma, has malabares y truquitos…
-¿Con qué sentido?- repuso Lear, tomándolas.
-Si te luces, la gente del sur nos notara y pronto estarás haciendo tu acto bajo la carpa de un verdadero circo.- dijo el mago, mirándolo a los ojos.
Lear bajó la mirada y tuve que reconocer que también quería eso: dejar de actuar en el sótano de aquella casa y presentarse en un gran escenario donde miles de personas pudieran verlo y admirarlo… pensando en eso, lanzó las esferas al aire y comenzó a hacer malabares mientras las trillizas bailaban y hacían contorsiones.
-¡PASEN, PASEN POR AQUÍ!- comenzó a gritar el mago. La gente se reunía en torno a ellos mientras hacían sus trucos.- DAMAS Y CABALLEROS, VEAN A LOS MEJORES CIRQUEROS DE LA REGIÓN… EL DRAGÓN NEPTUNO, LA MUSA MARIE… LAS TRES FLORES, EL MIMO LEONEL…
Lear vio entre la multitud, justo en la acera, como se detenía un carruaje negro. De él bajo una figura con capa negra. La hubiera ignorado de no ser porque sus ojos se clavaron en ella y la vieron caminar entre la gente hasta colocarse en primera fila.
-..Y EL PAYASO LEAR.- continuó Antonie yendo a bailar con las trillizas.
La figura bajo su capucha y el sol salió. Entonces Lear la miró, tan bella como terrible, con el rostro sonrosado, enmarcado por unos rizos rubios y cortos. Con una mirada azul y limpia, ajena a la tristeza, coronada por unas delgadas cejas claras. Su nariz pequeña y respingada respiraba el aire cálido del ambiente y sus labios rojos sonreían mirando al grupo.
Lear se sintió perturbado, incluso mareado. Dejo caer las esferas, las cuales rebotaron en el suelo para convertirse en nubes rojas.
Antonie miró a su amigo y exclamó:
-Vengan a vernos esta noche para descubrir la pena que oprime el pecho de un joven.
La gente se dispersó y Antonie corrió al lado de Lear.
-No puedo preguntar si te encuentras bien, ya que nunca lo has estado, así es que preguntare: ¿Empeoraste?
-Las nubes son difíciles de controlar.- respondió Lear con la cabeza dándole vueltas.
-Yo atrapé una.- dijo una dulce voz a sus espaldas.
Lear se dio la vuelta y sus ojos se llenaron de la dulce imagen de la joven de cabello rubio. En su pequeña mano llevaba una nubecita coloration rojo sangre. Al joven se le cortó la respiración y permaneció inmóvil. Antonie lo notó y tomó la nube.
-Mi amigo se lo agradece.- dijo con suavidad.- Pero, ¿Qué le parece si asiste esta noche a la función que ofreceremos en el sótano de la mansión de la señora Sofía? Su entrada es cortesía de la casa.
-Muchas gracias.- dijo la joven con una sonrisa impecable. Miró al payaso y luego al mago.- Bueno, pues hasta la noche…-balbuceó un poco cohibida y se alejó, mirando hacia atrás continuamente.
Lear la miro marcharse, envuelta en su espeso vestido rojo de seda hasta que la perdió de vista. Algo en su pecho había cambiado.
-¿Es linda, verdad?- rió el mago.
-Vas a morir.- susurró Lear y se fue de allí mientras su amigo le gritaba.
-Lear, espera. No te pongas así… Sólo es una chica…- pero Lear no lo escuchó.- Cómo quieras, sólo no llegues tarde.
Lear regreso a casa y se encerró en su habitación más confundido que nunca… Más confundido de lo que ya estaba al llevar una vida como esa. Siempre escuchaba vocecillas fastidiosas en sus oídos, constantemente estaba rodeado de la espesa bruma de los sutiles espíritus que vagaban por el pueblo. Ya estaba acostumbrado a ver caras grises y tristes, sin ningún mínimo asomo de felicidad, incluso le period difícil recordar un solo día de sol en aquel pueblo. Pero si aquel lugar era tan funesto, ¿Por qué había sentido que un capullo de oro se había abierto frente a él?
-Los capullos de oros sólo abren en la esperanza.- susurró con la cabeza apoyada en el marco de la ventana.
El manto de la noche cayó sobre el tejado de las frías casas. Un suave sonido de grillos lleno el ambiente. Las farolas se encendieron una a una. Y casi no había gente cuando Lear salió de la mansión. Hizo lo de todas las noches. Se maquilló, pero esta vez puso una gruesa lágrima en su mejilla sin saber porqué. Revisó que su caja estuviera en orden y lista para usarse, después se sentó sobre ella a esperar. Escucho un leve ruido y giró la cabeza. El pecho de Antonie tenía la sombra de una profunda herida, pero Lear no comentó nada, más bien quiso olvidarlo.
-¿Cómo está el clima?- preguntó el joven sin mucho ánimo.
-Mujeres gordas por acá, mujeres flacas por allá.- respondió Antonie jugueteando con su reloj de bolsillo.- y una linda rubia en primera fila.
-La sentaste allí…- susurró Lear poniendo de pie.-…pobre chica- tomo su caja.- Dime, ¿La llevaras a tu casa a un callejón oscuro? Si es lo segundo puedo prestarte mi habitación, al fin y al cabo, yo no duerme en ella.
Antonie lo miró con la cabeza ladeada, al tiempo que el aire se llenaba de una tenue neblina violeta.
-Si no te conociera, diría que nuestro joven payaso se encuentra un poco celoso y ofendido por la presencia de Carmín.
-Los colores no me afectan en lo absoluto.- repuso Lear con brusquedad. Salió del camerino y se colocó tras la gruesa cortina como siempre.
-Genial, un payaso que hace chistes.- susurró Antonie al oído de su amigo.- Eso es nuevo en un circo.
-Estoy hablando más de la cuenta, no te quejes sino escuchas mi voz en un mes.- comento el otro con frialdad.
Inconscientemente miró al público. Todos grises, gente gorda y flaca, alta y baja… Pero no toda period así… No, allí se encontraba un ser mítico y encantado, era tan blanca y brillante como una estrella de los campos de la virtud. Su cabello, cual ríos de miel apenas rozaban sus hombros y su vestido rosado cubría las bellas perfecciones de su dulce y tierna carne…
-BASTA.- exclamó Lear furioso.
-Eso lo pensaste tú, querido amigo.-dijo Antonie con una sonrisa radiante y salió al escenario con los brazos en alto.- Buenos presagios para todos aquellos que vinieron para ver el humilde espectáculo y no a nuestra bella invitada.- y señaló a Carmín, la cual se ruborizó un poco, mientras que las otras mujeres que se encontraban allí, rápidamente cambiaron sus expresiones de aburrimiento por unas de odio y celos.- Pero tranquilos.- prosiguió el mago.- Este lugar no se caracteriza por la lujuria, sino por la muerte.- y soltó una cruel risa.- Les presento a todos ustedes, a Lear el payaso.
El chico salió como todas las noches, puso la caja a un lado, pero al incorporarse vio a Antonie sentado junto a la extraña hada. Con un arrebato de ira, tan inexplicable como inesperado, se dio a la tarea de salir lo antes posible de allí. Metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña daga y un saquito coloration purpura. Con la otra mano, saco un poco de polvo negro y lo arrojo al aire. De inmediato una nube espesa y enorme floto por encima de su cabeza unos segundos. Lear la dejo crecer y moverse con furia sobre los demás. Del inside de su caja, tomó tres manzanas y también las lanzó al aire al tiempo que el publico comentaba cosas por lo bajo. El chico volvió a mirar a Carmín, pero esta vez, ella le sonreía a él… Esa chica extraña y viva se atrevía a mostrar esa emoción frente a él. ¡Qué repugnante!, pensó Lear. Convirtió las manzanas en rosas y las arrojó hacía la nube. Ésta comenzó a retorcerse y a formar espirales con pequeños rayos en su inside. La daga, que aún sostenía en la otra mano, se alargó un poco. De la nada, la nube se convirtió en una enorme serpiente turquesa que se acerco a Antonie y Carmín, mostrándoles sus puntiagudos colmillos.
Un impulso por alejarse del lugar, tentó a Lear… La muerte sólo period el siguiente paso y Antonie no era una vida que lamentar, pero ¿Carmín? Lear vio su bello rostro embriagado por la imagen de su futura asesina y con un movimiento de la mano lanzó la daga al centro de la serpiente y ésta desapareció en forma de cientos de mariposas naranjas que contrastaban con lo gris del lugar.
Lear tomó su caja con un arrebato y salió de allí con paso decidido.
three
Pasaron varias noches, semanas de noches hasta que contaron un mes. Un extraño mes en el que el clima y el ambiente se tornaron diferentes, period como si la vida se hubiera detenido en aquel lugar. Nadie parecía darse cuenta… Sólo Lear que volvía a estar bajo la cama, incapaz de salir de esa quietud muerta y profunda, de hecho llevaba tres días allí, sin la menor intensión de salir.
-Luz…- susurró mientras sus fantasmas se posaban a su lado.- Extraña luz que lo pudre todo, ¿Qué cree que gana con sus insulsas sonrisas? Sólo moverá mi extraño veneno que se asemeja al río de agua clara de su espalda…-la imagen de Carmín llegó a su mente con delicadeza y un sabor dulce le llenó la garganta.-… con la manzana madura de su boca, laurel que lo perfuma todo…
La puerta se abrió en ese momento y Leonel apareció en el umbral. Llevaba una estrella azul en la mano. La pobre criatura se retorcía allí en un vano intento por liberarse.
Lear se quedó en silencio, rogándole a las hadas que sus palabras no hubieran sido escuchadas por el mimo, pero al parecer, ni siquiera había reparado en la presencia del payaso.
-¿Puede ser que la belleza y lo rosado no han contaminado este lugar?- susurró Leonel, mirando a su alrededor.
Lear pensó que sólo period cuestión de tiempo para que su rostro joven, pero marchito, empezara a sonreír. Posó la cabeza en las secas tablas del piso y miró por la ventana abierta de la estancia, un cielo gris. De repente, una infinita tristeza lo invadió y el nubló el alma y la mente. Fue como si una enorme ola de dolor y desolación lo revolcara hasta el fondo de un mar de depresión, para después llevarlo a la orilla de la playa de la realidad, su horrible realidad, la cual, lo obligaba a contemplar en silencio a Carmín.
Sentado en la acera, el joven contemplaba a Carmín comprando flores. Esa espantosa tarde de sol, la niña portaba un vestido corto de color amarillo girasol. Sin desearlo, Lear contempló sus piernas largas, envueltas en medias a rayas. Miró la breve cintura, después la agujeta del corsé y se imagino así mismo quitándoselo para descubrir el delicado corpiño que cubría sus delicadas perfecciones… Cerró los ojos, tratando de ver, como en un sueño, una expresión de amor…
Amor… Un amor para él, lejos de casa, lejos del mundo… Y al abrir los ojos, se encontró con una mirada azul.
-¿Qué ves?- soltó Lear lleno de rabia.
-Pensé que dormías.- dijo ella sonriendo. Llevaba en los brazos un ramo de rosas azules.
-No todos somos tan normales como tú.- replicó Lear, ofendido de que dirigiera a él de esa manera. Se puso de pie lleno de decisión, pero la chica lo tomó del brazo. Fue una sensación tan rara que casi lo hace vomitar.
-Lo siento.- dijo Carmín, soltándolo de inmediato.- Disculpa…¿Puedo preguntarte una cosa pequeñita?
-No.- dijo él respirando entrecortadamente.
-Pero es pequeñita.
-No me interesa.
-No tratas con seres vivos muy a menudo, ¿verdad?- soltó ella con un puchero.
-No quiero empezar a hacerlo.- exclamó el muchacho.- Vete niña. Shu!- y la corrió con un movimiento de la mano.
Pero Carmín en lugar de sentirse ofendida, sonrió.
-¿Irías a un baile?- preguntó ella.
-Vete.- soltó él completamente horrorizado.
-Anda, será divertido.- insistió ella.- Irán tus amigos.
-Yo no tengo amigos.
-Me refiero a tus compañeros del circo.- se corrigió Carmín.- Ellos me pidieron que te invitara en persona.
Lear respiro muy hondo, después soltó una especie de gruñido y maldijo por todo lo alto. Le dio la espalda a la chica y camino por la calle con paso decidió.
-Escoria e inmundicia de mis zapatos, lodo y vomito de la resaca de los ebrios.- exclamó enojado hasta los huesos.- Sangre podrida y virginidad vendida de mis anhelos.- Llegó a su casa y entró azotando la puerta.
-¿Qué te revuelve el genio de esa manera como para que maltrates a esta pobre puerta?- chillo la señora Sofía.
-Pues su querido amante Antonie y otra de sus estúpidas concepts cargadas de la porquería de un trasero de vaca. ¿Cree que otra cosa podría ponerme así?- le dijo a la mujer vuelto loco.- Antonie tiene la mente y los pantalones llenos con lujuria ajena, es como si el hecho de verme infectado por el germen de ese ser, le pareciera divertido. No, al contrario, es sádico, un placer sádico.
-Entonces no vas a ir a la fiesta.- comentó la señora Sofía con un suspiro.
Lear se trago un coagulo de sangre que resbaló dolorosamente por su garganta y se desplomo sobre la alfombra, a un lado de la entrada. Y se quedo allí tirado hasta la mañana siguiente, rígido de rabia y nervios.
-Quítate del paso chico.- le gritó la señora Sofía dándole una patada en las costillas. Lear se retorció de dolor y la mujer salió a la calle.- En la cocina hay cucarachas asadas, comelas para que resuciten en tu interior y coman tus miedos absurdos.- y cerró la puerta tras ella.
Lear rodo un rato en el suelo, llenándose las negras ropas de polvo, hasta que una mariposa negra salida del techo, se posó en la punta de su nariz.
-Sal y vive, pequeño niño.- susurró la criatura y se desvaneció en medio del polvo que Lear había levantado.
El muchacho se quedó en silencio, como tantas veces se había visto obligado a hacer y se sentó con la espalda apoyada en la pared. Tenía miedo, un miedo extraño que Carmín le inspiraba…Cuando no la tenía cerca, evocaba su cuerpo, su figura, sus gestos, su olor, pero cuando la tenía frente a él, period descortés y extremadamente huraño, pero a ella parecía no importarle, era como si de verdad le agradara.
-Mujeres.- se quejó con amargura.- Lo complican todo y son tan insoportables, con sus vestidos ceñidos y provocativos, con su suave y perfumado cabello y una boca tan…-Lear sonrío, lleno con una ternura inexplicable y se levantó lentamente. Caminó hacia el salón, dejando una estela de luz rosa tras él.- Amiga mía, te escucho hablar pero no entiendo…
Amiga mía, sólo déjate ver
Con las formas de la nada,
Al tiempo que camino
Tomado de tu mano.
Amiga mía, ven una vez más
Y llena con tu luz plateada
Mi oscuro porvenir…
Lear se acerco a la ventana y descubrió a Antonie de pie en la acera de enfrente. Vestía completamente de rojo y su mirada period más maligna que nunca. Al verse, se saludaron con un gesto de la cabeza.
-¿Irás?- le gritó el mago a un payaso silencioso.
Éste suspiro y subió a su habitación, resignado. Sacó un traje gris oscuro del armario y se cambió. Al mirarse en el espejo, su reflejo dijo:
-Luce bien esta noche, querido condenado.
Lear se apartó del espejo y se apresuró a salir de allí. Mientras bajaba por las escaleras, tuvo el amargo pensamiento de que lo que hacía no period algo bueno. Al abrir la puerta se topo con Antonie.
-Por fin, el luto del payaso de la calle Bolena, se ha ido.- dijo el mago, utilizando una voz sumamente profunda, como si hablara desde lo más recóndito de su atormentada alma.
Antonie sonrío encantado. Ambos caminaron en silencio hasta llegar a la plaza, avanzaron por un caminito de piedra para después seguir por una calle bastante iluminada y se detuvieron frente a un gran y elegante edificio. Algo cansado, Lear se sentó en una banca cercana.
-¿Este es el lugar?- preguntó con aburrimiento.
-Exacto.- respondió Antonie, sentándose también.- Pero mira esa ventana, la primera de la derecha. Allí duerme Carmín…- Lear lo miró, enarcando una ceja.- y su prima. En ella estoy interesado.- aclaró el joven.- Quizás esta noche, la haga conocer la cima del placer.
-No creo que esta fiesta sea como a las que acostumbras ir.- comentó Lear, mirando la ventana señalada.
-Claro que lo es.- afirmó el mago.- Los tipos que vienen con Carmín son bohemios. Actores, pintores, escritores y ella es la cantante del grupo.
Lear no comentó nada, pero esa información endulzó aún más la imagen que tenía de ella.
-¿Vamos a entrar?- dijo.
-¿Ya no sientes miedo?
El muchacho se levantó. Tenía cara de pocos amigos (cosa que era verdad) y cruzó la calle. Antonie lo siguió y llamó a la puerta tres veces. Una bellísima sirvienta de uniforme negro y ojos azules los recibió con una enorme sonrisa.
-Buenos días.- dijo.
-Hola.- Antonie la devoró con la mirada.- Somos invitados de la señorita Carmín, ¿Podemos pasar?
La sirvienta se hizo a un lado para que entraran. Y los condujo hasta un salón lleno de gente y comida. Para sorpresa de Lear los conocía a todos, pues se trataba de los vagos y libertinos del pueblo. Mientras Antonie seguía con la mirada a la sirvienta, el payaso fue a la mesa de las bebidas para tomar un poco de agua.
-Será un poco aburrida la velada.- suspiró Antonie, pero justo en ese momento comenzó a escucharse la música y al menos diez bailarinas aparecieron en el salón.-Bien, retiró lo dicho.- sonrió el mago y buscó un asiento para disfrutar del espectáculo.
En cambio, Lear se colocó en un lugar apartado pero cerca de una mesa llena de postres. Después de lo que a él le parecieron horas de un intenso aburrimiento, llegó la noche y con ella las ganas de ir al baño. Se levantó y le preguntó a un mesero donde se encontraba el baño. Después de deambular por toda la planta baja de la casa, dio a un extraño jardín en el que se encontraban sembrados decenas de ajos gigantes. Pla necesidad de un baño fue más grande que la extrañeza, el payaso fue tras uno de estos ajos e hizo sus necesidades sin la menor pizca de vergüenza. Más tranquilo y relajado, se dio a la tarea de buscar el baño y cuando al fin pudo se lavó las manos. Volvió al jardín e inspeccionó la zona. Caminó entre los ajos, los cuales eran enormes, tres veces más altos y anchos que él. Cansado, se sentó cerca de uno y se puso a mirar el estrellado cielo, preguntándose porque a veces no podían verse las estrellas. Había pensado que se encontraría con Carmín, pero no fue así. Ella no estaba por ningún lado y desencantado, se recostó en la hierba. De repente, un fuerte aroma a canela le lleno la nariz y los pulmones. Se levantó de donde estaba y descubrió que Carmín lo miraba desde lo alto de un ajo cercano.
-Baja de allí.- le gritó Lear, mitad irritada y mitad preocupado.
-Sube.- le pidió ella, estirando una mano en su dirección.
Lear caminó hasta a aquel ajo y lo pateó con todas sus fuerzas, pero ella no bajo.
-Entonces muérete.- dijo él. Mágicamente Carmín bajo de un salto.
-Espera.- sonrió.- No te vayas y me dejes como lo hiciste ayer. Quisiera saber, en verdad, porqué huyes de mí… payaso lindo y hermoso.
Lear la miró. Estaba asustado.
-Tranquilo.- musitó ella y lo tomó de la mano.- No haré absolutamente nada malo, sino relativamente bueno…
Inexplicablemente Lear se dejó llevar como si fuera un niño pequeño. No comprendía el porqué de su quietud y mansedad, ni tampoco porqué apretaba con tanta fuerza la mano de Carmín. Ella se detuvo y sin previo aviso se acercó al payaso, tanto que pudo distinguir con toda claridad el gris de sus ojos, y fue entonces que, con una ternura infinita, pegó sus labios a los de Lear para atraparlos en un beso. El payaso abrió los ojos con sorpresa. Era su primer beso… No supo qué hacer, qué pensar si tenía qué pensar mientras besaba… pero sus manos, instintivamente, se colocaron en la cintura de la joven… Lear sintió un profundo vacío en el estomago. Period doloroso pero la emoción tan maravillosa que lo llenaba, justificaba aquello. La respiración de Lear se intensificó tanto al igual que el movimiento de sus labios, que tuvo que separarse de carmín para poder respirar.
-¿Pasa algo?-preguntó ella, con la boca manchada de rojo.
-Me ahogaba,. Resopló él, también con la boca roja.
La miró un momento y sin saber cómo, un miedo atroz le recorrió el cuerpo de arriba abajo y le oprimió el corazón. Quiso llorar de terror, gritar de rabia, pero en lugar de hacerlo, sólo dijo:
-Hasta luego.- y huyó del lugar a toda velocidad, pasando junto a Antonie que devoraba a besos a una joven, muy cerca de uno de esos ajos.
Al salir de aquella casa, se precipito por las calles corriendo a toda velocidad. Cuando llegó a la suya, se encerró en su habitación, como un adolescente avergonzado. Y en verdad lo period. No sabía si debía llorar sentirse feliz. Aquel beso period como la bendición de una bella bruja, pero en realidad period una maldición por tantos años de renegar del amor. Caminó desesperado de un lado al otro de la habitación retorciéndose las manos. La desesperanza le ganaba a su alegría, y un sentimiento de culpa lo hizo detenerse en seco. Corrió al baño y sin desnudarse, entró en la tina. El agua helada no bastaba para enfriar su pasión recién nacida, pues se trataba de una llama que se negaba a morir. Trato de borrar aquel beso pero sólo lo marcó más, y sin remedio, sollozó muerto de miedo por el amor que lo invadía. Pasó la noche en vela, sumergido en el agua tibia de la tina, esperando que el agua clara fuera capaz de limpiar su pecado, pero lo único que ganó fue un resfriado que él tomo con agrado. Tenía la esperanza de que el virus fuera tan fuerte como para matarlo. ¿Cómo demonios había dejado que aquello le ocurriera? ¿Por qué se sentía así? ¿Por qué había correspondido a aquel beso? ¿Por qué deseaba verla y repetir lo pasado? ¿Por qué sentía algo colorido y vivo de repente? Recostado en la cama, el desgraciado payaso esperaba la sopa caliente que la señora Sofía le había prometido, pero en lugar de la comida, lo que llegó a su habitación fue Carmín. Al verla, Lear deseo estar desangrándose en el baño.
-¿Qué haces aquí?- murmuró él.
-Te fuiste.- le reprochó ella, enfundada en un vestido extremadamente corto y en unas medias shade negro que hacían juego con sus zapatos de bailarina de ballet.- Tenía que venir para preguntarte el por qué… ¿Acaso… te molestó aquel beso? ¿Fue así?
-No fue así, tú…- Lear no podía evitar que el pecho le doliera al verla de frente.- … tú eres algo que me agrada.
-Mmm… ¿Qué hacemos? Porque tú también me agradas, payaso oscuro.- Carmín se sentó en la orilla de la cama.
Lear no pudo evitarlo y se lanzó sobre ella, besándola apasionadamente, pero se apartó de golpe cuando sintió un frío mortal en el cuello. Fue como si el aire de sus pulmones se hubiera transformado en una pesada y fría nube que enfriara su inside. El joven se dejó caer sobre las almohadas, respirando un aire helado.
-¿Te encuentras bien?- preguntó Carmín, acercándosele.
Lear se hizo un ovillo en el centro de la cama y se echó las sabanas encima. Cerró los ojos y comenzó a susurrar cosas.
-Vete, alma corrompida por la vida y las buenas costumbres, aléjate querido cielo salpicado de las perlas de tu boca… Vete, maldita bendición…
Cuando Lear se quitó las sabanas de encima, notó que la noche había caído y que una aterradora visión de la luna llena se colaba por la ventana abierta. Estaba completamente solo y sin tener el menor deseo en evitarlo, sollozo como un condenado mientras escuchaba los gritos de su recién abierto corazón, junto con la tonada que solía tocar en el piano de la sala. Gritó desesperado, pegando la cara al colchón y golpeándose en el estomago con todas sus fuerzas. No quería estar enamorado, no de esa tentación cabellos de oro y boca de fresa… No deseaba llenar la habitación con burbujas rosas, pero period inevitable. Las sacaba, junto con un poco de saliva y sangre, productos de su odio a sí mismo.
-Te odio Lear.- gritó con la cara húmeda de lágrimas y sangre.- No sabes cuanto te desprecio por quererla así, por no escapar de su hechizo… Te odio, joven payaso, condenado al dolor que te provoca un hada perfecta…
-…sólo si dejas de odiar al amor.- terminó su maldición aquella hada, sentada en el picaporte de la puerta.
Lear se incorporó en la cama y la miró con los ojos hinchados e inyectados en sangre.
-¿Y ya?- balbuceó.- ¿Eso es todo?- contuvo un sollozo, pero no un grito.- ¿Por qué eso? ¿No ves que me muero por quererla?
-Acepta su amor sin medio.- dijo el hada, volando por encima de la cama.
Lear se levantó de su lecho y que quitó un zapato para arrojárselo al pequeño ser.
-¡Vete de aquí, lárgate maldita cosa! ¡Esfúmate del mundo, sólo sirves para traerle dolor a los que sí somos mortales, no como tú, ser malvado y lleno de ponzoña! ¡Vete!- gritó escupiendo más sangre.
La pobre hada, humillada y maldecida, se transformo en un puñado de chispas que fueron a dar al suelo en forma de gotas de sangre. Nunca más volvió a volar, incluso a existir, Lear lo sabía, y profundamente apenado limpió el liquido escarlata y con mucho cuidado lo depositó en un frasquito que enterró en el patio trasero. Se quedo un rato frente a la pequeña tumba, sintiéndose extrañamente solo y más weak que antes. Sentado allí, en la grisácea hierba, cayó en la cuenta de que estaría maldito de por vida, pues aunque lo que sentía por Carmín period lo más puro y tierno del sol, no dejaba de enfermarlo y lastimarlo. Un pequeño tulipán violeta salió de la tierra, justo sobre la tumba del hada. Lear se acercó a ella y descubrió que olía a canela. Con un suspiro, decidió ir a casa de Carmín. Cuando llegó, se sentó en la banca de hierro forjado que estaba cerca y vigilo la ventana que Antonie le había indicado el día interior, y todo con la esperanza de poder verla. Pero pasó toda la noche en ese lugar y parte de la mañana, y nada ocurrió… Hasta que… Carmín apareció en la puerta, tomada del brazo de un hombre alto y al parecer rubio. La joven tenía una expresión triste que hacía juego con su vestido largo de shade negro. Al verla, el payaso sonrió de oreja a oreja. Se quedó donde estaba y agachó la cabeza cuando Carmín se percató de su presencia.
-Tengo varios motivos para alejarme de ti.- le dijo ella, sentándose a su lado.-Pero ninguno es lo suficientemente fuerte como para hacerlo.
-Soy extraño.- susurró él, mirándose los pequeños pies.- raro hasta lo enfermizo.
-Interesante.- dijo ella, besándolo en la coronilla. Hecho eso se marcho con el hombre rubio.
Lear se recostó en aquella banca. Sonreía.
-Dos tardes y tú no vienes.- dijo Lear metido en la cocina. Estaba sentado sobre el fregadero, matando a las arañas que se colaban por la ventana.- ¿Qué pasa por tu rizada cabeza como para que te hayas olvidado tan pronto de mí? Pequeño escarabajo… ¿Dónde te escondes?
-Tu pequeño bicho está en la plaza comprando panques.- dijo de pronto Antonie, asomando su extraña cabeza por la ventana y Lear notó que tenía un golpe en el pómulo derecho.
-¿Te descubrió su verdadero amante?- preguntó el payaso con una sonrisa siniestra.
-Sí, pero este golpe valió la pena.- afirmo el otro, quitándose una araña de la cabeza.- Tengo el tesoro de la doncella.
-Eres un maldito.- dijo Lear con una risita, pero de inmediato le vino una retorcida thought a la cabeza.- Antonie…
-Lo que hice fue lo correcto, si tú la hubieras visto allí tendida, con su perfecta silueta envuelta en esa breve bata de seda y con su resplandeciente cabello negro cayendo por su espalda…- Antonie miraba a una diosa incorpórea que flotaba frente a él.- Lear, sus largas piernas avanzaron hasta mí y sus brazos delgados se aferraron a mi cuello… Querido amigo no habrías salido corriendo de aquel aposento, no, espera, tú sí habrías salido corriendo de allí.
-Antonie, ¿Cómo obligó a alguien para que esté conmigo?- continuó Lear como si no hubiera escuchado nada.
-Es que no puedes obligar a alguien.- respondió Antonie, metiendo aún más la cabeza, lo cual le daba aspecto de decapitado.- Las personas se unen por el simple deseo de querer estar juntas. Todo depende de la actitud que se tenga con el otro. Si quieres que Carmín no huya de ti, no seas grosero ni huraño, y mucho menos combativo. Ah, y puedes sonreír más, eso les gusta… ¿Qué te parece si lo intentas ahora?
-¿Contigo?- exclamó Lear con cara de asco.- Por supuesto que no, no eres una persona fiel.
-Hola, payasito.- saludo la voz de Carmín desde la sala.
-Vete.- urgió Lear, empujando al mago hacia fuera y rápidamente corrió hasta la sala.- ¿Qué quieres?
-Te traje panques.- dijo ella, poniéndolos sobre una mesilla para sacudirse las migajas que habían caído en su falda.
Pero Lear no los tocó, ni siquiera los miró. Se dirigió al piano para sentarse en el suelo. Se quedó un rato allí, escuchando los canticos de la luna que entonaban las ninfas del jardín de su desilusión. Quizá Carmín lo notó porque se dejó caer a su lado.
-¿Por qué eres así?- le preguntó ella.
-¿Por qué vienes hasta hoy?- dijo él.
-Porque trabajo Lear. Soy la cantante de la casa a la que fuiste. No puedo faltar, además tú tampoco me has buscado.- respondió Carmín con sencillez.-Pero dime, ¿Ya no te provocó asco si te beso?
-Nunca me has provocado asco.- dijo él, materializando en la palma de la mano una esfera de luz blanca.- Sólo que es muy raro tenerte aquí, eres tan bella, tan viva, tan ajena a mis sueños, tan perfecta en mis pesadillas que cuesta… creer que estoy vivo también. Es raro.
La chica lo miró con ternura y lo beso en la mejilla, después en la comisura de los labios. Lear escuchó el sonido de un lejano río y la tranquilidad de antaño… Entonces acercó su boca de labios resecos a los húmedos y rojos de Carmín. Tomo su talle entre las manos y lentamente la recostó en la alfombra. Los coros de una lejana fantasía remplazaron la oscuridad del lugar al tiempo que el muchacho bajaba una de sus manos por la cadera de la bella doncella. La tranquilidad reinaba en la mansión, pero al mismo tiempo una pasión dormida, gracias a la amargura y al dolor, cobraba vida bajo el piano. Lear, completamente desnudo del torso, desabrochaba el vestido de Carmín con una ternura infinita. Cada una de sus caricias estremecían a la joven, desnuda al fin. Al ver el cuerpo de la chica, Lear sintió un deseo incontrolable de amarla hasta el delirio. Besó su largo cuello y sus frágiles hombros, bajando hasta el par de montañas que se alzaban contra su temblorosa mano, tan inexperta ante la suave carne de su querido cordero. Su mano bajó aún más hasta llegar al vientre hirviente de Carmín, y allí la tomo con fuerza de la cadera haciendo que soltara un sonido extraño, como de un placer desconocido. La besó con un amor extraño, pues no era puro ni romántico pero sí el más sincero y dulce que se pudiera encontrar. Poco a poco, casi con miedo, fue adentrándose en la carne de Carmín, ella se movía bajo el cuerpo de Lear, pero éste, invadido por nuevas y extrañas emociones, seguía metiéndose en ese mundo frío y húmedo. Ella decía balbuceaba cosas, pero él no escuchaba pues estaba cayendo en un cielo estrellado, incapaz de parar. El sudor mojaba ambos cuerpos, los cuales se movían rápido lento sobre aquella alfombra… Con la espalda arañada y llena de marcas, Lear sintió una extraña explosión que lo vaciaba de pies a cabeza, Carmín gimió con fuerza y después se quedó quieta. El joven la abrazó y le susurró al oído.
-¿Estás bien?
Ella afirmó con la cabeza, pero después dijo:
-Es raro, yo sólo venía a dejarte panques.
Lear besó su espalda, loco de amor dulce por ella. La abrazó con más fuerza y volvió a besarla con pasión. Volvieron a tocarse hasta desearse nuevamente. Lear la sentó sobre su regazo y continuó besando sus pechos.
-Lear…- susurró ella agitada.-… detente.
Pero él no escucho y volvió a hacerle el amor hasta que su cuerpo pidió un descanso. Ya vestido y recostado en el suelo, miró como Carmín se ponía la ropa. Al despedirse de su querida hada frente a la puerta de esa casa, la besó con dulzura y espero a que ésta entrara. Se sentó en la banca de siempre y miró con cariño aquel lugar, pero de inmediato un extraño veneno le lleno las venas.
La fortuna no viene sola,
El management de lo que siento
Se desborda con cada distracción
De tu dulce imagen que
Inspira a mi pobre corazón
A seguir por el blog cuidado personal sendero de
Una muerte anunciada…
Al igual que otras más.
¿Qué me hiciste ser maligno?
Veo un nuevo sol, veo una nueva vida
Que se alza ante mi inerte cuerpo…
Siento que el viento quita
Las telarañas de lo amargo y
Me refresca con tu dulzura
Espectral…
Me condenas a una felicidad que no quiero…
Lear se levantó y caminó sin rumbo fijo con un pesimismo mortal que caía sobre sus hombros, un miedo que no se fue en los meses siguientes. Por el fin el otoño había llegado, todo parecía tan raro y sombrío como siempre. El circo iba bien, con el mismo público y la pobreza. El acto de Antonie revelaba un nuevo golpe en el rostro por culpa de la amante que se negaba a abandonar, Leonel seguía igual de oscuro pero el acto de Lear ahora contaba con una linda ayudante rubia que dormía con el payaso varías noches a la semana. Después de una función, como todos los días, Carmín pasó a casa de Lear para cenar, pero al entrara a la cocina, encontraron a la señora Sofía tendida en el suelo.
-Sofía.- gritó Lear y la levantó en brazos, llevándola hasta su habitación.
Después de la visita del médico, Lear se encerró con la señora.
-¿Suicidio?- preguntó él con los brazos cruzados sobre el pecho.
-Se llama achaque.- respondió la mujer desde su cama.- Ya no soy joven como tú, me cansan los encuentros sexuales bajo los pianos.-Lear no dijo nada y ella prosiguió.- Sabes de sobra que estoy robando tiempo.
-No lo creo, más bien ya quieres irte.- dijo él, sentándose a los pies de la cama.- Cuando lo hagas, procura que no esté cerca, te seguiría hasta el mismo infierno para lograr mi propio last.
-Lo tendré en cuenta.- suspiró ella.- Ahora lárgate…
Lear salió y se dirigió a su habitación. Con sorpresa la encontró recostada en la cama, pero no hizo mucho caso.
-Hazte a un lado, quiero dormir.- gruñó.
-Pero yo no.- replicó ella. Se levantó y apago la lámpara para dejarlo todo en penumbra. Tomó a Lear de la mano y lo llevó hasta la cama, recostándolo en ella. Carmín se sentó sobre su estomago y se inclinó para besarlo. Después con la voz más hermosa que las tinieblas pudieron crear, ella le susurró al oído.- Te amo.
El cielo se rompió en mil pedazos con la fuerza del viento mortífero de los muertos en guerra. La luz blanca de torno verde, los ríos de agua dulce se llenaron de la sangre de sus muñecas abiertas en el baño de estar con Carmín. Metido en la tina, su sangre enturbiaba el agua limpia de la llave. Con la cabeza apoyada en la orilla de la tina, como un muñeco sucio, viejo y sin más intensión que morir, Lear se quedó toda la noche allí, sumido en sus contradicciones mortales.
-¿Qué hice?- susurró con tristeza.- Sólo atrapé la nada de la luz entre mis brazos, ¿pero de qué sirvió? Ahora me siento peor, sucio, contaminado por una extraña dolencia que carcome mi atormentada alma, pero no se puede hacer nada, sólo rezar por la sangre y sueños perdidos. Pero la culpa no fue totalmente mía fue de esa estúpida hada que no tenía nada mejor qué hacer, si…- se levantó dentro de la tina renovado por una maléfica fuerza. Húmedo y con las muñecas sangrantes, exclamó triunfante.- Sólo soy víctima del odioso amor, pero… ¡SORPRESA! YO, EL PAYASO DE LA NOCHE NO CAERÉ MÁS EN SU TRAMPA.- y soltó una risa fría y escalofriante, desprovista de vida.
Salió del baño, tembloroso y débil, y despertó a Carmín con un grito.
-Amor
-¿Qué pasa?- preguntó ella, frotándose los ojos. Pero al ver las heridas de Lear se levantó asustada y corrió hacía él.- por Venus, ¿Qué te has hecho?
-Nada, sólo que las heridas externas han superado en horror a las internas.- respondió Lear, menos animado que antes.- No es nada, sólo que… Quiero estar solo.- le pidió y fue a la ventana.
Escuchó como Carmín se ponía los zapatos y salía de la habitación en completo silencio. Volvía a sentirse vulnerable y triste hasta el extremo. Un extraño presentimiento atenazaba sus preciadas burbujas rosadas, sin otro remedio más que confiar que todo estaría bien se durmió. Al fin y al cabo, la vida no period tan cruel como para ensañarse con él por haber renegado de ella tanto tiempo.
four
La casa estaba en silencio, se diría que abandonada pero en realidad era que la hora de la comida había llegado. Sofía comía con entusiasmo su estofado de abejitas con limón, mientras que Lear picoteaba con desgana sus ojos hervidos con tomillo.
-¿Por qué no ha venido Carmín?- preguntó Sofía, vaciando su plato, pero Lear no respondió.- Bien, bien, bien ¿Vuelves a estar de huraño, niño perdido?
-Algo más fuerte no la deja acercarse.- respondió.
-Tu mal humor.
-Ya sé, tus estúpidos miedos, ¿Tú mismo?
Un poco de ambos, pensó el payaso, pero no respondió, sólo hizo el plato a un lado y se levantó de la mesa para dirigirse hacia rumbo desconocido. Vagabundeo por las calles del barrio unas cuantas horas, pero al caer la noche sus pies lo llevaron, sin remedio alguno a su odiado teatro. Al llegar a ese lugar, todos lo saludaron como de costumbre, todos menos uno: Antonie. Sobre el escenario estaban el mago y el mimo, este último le limpiaba la sangre del rostro a su hermano, el cual parecía a punto de explotar. El curioso payaso de acerco para enterarse de lo que sucedía pero al segundo se arrepintió, pues Antonie al verlo, le saltó encima y lo tomó con fuerza por el cuello de la camisa. El mago parecía trastornado.
-Lear, necesito decirte algo muy importante.- susurró, mirándolo directo a los ojos.- Quiero que me escuches con mucha atención y sólo cuando haya terminado, permíteme acompañarte a buscar venganza.- el payaso entrecerró los ojos y se soltó del otro, pero se quedo donde estaba, esperando aquella información tan trascendental.- Pues bien, debes saber que estos golpes que ves en mi rostro son producto de mis amoríos con cierta dama… que conoces…- el mimo soltó un bufido de exasperación. – su novio, amante, lo que sea que ella tenga, me encontró saliendo de la habitación de la bella dama… creo, de eso no estoy muy seguro pues me escondí tras uno de esos enormes ajos que hay en el jardín… Mientras esperaba a que el peligro pasara, escuche algo que llamó mi atención…- y en este punto Antonie dio un paso hacia atrás, de inmediato el payaso sintió la inminente llegada de la calamidad. Sólo respiro profundamente y aguardo el golpe.-… lo que escuche Lear, fue una voz… una voz que me paralizó por completo. La voz de Carmín… pero no voy a ser yo quien te diga lo que susurraba ella, no… tú tendrás que escucharlo…
El chico negó con la cabeza pero el mago no lo dejo así. Antonie tomo a Lear por la muñeca y lo arrastro hacia la salida en medio de forcejeos, pero todo esfuerzo era inútil. El mago no lo soltó y lo llevo hasta la casa de Carmín. A regañadientes entraron cuando la sirvienta abrió la puerta.
-Vamos, payaso.- siseó el mago.- Ve hacia el jardín, justo a su habitación y por favor, mira lo que está pasando allí. Te lo suplicó.
Lear salió al jardín pero se debatió consigo mismo para avanzar no hasta la cortina. Después de varios minutos se armó de valor y encaminó sus pasos hacia ese lugar. A mitad del jardín comenzó a escuchar música, mientras avanzaba aquel sonido se hacía más y más fuerte, pero cuando se encontró a pocos metros de la habitación, sus oídos captaron la inconfundible risa de su hada. Con más entusiasmo salvó la distancia que lo separaba de ella. La punta de sus dedos toco la suave tela de encaje carmesí… Antes de entrar prefirió mirarla a través de la tela. Una leve sonrisa se dibujo en sus labios cuando la vio de espaldas, estaba completamente desnuda… El payaso sintió el impulsó de entrar pero en el acto se detuvo.
-¿A quién amas en realidad, a ese chico enclenque a mí?- preguntó una voz desde las sombras.
-No seas tontito, sabes perfectamente que a quien amo es sólo a ti…- respondió ella, caminando hacia el lugar del que provenía la voz.
Lear soltó un jadeó y retrocedió como si estuviera viendo un cadáver. De inmediato su respiración se tornó agitada… y sus ojos se llenaron de lágrimas. Quería entrar allí y preguntarle a esa mujer porqué mentía, pero no… aquello no era una mentira, period verdad… Verdad…
El payaso se dio la vuelta y echo a correr hacia la salida, pero no sin antes toparse de frente con Antonie, quien llevaba una botella de whisky en la mano.
-Vete, niño.- le dijo, dándole un gran trago a la botella.- Corre, largo de aquí… Yo me quedaré para vengarnos a los dos. -Lear se detuvo un instante y contempló un arma en la mano del mago, pero no quiso pensar en nada que no fuera en la mentira que había creado Carmín.
Con una última mirada al mago, salió de esa casa y fue directo a una vinatería. Compro todo el licor que pudo y después se ocultó en un callejón oscuro. Bebió botella tras botella, importándole poco que una lluvia torrencial callera sobre su cabeza y lo empapara por completo. Quería perder la conciencia pero no podía hacerlo, seguía cruelmente lucido. El cuerpo desnudo de Carmín no lo abandonaba, parecía que lo tuviera tatuado en la retina… De golpe, todo el amor que sentía por ella, se solidificó, convirtiéndose en una pesada losa que le oprimía el pecho. Le dolía respirar… le dolía cada latido… le dolía ver el cielo… Con mucho cuidado se levantó de la acera y se encaminó hacia su casa. La mañana estaba fresca y despejada. No había gente en la calle, todos dormían…El quería dormir, llegar a su cama y hundirse en las sabanas. Y así lo hizo, al ver su mullida cama se echo sobre ella y comenzó a gritar con la boca pegada a las mantas. Gritó y gritó durante horas enteras hasta que el agotamiento lo dejo mudo. Sólo de esta manera pudo conciliar el sueño, pero por algunas horas. Despertó justo al anochecer para ir a trabajar, pero para su sorpresa, aquella noche no habría espectáculo. Un fuerte aroma a rosas lo recibió en cuanto puso un pie en el teatro, buscando el origen de aquel fragrance, Lear fue a dar en el escenario. Allí estaban todos sus compañeros reunidos y vestidos de negros. Todos rodeaban lo que parecía ser un ataúd. El payaso corrió hacia allí y con una profunda punzada en el estomago, miró el cuerpo sin vida de Antonie. El mago estaba completamente golpeado, sangraba de todas partes, pero en especial del pecho, donde tenía la genuina marca de un disparo que le había dado directo al corazón.
Lear tragó saliva y se alejó unos cuantos pasos de allí. Todos lloraban, menos el mimo, el cual miraba intensamente al payaso.
-Aquel hombre terminó por matarlo.- dijo en voz alta.- ¿Cómo lo supe? Porque el muy maldito vino hasta este lugar para dejar el cuerpo… -Lear agachó la cabeza. – Quiero que me ayudes…- el mimo se le acercó.- Ayúdame a vengar a mi hermano…- le pidió él, suplicante y el payaso aceptó, pues ya no tenía nada qué perder, pero también pidió un favor a cambio. Una cosa muy simple: un hoyo profundo en la tierra y el mimo acepto.
Lear regreso a casa para despedirse de su amiga, pero para su sorpresa la encontró en su cama, apaciblemente muerta. Al parecer se había suicidado durante la noche anterior, mientras él lloraba su pena. Cerca de la anciana se encontraba una botella que tal vez había estado llena de veneno… El chico solo suspiró y la beso con ternura en la frente, prometiéndole que pronto volverían a verse. Fue a su recamara, tomo la navaja que ocultaba bajo la almohada y volvió al teatro donde lo esperaba Leonel.
Ambos emprendieron el camino hacia el burdel. Sin ser muy corteses entraron a la casa, pero ésta se encontraba sola, al menos eso creyeron cuando un hombre alto y de cabello rubio los recibió, de hecho solo se percato de la presencia del payaso.
-Con que al fin estás aquí.- dijo aquel hombre, aquel hombre que period idéntico a su hermano mayor, Sandro.- Me preguntaba por qué tardabas tanto en parecer… pero me respondí rápidamente. Siempre fuiste un inútil, hasta para seducir a una mujer eres un inútil…
-¿Qué haces aquí?- preguntó el payaso.
-Cuidando de mi bella amante a la que ya conoces.- Sandro sonreía dentro de su estúpido traje militar.- ¿Vienes por eso por lo de tu amigo?
Lear solo sonrió y se acercó a la puerta, la cual abrió lentamente.
-Lo que pase contigo nunca me ha importado, además yo no soy la persona a la que le debes una explicación.
El mimo entró a la habitación apuntando a Sandro con un arma. Lear no aguardo ni un instante y salió, dejándolos solos. Mientras cruzaba el jardín de ajos, pudo escuchar un disparo, un grito, otro disparo y luego nada. Ante este ruido, Carmín salió de su habitación alarmada, pero al ver al payaso allí, se puso pálida, y a pesar de todo esbozo una sonrisa.
-Hola, payasito.- susurró.- ¿Qué haces por aquí? Creí que me odiabas…
-Quiero hacer las paces, además Sofía te ha invitado a cenar.- Lear la miraba. Tenía el cabello húmedo, tal vez se había bañado porque había hecho el amor con Sandro.- La noche es perfecta, ¿vienes?
Carmín dudo, pero al remaining aceptó. Lear la tomo con fuerza de la mano y ambos recorrieron la casa hacia la salida. El payaso la dejo hablar como siempre, ella solo decía cosas referentes a pasteles, vestidos y pasos de baile. Él la escuchaba hablar mientras el corazón se le estremecía.
-Antes de ir a casa me gustaría cortar unas cuantas flores para Sofía.- mintió, deteniéndose en una esquina.- Es su cumpleaños, ¿sabes?
-¿En serio?- Carmín dio un saltito y aplaudió.- Vamos entonces.
Dieron vuelta a la derecha, rumbo a los prados de flores… La noche period serena y sumamente oscura… pero aquellos campos estaban cubiertos de flores violetas y azules. Lear le pidió a esa hada que recogiera las más hermosas que encontrara, le indicó que al ultimate del prado crecían las más hermosas, justo a un lado de aquel inmenso hoyo en la tierra. Ella le creyó y fue danzando hasta allí…
-Carmín.- la llamó él y ella se detuvo.- ¿sabes lo que es una mentira?
-Sí, ocultar la verdad.- respondió ella, abrazando su ramo de flores contra el pecho.- ¿Por qué lo preguntas?
-¿Tú has mentido alguna vez?- siguió él, sin escucharla, solo la miraba, la miraba por última vez.
-Nunca.- dijo ella con una sonrisa.
-¿Me lo juras?- Lear comenzó a acercársele.
-Claro.- ella lo miró. Cuando estuvieron frente a frente, a un palmo de distancia, ella le sonrió.- Eres muy raro, pero a pesar de todo te amo.
-Mientes.- susurró él, quitándole las flores y tirándolas a un lado.- pero no importa, aún así bailaré contigo. Carmín comenzó a temblar y se estremeció cuando Lear la estrecho contra sí con tanta fuerza que la lastimó.- ¿Duele’- le preguntó y ella negó con la cabeza.- Menos mal, creí que estaba lastimándote, así como tú me lastimaste a mí.
-¿De qué hablas?- susurró ella con miedo.
-Tú sabes de qué estoy hablando cuando hablo de mentir.- el chico comenzó a moverse de un lado al otro, obligándola a hacerlo también.- Carmín, ¿me amas?
-Sí.- musitó ella cada vez más asustada.- pero ya debemos volver.
-No, el único que volverá a esa casa, seré yo, porque tú te quedaras aquí…
Carmín se detuvo en seco y lo miró. En sus ojos azules brilló el entendimiento.
-Me viste anoche…- susurró sin apenas mover los labios. Lear sonrió.- Lear yo…
Pero fue tarde. El payaso hundió hasta el fondo la navaja en el vientre de Carmín, no una sino tres veces. Ésta comenzó a manotear en busca de ayuda pero antes de que comenzara a gritar, él la arrojo directo al hoyo. Carmín aún se movía cuando el payaso comenzó a cubrirla de tierra, ayudándose con la pala que Leonel había dejado por allí. Cuando la tierra regresó a su lugar, Lear fue a la mansión, pensando en que todo terminaría pronto. Mientras subía las escaleras hacia su recamara, cayó en la cuenta de que nadie lloraría por él y eso period bueno, no quería lastimar a nadie.
Una vez en su recamara se sentó en el suelo y con la misma navaja que había usado para matar a Carmín, comenzó a abrirse las muñecas. La sangre escurrió lentamente por sus antebrazos, goteando de sus codos hasta el piso. Cuando no tuvo más fuerzas para seguir cortando, dejo la navaja a un lado y se recostó en el piso. Le dio sueño, mucho sueño… period la muerte que venía. Con un último suspiro, cerró los ojos y se dejo morir, pensando que así es como deberían terminar todos: jóvenes, enamorados y sintiendo una profunda herida en el alma. Una muerte así valía la pena. Morir por amor era más valioso que vivir una vida vacía, mirando a través de una ventana, ocultando nuestra risa y callando nuestra voz.
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