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Literatura El Cambiapieles

Por Santiago Angarita Yela
Aquel que cube que la realidad es plana, es porque jamás la ha visto desde los ojos de una rata. Siempre he sentido fascinación por estas peculiares alimañas. Prestigiosas escapistas. Dueñas del inframundo. Con fauces capaces de pulverizar concreto. Cali no es tierra de ratas, hay ciudades que, al encenderse las farolas, son inundadas por bigotudos ciudadanos de tercera clase. Sin embargo, vivir al lado del cadáver de un río profanado por los desechos de un barrio maqueta, facilita el avistamiento de maravillosos ejemplares. Del tamaño de un cachorro de bulldog y diez veces más ágiles que cualquier felino. Yo que no soy ajeno a las riveras fangosas del comunitario desagüe, he contado con la fortuna de escuchar de las fauces de las ratas, alucinadas aventuras.
Fue el martes pasado, después de una larga jornada de clases. Me abastecí de un par de cervezas y media de rojo. Caminé hasta el caño y me senté tras el salvaje césped. Oculto en la maleza, para que la tomba no me vea y los perros no me huelan. Dos ratas jóvenes flotaban sobre una tabla de catre roto. Tan ensimismadas en su conversación estaban que no se percataron de mi invasora presencia. Sentí que no period correcto espiar su intimidad, pero me sentí profundamente atraído hacia un comentario del más grande de los roedores:
—Yo no soy ningún cachorro. He sido rata tanto de iglesia como de burdel. Y no ha habido otro lugar más lleno de visajes, que la torre Alejandría.
La torre Alejandría, es un edificio enano. De cinco pisos, al cual tengo plena vista desde mi balcón. Paso mucho tiempo observando desde lo alto. Vivo en un décimo piso y la alarma de incendios en el corredor, me obliga a fumar a la intemperie. Este condicional extremo, me ha hecho adquirir la vocación de voyerista, paso horas observando a los habitantes de Alejandría, encuadrando apartamento por apartamento. Imaginando las vidas de las siluetas en el inside. Sin embargo, preso de mi inquieta libido, me enfoco en solo una hilera de ventanas. Aquellas en las que voluptuosas musas se pavonean envestidas en nada más que lencería quita fácil. Estos deslices espirituales atrofian mi verdadera percepción, así que decidí prestar suma atención a la conversación de las alimañas; para ver si ellas habían olfateado algo que yo no.
No ostento una memoria privilegiada, pero mi inconsciente eventualmente, logra sorprenderme con una clasificación efectiva de lo que a diario percibo, capitulaciones, seriados, esquemas. La conversación de los roedores se extendió por algo más de una hora, pero yo no pienso extenderme tanto, lo de esta generación, es la inmediatez. Dicho todo esto, me complace presentarles el informe de mi roedor espionaje. Cinco detonantes escenas, una por cada piso de Alejandría. Sirviendo de escriba, a las cavilaciones cósmicas de dos ratas apartamenteras.
Apartamento 102
En el 102 se vive un silencio pre tormenta, letargo que se rompe siempre a las seis de la tarde, cuando ingresan irritables los tres individuos que juegan a ser una familia. Camilo, es el padre y Mónica se desempeña como madre, guardando algunos vestigios de la depresión post-parto. Viviana es la más cuerda del núcleo, aun no tiene edad para ir al colegio, así que mientras sus padres laboran, ella pasa los días en la vieja casona de su abuelo. A pesar de su corta edad, sabe que el prefabricado edificio de sus padres, no es lugar para estimular imaginarios, las siempre iguales paredes no pueden ser dibujadas y correr en las áreas públicas es inadmisible. No encuentra magia alguna en sus vecinos de plástico, en los hombres Armani y la keratina mensual.
Solo ha leído dos libros en su corta vida, uno sobre animales antropomórficos, que jugaban en un claro de luna a tener problemas existenciales y otro sobre traiciones en una granja, el segundo le recuerda un poco a su padre, quien de vez en mes deja escapar reproches con poco tacto.
—¡Yo me casé con vos por Viviana! ¿Qué pretendías al mostrarme a otra que no eras vos? ¿Dónde está esa mujer Mónica? ¿Dónde está?
Viviana sin entender, le reclamaba a su padre el maltrato, ganándose sin méritos par palmadas y un boleto a su habitación. Mónica, trabajaba en un name middle, debía soportar a diario la ira de desadaptados clientes, que se desquitaban con el obrero por los pecados del patrón. En la oficina la morboseaban en dos de cada tres cubículos, La única estimulación de eros que vivía durante la semana. Desde el nacimiento de Viviana, el coito, había sido relegados a cuartos de hora sin alma, siempre a las doce el primer domingo del mes. No period que la presencia de la niña interviniese con la intimidad. Viviana pasaba poco tiempo en la casa.
De siete de la mañana a cinco y media de la tarde, la crianza period responsabilidad de su abuelo. Marcos, un viejo bien tenido. Melena agreste, canas hasta en las cejas y una candonga gitana en la oreja izquierda. Era el abuelo paterno, pero nunca había sido padre de Camilo. Lo había abandonado durante veinte años y un buen día se le dio por aparecer en el entierro de su ex esposa. Camilo le reprochó en cada ocasión que tuvo. Lo bautizó con apelativos hirientes y amenazó con matarlo si se acercaba a su nueva e idílica familia. Las ayudas económicas de Marcos hacia Viviana, empezaron a ablandar a Camilo y después de un par de millones, aceptó pactar un diálogo.
—Yo no estaba listo para ser tu padre—dijo el viejo exponiendo el cuello a los rencores—, pero lo que es cierto que es que nada nunca te faltó. A tu madre le hice llegar siempre puntual más dinero del que podían gastar. Ha pasado mucho tiempo, he recorrido el mundo a bordo de una docena de navíos y puedo decir con complete entereza, que ya estoy listo para ser padre. Es un poco tarde para ti, pero podría ser de gran ayuda para Viviana.
Camilo se negó a la propuesta. A pesar de la promesa de dinero, no podía procesar su corto entendimiento, que su ausente padre quisiese apadrinar a su hija. Al no poder emitir un veredicto contundente, decidió compartir más bien relegar la decisión a su esposa.
—¿Te embobaste qué? Si el te mantuvo toda la vida también nos puede ayudar con Viviana.
—No pienso dejar que se acerque a Viviana—espetó molesto—, ni por el putas. Ese man nunca dio la cara. Me mandaba plata como si yo fuese un mendigo. Nunca hubo amor, ni mierda.
—Pues me importa un rábano. Viviana merece un buen futuro y ni vos ni yo podemos darle todo lo que tu papá puede.
Y las banales aspiraciones de clase media, hicieron que camilo aceptase a su padre de vuelta. Como proveedor y patriarca simbólico. Título que le otorgaba la potestad de la pequeña Viviana lo que restaba de su primera infancia. Viviana, en ocasiones, fingiendo confusión llamaba padre a su abuelo. Ramiro la corregía sin mucha convicción, sintiendo como las muestras de cariño de su nieta, le mataban la melancolía que una vez lo arrojó al mar. En el imaginario de la niña, Camilo period el hombre que la reprendía de noche. Viviana su madre y Ramiro su universo.
Camilo, se masturbaba de manera compulsiva, siempre a las nueve antes de irse a la cama. Tal vez esa period la razón por la que no sentía ganas de abordar a Mónica. Mónica, no le era infiel a pesar de las múltiples oportunidades que a diario se presentaban. En su oficina, era la casada más apetecida. Ella fingía sentirse agusto con su dinámica de vida, pero los domingos en la tarde, rompiendo ventanas sin levantarse del piso de la ducha, entendía que había caído en un letargo sin retorno. Vivía, porque no sentía ganas de morir. Moría, con cada noche que debía afrontar la estúpida mueca de Camilo roncando.
Apartamento 202
Los Alarcón se mudaron al sur a pesar de haber prometido durante toda su juventud, que el día en que Andresito se graduase del colegio, comprarían unas cuantas hectáreas a las afueras de la ciudad. El barrio que escogieron no quedaba a las afueras de la ciudad, pero si, justo al lado de la universidad de Andrés. Iban a poder mantenerlo vigilado unos años más, tal vez incluso hasta después de la maestría. Andrés pensó que si declaraba la inconformidad podría desligarse de los grilletes de amor punzante.
—No es justo tener que viajar más de una hora para llegar a la universidad—dijo convencido de que el reproche significaría independencia—, he sido un buen estudiante, jamás los he contrariado ¡Merezco vivir más cerca!
Inmensa su sorpresa, al escuchar de boca de su padre, que si se mudaban cerca de la universidad, lo harían juntos, porque la familia unida era inquebrantable”. Alquilarían la vieja casona en el oeste y con eso pagarían un cómodo departamento de barrio prefabricado. Andrés, se había acostumbrado ya al control. Period una cómoda postura para adoptar, sin lugar para la duda, ni para el error. No tenía que escoger qué comida comer, ni con qué ropa vestirse, incluso el veredicto ultimate sobre sus actuales parejas, lo dejaba en manos de sus padres. Ellos se encargaban de todo, de organizar el sendero seguro, para que su único hijo, caminase impoluto, con el pelo engominado y los zapatos lustrados.
Andrés no había considerado error alguno en su forma de vida, a veces añoraba un poco más de sorpresa, un poco de inestabilidad para equilibrarla. Pero nunca, se había cuestionado de la manera en que lo hizo al conocer a Mario. Mario, period el opuesto de Andrés, desde sus inclinaciones ideológicas, hasta los arquetipos de la mujer supreme. A Andrés le gustaban puritanas y Mario no hacía más que cosechar chicas Almodóvar. Los controladores padres odiaban al alucinado hidalgo. Veían en el un nefasto enemigo, una pandemia, una revolución. Aquel quien con dos versos podría derribar diez y ocho años de solidas murallas. Mario necesito mucho menos de diez y ocho años, un fin de semana y dos cuartos de LSD, para incinerar el velo que evitaba que Andrés vislumbrase más de una dimensión.
Los padres de Andrés se vieron obligados a viajar a Buga, para asistir al velorio de un primo en tercer grado, consanguineidad nula, hipocresía acquainted. Andrés se quedó con la excusa de sus primeros parciales, quería prepararse lo mejor posible para resaltar desde el primer momento. Mario, al enterarse de la ausencia de los carceleros, le pidió a Andrés posada el fin de semana entero. Con la promesa de que no solo estudiarían, sino que aprenderían a volar sobre las praderas de la exocolonia, montados en la barra de una bicicleta holandesa, rozando con la lengua los pistilos de variopintos tulipanes.
Se abastecieron con abundante agua, cuatro paquetes de gusanos de goma y dos Pokersaurios. Un par de horas más tarde, los efectos de la sustancia modificaron con violencia la conducta de la joven dupla. El primero en sentirlo fue Mario, quien al entrar en contacto con el agua del fregadero, afirmó sentir como el río sufría con las constantes profanaciones de las industrias. Fue tan vivida la revelación, que tuvo que sentarse a recuperar la respiración.
—¿Está todo bien pana?—le preguntó Andrés, tratando de evitar que la cocina se desdibujase.
Las paredes se derretían, empañadas en vapor. Destilaban colores sobre la baldosa, los cuadros de Matisse. Musas felinianas bailaban fox trot, en pijama, sobre los balcones de la torre del frente. Andrés se esforzaba a sentir empatía, a comprender el cataclismo interno que Mario con angustia soportaba.
—Nada está bien mi perro. El río está agonizando y me ha dicho llorando que esta noche con temor afrontará la muerte.
Alterado por la lisergia, las palabras de Mario sonaban como el más ilustre de los manifiestos. Andrés se puso en pie y caminando hacia la puerta se giró al notar que Mario no lo seguía.
—Ponéte unos zapatos. Vamos a evitar que maten a ese hijueputa.
A mitad de la noche, los alucinados hidalgos abandonaron Alejandría. Caminaron hacia la rivera del caño y tomaron con sus manos entorpecidas dos pesadas piedras. Sin hablarse, filosofaron sobre los destinos del río. La escasa salud que presentaba, tan decaída que se había visto obligado a pedir la ayuda de dos mediocres especímenes humanos. Montaron guardia, muy atentos. Sentados como cavernícolas junto a la olorosa rivera., tratando de no distraerse ante las mil ocurrencias que la lisergia al cerebro incitaban. En las nubes bien dibujadas por los haces de luz, veleros de estrella atracaban en puertos de oniria, sin pasaporte, sin aduanas. El único sonido que los amigos percibían, era el de las ratas, corriendo libres, saltando entre rocas y saltando a las aguas negras, para luego hacer una larga apnea. Ratas de agua, ratas de ciudad, ratas eternas, ratas malversas. Son de ellas las noches, de las alimañas y los vampiros, de los amantes y los gatos.
Un hombre arrastrando un costal de cabuya, se sentó a escasos metros de los viajeros. Aliñó una pipa, que no tenía hierba sino bazuco. Tratando de volar a la par de la psicodelia, pero estrellándose con la naturaleza infernal de las drogas bajas. Mario se exaltó al ver al hombre acercarse.
—Ese man. Ese man es el que va a asesinar el río—susurró Andrés, poniéndose de pie y acercándose al habitante de calle, con la piedra en mano y los ojos felinos.
EL andariego se encontraba en tal estado de consciencia alterada, que no sintió los pasos ni el zumbido de la piedra rompiendo el silencio.
—¿Qué estás haciendo? ¡Loco hijueputa!—gritó Mario perdiendo la serenidad del ácido.
El vagabundo se retorcía de dolor, le sangraba el pómulo y se cubría la cabeza, agitándose en posición fetal.
—¡Pues eliminando la amenaza del rio!
—Me vas a malviajar pedazo de imbécil. EL no es la causa de la agonía del rio. Los desagües lo son.
Andrés soltó la piedra y se alejó asustado del cuerpo adolorido. Se sentó junto al lecho y rompió en llanto. Mario se acercó a consolarlo.
—Parce, relájese. Si el río muere al menos van a quedar las ratas.
Los roedores seguían saltando de un lado al otro, clavaban y salían del agua en espirales, delfines de cloaca. La danza, despertó a Andrés una idea más pragmática que la violencia física.
—Ya sé manín. Llevemos a esas ratas al conjunto. No se ría, es como el cuento del flautista.
—Pero nosotros no tenemos flautas—replicó Mario.
—¿Para qué flautas? cuando tenemos la banda entera.
Andrés extrajo un celular del bolsillo. Abrió la galería de canciones y le cedió el hechizo a The Roots. What they do fue tan efectiva como las notas del bardo de Hamelín. Las ratas se arremolinaron en torno a los muchachos. Mario sintió algo de miedo. Miedo y admiración, al ver a su buen amigo romper el capullo y expandir la mente. Vibrar en quinte, hechizar ratas. Andrés caminó hacia Alejandría con el celular en alto. En fila india, lo seguían alrededor de treinta ratas. Se contoneaban de un lado al otro. Sintiendo cada pulsación, cada rima funesta de la boca de los hijos de la urbe. Seguían a Andrés, el talentoso encantador, y Mario extasiado cuidaba la retaguardia. Al arribar a la portería, Mario se adelantó para distraer al portero, mientras la legión se tomaba Alejandría.
Los padres de Andrés arribaron de su viaje el domingo a mediodía. Iracundos, porque su hijo llevaba más de doce horas sin responder llamadas. Entraron al 202 y encontraron a Andrés en un rincón, acariciando a un pequeño roedor. Después del escándalo inicial, le ordenaron ir a bañarse de inmediato, a lo que Andrés respondió:
—Suspendieron el servicio de agua, encontraron más de veinte ratas nadando en los tanques. Pero no se preocupen, el río va a vivir una luna más.
Apartamento 302
Evaristo llegaba al 302, agotado y con la gota amenazando con romperle las calcetas. Antes compraba café y pan en el viejo kiosko de guadua, a escasos metros de la correccional de menores, su sempiterno lugar de trabajo. La correccional, como un fuerte de antaño, rompía la silueta del potrero virgen. Triple pared, cornisas tapizadas blog de salud con púas y un guardia como Evaristo, armado y a diez ojos cada par de metros. En el recinto carcelario, yacían privados de la juventud, menores que no lograron encajar con lo sociedad ni con los dogmas. La gran mayoría, tras barrotes por probar la tibieza de la sangre agónica, antes de tener edad para ordenar un whiskey.
Evaristo era el encargado del faro, un potente foco que emite un haz de luz desde la torre más alta del recinto carcelario. Escudriñaba con ella las cornisas, las copas de los árboles y los accesos a las cloacas. Buscando a algún valiente con la estupidez necesaria para saltar la triple pared, esquivar las púas de los ladrillos y salir ileso de la caída de seis metros. A los guardas de las garitas tanto como al del faro, les habían dado órdenes claras, quien saltase la segunda pared, debía ser detenido por cualquier medio. EL medio, period una carabina punto veintidós de dotación y mal cuidada. Evaristo era hábil con el gatillo, se había criado en una tierra paramilitar y su padre, antes de morir, había jugado para todos los bandos, no lo temblaba la mano ni borracho. Aun así, cuando vio a la chica escalando la tercera pared y el haz de luz se posó sobre el rostro terso, sintió como su dedo se dormía y la muñeca flaqueaba. La joven escapó, ilesa, si es que amortiguaba la alta caída del muro. Evaristo se vio obligado a dar la alarma. Esa misma madrugada, más de un despido se anunció en las oficinas administrativas, pero el nombre de Evaristo no sonó en ninguna liquidación, su antigüedad, lo hacía intocable.
—El reflector no detectó nada. La culpa es de los de celda y patio, el recluso se les escapó en las narices—declaró solemne, con la capacidad de engaño inherente a la edad.
El barrio Bochalema, hogar de Evaristo y la correccional, fue cercado desde la universidad autónoma hasta el puente de origen de la panamericana. La fugitiva se llamaba Eugenia, nadie, a excepción de las directivas conocía la razón veraz de su condena. Se decía que había asesinado a su tío con tan solo catorce años, otros afirmaban que disfrutaba de ungir gatos en aceite hirviente. Eran meras especulaciones. Evaristo, quien jamás tenía contacto con los presos, había intercambiado con ella un par de palabras, en uno de los muchos reemplazos de turno, que hacía para los guardas más jóvenes.
—¿Que se siente vivir afuera de estos muros de mierda?—le preguntó con ojos coquetos mientras barría el pasillo adyacente al patio de deportes.
—Está edificación es lo único que he visto desde hace muchos años. Puede que no viva aquí pelada, pero desde mi balcón se ve el patio interno y todas las garitas. No hay hora que pase sin tener la correccional en mis narices. Ha sido así por veinte años.
—Usted es un viejo raro. Raro y amaestrado, un perro viejo, con el cuello en carne viva por el peso de la correa.
Eugenia se marchó ofendida, con la escoba arrastrando. El breve encuentro quedó marcado en la mente de Evaristo con tal magnitud, que su mano tembló al tener que dispararle para evitar la fuga. Ahí tenés tu perro viejo y sin correa”. Después del papeleo y las declaraciones Evaristo regresó a Alejandría absorto. Sin conseguir borrar de su mente el rostro desesperado de la joven prófuga, tratar de borrar recuerdos solo acrecienta la importancia de estos. La menuda muchacha, había escalado y saltado cual musaraña tres paredes que cuadruplican su tamaño. En las noticias locales, ya se daba cubrimiento de la fuga, mentían diciendo que la menor había escapado con la ayuda de una banda juvenil de más de veinte integrantes, mentían para encubrir la ineptitud del estado hasta en asuntos de represión. Evaristo, yacía en su solitaria cama doble. Descalzo y con la abultada barriga al aire. Su apartamento impoluto, reluciente y con olor a cidrón. Una mujer unos años mayor que él, le ayudaba a hacer el aseo dos veces por semanas a cambio de un par de minutos de acción en la alfombra. Evaristo jamás se había casado y la soledad de un hombre viejo, perpetúan el orden físico y desordena la mente.
Se alistaba para dormir, programó el temporizador del televisor a cuarenta minutos. No concebía cruzar el umbral en silencio. El televisor se apagó y su prometedor sueño fue interrumpido por el estrepitoso timbre de la puerta. Con los ojos hinchados y el cuerpo torpe caminó hacia la entrada.
—¿Quién es? ¿No ve la hora que es?—reprochó, abriendo la puerta de mala gana. Todo atisbo de somnolencia abandonó su cuerpo.
Al ver que la mujer en el umbral period Eugenia. Empapada hasta la coronilla, tiritaba de frío y apestaba a cloaca. Al ver al corpulento hombre, se lanzó a abrazarlo como quien se encuentra con un viejo amor.
—Vas a entrar a tu habitación y sin pronunciar una sola palabra, te despojarás de tu ropa. Yo saldré de la ducha en diez minutos, te recordaré con gusto lo que es amar con fuego y me enseñarás complacido las artes que solo la experiencia otorga.
Evaristo, cerró la puerta apresurado y siguió al pie de la letra las instrucciones de la alucinada. Pensó que se trataba de algún retorcido sueño. Solo en un sueño aquella muchacha lograría evadir la ley y escabullirse hacia el lecho de un decrépito guarda en el tercer piso de Alejandría. Diez minutos más tarde, Eugenia salía del baño con la piel tapizada en cientos de diamantes. Las gotas, dibujaban sus pechos jóvenes. Piel tersa, todo en su lugar. Hacía dos veintenas que Evaristo no admiraba un cuerpo de Diosa Joven.
—¿Estoy soñando?—interrumpió Evaristo con la respiración agitada.
Eugenia llevó el índice a su boca, indicándole que lo que menos quería period parlotear. Cuarenta y veinte como reza el tema…cincuenta y tres y diecisiete para ser exactos. Evaristo, quien no fumaba y poco bebía, aguanto más rounds de lo previsto, antes de caer fulminado. Eugenia, se marchó con los primeros rayos del alba. Vestida con ropa de hombre y no sin antes dejar una nota con marcador en la pared; nota que corroboró a Evaristo la realidad de su idilio. Gracias por no apretar el gatillo, mantén la luz del faro siempre lejos de Alejandría”.
Apartamento 402
Una tarántula que recibe adecuados cuidados, puede vivir de veinte a treinta años. Mascota perfecta para los padres de Amalia, seres incapaces de asimilar la mortalidad. Habían perdido tres hijos, dos en gestación y uno debido a una insuficiencia respiratoria. El pequeño, vivió un par de meses y fue tal el impacto que dejó su partida, que el día del entierro junto con el cadáver, sepultaron todas las pertenencias que recordasen su breve existir. Amalia tenía siete años y con la edad justa en que su razón empezaba a aflorar, en un ataúd coloration hueso despidió a su posible compañero de juegos.
Debido a los traumantes sucesos, el día que la pequeña decidió pedirles a sus padres autorización para cuidar a una mascota, estos, se vieron obligados a empezar una apoteósica búsqueda para encontrar al animal que en cautiverio más longevo fuese. Los roedores quedaron descartados en el acto, al igual que los felinos, canidos y aves. El temor a que su hija tuviese que lidiar con más pérdidas, los llevó hacia una elección poco ortodoxa: los artrópodos.
Para una mascota tan exótica, debían valerse de previa asesoría. En ninguna tienda de mascotas de la ciudad encontraban arañas. Recorrieron de sur a norte, preguntaron en la galería y en los consultorios esotéricos. Derrotados, se dispusieron a regresar a casa, preparados para decirle a la pequeña Amalia que mejor optase por una mascota digital un amigo imaginario. Antes de regresar a Alejandría, decidieron sin esperanzas, hacer una última parada en una tienda de insumos agropecuarios. Al preguntar, les respondieron lo mismo que en los lugares previos:
—Las arañas no son buenas mascotas ¿Por qué mejor no te comprás un perro?
Derrotados dieron media vuelta y antes de abandonar la tienda, fueron abordados por uno de los encargados de la bodega.
—Qué pena ser tan metido, pero no todos los día alguien viene a preguntar por arañas. Yo puedo conseguirles lo que buscan. Mi tío tiene un criadero de pollos en Jamundí y no hace más que quejarse por las tarántulas.
El padre de Amalia le ofreció cien mil pesos por una cría. El hombre de la bodega, prometió tener el encargo listo en un par de días. La pequeña Amalia, quien desde su primera infancia dejó entrever el gusto por la diferencia, saltó de alegría al saber que pronto, a su vida llegaría una mascota. Recogieron la tarántula, con cierto temor por la sociedad infundado. La tarántula, no medía más que la tapa de una botella, por su escaso tamaño, podía pasar como una araña común, pero el grosor de sus apéndices delataban su exótica naturaleza. La transportaron a casa en un pequeño recipiente de comida. No sin antes detenerse en un vivero para comprar tierra y pequeños brotes de césped para adornar el nuevo bioma. Se documentaron sobre los cuidados con diversos artículos de web. Aprendieron que las tarántulas se alimentaban de pequeños insectos, comían una vez por semana y preferían los grillos ante cualquier otro invertebrado. La alimentación de la tarántula, fue lo que desarrollo en Amalia el habito de explorar praderas, con un recipiente de vidrio y botas de suela gruesa.
No hubo muchas opciones para escoger el nombre de la mascota. Amalia sabia como debía llamarse desde antes de saber que a su vida llegaría. Se llamaría Coltrane, como el hombre en las portadas de la colección de vinilos de su padre. Las primeras semanas de Coltrane, se resumieron a un injusto cautiverio en el diminuto bioma de plástico. Un buen día, Amalia, decidió que su mascota merecía gozar de cierta libertad. Coltrane solía extraviaerse por horas, pero jamás abandonaba el apartamento. Amalia creía que era por el amor que hacia ella sentía, eso y que al vivir en un cuarto piso no tenía praderas hacia las cuales escapar. Regresaba a su bioma únicamente para dormir y devorar los grillos que Amalia para el cazaba.
En los primeros años de tener a la tarántula, Amalia, hablaba orgullosa de su mascota. Acción que le trajo infinidad de problemas para relacionarse. Nadie quería juntarse con la niña que criaba arañas. En la adolescencia, decidió recurrir al anonimato y crear una fachada, manteniendo la relación con Coltrane en un plano más discreto. Cuando recibía visitas, escondía el centenar de fotos instantáneas en la pared de su habitación, encerraba a Coltrane en el bioma y lo metía en un cajón. A medida que las visitas aumentaron, pensó en que tal vez Coltrane soportaría mejor la oscuridad del cajón si tuviese algo de compañía artrópoda. Era imposible, una de las únicas normas de sus padres, period no tener más de una mascota a la vez, para aminorar riesgos de pérdida.
Al ingresar a la universidad, el apartamento acquainted pasó a ser solo de Amalia. Su padre, había gestionado con éxito una jugosa pensión y con los ahorros de toda una vida laboral, decidió comprar una pintoresca cabaña en condominio campestre. Amalia, pasó a vivir en una libre unión con Coltrane, a escasas cuadras de la universidad. Sus padres, temían que la soledad la hiciese desbordarse hacia los vicios el libertinaje. Pero a Amalia nada de eso le interesaba, ella no quería desenfreno primíparo, ni revolcones esporádicos. Deseaba más que nada poder llenar el apartamento de hermosas tarántulas.
Amalia, había crecido para convertirse en una hermosa mujer, atractiva a los ojos de cualquier hombre, caderas anchas, mirada de lince y generosa voluptuosidad. Era el tipo de mujer que hace chiflar a empresarios y albañiles. Muchos eran los que la pretendían, pero ella siempre se libraba de ellos con maestría.
—No puedo entrar a nadie a la casa—mentía—, mi mamá dio la orden en portería.
Y ninguno de sus compañeros llegó a conocer el 402 de Alejandría. Se hizo mujer en un motel del centro, con un muchacho de ojos tristes. Pensó que la relación no perduraría, pero entre aprendizajes púberos y delirios de bohemia, logró estirar el last del idilio por un año y dos meses. A pesar de la confianza que lograron engendrar, Amalia, no se atrevía a confesarle su amor por las tarántulas. El, vivía con su abuela, le llamaban Teo, pero en la cédula period Sergio. Amalia, no conocía el hogar de Sergio, ni Sergio el de Amalia, a pesar de su extensa relación, extensa bajo los parámetros de la liquida modernidad. Todos los encuentros se llevaban a cabo en lugares externos. En su búsqueda por el lecho idóneo, recorrieron cuanto motel encontraban en el centro. Cuando estaban cortos de efectivo, eran diez mil pesos cuatro horas. Cuando el dinero abundaba se daban el gusto de visitar habitaciones temáticas en la vía a Jumbo. La joven pareja, había erigido un fuerte lazo alrededor de los momentos de ocio. Mutaron en noctámbulos cinéfilos, cada jueves asistían a teatro experimental y en el bar del obrero, los saludaban por nombre propio.
Al cumplir dos años de noviazgo, ya en cuarto semestre, Teo, le propuso a Amalia irse a vivir juntos. El a su apartamento ella al de él.
—¿Y qué pasa con tu abuela?
—Se mudó con un tía que vive en Ibagué. No será problema.
—No puedo hacerlo, Teo. No puedo mudarme con vos y mucho menos vos conmigo.
—No entiendo por qué. Ya lo habíamos discutido. Te amo tanto que sería capaz de entregarte todos mis secretos en bandeja de plata.
—Yo no estoy dispuesta eso no quiere decir que no te amé.—Amalia envolvió la mano de Teo con una suave caricia—. Todos amamos diferente.
Teo, se puso en pie ofuscado. La pareja, duró varios días sin contacto alguno. Amalia, se refugió con Coltrain y los otros veinte Artrópodos que había añadido a la familia. El primogénito, tenía ya trece años de edad, medía más que la mano de un herrero y seguía alimentándose de grillos. Teo, faltó a todas las clases de la semana y se negaba a responder llamadas y mensajes de texto. Pero la verdad eventualmente lo fulminó, no podía vivir sin la mujer araña. Pactaron una cita por teléfono en el quiosco de bareque a escasas cuadras de Alejandría.
—Ve, Amalia. Vas a llevar todos los argumentos preparados. Argumento sólidos, no maricadas, eso de que cada quien ama diferente no me lo voy a tragar. Yo haré lo mismo, te mostraré la razón por la que no te he llevado a mi casa.
Llegaron puntuales a la cita. Amalia con Coltrain en una caja cubierta por una amplia toalla; su mayor secreto. Teo arribó minutos mapas tarde. Para sorpresa de Amalia también con una caja. Más grande y tapizada con una toalla negra. Se sentaron en una esquina, lejos del tumulto. Amalia fue la primera en intervenir.
—¿Te estás burlando de mí?
—Ve, si vas a comenzar con tu maricada, mejor me devuelvo.
—Deja tu grosería, Teo ¿Que tenés ahí?
—La razón por la cual no podía llevarte a mi casa ¿Que tenes vos ahí?
—Lo mismo. Pero, mostrame vos primero.
—No—replicó Teo—, vamos a hacerlo a la vez.
Teo asintió. La pareja tomó cada uno su respectiva tela y con un solo movimiento dejaron al descubierto sus secretos. En el interior de la caja de Amalia, Coltrane se retorcía incomodo por el repentino cambio de luz. En la de Teo, una imponente serpiente joven se constreñía alrededor de una gruesa rama. Amalia, sintió arcadas al ver a la serpiente. Depredador natural de su amado Coltrain. Tomó la caja en sus manos y corrió fuera del quiosco. Cayó de rodillas, vomitando adolorida. Teo no se inmuto. Permanecía sentado, perplejo, admirando a la tarántula. Después de la despedida, nunca más volvieron a hablarse. En los pasillos de la universidad se evitaban y si coincidían en alguna clase pedían cambio de maestro. Eran incompatibles. Amalia tenía veinte tarántulas y Teo veinte serpientes.
Apartamento 502
Terminaron viviendo en Cali, porque fue en aquella tierra arcana, donde vivieron su primera muerte y segundo nacimiento. Antes de ser convertidos, eran indígenas de la tribu Lili, guerreros, se colgaban los cueros secos de sus enemigos caídos y habían probado carne humana en un par de ocasiones. Fueron convertidos por la mano de un neófito vampiro español, adscrito a la campaña colonizadora. Pensó que sería divertido contar con vampiros infiltrados en las filas de la resistencia. No contó con que la lealtad y el amor por la tierra no es una facultad exclusiva de los vivos.
La pareja, se convirtió en el terror de la campaña completa. En vida, eran excelentes guerreros, estrategas natos. La muerte, les agregaba al catálogo capacidades sobrehumanas, imposibilidad de morir a manos de armas comunes y la extensión perpetua del existir. Existir, más no vivir. Aunque vivos se sentían al poder correr más rápido que cualquier jaguar. Arrancar la cabeza del cuello del enemigo con un solo movimiento y almacenar la sangre en vasijas de barro, para cuando el hombre blanco escasease. Los liles, con su cuota vampírica hubiesen ganado la guerra, Cali hubiese resistido y su ejemplo servido de aliciente para el continente entero. Pero la ambición llevó al cacique Petecuy y su amada esposa, a querer engendrar un ejército completo de guerreros con sus capacidades suprahumanas. Un ejército libertario, de criaturas nocturnas y certeras. Que lucharían desde la Patagonia hasta los casquetes polares, cóndores, jaguares y águilas. El sur, el centro y el norte. América.
Algunas lunas antes del gran error, Petecuy, fue nombrado cacique. Con el cacicazgo vinieron beneficios. Ahora a su disposición marchaba la tribu entera. El proceso de selección fue arduo, escogió solo a los individuos más completos, los más sabios, los más fuertes. Él sabía cómo se llevaba a cabo la conversión vampírica. El español, lo había obligado a ver como convertía a su esposa. El Vampiro daba de beber al individuo un poco de su sangre, torcerle el cuello y enterrarlo durante un ciclo lunar. No era un proceso sencillo, si el cuerpo no se sacaba el día correcto en el espectro horario indicado, el proceso se perdería y el enterrado jamás saldría de su tumba. El vampiro fue reprendido por sus acciones. Se vio obligado a responder por sus acciones ante el mismísimo Sebastián de Belalcazár. Por miedo a perder su privilegiada posición política, aceptó el encargo de acabar con Petecuy y su esposa. El vampiro intentó excusarse, pero Belalcazár no comprendió porque insistía en llamar familia a los dos rebeldes indígenas.
—Ellos son portadores de mi sangre. Los vampiros no podemos engendrar hijos. Los convertidos son lo más cercano que jamás tendremos a una familia.
Belalcazár le ordenó ejecutar la orden sin chistar. Espió al cacique durante varios días, hasta que llegó el día en que el aguerrido aborigen, decidió llevar a cabo el ritual de conversión colectivo. Veinte Indígenas, veinte sabios, veinte aguerridos protectores del bosque. Petecuy les dio a beber a cada uno de a dos gotas y la mujer les torció el cuello sin reparo. Era un hermoso ritual de nacimiento, muerte y nacimiento. Las veinte tumbas fueron cavadas y los cuerpos depositados en ellas. El fulgor de la situación, llevó al cacique y a su amada a despojarse de los pocos ropajes y desembocar el libido exagerado que porta la no muerte. Distraídos y debilitados por perder sangre. No escucharon los pasos del contingente de cuarenta hombres que rodeó el claro en el piedemonte. Apuntando con mosquetes de munición férrica. Espadas de plata y extracto de verbena. En frente del pelotón, sonriendo con los colmillos expuestos se encontraba el vampiro que los había convertido.
—Debo admitir que estoy gratamente sorprendido. Ha de ser por su condición salvaje la fertilidad del nuevo mundo. No he leído de la pluma de ningún cronista tanta ferocidad y aplomo por parte de vampiros neófitos. Como su creador siento gran orgullo, pero como fiel sirviente de la corona, debo poner alto a su peligrosa rebelión.
Petecuy, quien chapuceaba el castellano, se irguió desnudo y caminó hacia el español con el pecho en alto.
—A pesar de que nos superen en número y pueda oler los maleficios en sus bastones de fuego, no moriré una segunda vez sin haberme llevado antes a más de la mitad de sus hombres.
—¿Quién ha hablado de muerte querido cacique? Por más que la corona los quiera muertos, el código de mi especie prima sobre cualquier monarquía. Podeís tomar esto como un negocio, pero es más un ultimátum. Tú y tu mujer deben abandonar el nuevo mundo. Renunciar a la revuelta que han establecido y no regresar hasta que los hijos de los hijos de los hijos del último conquistador hayan perecido.
Petecuy desenfundó los colmillos y cada músculo de su cuerpo se encogió cual resorte, listo para emprender el nefasto ataque. Petecuy, era conocido entre sus enemigos como el hombre de fuego, pero su tenacidad se disolvía cuando su mujer le hablaba. El, creía con fervor que sus consejos eran palabra sagrada. En su idioma nativo, le susurró al oído del cacique una orden funesta.
—Sabes que no mostrarán piedad. No se regresa dos veces de la misma muerte. No podemos combatir a un continente entero. Este territorio ya no es nuestro, en los piedemontes se erigirán montañas de piedra y los niños no recordarán venerar a los ancestros. Hiciste más de lo que debías. Es momento de que el amor que nos profesamos sea la única tierra a defender.
El español ordenó bajar las armas y le permitió a Petecuy llevarse una mochila con ropajes y oro. También le entregó una carta que podía usar si decidía partir a Europa, para ser acogido por la unida sociedad de vampiros del viejo continente, debía presentarla al jefe de puerto de Cartagena. Atravesaron a pie limpio el tramo entre Cali y La Heroica. Avanzaban de noche, a la velocidad del sonido, sin sentir cansancio, ni dolor, ni frío. Se alimentaban de soldados dormidos y aprendieron en poco tiempo costumbres para ellos desconocidas. Una vez en Cartagena, acecharon los puertos durante varias noches, hasta que lograron identificar de voz de un almirante, donde habitaba el jefe del puerto. Entraron a su casa a media noche. El hombre se encontraba escribiendo bajo la luz de una tenue lámpara de querosén. Se sorprendió menos de lo normal al ver a la pareja de vampiros a escasos metros de su escritorio.
—Los de su especie no conocen que es tocar una puerta. Tienen suerte de que esta casa está abierta a su especie, de lo contrario tendrían que contar con permiso del propietario.
—¿Es usted el jefe del puerto?
—Jamás había visto vampiros de tez cobriza—dijo el regordete hombre reparando las facciones de Petecuy—, sí. Soy el jefe del puerto ¿Tienen alguna carta de recomendación?
Petecuy le entregó la carta, el hombre la leyó, levantando más las cejas con cada párrafo que leía.
—Tiene un poderoso aliado, mi estimado. Mañana zarpa un barco directo el viejo continente. Les espera una nueva vida, en el viejo continente los vampiros ocupan importantes posiciones dentro de la elite.
El jefe del puerto inidicó a Petecuy el lugar y la hora del encuentro. El unico barco que zarpaba en la noche, era un carguero portugués. Los vampiros se lanzaron a la mar e hicieron suyo el viejo continente. No olvidaron nunca sus costumbres originarias, pero se hicieron parisinos, madrilenses y hasta belgas. Petecuy desarrolló múltiples vocaciones, todas las que encajaban en su peculiar horario nocturno. Fue cantinero, pintor, escritor y detective. Ganaba algunos pesos de más en peleas clandestinas y aprendió más de treinta idiomas.
Su relación de pareja se fortalecía con cada nueva forma de amar que conocía. Los vampiros a pesar de su desmedido libido, una vez encuentran una pareja, se conectan con ella la eternidad entera. Una cuestión química y empalagosa. En una de sus románticas citas, Petecuy invitó a su amada a un bar en la periferia del casco urbano. Period un bar de jazz, donde ocasionalmente se presentaban bandas de salsa. Petecuy, aliñó un porro antes de entrar y después de bailar la noche entera, propuso a su esposa un disparate que la sacó del idilio nocturno. El cacique había cambiado su nombre a John y su mujer a Carlotta.
—Vamos a regresar al Valle—espetó alucinado.
—¿A qué valle?
—A Colombia, a nuestro Valle. Vamos a volver al lugar donde nacimos. Buscaremos una casa y romperemos el exilio.
—El exilio se rompió con la falsa independencia. No hemos vuelto por elección.
—Pues decido volver Carlotta y quiero que vengas conmigo.
Regresaron a su apartamento, llamaron a la oficina de apoyo vampírico e iniciaron el papeleo de traslado. Vendieron muchas de sus propiedades en Europa y asía. Dejaron unas pocas a nombre de varios amigos y compraron los pasajes a Colombia. Madrid-Bogotá y de la capital a Cali. Cerrando la última de las maletas y antes de embarcarse en el taxi. Carlotta quiso romper la tensión previa al viaje con la declaración de un cambio interno.
—John. No voy a volver a beber sangre.
—¿Como que no vas a volver a beber sangre? ¿Acaso vas a matarte de hambre?
—Madeleine lleva ocho meses sin probar sangre humana. Ha experimentado con diversos sustitutos y encontró un sustituto perfecto.
—¿Qué tiene de malo la sangre humana Carlotta? Tenemos dinero suficiente para comprarla.
—No se trata del dinero. Estoy cansada de envenenarme. El mundo ha cambiado mi amor ¿Recuerdas el sabor de la sangre que bebíamos recién conversos?
John asintió sonriendo.
—No se compara a la mierda que nos venden ahora. Los humanos, consumen animales envenenados. Estos animales consumen alimento envenenado, químicos y pesticidas ¡Se me cae el cabello John!
—¿Cuál es tu alternativa?
—Sangre de rata.
John cerró la maleta, se la terció y caminó fuera de la habitación. Carlotta lo siguió por el pasillo, jalándolo de uno de sus gruesos brazos.
—¡Escúchame! deja tu maldito ego a un lado y escúchame.
John se detuvo firme. Con los brazos cruzados sin apartar la mirada de Carlotta.
—La sangre de rata es un excelente sustituto. Existen criaderos dedicados a la producción y comercialización. La venden embotellada; private y por galones. Seiscientos mililitros te tienen lucido durante cuatro días. Los sentidos se agudizan y al evitar comprar en bancos de sangre no salimos del todo del radar. Ya tengo quien nos supla en Cali.
Carlotta había conseguido un distribuidor en su nuevo barrio. Bochalema, curioso nombre para aquellos que vivieron la caída de los Lile. Los vampiros, compraron un apartamento en el quinto piso de Alejandría. Las primeras semanas, se dedicaron a recorrer montañas y praderas aledañas, remembrando viejos parajes. John, llevó a Carlotta a un terreno baldío a pocos metros de la correccional. El potrero, atravesado por un pequeño riachuelo agonizante. Había sido pisado ya por los viejos amantes.
—¿Recuerdas este lugar?—preguntó John, acercando a Carlotta a su pecho.
—Lo recuerdo. Ha cambiado mucho. Esto no era un pequeño riachuelo, sino una quebrada. Veníamos a pescar cada luna nueva y…
—El gran árbol donde nos hicimos uno—interrumpió John—, el que nos resguardaba cuando nos cogía la noche y necesitábamos una excusa para evadir las obligaciones.
Un par de ratas, corrían junto al riachuelo. Cazaban pequeños insectos. John, se alejó de su amada y sus pupilas se tornaron amarillas.
—¿Se tomaría usted un trago con su viejo amigo?
John se movió a la velocidad del sonido. Silencioso, depredador. Se escuchó el chirrido ahogado de un animal y el cacique regresó con dos ratas muertas entre las manos.
—No has dejado de ser un salvaje—dijo Carlotta sonriendo.
John, respondió mordiendo el pequeño cuello de la rata. Sus pupilas se dilataron al sentir el líquido entrando en contacto con su lengua.
—¿Que dirían nuestros viejos amigos si nos vieran cazando ratas en un potrero?
—¡Que importa lo que digan—gritó John eufórico—, ¡Yo soy el cacique Petecuy! y mis dominios van más allá de lo que la cordillera abraza.
La pareja, regresó al 502 de Alejandría. En Europa, tenían el ritual de leer un par de horas junto a la chimenea, a carencia de esta decidieron hacerlo en el balcón. Petecuy, se había propuesto leer solo literatura caleña, con el fin de entender el imaginario colectivo de la urbe. Carlotta, leía un poemario sobre pueblos olvidados y su amado, un libro de crónicas literarias. John interrumpió la lectura, se puso en pie e inicio un incómodo peregrinaje por los escasos metros del apartamento. Gesto que Carlotta conocía bien. El cacique quería comentar algo de su lectura.
—Cuatrocientos años y aún no puedes decir que me quieres hablar.—Petecuy se detuvo, se acercó a Carlotta y sentado en flor de lotto expuso sus cavilaciones.
—¿Que sucedió con toda la riqueza de la tribu?
—¿A qué te refieres?—inquirió Carlotta.
—A todo el oro y demás tesoros que poseíamos. No éramos una tribu cualquiera. Sabes que la furia de los conquistadores hacia los nuestros, no period más que codicia, su estúpida búsqueda del dorado.
—Ahí tienes—respondió Carlotta, regresando a su lectura—, se llevaron todo. No sé porque piensan en eso. No es como necesitáramos el dinero.
—No es por el dinero Carlotta. Es por el significado de muchos de los artículos que se quedaron. Cuando escapamos no pudimos llevarnos nada ¿Recuerdas el anillo que mandé a forjar el día de nuestra doceava luna?
—Claro que lo recuerdo. No todos los días que el hijo de un cacique propone un vínculo eterno a una humilde recolectora.
—Voy a recuperar el anillo.
—¿Acaso no entendiste una palabra de lo que te dije?
—El anillo sigue aquí Carlotta. Según este libro, muchas de las riquezas de la tribu siguen aquí.
—¿Y acaso piensas exponerte por lo que dice un libro de supuestas crónicas? ni siquiera sabes si lo que cube es ciertos. El periodismo es ficción poco creativa.
El amanecer disolvió las sombras. Carlotta corrió las pesadas cortinas y se dispuso a dormir. John, decidió quedarse despierto un poco más, inquieto y ansioso. Carlotta anocheció a las siete en punto. John no estaba a su lado se había levantado temprano no había dormido. Carlotta salió de la habitación para buscarlo. Lo encontró sentado en el piso, rodeado de artesanías de barro. Mochilas tejidas y estatuas de oro. En su palma abierta. El viejo anillo de las doce lunas.
—¿Que mierda hiciste?—preguntó Carlotta saliéndose de casillas.
—Reclamar lo que nos pertenece. Creo que mi siguiente vocación, puede ser la arqueología El museo de la universidad Autónoma de Occidente, no era visitado con frecuencia. Por eso había días que no period abierto al público. Aquella tarde, el encargado ingreso al recinto para limpiar las arañas de las cornisas. Al entrar su cuerpo se paralizo y su tez se tornó pálida al ver a las vitrinas desmanteladas y en la blanca pared del fondo, una consigna con sangre escrita, que en dos idiomas rezaba: El cacique, ha regresado a recuperar su tierra”.
Oficina de Sandro, 2:30 p.m
Tuve que recurrir a un abogado. Mis ingresos no daban para uno de esos profesionales de cabeza pelada y lapicero de plata. Su oficina Olía a humedad y el viejo escritorio sobre el que me recibió se lo comía de a poco el gorgojo. Period un viejo amigo del padre de Sofía. No me extraña su excentricidad. Una corbata variopinta, pantalones marrón y saco gris ratón. Tenía cara de roedor y unas gruesas gafas que hacían ver sus ojos como los de un batracio. Las colillas de cigarrillo dentro de los vasos medio vacíos de tinto, emitían un hedor que mareaba con la primera inhalada. Period un hombre amable, se llamaba Sandro y no lograba creer lo que le dije cuando me invitó a tomar asiento.
—Vengo para que usted me certifique que no soy un fantasma
Sandro, ladeó la cabeza, confundido y me pidió que le explicara mejor la razón de mi consulta.
—Vengo a que me ayude a probar que no soy un fantasma. No tengo thought de cómo hacerlo, por eso he acudido a usted. Don Saulo me dijo que usted había manejado casos así en repetidas ocasiones.
—¿Saulo? —preguntó sorprendido—, ¿Saulo Contreras?
—El mismo que canta y baila.
—Claro que me acuerdo de ese viejo loco. Trabajamos juntos en el proyecto urbanístico que queda saliendo hacia Jamundí. El de las casas de piedra. Yo servía de asesor legal. Esta ciudad es un pañuelo ¿Sos pariente suyo?
—Soy el novio de Sofía.
—¿La hija menor de Saulo? De repente me siento más viejo, la última vez que vi a sofí aun usaba pañales ¿Cómo es que el viejo consiguió mi dirección?
—No lo sé—respondí molesto—, lo único que sé, es que necesito arreglar mi situación authorized. Para el sistema estoy tres metros bajo tierra.
Sandro se acarició la calva. Sirvió un poco de tinto de un termo amarillento y me ofreció un cigarrillo. Sandro encendió el cigarrillo y no fue sino hasta tu segunda exhalada que decidió responderme. Se me estaba agotando la paciencia, el abogado tinterillo no le daba crédito a mi predicamento.
—Debo confesarle que me coge usted un poco fuera de base. Creo que, para efectos prácticos, requiero que me narre con detalle lo sucedido. Es decir, alguien tuvo que haberlo declarado muerto y tener pruebas para corroborarlo. No es tan sencillo matar a alguien sobre el papel.
—Fue mi esposa—respondí sin poder ocultar la rabia—, bueno, mi exesposa, a veces olvido que es legalmente viuda y yo, lo más parecido a un muerto viviente.
—¿A qué se dedica usted? Señor…
—Leonardo Palacio. —El abogado extrajo una libreta de páginas amarillas y anotó mi nombre—. Trabajo como mensajero, lo que se conoce como motoratón. Los sábados hago cuentería en san Antonio y dictaba talleres de teatro en el Sendero, antes de la tragedia.
—Bueno, señor palacio. Creo que es momento que haga uso de sus habilidades de cuentería. Es necesario entender este caso a fondo para determinar los pasos a seguir.
—Es una larga historia.
—No se preocupe por tiempos—dijo sonriendo—, igual, usted me está pagando por escucharlo.
De tener cedula a acta de defunción
Hace más de un mes que ocurrió la tragedia del barrio Sendero. Estoy seguro que lo tiene presente, los medios de comunicación no hicieron más que darle vueltas a la noticia en cada emisión del día. El derrumbe que hizo que la ladera se viniese abajo period una tragedia anunciada. En varias ocasiones, denuncias ciudadanas posaron la opinión pública sobre las grandes grietas que se abrían en las calles del barrio. Pero usted sabe, los activistas de escritorio olvidaron todo en pocos días. Yo daba talleres de teatro en la caseta comunal del barrio. Enseñaba a los pelados expresión corporal y el arte de hacerse entender. Ejercía mi oficio de cuentero y ganaba algunos pesos de más. Todo period auspiciado por la secretaría de cultura.
Estoy casado. Bueno, estaba casado. No voy a decir que fue un error hacerlo, pero sí que fue apresurado. A los veintiuno, contraje matrimonio con una estudiante de odontología. No fue una buena decisión, no sentía interés alguno por el arte y mucho menos por mis narraciones. Se molestaba cuando ensayaba hasta tarde y se aferraba a rutinas desgastantes, de jueves a domingo debía acompañarla a recintos plásticos, a escuchar la música que suenan en la radio y frotar mi cuerpo contra desconocidos, también debía aguantar que desconocidos frotaran su cuerpo contra ella. No me malinterprete, Daniela no es una mala mujer. Jamás me ha sido infiel si lo ha sido se ha esforzado porque no me entere. Es buena en la cama e incluso maternal en sus gestos de cariño. Tal vez el del problema soy yo, que pierdo el interés tan rápido como lo desarrollo. Creo que se lo debo a mi vocación de cuentero. Usted sabe, por más largo que sea un relato, debe tener múltiples puntos de giro, incidentes incitadores, mantener al público siempre atento, si no es así, se aburren, se marchan y no regresan el sábado siguiente. Daniela, carecía de puntos de giros, period perpetua, cuando compraba ropa elegía siempre la misma tela y no salía de casa si el día anunciaba lluvia.
No voy a justificarme, no soy ningún canalla. Pero cuando conocí a Sofía, sentí que algo más allá de lo físico me impulsaba a atreverme a vivir, a vivir, no a simplemente ser un engranaje gris, a cumplir dócil los pasos dictaminados por el establecimiento. Después de dos años, Daniela ya me exigía descendencia. Había ahorrado para comprar una nevera mediana, una pequeña estufa a gasoline y una lavadora de pocas libras. Jugaba a la casita sin rechistar. Me decía a mí mismo que period feliz. Paradigma que cambió al darme cuenta que en el mundo existían mujeres como Sofía.
La conocí en la caseta comunal. Era una de las nuevas talleristas, querían fortalecer la formación artística en el barrio, ya que los índices de delincuencia habían disminuido unas tantas decimas desde la fundación del taller. Su especialidad eran las artes circenses, aunque también period capaz de enseñar a neófitos el método Stanislavsky. No voy a cansarlo con mi historia de amor. Es como cualquier otra faena de seudo-bohemios. Hablábamos de conspiraciones, la gran pink, música arcaica y buda. Íbamos a teatro, hacíamos el amor en baños de centro comercial y dormíamos sobre un colchón en su habitación de alquiler, yo usaba sus nalgas como almohada y desayunábamos saliva y porros. Suena idílico, ¿no? Pues mi fortuna, period también mi perdición. Daniela, empezó a sospechar después de un tiempo. Usé como excusa el motoratoneo y los talleres, que tenía mucho trabajo, que a eso se debían mis largas ausencias. No me creía una sola palabra, cuando se enteró que su reemplazo period lo que ella denominó una hippie de pueblo”, enloqueció. Amenazó con mandarme a matar e incluso visitó a mi madre en repetidas ocasiones. Alegándole que yo me había descarriado y no hacía más que estar de burdel en burdel. Mi madre no le creyó nada, yo ya había hablado con ella, me había sincerado en lo que respecta a Sofía. Al principio sufrí un par de reproches, pero luego de una charla sincera, mi viejita linda, decidió darme su bendición.
—A mí nunca me gustó que te casases tan temprano. Vos no sos bueno para seguir reglas. Leo, necesitás a una mujer que te permita vivir en libertad.
Ya desprovisto de toda culpa, decidí visitar menos mi lecho conyugal. Soy un descarado, eso no lo voy a negar. Llegaba a donde Daniela después de tres días, sacaba algo de ropa y me volvía a marchar. Después de un tiempo, Daniela, decidió parar sus reproches. Cuando me veía llegar, solo lloraba. No se esforzaba por no hacer ruido, se encerraba en el baño y lloraba desconsolada. Las primeras veces me embargó cierto remordimiento, el concepto de lealtad. Había lastimado a una buena mujer. Tomé su corazón y se lo di de cenar a los perros. Mis amigos, en su afán por ayudarme, insistían en que no tenía yo culpa alguna. Que el amor se acababa, que no podía pedirle fogosidad a una muñeca de porcelana. No se había acabado el amor, hoy en día, después de todo el asunto legal, aún sigo sintiendo amor por Daniela.
La noche previa al derrumbe, arribé a recoger algo de ropa para viajar con Sofía a la finca de su padre. Una hermosa casona en la colina, construida con finos acabados. Me recordaba los relatos de Tolkien, los agujeros de los Hobbits. Al llegar a mi viejo nido de amor y para mi sorpresa, Daniela, no corrió a llorar al baño. Hubiese preferido que lo hiciera.
—¿Vas a ir a dormir con la zorrita esa? —preguntó serena.
—No—mentí—, debo dar unos talleres hasta tarde. Estaré en el Sendero la noche entera.
—Barrio de mierda, una puta cloaca. Pero ¿qué puedo esperar? es un paraíso para una rata como vos.
Tomé mi maleta y salí de casa. Sentía rabia, pero no merecía Daniela más daño. Escuché como se quebraban platos en el interior. Encendí la moto y me alejé sin mirar atrás. Creo en el karma, en el Darma y demás visajes que la gente puede considerar esotéricos. Sabía de antemano que el daño causado a Daniela se me devolvería con creces. Pero no podía retractarme en la decisión tomada. No podría volver a sus brazos pidiendo perdón. De seguro me lo concedería, pero su percepción de mi estaría rota y me odiaría en secreto. Nadie se recupera del todo cuando se le traiciona. Pueden fingir haberlo olvidado, pero entonces vendrá un mínimo detonante que desbocará la rabia reprimida.
No me dirigí hacia Sendero. Recogí a Sofía sobre la quinta y partimos hacia el agujero de Hobbit. Un largo trayecto entre Cali y la buitrera. El pueblo en la colina era apacible y pintoresco, lugar escogido por las familias de Palmira para el esparcimiento dominical. La casona quedaba a treinta minutos del pueblo, por trocha despavimentada. Llegué con la espalda adolorida, pero feliz de respirar el aire del campo. Su padre, nos recibió con un cálido abrazo. Period un viejo excepcional, había trabajado toda la vida como arquitecto. Lo único que quedaba de su vieja profesión, period la pasión por el dibujo y el proyecto de construir su hogar a imagen y semejanza de la casa de los Bolsón. El viejo, hablaba siempre con pipa en boca. Tenía varias de ellas. En una fumaba tabaco, en la otra marihuana y la más pequeña era para la manzanilla. Era viudo y su decaído eros lo enfocaba en confeccionar modelos a escala de ciudades de fantasía y cuidar con atenciones maternales una pequeña huerta. Hablábamos tendido hasta la madrugada. Sofía se alegraba al ver el vínculo que de apoco de gestaba. Don Saulo, no reparaba en elogios hacia su hija, hacia la vida que había decidido llevar.
—Es un espíritu libre, Leo. Una ninfa de fuego—repetía exhalando el humo a través de la nariz.
La ninfa de fuego me hacía el amor en una pequeña meseta junto a la huerta. Con el roció de la mañana erizándole la cabellera. La noche del derrumbe, nos fuimos a dormir con los primeros rayos del sol. Algo alucinados y apestando a cerveza. Don Saulo nos comunicó la noticia a medio día.
—No pudo venir hoy Mayra. Nos va a tocar a todos ponernos los delantales y a trabajar.
—¿Por qué no pudo venir? —le preguntó Sofía.
—Ha tenido que viajar a Cali con urgencia. Ha habido un gran derrumbe y su hijo se encontraba en la zona. En ese barrio nuevo de ladera ¿Cómo se llamaba? Camino…Sendero.
Sofía se puso en pie de golpe. Tomó su celular e hizo un par de llamadas. Sus amigos cercanos se encontraban bien. Se habían salvado por vivir en el piedemonte. Pero el noventa por ciento del barrio, había sido engullido por la tierra, en una de las más grandes tragedias que había vivido Cali desde la gran explosión. Don Saulo no veía televisión. Se enteraba de todas las noticias por Web, era un viejo digitalizado. Encendió el ordenador, ya circulaban varios videos caseros de la tragedia. La colina entera había caído sobre las casas. Se reportaban más de dos mil desaparecidos. Las autoridades nacionales tenían su complete atención sobre la tragedia. Sofía lloraba, no period el barrio donde habitábamos, pero si el foco de nuestros talleres. No había rastro de la caseta comunal y quien sabe cuántos de los muchachos que considerábamos discípulos habían perecido bajo la montaña. Sofía, pasó el día entero encerrada en su habitación. Don Saulo, me aconsejó dejarla llevar a cabo su duelo. Yo debía lidiar con mis propios problemas. Maquiné diversos planes para ayudar a los desaparecidos, brigadas de rescate, recolección de víveres. Cuando Sofía salió al fin de su encierro, le propuse volver a Cali para ayudar. A lo que ella me respondió:
—No quiero volver Leonardo ¿Enserio crees que nuestra ayuda va a representar algo? No me siento capaz de ver el barrio destruido, de enterarme de quienes murieron. No quiero salir más de la colina. Quiero quedarme aquí contigo y con papá. Y cuando papá deba partir, envejecer aquí con vos. No voy a regresar al mundo Leonardo, yo elijo el agujero.
Tenía razones de sobra para estar amedrentada. Yo si sentía que podía ayudar a los damnificados. Pero decidí seguir los designios de Sofía, tratar de comprender y compartir su aversión por la ciudad. Esa noche, en una conversación que tuvo con su padre, me aclaró un poco más su rígida postura.
—No hicieron nada, apá. Nada. Ellos sabían que el barrio se venía abajo. Las grietas en la carretera, en las fachadas. No intervinieron. Ni un mísero peso. Para saber que esa plata pasó a llenar las arcas de algún politiquero de turno. No quiero regresar, quiero ser una paria. Vivir de la huerta y de lo que me de mi arte. No tener que ver la ciudad, más que en visitas esporádicas.
—Yo trabajé toda la vida para que tuvieses elección, Sofi. Si esa es la vida que deseas yo te apoyaré. Leo es un gran muchacho, estoy seguro que también lo entenderá.
Llamé a mi madre para avisarle que me encontraba bien. Ella sabía que yo estaba en La Buitrera, pero no estaba de más hacerla sentir segura. Le pedí el favor que no le respondiera más las llamadas a Daniela y que prohibiese su entrada en la portería de la unidad residencial. Durante las semanas siguientes dedique mis días a Sofía y a don Saulo, aprendía mucho del viejo. Labores manuales, carpintería y jardinería. A Sofía se le ocurrió construir un pequeño apartamento, contiguo a la casona. Para tener un poco más de privacidad. Don Saulo nos ayudó con los planos y emprendimos el proyecto. Lento pero seguro. Un par de obreros contratados por don Saulo nos echaban una mano. Las horas en la casa sobre la colina pasaban lento y los días rápido. En menos de un parpadeo había trascurrido un mes. Mi madre me llamaba día de por medio, pero para ella la comunicación telefónica no period suficiente. Debía visitarla. Sofía estuvo de acuerdo con mi decisión, me pidió que no tardase mucho, que ya no sabía como vivir sin mí. Al partir, don Saulo me propino un cariñoso abrazo y un sonoro beso en la mejilla. Jamás había conocido a un hombre de tan noble corazón. Espontaneo y vivaracho.
Bajé de la buitrera, atravesé Palmira y llegué a la casa de mi madre justo a tiempo para cenar. Durante la cena, la noté tensa, evocaban sus ojos profunda preocupación. Me preguntó acerca de la tragedia, de cómo iba a solventar mis gastos ahora que ya no había ni taller de teatro, ni salón comunal, ni barrio. Le dije que no se preocupara, que todo estaba cubierto, la casa de la colina nos daba para vivir. Me fui a dormir temprano, arrullado por la vieja habitación en la que habité desde la cuna. A pesar de que en algunas temporadas mi madre se vio obligada a trabajar turnos dobles para pagar el apartamento. Nunca se rindió. Era una especie de deuda que guardaba con la memoria de mi padre. Me desperté al día siguiente faltando un cuarto para el medio día. Había dormido de más y mi cuerpo se sentía pesado y adolorido. Me dolía al tragar y tenía algo de fiebre. La cocina expedía el característico olor de los frijoles de mi madre.
—¿Va a comer ya mijo? yo no lo desperté porque se veía muy cansado.
—No amá, no es por hacerle el feo a los frijoles. Pero amanecí con la garganta mala.
—Otra vez esa bendita amigdalitis, Leonardo. Usted se la pasa serenándose y no se abriga. Aproveche el nuevo convenio ese de la EPS a ver si le ponen una inyección algo, quien se lo aguanta a usted enfermo y haciendo mala cara.
Con dolor en las articulaciones, abordé la moto y me dirigí al hospital. Entre por urgencias y al registrarme con la recepcionista me percaté de mi nefasta situación.
—¿Cómo me dijo que se llamaba? —preguntó la recepcionista.
—Leonardo Palacio. Confirme bien, señorita, hace como mes y medio vine para un management con el ortopedista.
—Lo siento señor Palacio, pero no me aparece en la base de datos, si gusta vaya a historias clínicas y pregunta por su carpeta. De pronto en las vueltas de los nuevos convenios hubo alguna confusión.
En la oficina de historias clínicas tampoco dieron razón de mí. Pedí hablar con el encargado, pero para ello necesitaba agendar una cita previa.
—Le toca que se registre otra vez don Leonardo, así se le puede atender más rápido. Espere le entrego un formulario, fotocopia de la cedula, el registro civil y listo. Eso debe ser alguna confusión con la nueva plataforma.
Me quedaba más fácil ir a la notaría segunda, que preguntarle a mi madre si conservaba algún registro civil. Hubiese preferido enterarme en el hospital que en la notaría. Porque en cuanto la desabrida secretaría arrojó la perla, sentí como mis piernas se tornaban liquidas.
—Señor Palacio. Según el sistema usted lleva muerto un mes y tres días.
Las otras personas en la sala de espera retrocedieron un paso, como si se tratase de un espectro. Después de la noticia y hablar hasta con el conserje de la notaría, lleve a cabo un sinfín de indagaciones legales, que me arrojaron directo a la puerta de Daniela. Y es que cuando me vio en el umbral se asustó tanto que dejó escapar un grito ahogado.
—¿Qué hacés aquí?
—¿Cómo que que hago aquí? Vos me debés una explicación Daniela y ni creás que vas a evadirme. Te lo juro que soy capaz de tumbarte la puerta a pata y no vas a poder hacer nada, ni llamar a nadie ¿Sabés por qué? Porque yo estoy muerto. Para el sistema estoy muerto. Aunque eso no es lo peor Daniela. Vos fuiste la que me declaró muerto, víctima de la tragedia del Sendero. Vos sabías que yo no estaba en el barrio la noche de la tragedia.
—No tenés como probar eso—respondió desafiante.
—¿Para qué lo hiciste? ¿Para quedarte con la indemnización que ofreció el gobierno? Te voy a hundir Daniela, te vas a ir encanada.
—Los fantasmas no tienen voz en el juzgado. Poco hombre. —Cerró la puerta en mis narices. Hubiese podido armar un escándalo, pero no valía la pena. No estaba bien lo que había hecho y yo haría hasta lo imposible por hacerla pagar. Me había declarado muerto. Yo sé que la fallé a su amor de esposa. Pero jamás hubiese hecho algo para perjudicar su vida, más allá de lo emocional.
Oficina de Sandro, 4:00 p.m
—Y por eso, es que vengo a que me certifique que no soy un fantasma.
El abogado se había fumado media cajetilla durante mi relato, media cajetilla y como un litro de café. Me observaba absorto. Como si no pudiese creer lo escuchado. Al corroborar que mi relato había concluido, cerró la libreta de notas y se retiró las gafas.
—Durante mi accidentada carrera he representado toda clase de personas. Personas que matan a otras, personas que sufren por la muerte de algún ser, personas que intentaron matar y autores intelectuales. Pero jamás, pensé siquiera en fantasías representar a un muerto. Cuente conmigo señor Leonardo. Los amigos de Saulo, son también mis amigos.
—Siento que se avecina un gran pero”.
—No lo vea como un pero”. Voy a ayudarlo, pero no vivo del aire. Necesito un pequeño adelanto para iniciar a trabajar.
El abogado, escribió la suma de dinero en un retazo de papel. Casi muero de verdad al leer la suma.
—No puedo pagar todo eso—le dije desesperado.
—Entonces supongo que tendrá que permanecer muerto.
Me puse en pie e iracundo azoté la puerta de la oficina. Bajé por el destartalado ascensor y fui a dar de cara contra los múltiples hedores del centro pre plenilunio. No necesitaba un maldito papel que me dijera que estaba vivo. Tenía a Sofía y el refugio en La Buitrera. Si me enfermaba, don Saulo podía pagar un médico privado y mi madre estaba protegida por el seguro que le dejó el duro trabajo de papá. Esperé un par de horas sentado frente al despacho de Sandro. Salió a pie con un pequeño portafolios de cuero sintético. Lo seguí hasta el parqueadero, el hombre no se percató de mi presencia hasta sentir el mi primer golpe. Primero fueron puños y después hice uso de su propio portafolios. La sangre bullía de su rostro, respiraba con dificultad. Me alejé seguro, nadie me había visto, los mundanos no podían ver muertos y aquellos cuya visión abarcaba más de un solo plano, me sonreían al pasar. Me embarqué en la moto con destino a la buitrera, a la montaña, morada predilecta de los espantos. Dispuesto a abrazar con gusto que ya no sería un esclavo del establecimiento.
Por Santiago Angarita Yela
Francisco, compadre, yo sé que de plata no sabemos los poetas, no suelo hablar a mis allegados para estos menesteres, pero te juro que si no consigo ese milloncito, tanto mi vida como la de la nave y el desconocido tripulante pueden tomar matices de desidia. No creás que el préstamo es para los vicios, ni para el lanzamiento de una de esas novelas apresuradas que tanto me he dedicado a escribir; tanto que me quejo y los gastos van siempre por cuenta de los buitres de la editorial. Lo que sucede es que Marcia me salió con tripulante, yo que pensé que alejarme de Daniela, me iba a permitir vivir con libertad la ciudad de la que tanto escribo. No sé si metí la pata hermano, yo no lo veo así, es más, pienso que el pelado ( pelada) va a ser una prolongación de mi pensamiento, otra obra que se escribe sola y aunque ganas de aventura me sobran, nada podré empezar hasta no tener ese millón de pesos. Resultaron los pañales más caros que los cigarros y que no le falte la leche porque no lo puedo criar a medias, para mediocridades ya tengo lo que mi tinta escupe.
Quien iba a pensar que sería Marcia la portadora, un día llegó a la casa muy sonriente, complacida, ufanándose de una gran victoria. Me pidió que me sentara en la mecedora del balcón y hasta se ofreció a encenderme un cigarro.
—Arturito, sentate porque después de esta noticia no sé si te queden ganas de caminar. Acabo de llegar de donde Sara, yo nunca había tenido en mis manos una prueba de embarazo. Ella me explicó todo el proceso y después de cerciorarme que el resultado fuese correcto, con dos pruebas de apoyo, confirmé la sospecha que tenía hace rato. Arturo Noguera, vas a ser papá.
A mí se me vino ese marica balcón abajo francisco, yo no hallaba donde mirar, donde escabullirme, que se abrieran las nubes y me engulleran sin masticar. Marcia, esperaba alguna respuesta rancia, un desaire al menos que le exigiera una prueba de sangre.
—Pues nosotros ya somos adultos negra y yo al aborto no le jalo. Yo me busco otro camello pido plata prestada, pero puedo jurarte que al pequeño rufián nada ha de faltarle.
— ¿Y si es una pequeña? —preguntó con los ojos empapados en ilusión.
— ¡Pues mejor! Así a los veinte se la lleva algún fulano.
Marcia no podía creer aquel gesto de humanidad, no sé por qué las mujeres que frecuento suelen idealizarme como un tipo frío, metódico y algo amargado. Yo no soy así Francisco, vos has sido testigo de mis grandes hazañas de payaso triste. La vez que volqué el Renault seis del flaco Ríos cuando terminamos en urgencias por las botellas de licor adulterado que compramos por la novena. Marcia, de todas las anteriores period la que más prevenida vivía, yo no podía hacer un solo gesto errático, porque ya creía que andaba con un genio de búfalo.
—A mí no es que me empute todo, solo me gusta recalcar lo que me incomoda.
— ¿Entonces estas diciendo que te incomoda tu propia novia? Calláte Arturo, no la cagués más.
Pero en cuanto le dije que le iba a dar apellido y pan al heredero de la infortuna Noguera, a esa mujer se le olvidaron todas las sátiras y pullas que tanto me divertía articulando, se lanzó sobre mí y me hizo el amor en el balcón, no eran más de las ocho de la noche y el voyerista calvo de la torre cuatro, encontró la noche entre los vicios de la autosatisfacción.
Para eso es el millón de pesos panita. Para los primeros gastos de la criatura, ahora ando sin trabajo y las regalías de los libros solo me dan pa’ los diarios sancochos de tienda y un par de vicios reprimidos debido a la carencia de capital. Es que ni matarse con periodicidad puede el pobre. Yo andaba preocupado también por el coche, la cuna, el sonajero, la ropa de gnomo y los teteros; pero Marcia me cube que eso lo dan free of charge en el Baby Shower, que uno pone en la tarjeta de invitación el artículo que desea y la gente corre de ipso facto a adquirirlo, y no cualquier baratija, porque el destape de regalos es en público y ay donde alguien de regalos baratos, el escrutinio de la inquisición de la falsa burocracia puede acabar el temple de cualquier tía cincuentona.
—Y le pedimos a tu tía Marcela un corral de cedro, para algo que casó con ese vejete extranjero, para exprimirlo.
—Arturo dejá de hablar así de mi familia.
Estoy casi seguro viejo Francisco que después del alumbramiento, el paso a seguir es la boda, mi mamá se casó así, con el vestido relleno por una hermosa barriga de seis meses. Sentir que repito un ciclo me hace sentir mecánico, me va entrando como melancolía de solo imaginarme algún salón social del norte, repleto de arrugas y niñitos jodones, beso por aquí, abrazo por allá, catolicismo de domingo y cara de ponqué en todas partes menos en el ponqué, porque el desgraciado es de utilería y a no ser de que quiera comer icopor le figuró llenarse con champaña de oferta. De darse la condiciones para la vorágine, es más que claro que estas invitado compadre, de padrino con el traje bien tallado, y como decía el gran Joaco Que todas las noches sean noches de bodas y todas las lunas sean lunas de miel”, no conocía el Bob Dylan español mujeres como Marcia, que si uno se lo pide más de dos veces por noche se ofusca con la thought de que la relación solo flota por el sexo ¿Y que si es así? Yo prefiero hacerle caso y tirar paja en solitario, si le contradigo me sale con argumentos pobres como el cuento de que tener sexo a diario es malo, que yo como hombre debía cuidar mis energías sexuales, que por eso period que me cogía la tarde con los adelantos de las novelas, por la carencia de fuerza debido al ejercicio de extraer orgasmos. Para que te miento hermano, Marcia es mojigata, ella cube eso pero uno se va quedando dormido y ella que va mandando la mano como quien dice: ¿pa’ donde va mijo? que yo hasta ahora estoy calentado; esa mujer es una contradicción ambulante. Por eso fue que quedo encinta, por andar de insaciable y negarse a planificar con pastillas, primero porque pensó que su filosofía barata la llevaría a la abstinencia y a eso sumémosle el hecho de que Sara le dijo que las pastillas anticonceptivas engordaban y tumbaban el pelo. Marcia, se come enterito cuanto agüero escuche, hace días, discutimos por mi costumbre de arrojar el maletín en el suelo del estudio.
—Dejá de tirar el maletín ahí Arturo que por eso es que siempre andás corto de plata.
— ¿y qué fue lo que dejaste botado vos para siempre estar corta de mente? —le respondí sin medir consecuencias.
No te imaginás la cantaleta tan despiadada de esa mujer por insultar sus agüeros. Recitó como cuatro manifiestos y un par de tragedias griegas, mientras yo luchaba por sesgar el beso de mis parpados.
—Eso, dormite, vos siempre hacés lo mismo, yo no te importo, a vos nada te importa, largáte a dormir a la sala.
Y como decirle que no, si la casa entera la había amoblado su papá, el que resulto también ser poeta en las noches y abogado penalista en el día. Un perro viejo, sin hábitos ni manías, impoluto, cascarrabias y acartonado. Ese fue el que te conté que leyó uno de mis poemas y me pellizco un cachete diciendo en mofa:
—Que garabatos más tiernos, andá colgalos en la nevera.
Todo un cabrón, que nada sobre billetes resguardados en paraísos fiscales. Reniega siempre del amor que me brinda Marcia y de mi inexistente futuro e inutilidad multidisciplinaria. Ni siquiera cuando logré ostentar el prestigio de profesor universitario con tan solo dos años de graduado, dijo algo positivo.
—Aquellos que no saben hacerlo enseñan, acuérdese bien de eso Arturo—repitió a lo largo de toda la cena de celebración.
Vos que siempre me has reprochado por haber dejado a Daniela, te sorprenderías al saber que no fue uno de mis mejores partidos. Marcia es la futura mamá de mis hijos, pero si me tocara casarme sin el tripulante en la baraja, sin duda lo haría con Angie. Han sido cuatro las mujeres de mi vida y no todas han tenido padres cabrones aparente dificultad cognitiva. Yo sé lo que hago al aceptar tener el bebé, ya la he cagado más de un par de veces. Es seguro prestarme ese milloncito, lo voy a invertir bien, además no pienso pedirle un peso a mi decrepito suegro, que ojala fallezca antes de que alguien lo llame abuelo; el cabrón no merece tal honor. Vos sos un hombre racional Francisco, por eso me tomé el trabajo de argumentarte mi petición, para que no creas que es otra de mis excentricidades, para que veas que Marcia es la indicada y no una más en la lista de desventuras, voy a hacer públicas las identidades de las predecesoras con un único lúdico fin, que entiendas que este alucinado hidalgo de los errores si aprende. Que tengás complete confianza que no se repetirá lo de Daniela, cuando te pedí ochocientos mil pesos para completar para un anillo de compromiso y la plata terminó en el tiraje de un poemario.
Las mujeres hermano, a mí me iban acabando las mujeres, son un asunto complejo, todas distintas, con resabios y costumbres que suponen que cada amante de turno entienda. Que a esta le gusta que la visiten mucho y a esta otra que le den su espacio, qué mejor de ladito, de perrito puritana. Que si estás muy joven poca experiencia y si muy viejo poco fuego. He llegado a la conclusión que uno nunca puede tenerlas contentas, pero si resignadas, dale a una mujer la mitad de lo que pide la mitad de bien que puedas, y la tendrás dócil y contenta. No me tomes a mal el comentario, pero yo hablo en base a la experiencia. Mi primera mujer fue Claudia, una morena de cabello enredado y pechos inexistentes. La conocí en el semestre de primíparo, fumándose un cigarrillo en el portón de la universidad. No era muy brillante, pero te sostenía una buena conversación, además, que estar con ella significaba no tener que pagar por nicotina, siempre andaba por ahí con una pitillera metálica repleta de cigarros. Claudia, besaba con pereza y le echaba dos de azúcar al café. Soñaba con ser cantante y lo hacía bien, el problema era que su tono de voz rayaba lo mediocre. No había nada distintivo y como para la composición period más bien floja, su futuro artístico se veía reflejado en algún programa de concurso de los del prime time. Por ella llegué a frecuentar rancios parajes de la rumba plástica, en donde por cada dos pasos te sonreían tres mujeres modificadas. Los baños no eran para orinar sino para meter coca y la media de aguardiente costaba cuatro veces más que en un estanco. A ella le encantaba, pavonearse por ahí, en vestidos dicientes, bailándole pegadito a todo el que la sacara y regresando a la mesa de vez en cuando, para marcar territorio con un beso ebrio. Porque eso sí, cuando se tomaba sus copas de aguardiente no había quien la parara, me empezaba a susurrar que la llevara a un motel, que no podía más, que en cualquier momento se le daba por rasgarse el vestido y tomarme con violencia. Vos sabés que yo no sirvo para hacer escenitas en público, he sido siempre pudoroso en lo que al sexo respecta, por eso trataba de calmarla, de insinuarle que sería mejor hacerlo bajo el manto de la sobriedad, para recordar por donde fue que se doblegó el camino y en qué posición es que se ven mejor las estrellas. A pesar de esas mañas de muñeca rota, traté de enseñarle que una vida sin propósito podía ser hermosa si se abrazaba un arte. El arte de ella period la música, así que le sugerí empezara a exponer su trabajo, el reconocimiento la haría querer mejorar y esa satisfacción de hacer lo que amaba la alejaría de los excesos. Ella aceptó, compusimos una canción y decidimos incursionar el transporte público. La canción, hablaba sobre la melancolía en la ciudad, se llamaba, Las rejas del Calicalabozo. A Claudia le gustó tanto, que no encontró más que decirme que me amaba.
—Te amo Arturo, te amo como nunca he amado, sos muy inteligente y talentoso, no te encuentro defecto alguno.
—Tengo un gran defecto muñeca, sonreír y engañar a niñas dóciles para luego dejar salir al patán.
Ella ignoraba mis comentarios, porque no me amaba por lo que period, sino por lo que podía hacer por ella. Le compuse otras dos canciones, para que las interpretara donde y como se le viniera en gana. La monja periquera, causó tal controversia que la gente la descargaba esperando encontrarse con una melodía panfletaria diabólica. Se sorprendían cuando se topaban con una peculiar amistad entre el jardinero de un convento y la madre superiora. No se pronunciar tu nombre, pero con el tuyo me basta, period una declaración de amor entre dos extranjeros, cuando la compuse me cuide de teñirme de rosa y de los lugares comunes, no es como si alguien no lo hubiese hecho antes ¿Qué es el arte sino mimesis? Y el buen arte la receta que reúne los mejores ingredientes de anteriores manjares. Nuestra ruptura fue abrupta, puedo decir que me tranquilizó que hubiese sido mi culpa. En una de esas rumbas predeterminadas, decidí perderme en el licor, para así no tener que sentir celos al ver a Claudia, restregarle el culo a cuanto atarbán le pedía un baile. Su mejor amiga se encontraba con nosotros, había ido sola con la esperanza de salir acompañada. A mitad de una de Wilfrido Vargas me le acerqué y le dije que si Claudia regresaba a la mesa, le dijera que salí por un cigarrillo. Ella me dijo sonriente que no podía hacer eso, ya que iba a acompañarme. Una vez afuera, no fue sino que me diera diez pesos de pie, para que mi etílico raciocinio se lanzara sobre sus labios de mulata taimada. Contra un árbol le toqué hasta la sensibilidad y los labios quedaron hinchados de tanto entuque. Cuando concluimos nuestra faena y decidimos ingresar a la discoteca, pretendiendo que nada había sucedido, divisamos a Claudia llorando junto a la entrada, señalando hacia nosotros con la pestañina oscureciéndole el rostro y el alisado perdido. Así perdí a Claudia, por eso podes estar seguro Francisco, que Marcia es la indicada, porque no es cantante y sus amigas son el monumento al sinsabor.
Mi segunda mujer, fue Angie, si, la mejor amiga de Claudia. La que te digo que haría a la perfección el papel de esposa. Angie, period recatada, puritana rayando la mojigatería, le gustaba el vino tinto y coleccionaba animales de peluche. Su zoológico de algodón, estaba conformado por variadas especies: elefantes, osos, vacas, dragones y uno que otro gato con sobrerrelleno. No le gustaba que los tirara de la cama cuando lo hacíamos con sigilo. Angie, vivía con su madre, en un apartamento de alquiler en el sur. En uno de esos nuevos barrios prefabricados, que carecen de alma y los pululan familias nacientes estudiantes alucinados. Uno de esos barrios sin panadería, ni estanco, ni la tiendita de don guille, porque nada de eso está en los cuadriculados planos. La madre de Angie, period otro issue que me daba luz verde para pensar en matrimonio. La señora me amaba con fervor, creo que incluso más que su hija, un amor maternal, me alimentaba, me abrigaba, no podía faltar mi presencia en ninguno de sus viajes. Por ella conocí parajes ilustres, como Cartagena el Amazonas, recorrí restaurantes exclusivos inaccesibles para mi bolsillo de estudiante y empecé leer a autores diestros como Vargas Llosa y Borges. Cuando nuestras necesidades primarias llamaban, ella pagaba el setenta y cinco por ciento de un cuarto en el mejor motel.
—Es que quiero gritar Arturito, quiero demostrarte cuando me gustas, en la casa no puedo, mi mamá no sabe que nosotros ya…trin.
Y yo la dejaba, agradecido con la vida, sin interponer ningún absurdo ego de macho, ignorando eso de que las damas no deben pagar un centavo. En muchos aspectos soy un progresista Francisco, mucho menos que vos, que aun después de tantos años y decepciones le seguís abogando a la izquierda como si fuese una especie de secta. Con Angie compartí más de cuatro semestres, mi abuela me dijo que a los cinco años le doy anillo terminamos pensionándonos de novios. Faltaban tres y encarando la situación con valentía, esculqué el joyero del cuarto de mi madre, para encontrar un anillo, ni muy muy, ni tan tan, apenas para la mano de Angie. Encontré uno de oro, con una pequeña piedra imitación diamante. El día de la propuesta, arribé a su apartamento antes de que saliera de clases, le pedí a su madre discreción, sin contarle el plan actual, argumentando que mi único propósito period el de darle una sorpresa. La señora, que tenía operada hasta las pestañas, se pavoneó por la casa en un pijama de lino sin ningún destino. Dos horas después salió de la cocina llorando y como buen nuero, corrí a abrazarla.
—Me siento muy sola Arturito, desde que Leónidas murió no puedo mirarme al espejo sin sentir que soy fea, que nadie jamás volverá a desearme. Le haría el amor, como solo la experiencia me lo permite, al primero que me acepte con mis fantasmas.
Acto seguido se desabrochó el pijama dejando al descubierto su plástico, pero voluptuoso cuerpo. Me fui en automático y no me vine por el simple hecho de prolongar aquel celestial acto fortuito. Lo hicimos sobre el comedor, tirando por los aires las frutas de cera y un vaso con vino viejo. Salimos a fumar al balcón, aun desnudos y repletos de deseo, el segundo spherical fue en el sofá, vaya error, el viejo mueble era lo primero que se veía al abrir la puerta de entrada. Angie, cayó de rodillas ante la grotesca escena: su madre con las piernas en ángulo de compás abierto y yo amenazando con superar con creces sus treinta y ocho años de vida sexual. Angie, se comportó a la altura.
— ¡Te vas ya de mi hijueputa casa, degenerado de mierda!
Y en la universidad al preguntarle la razón de la ruptura, decía cual libreto que había sido por cuestiones de tiempo. Toda una dama, recatada y sutil, la esposa predilecta. Mamá se dio cuenta de la ausencia del anillo, así que me vi obligado a devolverlo de ipso facto, aprendiendo de mi error que la próxima vez, compraría un anillo propio y si mis siguientes suegras tenían mas de un litro de silicona, debía neg arme a cualquier contacto. Por eso era que evitaba toda pregunta que derivara en una mención a Angie, por mi sangre hirviente perdí a una buena esposa y la posibilidad de encontrar un ancla de ojos almendros y sonrisa prozac. Uno en la vida tiende a repetir ciclos, a adoptar practicas vividas en los primeros años. En mi casa, la estabilidad familiar siempre fue una utopía y el gen maniaco amenazaba con negarme de por vida la posibilidad de ser amado. Podemos ponerle nombre a las mujeres que intentaron domar a este borracho de tienda; Claudia, Angie y Daniela. Los puertos que más recuerdo, no voy a mentirte diciendo que fueron las únicas farolas en la avenida promiscuidad. Entre ellas muchas otras escribieron en mi piel microcuentos mediocres, sin elipsis, ni buenos diálogos, solo sexo, del mundano, te venís, te vestís y procuras no toparte más con sus ilusionados ojos de niña. No voy a decirte que era compadre, porque sigo siendo un mentiroso y me llena de tranquilidad saber que Marcia es indiferente a mi pasado. Me voy a casar con ella compadre, en una y mil noches de bodas, le voy a criar bien a su primer hijo y al segundo y los que se vengan, por eso necesito ese milloncito, yo sé que es difícil confiar en un hombre como yo, pero Francisco, jamás había tenido tantas ganas de debatir mi destino de faldas esporádicas. Yo sé que quedaste prevenido desde el asunto con Daniela, desde lo de los ochocientos mil. Pero para curar dudas voy a aclararte lo del poemario y como me las arregle para embarrarme de mierda hasta la cadera, traicionando las caricias sinceras de otra buena mujer.
A Daniela, la conocí seis meses después del asunto con Angie, estudiaba psicología en la católica y soñaba con ser una reconocida poetiza, no leía mucho y copiaba a otros en exceso. Tenía una retaguardia de infarto y cuando entrabamos en la habitación me ordenaba con tono militar que no me atreviera a salir hasta el tercer round. Y ay donde no rindiera como la ley mandaba, se salía de la habitación enojada y no me quedaba más opción que contentarla con comida. Solía escribir desnuda, fumando cigarrillos mentolados y escuchando a Joan Manuel Serrat, period una snob, demoraba un mes en cada poema y después de cien correcciones, los presentaba ante su sequito de seguidoras como si de una obra magna se tratase ¿Cómo no la iban a seguir? si no hacía más que subir a la crimson fotos de sus nalgas. Daniela me trataba bien, me regalaba libros de Dolstoievsky y primeras ediciones de grandes clásicos, decía que admiraba mi disciplina y que no sentía celos sino orgullo. Cuando cumplimos seis lunas de relación, le regalé un poema, quedo encantada, dijo que jamás había estado con alguien con la sensibilidad requerida para escribir versos. Se juntaba con puro idiota y yo igual de idiota pero un poco más despabilado, decidí preparar para nuestro aniversario un poemario. Me cobraban por trescientos ejemplares ochocientos mil pesos, sé que con uno hubiese bastado, pero yo quería que ella viese que nuestra relación podía inmortalizarse en los anaqueles de las librerías de segunda mano el armario de algún aspirante a delirista. Vos me prestaste la plata sin reparo.
—Yo la considero una inversión a largo plazo Arturito, cuando vos estés casado y bien puesto te va a tocar pagar las rondas—dijiste pensando que la plata era para el anillo y contento con la plata en la mano corrí a la litografía, impresión independiente y mi dignidad sin ser tocada por ningún editorial.
La portada fue ilustrada por pluma, en un mediocre intento de imitar a Edward Gorey, era un retrato de dos amantes melancólicos, sentados sobre una esfera sostenida por una esquelética mano. La mujer vestía victoriano y el hombre period un corsario negro, una radiografía de mi distorsionada autopercepción. Esos libros, ahora archivados en cajas en el cuarto del servicio, suelen susurrarme de noche, me susurran los peores poemas de entre mi nefasta verborrea, los más locuaces y apasionados. Es una pena que el mundo jamás lea las consideraciones de un enamorado hidalgo, sumido entre vicios de carne, esforzando cada átomo de su esmirriado cuerpo a disfrutar de la fidelidad tanto como del brandy. Ahí terminó tu préstamo compadre, guardado y lleno de polvo. No me lo bebí, ni compre con el anillo alguno. Sé que cuando se extravió ese dinero nuestra amistad flaqueó de a poco, pero no me puedes decir que no te lo pagué con creces al presentarte a Sara, la mejor amiga de Claudia. Ya van por el segundo retoño y déjenme decirles que jamás me había divertido tanto en una fiesta matrimonial. Fue curioso ver a Sara vestida de novia después de tantas veces de verla desnudarse en bares del centro, no lo tomes como un irrespeto, puedo asegurar que sos el hombre que necesitaba. No debe el pasado interferir en el desarrollo de una relación de pareja ¿A cuantos hombres has amado?¿te has ungido alguna vez con la amarga hiel de la infidelidad?¿por que aun respondes sus llamadas? Ignorar, ignorar es la salvación ante el torrente de inseguridades que produce estar con alguien de mundo.
Si decides prestarme el dinero puedo ir por el hasta tu casa, si gustas llevo a Marcia, para que veas que ya le asoma la capsula del tripulante, mejor dicho, la tripulante. Elena, hemos decidido ponerle así por la bis abuela de Marcia, una aguerrida matrona que luchó contra los pájaros en las guerras bi partidistas. Espero ser un buen padre Francisco, buen padre y buen esposo. No soportaría perder por mi falta de aplomo el amor de dos buenas mujeres. Lo que más me asusta es pensar que algún día la pequeña será una hermosa y sagaz mujer, ojala el destino la aleje de los hombres como yo, sin vergüenza, corroídos por el nefasto síndrome de incapacidad ethical transitoria ¿Te imaginás cuando me abrace el pulgar con sus diminutas falanges? Espero escuchar pronta respuesta compadre, he de estar listo por si el parto se adelanta. Un abrazo fraterno y por más que la situación cambie mi estilo de vida insano; recuerda siempre que fui yo el merecedor predilecto del título de gran gañán.
Por Santiago Angarita Yela
Esta disaster de identidad no es cosa nueva, sus orígenes se remontan al día que decidí romper mi zona de confort y deslizarme sin rienda a el camino agraciado del vicio; la bohemia. Me fumaba un puchito afuera de la portería de la universidad, cuando una menuda chica de artes me pregunto si yo period otro básico de administración.
— ¿Básico de administración? ¿Cómo así?
—Si el estereotipo de los de su carrera, ya sabe las politos, los cortes de cabello al ras, palabras populares usadas de forma compulsiva: hembrita, fir’, pri, soco, melo, bamba. Posible disfunción eréctil reflejada en el sonido del exosto de todo vehículo que manejan y pinta de cuatro días de gimnasio por semana. No se puede rescatar nada de lo que hablan y la mayoría se ven bonitos hasta que les entra esa necesidad de pavonearse.
— No, mami ¿qué pasa? yo no soy ningún básico de administración. Lo que pasa es que a uno se le pegan mañas de otros— le respondí afanado, dudando de mis palabras.
Si la gente me percibe de esa forma, es porque mis gestos y mi andar así lo exponen, voy por ahí dando visaje con mi grupo de panas, unos estudian administración y otros negocios internacionales, pero según la clasificación de la hembrita de artes, vienen siendo como lo mismo. La nena se despidió con un gesto de la mano e ingresó de nuevo al campus. Después de nuestro primer encuentro entablamos una amistad cómplice y de pasillo, empecé a frecuentarla cada vez que salía a fumarme un garrro, a veces yo le daba fuego y otras, ella me ponía a probar los cigarrillos artesanales que le regalaba su novio. Armados con cueros de los de los bareto, taqueados con manzanilla, caléndula y moringa. Tenían un sabor peculiar y también distintos efectos; el de manzanilla te relajaba, pero al terminarlo sentías como te raspaba la garganta; el de caléndula embombaba y dormia los dedos; el de moringa, no hacía nada perceptible, pero servía de antioxidante y digestivo. La hembrita estaba muy sollada, ella y todo su círculo social. Si yo period un básico de administración a ellos, podía definirlos como básicos de artes, con al menos un tatuaje de estilo clásico, los manes con el cabello largo y las viejas con media cabeza rapada el pelo con más tintes que una imprenta. Hablaban de sitios underground” para ir a parcharla, de bandas extranjeras y viajes a Europa, así la mayoría no hubiese llegado más allá de Buga. Para rematar, trataban al resto del mundo como mundanos inferiores, por no saber quién period Almodovar ignorar el concepto de tres manchas al azar en un lienzo en blanco, el concepto, el concepto ¡Que me conceptualicen esta! A medida que la confianza fue creciendo, sentí la necesidad de hablarle sobre temas que a nadie más le importaban. Le confesé que gustaba de una nenita de negocios internacionales, que no period fácil cortejarla porque se la pasaba con manes de mucha plata y eso la había mal acostumbrado, en una ocasión, la escuché decir que si el plato de la cena no costaba más de cincuenta lucas no había segunda cita. Mi pacerita solo reía y comentaba jocosa que cuando andaban cortos de plata con el novio, figuraba arroz con huevo por semanas enteras y así eran muy felices, alimentándose de placeres más allá de lo materials. Yo no aguantaría una cinta así, a mí me gusta darme buenos lujos y comer fino, además que si uno puede pagar trago caro, eso es fijo que las hembras caen; aunque no estaría mal encontrar a una mujer sencilla, que coma arroz con huevo y le guste embriagarse en los andenes.
— ¿Y cómo se llama la princesita de negocios?
—Camila, es un pétalo esa hembra, no está buena ¿si me entiende? Es que una vieja para estar buena solo tiene que tener culo, tetas. Cami no está buena, es hermosa, no conoce lo que son los defectos.
—Los defectos físicos, no se le puede pedir mucho a una mujer que mide a sus hombres por la billetera—dijo la artista levantando su ceja izquierda.
—Bueno, yo no le conté para que me la ofendiera. Lo que pasa es que esta noche su parche de amigas va pa’ la discoteca que queda detrás de la ICESI, y yo no puedo más de las ganas de declarármele. El problema es que yo soy una güeva para eso ¿si me entiende? Todas las novias que he tenido han sido víctimas de la causalidad. Uno está bailando bien sabroso, toquecito por aquí, que tin, que tan, entuque, al otro día ya se da por entendido que estamos saliendo y en menos de un mes ya se presenta como mi novia.
—Pana, que vida tan patética.
—Bueno, no más, ahórrese el sermón, me ha dejado bien claro que soy un básico de administración. Mejor acompáñeme a la bomba por unas birras, a ver si me relajo y dejo de pensar en ir a cagarla.
Fuimos a la bomba de gasolina junto a la universidad. Pedimos un par de cervezas y media botella de ron, mi amiga de artes, dijo que pagaba la mitad de todo así no se la bebiera completa, el novio no demoraba en llegar a recogerla. No llevábamos más de tres copas cuando un hombre de cabello largo y desarreglado, se paró frente a nuestra mesa y con un saludo apático se llevó a mi amiga.
—Nos vemos luego parcerito, ahí le dejo la de ron para que se olvide un rato de Camila.
Desapareció por la Cañasgordas encaramada en la barra de una bicicleta vieja, besando al mechudo, con una sonrisa indeleble. Es de conocimiento widespread que beber solo alienta las desgracias. Acabé con la media y pagué otra con la tarjeta de mi cucho. Ya iban dos copas adentro de la segunda, cuando recibí una llamada de Manuel, quien podía decirse según la teoría de mi buena amiga, period el rey de los básicos de administración. Tenía un BMW importado, solo habían dos como ese en todo el país, su reloj valía más que la matrícula de mi semestre y se había operado la nariz y los dientes. Todo eso lo remataba el hecho de que en su concepción neandertal, todas las mujeres estaban a su disposición y la que le decía que no, fijo era lesbiana.
—Habláme Manu ¿todo bien?
—Que cube care zorrillo ¿todo bien? Pana esta noche hay farra en la finquita, la de puerto tejada, usted sabe cómo es. Hembritas, hembritas y más hembritas, trago caro, ninguna maricada que otros les puedan gastar, piscina, marihuanita y hasta unos enanos papi, enanos repartiendo la tusi entre la gente. Pa’ que no digan que yo no tengo la elegancia. ¿Va caer no?
—Pues parce, no llevo como mucha plata.
— ¿Es que acaso yo le estoy pidiendo plata fir’? esta es mucha loca, si va a ir los carros salen como a las once del parqueadero detrás de la ICESI, yo veré, ah y si puede llévese a su amiguita, a la hembrita esa de artes con la que se la pasa fumando.
Estaba más que seguro que solo me había hablado por la artista, yo ni me le sabía el nombre y ella no era de esos parches. No quería ir a donde Manuel, pero si a la discoteca tras la ICESI, a buscar a Cami y confesarle lo que sentía por ella. Period possible que sintiera lo mismo por mí, en una que otra ocasión hubo un coqueteo sutil y sus amigas me alentaban siempre a dar el siguiente paso, argumentando que Cami ya había estado con suficientes idiotas, que yo me veía como un muchacho de buenos sentimientos. Y tenían razón en cierta medida, yo podía ser mujeriego y algo bebedor, pero cuando me enrollaba en una relación, period un monumento a la fidelidad y al respeto. Tal vez por eso mis amoríos siempre fracasaban por otros hombres, más gañanes y buitrescos, que en menos de una noche me quitaban el idilio. Manuel se había besado en una rumba con una de mis ex novias, él ya sabía lo que había hecho y aun así trató de sonsacarla para llevársela a un motel, menos mal la vieja me vio por ahí todo achicopalado en la barra y rechazó la propuesta del gorila. Lo que pasa es que es lesbiana” le dijo a sus amigos cuando le preguntaron por el paradero de la hembrita. Pero nada, yo jamás he sufrido de resentimientos, si Manuel quería invitarme a una de las farras duras que salía auspiciar, no iba a negarme por visajes del pasado; solo tenía que asegurarme de no irme sin antes declarármele a Camila. Abandoné la bomba y tomé a pie la avenida Cañas gordas hacia la ICESI, por el afán no me di cuenta que andaba vestido como un vago, un polo rosado, decolorado en el cuello, sudadera de la mechita y zapatillas de baloncesto. Si me encontrarán con la misma pinta por otro barrio y más entrada la noche, seguro cambiarían de acera. Aquello iba a ser un problema para entrar a la discoteca, se las tiraban de muy exclusivos y se reservaban el derecho de admisión. Así uno tuviese plata hasta para gastar, así uno fuese cliente frecuente hijo del administrador, sino tenia pinta de básico de administración, no ingresaba. Con la botella de ron casi completa, inicié mi primer intento, reflejando completa seguridad en rostro y andar, atañéndome a las requisas como si fuese labor diaria.
—Joven, no puede ingresar botellas la deja afuera se devuelve.
—Y con esa ropa tampoco, en el código de vestimenta está bien claro que nada de sudaderas—agregó la mujer encargada de las manillas de ingreso.
Unas hembritas de vestido se rieron en coro. Abatido, me senté en el andén paralelo al de la discoteca, a beberme la botella en soledad y observar de lejos como parejas y buitres ingresaban en la estancia, para menearse al ritmo de la guaracha, para besarse con desconocidos, para enamorarse, para engañarse, para saldar deudas y deber hasta lo del arriendo; gran pink de ilusionistas, aparentando con el dinero de sus padres, un poder materials que lo único que atrae es plástico. Hombres de plástico, mujeres de plástico, sexo de plástico y a veces sin plástico porque el cuerpo sufre urgencias cuando el portador lo maltrata, pero para esos casos siempre se puede contar con confiables abortos clandestinos. Mejor eso que manchar el nombre de la familia, mande la niña a que tenga al niño en Gringolandia y decimos que adoptamos por la disaster de los cincuenta. Uno piensa cosas muy rayadas cuando esta borracho ¿Dónde estaría mi parcerita de arte? Con el novio haciéndole el amor, escuchando alguna chimbada culta, después de comer comida oriental casera. Que bamba estar a ese nivel, si mis viernes no tenían litros de alcohol y anécdotas de faldas no me sentía completo. Por eso a pesar de mis infortunios, en cuanto a vi a Cami salir de la discoteca por un cigarrillo, me precipité sin rechistar, acomodándome el pelo y la camisa.
Que hubo bizcocho, estas hecha todo un pétalo. Dejá a esos patos y ándate conmigo para una finquita, la organiza Manuel, el mono, va a estar bien melo.
¿Vos estás borracho Víctor? ¿Qué hacés así vestido?
Lo necesario mami y lo de la pinta, yo no planeaba aparecerme por aquí está noche, lo que pasa es que tengo algo que confesarte.
Pero la confesión no fue esa noche pronunciada, Manuel, casi me lleva por delante con su nave, la frenó en seco, quemando llanta y casi sacando medio cuerpo por la ventana, gritó que me subiera.
—Movete pues marica, si no te llevo yo, después no sabés como llegar a la finquita.
El gesto de Camila cambió de sorpresa a desagrado, dio media vuelta y apagó el cigarrillo sin terminárselo. Fulminé a Manuel con la mirada, haciéndole saber que period un cabrón, pero que no fuera arrancar el carro, porque ya me había cagado la vuelta con Camila y ahora no me quedaba otra que pegar para la finca.
— ¡Camila, es que vos me gustás mucho! —grité, siendo mi declaración opacada por la música del inside de la discoteca.
Camila se perdió entre el humo y el sempiterno parpadeo del strover. Abracé mi botella de ron y tres sorbos más tarde, le subía el volumen al radio del carro de Manuel. Full sonido, un bajo bamba, sonaba suave la guaracha y yo mareado, despechado y sin querer pensar.
—No pude decirle pana, estaba ahí con un vestidito plateado, casi sin maquillaje, puta vida, no pude decirle que me gustaba hasta que se entró.
—A mí no vengas a joder con maricadas de amor, vos sabés que eso no es conmigo, pero si el problema es de hembritas, relajaté que en la finca hay buen ganado, si querés pegate un par de pipazos, ahí en la guantera hay pollito.
Y la panamericana nunca se había sentido tan parchada, por momentos sentía que el carro de manuel iba a alzar vuelo, que no íbamos a ninguna finca, sino a los confines de algún planeta habitable, a una vieja cantina de mercenarios con un conjunto de jazz y alguna puta de piel violeta, usando como micrófono un gato y sin nada para cubrir sus extraterrestres atributos. Manuel period igual de basto para todo, para hablar, para cortejar, para manejar y por consiguiente para frenar, cuando el auto se detuvo por pocos centímetros me parto la jeta con el panorámico.
—Ve Víctor, bajáte y abrí la reja que el vigilante está como dormido ¿Qué es esta chimbada? Si ya casi llegan los invitados, estoy seguro que nadie les abrió a los maricas enanos.
Descendí del auto, abrí la reja y tuve que caminar el trayecto hasta la casona, Manuel arrancó el carro y por segunda vez en la noche estuvo a punto de llevarme por delante. Si fuese otro me enojaría, hasta le armaría bonche me le pararía duro, pero Manuel era un imbécil profesional, graduado con honores, tan cabrón que no quedaba de otra que quererlo, además, cuando cometía una buena acción lo hacía con más ahínco que cuando delinquía. Al llegar a la casona, me limpié el barro de los tenis contra unas escaleras de piedra y escuché como Manuel le daba instrucciones de servicio a un quinteto de enanos.
—Bueno pues, ustedes pasan por las mesas sin hablarle a nadie, si la gente les cube algo no responden un culo, su trabajo es repartir el tusi y si alguien quiere inhalar de sus cuerpos pues para algo les estoy pagando. Yo ya cuadré con su patrón, con… ¿Cómo era? Don Mario, si esa mierda, bueno pues, por ahí en una hora llega la individuals.
Al notar mi presencia, se disculpó por haberme dejado botado en la portería, argumentando que tenía afán de que su farra no fuese superada por ninguna otra. Que se hablara de ella durante todo el semestre y que lo de los enanos se lo escuchó a un profesor en una clase de historia.
—Eso hacían los emperadores manín, tenían plata, poder y al pueblo contento.
Los empleados de Manuel ( más bien del papá) le habían armado una mesa de tragos ni la hijueputa. Nada de aguardiente, ni ninguna de esas chimbadas baratas; wiski, vodka, champaña y tragos con nombres que en mi vida había visto, el que más me tramó fue uno de un venado, dizque Jägermeister, que visaje ese de los ricos, tomar cosas por el sabor, uno que siempre busca como embriagarse con poca plata así el trago sepa a gasolina. Yo me parché, bebiendo tranquilo y fumándome lo que invitasen, las hembritas llegaron en un bus, yo sabía que esas eran pagas y que no le iba a echar el ojo a ninguna, Camila, seguía clavada en mi retina. Después de las hembritas, llegaron más carros, atiborrados de como diría mi parcerita de artes: básicos de administración; aunque algunos superaban la edad para siquiera ser universitarios. El ambiente estaba muy traqueto y algunas viejas ya andaban por ahí bailando con las tetas al aire, incitando a los invitados. Los enanos repartían el tusi con una expresión pétrea, como autómatas programados para incitar a la desidia. Yo que por la nariz lo único que he metido es leche en polvo, me abrí para la fuente de piedra que había mandado a construir el cucho de Manuel al lado de la casa, bueno, ni tan al lado, desde ahí se escuchaba la música lejana y no habían putas, ni enanos con corbatines. Encendí un cigarrillo y me quité los zapatos para meter los pies desnudos al agua de la fuente. El agua me abrazaba tibia entre el frio de la noche en el Valle, se sentía áspero escaparse de vez en cuando del tumulto, porque es cuando la fachada de básico se me cae y empiezo a sentir el peso de las inseguridades, la melancolía. El perro negro quiere romperme el pecho y no puedo evitar apreciar la hermosura nefasta de mi ciudad, recordar con mugre en el ojo el retrato de mi padre ausente. Yo no sé si fue por el sereno, pero todo el trago que había bebido me pateó hasta el punto de hacerme tambalear, me incliné para vomitar, pero una voz detuvo mi reflejo.
—En la fuente no titán, ahí es donde me baño.
Traté de identificar el origen de la voz, pero no logré más que pensar que ya era hora de tomarme un energizante sino la farra me vería partir antes de la elipsis. La voz era gruesa y carrasposa, como la de un viejo con dos vidas de nicotina encima.
—Qué pena mi don, es que ando como maluco.
—Todo bien, si me da tabaco hasta lo acompaño en su pena, pero eso sí, prométame que no va hacer escandalo ni a correr al verme.
—Tengo rojo, yo no fumo esas maricadas mentoladas, todo bien mi don, yo que voy a estar asustándome.
En la cúspide de la fuente, se materializó una criatura de piel verdosa, arrugada y maltrecha, vestía con harapos y el bello facial, blanco como nube, le brotaba de las orejas y las fosas nasales. No sentí impulso de escapar, a pesar de que al ver el terror en mis ojos, la criatura sonrió complacido con sus colmillos shade madera.
—Yo sabía que usted no iba ser ningún cobarde, los hombres con penas de amores pecan de tercos pero no de cobardes.
—Uy marica yo tengo que estar muy mal para estar viendo esto.
— tal vez este muy bien, no todos corren con la suerte de verme en buenos términos—dijo la criatura y de un saltó abandonó la cúspide de la fuente para sentarse a mi lado. Le ofrecí el cigarrillo que me pidió, observándolo de reojo, notando cada vez más detalles de su siniestra no persona.
— ¿Necesita candela?
—No—respondió la criatura, y con el solo toqué de su amorfo dedo encendió el cigarrillo.
La criatura, dio unas cuantas caladas antes de re iniciar la conversación. Clavó en mí sus amarillas pupilas y sonrió, dejando entrever el humo en los espacios de sus podridos dientes.
— ¿Qué es lo que están haciendo en esa casa? Yo de vez en cuando vengo a darme mis vueltas por la planicie, recordando cuando la ciudad no se lo había comido todo. La última vez que vine era plenilunio, estaban desmembrando unos cuerpos y lanzándolos a una fosa común atrasito de la casa. Por estos lados las cosas se han venido poniendo bastante oscuras, la especie humana es como un ciclo, piensan que han logrado superar la brutalidad de sus instintos primarios, pero luego caen de cabeza en guerras y avaricia.
—Uy pana, barájemela más despacio que ando bien enfarrado.
—Yo no le estoy pidiendo que responda nada, solo que escuche, escuche sin juzgar, sin correr de pavor porque mi cara ha visto al bosque desde que este podía decirse virgen.
— ¿Usted quién es? No me vaya a decir que uno de los enanos que contrató Manuel porque marica no soy—le pregunté, haciendo uso de mi ebriedad como somnífero para mis miedos.
—Yo soy un duende, un duende de parque, de mirador, de loma. Una vez corrí libre por entre la selva, saltaba picos de cordilleras con un suspiro y caían ante mis pies todas las ninfas. Hoy no soy ni un borrón de lo que fui, obligado a vivir en la ciudad, a respirar aire pútrido, a comer de las canecas y contentarme con engañar a través de mi desgastada magia a alguna puta distraída.
—Pues mucho gusto, yo me llamo Victor Salas, es el apellido de mi cucha, porque el pirobo que me engendró no merece el titulo padre.
Regresé a la mesa de tragos dos tres veces, para abastecerme de licor suficiente para mí y mi nuevo amigo, un duende de parque, que bamba, nadie me iba a creer si les contaba, era un secreto personal, una alucinación ¿Básico de administración? Ni el artista más volado bebé wiski con duendes de carne y hueso.
En mi último viaje de abastecimiento Manuel, ya entrado en tragos me apretó el hombro con violencia, estaba aleteado y con los ojos encharcados, lo empujé hasta dar con un rincón libre de ruido putas y tusi. El gigantón de desmoronó contra la pared, postrando sus amplias manos sobre el rostro y llorando sin emitir más que sollozos agónicos.
— ¿Qué le pasó firma?
— Luisa, pana, Luisa me acaba de llamar, usted sabe que yo no soy una man de una sola hembra, pero Luisa es lo más cercano al amor que yo he conocido ¿si pilla? Ella me sacó de malos pasos, me puso a estudiar juicioso, me enseñó a no andar por ahí votando la plata y a ayudar a los desechables. Mi mamá si me dijo que esa pelada era la indicada, que la cuidara y yo me puse de lámpara, vos sabés, en cuanto me dieron papaya tin y que tan. Cuando Luisa se enteró simplemente se alejó ¿Si pilla tigre? Se alejó sin decir nada. Yo ya la estaba superando al menos pretendía hacerlo, pero va y me llama hoy, justo hoy, a decirme que tenía algo importante que decirme, que después de que terminamos se dio cuenta que estaba embarazada. Abortó manín, abortó sin preguntarme, sin saber si yo quería no tener un pelado. Luisa se echó la carga encima, tuvo que pasar por todo eso sola ¿se imagina el dolor que sintió?
— Uy pana, barájemela más despacio que ando bien enfarrado.
—Vaya y termine de darle dedo a cual sea la hembrita que tiene detrás de esa fuente ¿Usted cree que no le he visto toda la noche? Lo espero en diez minutos en el carro, me va a acompañar a la casa de Luisa, ya me cansé de cagarla titán.
Corrí hacia la fuente, por más que disfrutase hablar con el duende del parque no podía dejar a Manuel cagarla más, si lo dejaba ir solo iba a terminar cogiendo a bala la fachada de la casa de Luisa alguna de las especialidades de su toxico repertorio. El duende ya no estaba en la fuente, un vórtice helado se gestó en la boca de mi estómago y como si hubiese perdido a un hermano me senté a brindar por su memoria. No muchos pueden decir que bebieron y fumaron con un auténtico duende, lo único que hubiese deseado para no hundirme aquel momento period saber su nombre ¿tenían nombre los duendes? ¿ eran anónimos? como los arboles de un gran bosque la luz de una estrella naciente. Manuel había hecho abrir el portón, corrí hacia el automóvil, uno de los enanos le daba una pequeña bolsa hermética y rosada. En cuanto me acomodé en el asiento, aceleró, haciendo girar las ruedas sobre la tierra seca sin quitar el freno de mano, creyéndose viril. Salimos disparados por la carretera destapada, dejando tras nosotros el ruido de la guaracha y los gemidos finos de los amantes de exhibición. Sentí calma al abandonar la casona, las palabras del duende no dejaban de retumbarme el coco, el odio que sentía hacia la especie humana, pero ¿Cómo no sentirlo? Si hasta uno mismo se odia por su condición de dios, juez y verdugo. La vía de Puerto Tejada a Cali carece de iluminación y es de dos carriles, a esto hay que sumarle que los conductores se aprovechan de la falta de ley para llevar al límite los velocímetros. Manuel no frenó al salir de la finca, no sé si pensaba hacer un derrape clavarnos en la zanja repleta de aguas estancadas. Un microbús de servicio intermunicipal golpeó la delgada lamina del auto deportivo, deformándola y estallando de ipso facto múltiples órganos internos del gañan de gañanes, del invencible Manuel. Un destello de luz roja me cegó por completo y al recuperar la vista, estaba a la orilla de la carretera, sin un rasguño, con la cabeza bombeando y el duende a mi lado, con su pequeño pecho agitado y repitiendo cual autómata:
— ¿Tenés otro cigarro?
Los hombres no lloran y si lo hacen, que sea en silencio bajo una cama en el baño. Las lágrimas se mezclaron con el vómito y cuando reaccioné ya no había duende y tanto Manuel como el conductor del microbús, yacían inmóviles y con los orificios sangrantes. Una camioneta de vidrios polarizados aparcó junto a la aplastada nave. Dos manes con pinta de lavaperros se bajaron con fierro en mano y trataron de forzar la puerta hundida, al ver a Manuel, hicieron dos tiros al aire.
—Paráte maricón—gritaban entre sollozos—despertáte Manuel, vamos a beber mi hermano, la farra no se ha acabado, por favor paráte Manuel.
Borbotones de sangre bullían de la boca de Manuel, el duende se materializó una vez más, esta vez en la zanja, con medio cuerpo cubierto de agua.
—Métase al caño, si quiere que lo saque de esta, métase al agua, sin preguntas, que ya habrá tiempo para respuestas.
Me puse en pie y corrí hacia la zanja, salte con la cabeza hacia adelante, sin percatarme que una rama una piedra podrían romperme la jeta. Mi cuerpo se hundió en el agua espesa y cuando saqué la cabeza para respirar, me encontraba en el caño junto la unidad residencial donde vivía, me agarre de una rama suelta y subí hasta la carretera. Sin tratar de explicar lo acontecido, palpándome el cuerpo incrédulo de estar completo. Unos mechudos fumaban hierba sobre los pasamanos del parque y el frío de la noche me obligó casi a correr al inside del apartamento. Los porteros, no hicieron preguntas al verme entrar emparamado y oliendo a mierda. Me di un buen baño y eché a la basura toda la ropa, incluyendo la inside.
Puede que si sea un básico de administración, me gusta enfarrarme en Menga, tirarme el siete cada ocho días, la guaracha y comerme buenas hembras. Me gusta dármelas del putas y enamorarme de viejas plásticas. No obstante, hay algo que me diferencia de mis colegas, cada viernes antes de irme de rumba, me siento con dos cervezas a la orilla del caño, esperando que un pequeño esperpento se me acerque y con voz de trovador catalán me diga:
— ¿Tenés otro cigarro?
Por Santiago Angarita Yela
Ángela me advirtió que no enviara al pelado a prestar servicio, que su mente trastornada no podía asimilar las dinámicas de cuartel, que iba manchar el nombre que durante generaciones la familia Roa ha instaurado en el glorioso ejército nacional. Seis generaciones de militares, todos igual de orgullosos de portar el uniforme, el linaje de los invictos, cada uno con mejor historial que el anterior, para que viniera este culicagado a decirme que quería ser artista, estudiar cine y pasársela comiendo libros. Yo sé que Ángela me dijo lo de manchar el linaje para justificar su indisciplina, acolitar su vagancia y mimarlo más enviándolo a esas facultades plagadas de marihuaneros y maricas. Antes de retirarme de las filas yo era un hombre arcaico e infranqueable, de mente cerrada y algo patán. Debo admitir que ha sido mi muchacho el que me ha cambiado para bien, me ha hecho amar la vida en sus múltiples formas y hasta de vez en cuando coger el pincel y rayar sin técnica uno que otro oleo. El coronel cambió los fusiles por pinceles y las botas por sandalias, hasta me he dejado crecer un poco la barba y el pelo, a Ángela le encanta y la llama se ha avivado, dice que es como estar con la versión idealizada de mí. Samuel, mi muchacho, se parece más a su madre que a mí y más cuando decidió dejarse ese greñero largo. Ahora leo su nombre en revistas importantes y cuestiono mi errado actuar. Jamás aflojé la mano en su crianza, fui duro, hasta el punto de constreñir su sensibilidad, pero el pelado es terco, terco como yo y siempre se salía con la suya. Estando en el colegio, se escapaba para ir a ver teatro y discutir de literatura con sus amigos siempre mayores. Muchas veces terminé moliéndolo a palo, castigándole y profiriendo improperios de esos que no se le dicen nunca a un hijo. No quiero justificarme pero es que el camuflado cambia a los hombres, hace que se sientan inmortales, imperecederos, superiores. De no haberme retirado, ya habría sido llamado a concursar para basic, estaría empantanado hasta el culo de politiquería y burocracia. Habría perdido todo vestigio del hombre aguerrido que siempre he sido. Yo me retiré por mi muchacho y jamás me cansaré de agradecerle su resilencia. A pesar de no haber seguido la carrera militar es más valiente que todos sus ancestros, se atrevió a desafiar a su padre, al sistema, a la muerte y a la guerra ¿Qué se puede esperar cuando se le da un fusil a un poeta? Que lo convierta en pluma y dispare versos. Mierda, ya estoy hablando como él y seguramente la próxima vez que en la dedicatoria de sus libros lea mi nombre, lloraré como una magdalena, y mi pecho se inflara de orgullo, el mismo orgullo que sentí, cuando por oídos ajenos me enteré de las hazañas de mi amado hijo.
En mi último año como militar ocupé un importante cargo en la escuela de caballería, lo que más disfrutaba eran los wiskis en las rocas del salón San Jorge. En una de esas tardes en las que decidía decirle a Ángela que trabajaría hasta la madrugada para no tener que escuchar su cantaleta. Encontré en la barra a un viejo subalterno, de apellido Tapias, cuando bajo mi mando period un teniente leproso, de esos que modifican coordenadas para no patrullar el tramo completo. Sentado en la barra, era ya un mayor de barriga amorfa, calvo y sin gracia. En cuanto me vio ingresar al recinto, se puso en pie eufórico y dio parte sin perder la sonrisa bobalicona.
— ¡Mi coronel! —Gritó mientras se ponía firme—, el mayor Tapias López Carlos Alberto, se presenta sin novedad especial.
—Que hubo viejo ¿Cómo va la causa?
—Bien mi coronel, ahí dándole, estoy de ejecutivo del BAMAI, vine a hacer unas vueltas de mi hijo, el pelado se va para la fuerza aérea ¿Qué más de Samuel? Ese muchacho si es la embarrada.
—Bien mijo, el martes tiene el evento de presentación de su segundo libro; ese pelado no descansa, eso tuvo que sacárselo a Ángela, yo que no leo ni los clasificados. Ahí le di una plática para que mandara a sacar un tiraje para que venda.
—Me alegra mucho escuchar eso mi coronel, la historia de ese pelado se ha vuelto in style. El otro día en el club militar, un capitán trató de echarme el cuento como no period y me tocó corregirlo, a fin de cuentas yo fui el primero en leer el reporte de la toma a La Unción.
Miré el reloj y no eran más de las nueve, Ángela debía seguir despierta y airada por mi infidelidad de turno. Vi en tapias una oportunidad perfecta para sentarme a escuchar el único relato que me repito sin que me coja la ansiedad de la conclusión.
— ¿Sabe que Tapias? Llame a su mujer y dígale que esta noche se demora, han pasado ya como dos años de que me contaron por primera vez y no tenía ni concept de que usted había sido el primero en enterarse.
—Si mi coronel, yo no pude estar el día de la condecoración. Pero me contaron que fue una vaina loca, que esa tarima estaba llena de mechudos en ropa negra, sentados al lado de la familia de mi normal Nieto.
—Los amigos de mi hijo. Uno en este medio se llena de prejuicios Tapias, hay un mundo ahí afuera que desconocemos, yo estoy pensando seriamente en retirarme de esta vaina. Con ese cambio de cúpula siento que no hay cabida aquí para un hombre como yo.
—Si usted se va, yo me voy también—mintió el gordo—, los buenos militares escasean.
Hice señas al soldado de la barra para que trajera otros dos wiskis, y apagué el celular para no aguantar la joda de Ángela.
Capítulo 2
A Sandra no le costó trabajo conseguir un camarógrafo, como todo en su carrera, no era sino que se bajara un poco el escote para que le llovieran colegas urgidos en busca de algo de aprobación. Era en extremo molesta, hablaba de más y cada gesto estaba predestinado a llamar la atención. Su vida entera period una mediocre puesta en escena, su cuerpo, otra pieza de utilería. Nadie nunca cumplía sus expectativas, los conseguía con carro, membresía de gimnasio y una finca en el lago. El sexo le aburría, su ego era tan grande que no concebía que una relación se tratase de satisfacción bidireccional; aun así, lo tenía por montones, cada viernes con uno distinto, de vez en cuando buscaba bohemios para que la hicieran sentir tonta, para que le restregaran en la cara la mediocridad de su vida vacía. Le sobraba dinero, lo gastaba sin mesura, costeaba las borracheras y trabas de todo su círculo social. A los quince, se hizo operar la nariz, a los veinte la cola y planeaba al graduarse un blanqueamiento anal. Ya había completado todas las materias requeridas para graduarse, no se había esforzado en ninguna y cuarenta y dos créditos los había aprobado con sexo oral y tardes de motel. Lo único que la separaba del cartón de comunicadora social, period el proyecto de grado; decidió no hacer tesis porque odiaba escribir y jamás comprendió que era una hipótesis. Escogió la modalidad de proyecto audiovisual y creyendo que era lo más sencillo, decidió emprender un documental.
—Lo único que me falta es un camarógrafo, algún pato de esos que se creen intelectuales, que sepa cuál es mi ángulo y que no sea tan feo, porque paila si le toca aparecer en algún momento del documental. Creo que voy a poner un anuncio en instagram, alguno ha de caer, si es posible le pago y que edite esa mierda solo. Ya se viene mitad de año y el papacito de Juanca viene de Londres a visitar a sus abuelos, marica me lo voy a comer hasta que me canse.
—Obvio marica, ese man esta re bueno y la novia es re guisa—le respondía su amiga, sin prestarle completa atención, inmersa en su teléfono móvil, en cosmogonías de plástico.
Sandra conocía a Sergio de cuando le pagó por el trabajo last de semiótica, Sergio no le cobró lo que debía, porque Sandra lo atendía en su sala con una bata casi transparente. Durante semanas, soñó con su cuerpo desnudo meneándose sobre la proa de barcos de nube. Es por eso que cuando la chica almodóvar le pidió ayuda con su proyecto de grado, él aceptó, agregando que podían presentar el proyecto en parejas.
—Pero eso sí, vos sos el camarógrafo y yo lo presento, no quiero escribir ni guion ni nada ¿si me entendés? Que salga así bien natural, quiero que el país me conozca, uff, ya tengo las pintas perfectas para verme horny y a la vez intelectual.
— ¿Y de que tenías pensado hacer el documental? —preguntó Sergio humedeciéndose los labios.
—La guerra, mi papá tenía una finca en el norte del valle, no sé podemos ir por allá y entrevistar campesinos, alguna historia trágica, a alguien se le ha de haber muerto la mamá la tía, vos y tu cámara, yo y mi cara, cinco seguro.
— ¿Y el presupuesto?
—Mi papi, con tal de verme graduada, pagaría lo que sea.
Sergio inició una rigurosa investigación, el conflicto armado menguaba, pero aun así, en algunos pueblos del Valle aún era fuerte la presencia de grupos al margen de la ley. Le presentó a Sandra una lista con una docena de municipios, ella le respondió que escogiera cualquier cosa que no estuviera muy alejada de la civilización, Sergio escogió La Unción, un municipio cuya fundación se remontaba a mucho antes de la colonia. El terruño se caracterizaba por sus leyendas urbanas, una cosmogonía popular donde primaba lo paranormal, todo segmento de su economía period supervisado por una familia de alemanes y su único lodge, frecuentado por toda clase de artistas, urgidos por encontrar inspiración entre la montaña. A Sandra le tomó casi un mes preparar el viaje, hizo que su padre le comprara una camioneta con espacio suficiente para todos los implementos de grabación. Los implementos no eran más que una cámara de video, un trípode, cuatro memorias extraíbles, un computador portátil, un micrófono de solapa y uno de mano. Lo que más espacio de la camioneta ocupó fueron las tres maletas de viaje repletas de ropa e implementos de belleza.
—No tenés que maquillarte tanto para salir en cámara, acordate que la protagonista no sos vos, son los que han sido tocados por el conflicto. A nosotros nos va a tocar breve, todo mundo ha estado explotando este tema del conflicto a puertas de la firma de los acuerdos—le dijo Sergio, mientras transitaban el trayecto entre Cali y La Unción.
—Mirá, yo a vos no te pedí ninguna opinión, yo veré cuando me maquillo, que vos seas brusquito de cara y no podás aparecer en cámara, es otra cosa.
—No es eso Sandra, es que es el proyecto de grado y no podemos salir con cualquier chimbada. Yo no voy a discutir, relájate que yo me encargo de todo. Vos ya ayudaste con lo de la plata.
Al arribar al resort, Sandra ingresó sin preocuparse por la maleta los equipos. Reservó una habitación con dos camas para abaratar costos, segura de que jamás se le pasaría por la cabeza sonsacar a Sergio. Debía mantenerlo contento, coquetearle la medida justa para que no revirará, para que hiciese bien el trabajo. No podía creer la mujer de plástico, cuan fácil iba a ser graduarse, tantas historias de pasillo sobre la dificultad de los trabajos de grado y ella resolvería el suyo en un par de semanas. La mañana siguiente saldrían a grabar bien temprano, temprano para Sandra eran eso de las nueve de la mañana y abandonarían el lodge dos horas después porque: primero muerta que sencilla”. Sergio se despertó cada múltiplo de hora y media, tres veces durante la noche. No podía dejar de pensar en los planos que usaría para las tomas, en las locaciones, en quienes sería relevante entrevistar. Tal vez al alcalde, alguna celebridad in style, se decía que nadie conocía mejor la historia native que las familias tradicionales ¿un documental con burócratas? No. Mejor un contraste, La Unción tenía una peculiar plaza de mercado de arquitectura barroca. Se podía jugar con los matices y ¿si grababa planos específicos de los ojos de todos los habitantes? El impacto emocional se magnificaría. Podía ir al museo de historia paranormal, uno de los principales atractivos turísticos. La creatividad amenazaba con ahogar al esmirriado muchacho, mientras en la otra cama, Sandra, enviaba un correo a su cirujano para el asunto del blanqueamiento anal. Una vez enviada la misiva, se tragó dos pastillas para dormir, se despojó de sus pantalones, para que si Sergio se despertaba primero, se maravillara con el espectáculo de su cola al viento.
Sergio desistió de pernoctar a eso de las siete de la mañana, salió de la habitación y se dirigió a la acogedora cafetería de la terraza del hotel, toda de madera y con bombillos de colores colgando del techo. Pidió un espresso bien cargado y camino hacia el balcón, el edificio period uno de los más grandes de La Unción, equiparado por la alcaldía. Siete pisos de altura, se divisaba desde su ápice todo el casco urbano y los límites con el bosque de niebla. El primer disparo, retumbó en el pueblo entero, todos los presentes se miraron incrédulos, en sumo silencio por si sonaba un segundo. En efecto, a los pocos segundos se desbordó una lluvia de balas, que por la acústica de la geografía se sentía cercana incluso en las veredas aledañas. Sergio, paralizado divisaba el horizonte en busca del origen del estruendo.
— ¡Se están tomando el pueblo! ¡Jueputa! ¡Se están tomando el pueblo!
Y Sergio reconectó los sentidos, corrió escaleras abajo hasta la habitación, estrellándose en repetidas ocasiones con turistas en pánico. Abrió la puerta y escaneó la estancia en un parpadeo. Sandra, se encontraba junto al baño, acurrucada contra la pared, con las manos sobre sus orejas, al ver a Sergio, corrió a abrazarlo con la cara empapada.
—Tengo miedo Sergio, tengo mucho miedo.
—Tranquila, no pasa nada, vaya, lávese la cara y maquíllese, salimos en diez minutos.
— ¿Usted es que se embobó? ¿Qué putas piensa hacer afuera con toda esa balacera?
—Un documental—espetó el aguerrido estudiante, insertando una de las memorias en la cámara.
Capítulo 3
— ¡Roa! Veintidós de pecho.
Period la cuarta vez que mi teniente Ariza se atrevía a interrumpirme la lectura ¿mi teniente? ese malparido no era nada mío. No me hablaba para otra cosa que recordarme mi inferioridad como mi papá debía sentir vergüenza de tener un hijo tan perroculo.
—Mi coronel Roa es un símbolo para esta institución, todos los valores del buen militar combinados con un porte intachable y usted mariqueando con esos hijueputas libros.
Hubiese deseado responderle como period debido, Pues dele un hijo”, alguna puya más ingeniosa. Pero period la segunda semana de campaña y con el frio que hacía en la Unción, no quería que mis impertinencias me llevasen a prestar de nuevo doble turno de guardia.
— ¿Qué maricada está leyendo ahora? Respóndame claro y sin dejar de hacer flexiones, as soon as, doce, trece, perdí, la cuenta…vuelva a empezar.
—Una, novela, grafica—respondí agitado—de un autor inglés.
—Que novela gráfica ni que mierdas, por eso es que es tan endeble, le dije que hablara claro. Ahora va a hacer flexiones hasta que me suden las botas.
Obedecí hasta que sentí las fibras musculares en llamas. Pensé en mi padre y me embargó la ira ¿Cómo period posible que siendo su hijo mayor me obligase a prestar servicio? A venir a campaña, donde lo único que había para comer, period arroz simple y enlatados. El hecho de que fuese el hijo del gran coronel Roa, period más una maldición que un valor agregado. Todos parecían conocerlo y haber estado bajo su mando, lo cual significaba odios, resentimiento vendettas sin saldar.
—Su papá era comandante de la escuela militar cuando yo estaba haciendo curso de cadete, no le he dicho que pare recluta, aun no me sudan las botas. Nunca se me olvidara una noche, en la que decidió hacer una revista sorpresa de los alojamientos. Nadie estaba preparado, muchos tenían las botas sin embolar y se habían acostado sin ducharse, el alojamiento olía a cincuenta hombres extenuados y algunos estaban fumando en los sanitarios. Usted debe saber más que yo, que a mi coronel se le brota una vena en el cuello cada vez que entra en cólera. Nos sacó a todos del alojamiento a media noche, en ese hijueputa frio de Bogotá. Algunos estaban sin camisa en toalla. Nos formó y con esa voz de yunque, dijo que no iba a putearnos, ni a bajarnos en la disciplina, pero que si iba a haber un castigo, que toda acción tiene un repercusión, hasta el sol de hoy tengo vividas sus palabras—Mi teniente, quien tenía voz de púbero hizo el mejor intento por imitar a mi padre—, Esta tarde se me perdió un gato gris con manchas negras, se lo iba a regalar a mi hijo mayor que hace rato me está pidiendo uno, como soy tan buen papá, no puedo volver a la casa sin él, así que nadie se duerme hasta que no tenga el gato en mi oficina”. No dijo mas, simplemente rompió filas y todo mundo a buscar el bendito gato, al rato llegaron unos alférez a supervisar la búsqueda, no dormimos durante dos noches y ni rastros del hijueputa gato.
—Mi papá odia los gatos—respondí—, period obvio que no lo iban a encontrar.
— ¿Quién le dio permiso para hablar? Yo no quería hacer esto Roa, pero hoy le va a tocar doble turno de guardia.
Menos mal mi teniente era de sueño pesado y en cuanto entraba en el alojamiento se moría hasta que sonara la diana. Durante el turno de guardia, convencí a mi cabo Pardo, para que me dejara escribir a la luz de una linterna de diadema. No estábamos en la guerra, estábamos jugando a la guerra, el conflicto se acababa, el cese al fuego bilateral solo flaqueaba en las zonas cocaleras y la Unción, era más segura que nunca en su peculiar historia. Tomé mi libreta negra y me aposenté de la piedra donde se prestaba guardia, el relevante estaba lo más de contento, no le iba a tocar levantarse en la madrugada para tomar mi lugar. De cuatro de la tarde a diez de la mañana, mierda, cuanta poesía podría escribir, tal vez hasta un cuento. Mi padre concibió el servicio militar como un castigo, un correctivo a mi mente subversiva, pero no, le salió el tiro por la culata, el sufrimiento y la humillación me habían alimentado las venas con tinta, escribía para no ceder ante el lavado de cerebro, escribía para hacer los días de mi pelotón menos mundanos, para recitar en la letrina y endulzar la podredumbre, para dejar mi huella en las paredes de los baños asépticos. Planeaba escribir un libro de mi tiempo en el servicio, un libro que narrara lo que todos los jóvenes con algo de sensibilidad deben vivir al ser obligados a portar por dos años el uniforme, poetas obligados a empuñar fusiles, músicos despojados de sus partituras, recitando marchas cacofónicas que exaltan la egolatría del patriota. Este es el canto de un grupo de hombres, que desde el cielo a la tierra cayó”, pura mierda, bien lejos estaban de ser sobrenaturales. Tal vez ampliaría el espectro y escribiría un libro por cada Roa que le entregó sus mejores años a la patria boba. Fuese lo que fuese, es el sufrimiento carburante de melancolía y la melancolía la llama del buen arte. La única condición de mi cabo Pardo, fue que apagara la luz cada cuarenta y cinco minutos por si a mí teniente le daba por pasar revista, cosa que nunca hacía. Recordé la anécdota del gato, la reprimenda de mi padre, la melancolía que ha de causar deambular por recintos coloniales, en busca de gatos grises con manchas negras. La ciudad estaba repleta de felinos de ese porte y yo tan lejos de la ciudad y de los felinos, varado en un desconocido pueblo del Valle, a merced de tiranos e incompetentes, pretendiendo que aún hay guerra, que se cómo usar un fusil y ponga el pie adelante para que no lo tumbe el culatazo”. Sin darme cuenta vomitaba letras sobre la libreta, y la linterna apagada para no alertar fantasmas.
La melancolía como arma prima
que esconda mi amorío con sus ninfas,
un guerrero mediocre conquistando caderas de roble,
con el sable fuera del cinto y el pecho listo para amainar las balas,
un muchacho imberbe, de pocos amigos y en exceso wise,
un bastardo prófugo, de mirada pétrea y temple exánime,
no fuerces más su cuerpo que es su mente bala de gran calibre.
No fuerces más sus ahumados pulmones,
que si para algo ha nacido es para exhalar versos.
Los batracios croan alentando la huida,
¿Y si te vistes de desertor y encuentras refugio en las enaguas de tu vieja?
Ya no tendrás nunca hogar, porque te han mostrado el camino, andariego.
Y ninguna mujer logrará domarte, porque en tu lecho han dormido brujas y monarcas.
Con apenas la edad para servirte un trago, se te ha obligado a apagar vidas.
engullendo pólvora con pellejo virgen,
y si el enemigo se pone a tiro, ni se te ocurra cavilar, devora,
porque ahora sos manada, uno entre miles, amalgama fatuo,
mimesis eterna de los bélicos guerreros de antaño.
Saliendo de su base, los comandos ya se van y no tenés edad para mujer, ni hijos, pero tu
madre llora en cada cena.
Patria, honor y lealtad, vos que preferís las metáforas que la pólvora y tu vida anodina,
es una hipérbole maltrecha del linaje caníbal.
Entierra la libreta cerca de la letrina,
que no se enteren los sinsontes que hay poetas en la guerra.
Llegará el día que sin provisiones ni moral, deseen hallar la muerte los hombres de acero,
es entonces cuando declamando cesara la penumbra y las bestiales pasiones,
Sedientas de sangre encontrarán sosiego en buen poema.
La poesía susurra a los hombres en los tiempos de melancolía,
Recuerda bien soldadito de lata, que después de un amor negado,
Guardé la libreta en el bolsillo grande la guerrera, apagué la linterna para respetar los cuarenta minutos que me solicitó mi cabo. Me esperaba una larga jornada de lectura, From Hell, una novela gráfica escrita por el magnánimo Allan Moore. Descubrí que leer comics, potenciaba mi capacidad narrativa, me enseñaba a ser concreto y evitar las divagaciones sin propósito. Además, era inevitable escuchar la voz del viejo mago recitando cada línea ¿habría ido Allan Moore a la guerra? Probablemente no, pero muchos de mis maestros lo hicieron, poetas en la guerra, verdaderos héroes, arrastrándose en tierras foráneas. Yo jamás creí presenciar el frente, mi padre me lo dijo muy claro antes de regalarme un par de botas anti fúngicas:
—Usted allá va a ir a jugar, nunca se enfrentara a ningún peligo, su mamá se la pasa llorando porque teme por su vida, no puedo creer que me crea capaz de mandar a mi hijo a una situacipon de riesgo. El mayor enemigo que va a enfrentar son los hongos en los pies y ya se lo solucioné con esas botas. Entienda que lo que quiero es que comprenda la importancia de la disciplina, que le forjen un buen temple, bueno, lo quiero mucho, que hubo a ver que no lo veo montado en el camión.
Capítulo four
El bar lo cerraban a las once y treinta, pero cuando había un oficial superior presente el cierre se posponía hasta que el oficial se marchase, ebrio como hijo menor en repartición de herencia. Eran más de las dos de la mañana y yo seguía ordenando wiski y maní salado. El mayor, había narrado la mayor parte del informe, comenzando por el primer y único asesinato de la toma a la Unción, un despistado policía bachiller que fumaba desprevenido afuera de la caseta del retén de ingreso. Aquel fue el disparo que retumbo en todo el casco urbano y que segundos después se transformó en una lluvia de metralla. Los insurgentes se vieron forzados a disparar a la mansalva para mantener a los policías dentro de la caseta hasta que todos sus hombres ingresaran al pueblo. La Unción period pecuiliar hasta en su distribución, una sola vía de entrada y una de salida, ambas conectadas por puentes sobre rio, lo que facilitó aislarla del resto del país con solo volar en mil pedazos las estructuras.
—Y justo escogieron hacer la campaña de terreno a unos kilómetros del casco urbano, dentro del perímetro del pueblo, para comodidad de los reclutas y para que el teniente perroculo pudiese escaparse a levantar faldas en la madrugada. Mi coronel, su hijo fue de los primeros que entraron capturados al edificio de la alcaldía, en el reporte se especifican aquellos muchachos que se rompieron ante las amenazas del enemigo, el permaneció recio a pesar de los insultos.
La prensa no contaba con acceso al interior del pueblo, nadie sabía más que lo que algunas voces inferían al observar desde el aire, la circunferencia casi perfecta que dibujaba La Unción. Unos decían que a los capturados los torturaban jornadas enteras, otros que amarrados de brazos y piernas yacían en el fondo de pozos sépticos. La izquierda del país entero, argumentaba que la toma no era más que un precedente pacífico y que los reos se encontraban en perfectas condiciones, que solo buscaban sentar un precedente; si claro, pobres los muchachos, precedentes sentados a costas de sangre y fuego, nada nuevo en el país del sagrado corazón. Ese gordo marica, lo único que hacía era recitar como una grabadora el informe de la toma, hasta usaba las palabras comunes del formato de oficina. Solo le faltó decirme que la paja se la hacía a las mil doscientas, en compañía de su subalterno Pardo. El wiski tenía un gran sabor, eso me ayudó a digerir la verborrea del mayor. Asentí para que creyera que lo escuchaba, mientras deslizaba mi mirada por el decorado bar. Salve usted la patria”, el lema de la gloriosa caballería, arma que me adoptó como su hijo desde edad temprana. Aún recuerdo cuando en mi ascenso a subteniente rompí con orgullo la copa en el mismo bar que hoy me ve de viejo.
— ¡Donde toma un caballero no toma nadie más! —y los vidrios volaban por los aires, casi tan alto como nuestro orgullo.
Le hice al gordo preguntas precisas, para encaminarlo a la parte del relato donde mi hijo cobraba protagonismo, después de divagar un poco más, comprendió la indirecta y se desvió hacia los periodistas.
—Si no fuera por esos pelados, la historia jamás hubiese sido probada, los hijueputas lo tenían todo en video y presentado por la mamasota de Sandra Durán, la misma que presenta hoy las noticias del canal regional. Aunque mi coronel, aquí entre nos, el cerebro detrás de todo fue el pelado ese, Sergio Huertas, ahora es dizque reportero grafico en Asia. Para que vea que yo no estoy tan desinformado como parezco. Resulta que el documental que todos vieron, el que se ganó el premio Simón Bolívar de ese año, iba a ser un trabajo de grado mediocre, cuando este pelado se dio cuenta que al pueblo se lo estaban tomando, en vez de correr a resguardarse salió a arriesgar el pellejo para conseguir video. Grabo balaceras, saqueos, llanto, intentos de negociaciones, el interior de la alcaldía, los campamentos guerrilleros, las trincheras en la estación de policía local, el muchacho muerto en el retén. Pero la cereza del pastel, en definitiva fue lo de su hijo, el pueblo entero lo que quedaba de él, congregado en el salón de conferencias de la alcaldía, mi coronel, si eso no hubiese quedado documentado nadie lo creería, ni siquiera los que lo vivieron.
Mi parte favorita del relato, escuchar a otros vanagloriar a mi muchacho, su inteligencia su perspicacia. La toma se extendió lo suficiente para dejar ambos lados sin provisiones, el servicio de agua potable restringido y varios heridos. Yo no podía hacer mucho por Samuel, Angela, estaba destruida y me culpaba cada vez que podía por la tragedia del muchacho. Fui yo quien decidió enviarlo a prestar servicio, ordené que no le dejaran saltar la campaña y siempre con mano firme hasta en la más mínima de su cavilaciones. Hay muchas versiones de la última batalla en la toma de la Unción, pero en la que más confío es en la de mi hijo. Un año después de los sucesos, en unas vacaciones de la universidad, me senté con él y un par de cervezas, a escuchar sus ideas y enriquecer mis imaginarios.
—Pa, yo no le puedo contar con mi boca lo que le contaría mejor con mi pluma, esta noche hablemos de otros asuntos, que mañana temprano en su escritorio tendrá una carta con la crónica de la última batalla en la alcaldía de la Unción. Cuando no fueron fusiles ni bombarderos los que liberaron a los reos, fue nada más y nada menos que la gloriosa poesía.
Capítulo 5
Después de varios días de rodaje a Sergio, lo atraparon tras la puerta de una vieja casona a escasas cuadras de la alcaldía. Hacía una toma de cuando sacaban a los reos a tomar el sol, Cuando un hombre de barba tupida lo levantó del suelo con cámara y trípode, pensó que aquel sería su fin, por desafiar su suerte, por creerse temerario ¿Cómo habían llegado tan lejos?¿Cómo habían logrado grabar la toma entera sin ser detectados? Sandra, había decidido quedarse en el hotel, debido a lo que parecían ser indicios de amigdalitis. Lo arrastraron a la fuerza el tramo hacia la alcaldía. Una vez en el edificio de mármol, un hombre con menos barba y más canas, lo encaró, hablando cadencioso y con voz ronca, como un viejo trovador.
— ¿ha transmitido alguna imagen video fuera del pueblo?
—No—respondió Sergio apabullado—, no hay manera de hacerlo, por alguna razón, no entra ni sale señal alguna.
—La tecnología es una cosa berraca, un pequeño aparato es el que se encarga de cortar las señales. Pero bueno, eso no es lo importante ¿Sabe por qué no le disparamos en cuanto lo vimos grabando? Porque no crea que ha pasado de incognito, hace cuatro días que mis hombres saben de sus delirios de periodista.
Sergio sintió como el sudor frío bajaba por su nuca. El viejo no flaqueaba en el juego de miradas.
—Quiero que usted use todo ese material audiovisual, para que el mundo vea que nosotros no somos matones a sueldo, somos hombres de ideas. Ayer un pelado casi se hace pelar, se salió de la fila y empezó a gritar incoherencias, lo amarraron varias veces, pero el continuo llamando la atención, yo me acerque a la habitación de los reos con el fierro cargado, listo para frenar el alboroto, pero el hombre ante mis ojos de rasgos afeminados e imberbe, no reclamaba más que ser escuchado. Bajé el arma y lo ayudé a levantarse, sus labios estaban resecos y emitía un olor meados. Me dijo que la toma se había extendido mucho, que necesitaba hablar con el comandante en jefe, aseguraba tener la solución idónea para terminar con las hostilidades sin repercusiones para ningún bando: un concurso de poesía.
Sergio se atragantó con su propia saliva, e hizo fuerza para no reírse. El no sabía mucho de guerras, pero era claro que así no funcionaban. Se alegró por la enfermedad de Sandra, de haber estado allí presente, hubiese lanzado algún comentario acido e imprudente. Que idea más ridícula, hombres habían muerto frenando la incursión y a pelado con pinta de marica, se le ocurría plantear un concurso de poesía.
— ¿Y cuál es mi trabajo en todo esto? —preguntó Sergio al jefe guerrillero.
—Usted va a grabarlo y servir de jurado, usted y su noviecita. De ganar el ejército, liberaríamos a los presos de inmediato y nos perderíamos de La Unción. De ganar nosotros, nos darán vía libre para salir del pueblo con los reos. El país debe entender que el dialogo es también una opción.
El concurso se llevó a cabo en el salón de conferencias de la alcaldía, Sergio, sirvió de emisario para ambos bandos, las bases del concurso eran simples, dos poetas por lado, tres obras y una sola oportunidad para declamarlo. El poema debía ser inédito y hablar sobre las vicisitudes de la guerra, la melancolía, el amor, el tedio. El día del concurso, todo lo que quedaba del pueblo estaba reunido en la alcaldía, Sandra y Sergio, entrevistaban a participantes y asistentes, nadie creía lo que estaba viviendo, muchos pensaron que se trataba de una trampa encaminada a un cruento atentado. Ambos bandos dieron gran pelea, la guerrilla resulto contar con poetas natos, hablaban de ideas de revolución y lucha. Algunos con ese sabor a Silvio Rodríguez carentes de metáfora. Llegó el turno de los concursantes del Ejército, dos soldados bachilleres, uno de apellido Roa y el otro Salcedo. Salcedo se enredó a mitad del poema y todos en la sala guardaron extremo silencio, concentrados, alucinados con los versos, movidos por el arte, sintiendo como si a Salcedo lo atravesara una ojiva de punto cincuenta. Roa, ocupó el pequeño atril modificado y sin saberlo, con sus versos salvajes liberó de la incertidumbre pájaros y escopetas.
Capítulo 6
Eran más de las tres y ni el gordo ni yo podíamos mantener ya el equilibrio, demasiado wiski. Salimos del bar en dirección a los parqueaderos, los conductores dormían en los vehículos asignados, toqué la ventana de mi camioneta y el soldado Mina despertó de golpe.
— ¿Ya para la casa mi coronel?
—Si viejito, a aguantarme la cantaleta de doña Ángela.
Me despedí del mayor sin bajar el vidrio polarizado y recosté la cabeza contra el asiento, conteniendo las arcadas.
—Mi hijo escribió un día un poema Mina, un poema que detuvo una toma guerrillera, el pueblo se recuperó sin violencia, mi hijo es mejor militar que yo y que todos sus antepasados, yo solo se dar bala Mina, él es un hombre de concepts.
Se me escaparon un par de lágrimas sinceras, estaba muy borracho como para fingir dureza, Mina me miraba atónito, asustado ante mi muestra de humanidad.
— ¿Sabe? Yo me aprendí el poema, el que la gente más recuerda, lo recito todos los días antes de dormir, cada vez que siento que lucho por una causa perdida ¿quiere escucharlo?
—Claro que si mi coronel—respondió Mina nervioso.
—Se titula: El desertor. Ponga mucho cuidado Mina, pero no mucho, a mí me explicaron que la poesía no debe entenderse, sino sentirse.
El desertor
Enberraquece si quiere pero no me pida que dispare contra mi hermano,
han de condenarme a un millar de juicios, mancillar mi honor y opacar clamores,
pero no me obliguen a arremeter contra mi sangre,
muchacho de piel virgen, condenado a fulminar la vida de sus pares.
Enberraquece todo si quiere, pero no me pida que dispare contra mi hijo,
el muchacho es rebelde porque no nació banquero,
los deseos de cambio carecen de egolatría y la doctrina del hombre nuevo:
es estandarte imperecedero.
Si hemos escogido bandos dispares, no es por otra razón que la multiplicidad de concepts,
diferencia que enriquece sociedades y enmienda rupturas.
Enójese todo lo que quiera, pero no me pida que dispare contra mi amante,
que si ella es zurda y yo más bien diestro,
es porque no sabe la cama de política, ni de metralla.
Somos una tierra de inconformes, esculpida mediante gritos de libertad,
libertad que al ser alcanzada se las apaña para disfrazarse de titiritero,
jugando los pistoleros, con poetas, científicos y agonizantes.
Enberraquece si quiere, pero no me pida que dispare contra mi padre,
ni que lidere los asedios de odio y resentimiento,
no sabe la guerra de familia, de pasiones de amantes.
Enberraquece hasta que su sangre hierva,
Que ni el grito del bosque me hará volver al frente,
prefiero ser perseguido, por desertor, juzgado y ejecutado,
venda sobre la retina y expuesto en la plaza de los mil clamores.
Prefiero mancillar la pulcritud de mi herencia bélica,
Miguel:
¿Cuánto tiempo sin saber de vos? Han pasado meses desde la última visita, cuando sentado en una de las mesas de guadua del quiosco de la mona, advertí que se vendría una avalancha de sin sentidos. Recuerdo que mirándome con el rabillo de ojo, declaraste displicente que conmigo las tragedias eran inevitables, pero que como es debido, aprovechara para hacerla literatura. Esta madrugada tuve que sortear el primer conflicto con Andrómeda, le fallé, viejo, y por poco que no nos saco de esa. Le prometí que de resolver los problemas, cambiaría algunos malos hábitos y con los pantalones bien puestos, enfrentaría a las legiones voraces del miedo a comprometerme; estoy empezando a pensar que es un visaje genético. Creo que ya no podré decirle, cuando me pregunte: ¿Qué somos?
—Solo te responderé en presencia de mi abogado.
Pero no te escribo para hastiarte con mis problemas emocionales, sabes bien que no se me da escribir de amor, que le temo a ser en exceso rosa replicar uno de los múltiples textos de components anodina que tanto se venden en los anaqueles de las librerías locales. Esta alucinada declaración, pretende exponerte una deliciosa coincidencia, ya te he manifestado antes mi fijación por los sucesos relacionados, los que ratifican la hermosa analogía entre el mundo y un pañuelo. Las coincidencias me hacen pensar en la teoría del gran escritor, teoría cursi y plagiada, pero chic. Se postula que el universo es una gran biblioteca en forma de caracol, que todo sujeto y verbo están plasmados en un número infinito de libros, todos escritos y editados por el narrador magno, creador de toda realidad. Te dije, ridículo ¿Qué puedo decir? Soy un ególatra, si ha de existir dios alguno, que sea escritor y de los obsesivos.
Como toda gran historia, de las que te he contado sucedieron en aquel tramo de mi vida universitaria, al voltear la esquina del conjunto residencial, vi a Andrómeda fumándose un cigarrillo en el balcón, sentada en la mecedora, con las gotas de la lluvia de abril armonizadas por las roncas sonatas del viejo Joaco. Permanecí algunos minutos, sentado en la bicicleta, con la lluvia derritiéndome el cabello sobre la cara y mi torso protegido por un recién adquirido gabán. Si, sé que nadie usa gabán en el Calicalabozo, pero parce, parezco un detective, un gran pensador de antaño, un poeta. Con mi elección de vestuario pude confirmar que la vida es una gran puesta en escena, durante mi jornada de clase, recibí miradas de incertidumbre y uno que otro compañero me abordó en los pasillos, con el único fin de ratificar que con esa pinta si parecía escritor ¿y es que con las otras no? Sabes que tengo aun problemas con que usen ese título a la ligera, a mí me falta pelo para el moño, leer como un millón de libros y añadir diez pesos de obra a mi precoz obra literaria. Al único que no le refuté elogios esa mañana fue a al negro, Lucho, el mismo que conociste el día del karaoke en el bar con pinta de burdel. Cuando nos decepcionamos al entender que la feria de Cali se había trastocado en una pasarela para burócratas y aspirantes. ¿Te acordás? Nos cobraron ocho mil pesos por una cerveza y para colmo de males rubia, la cerveza, porque yo ese día iba de la mano de una simpática mulata. Lucho, no ha cambiado nada, sigue con su afro frondoso y esa sonrisa de gañan de barrio. Es todo un personaje, un periodista talentoso, wise y guapachoso. Esta mañana me abordó en la cafetería, tenía un gorro sobre el afro y lo noté medio afligido.
— ¿Te quitaste el bigote? ¿Para eso es el gabán? ¿Para seguirte viendo anacrónico?
—Hay que aprovechar cuando a la Calicalentura se le da por ser fría. Aquí entre nos, el gabán es para parecerme a Camus.
—Pero yo estoy muy bueno como para ser Sartre. Ve, idiota, te tengo un trabajito para este fin de semana ¿te acordás que yo estuve asistiendo a unos talleres de literatura en una fundación por La Luna? Pues resulta que quieren abrir unas clases infantiles y están cortos de plata pa’ pagar profesores. Ellos saben que yo ando dándole a la periodismo y que vos con tus cuenticos mal que bien te has ganado nombre. Me propusieron que jugáramos a ser profesores y que podemos usar a la fundación como referencia en la hoja de vida.
— ¿Enseñarle literatura a niños? ¿Vos estás loco? Si ni nosotros sabemos lo que es literatura—le dije haciéndole señas de que quería fumarme un cigarro.
—Papi, eso es fácil, la mayoría de esos chinches ni escribir saben, nuestro trabajo es enamorarlos de las letras, de personajes fantásticos y ponerlos a hacer arte. No me vayás a faltonear marica, yo a vos te he seguido la thought en todo ¿se te está olvidando la foto que me tomaste en vestido?
Salimos al parqueadero de la universidad para honrar mi nuevo hábito. Le ofrecí un rojo a lucho, pero este con sus persistentes manías de ex deportista, se negó.
—No papi, eso es veneno. Más bien confírmeme lo del sábado.
—Pues sí—le dije manotenado—, que hijueputas, dicen que enseñando es que uno aprende. Solo no me vayás a hacer madrugar.
Regresamos a la universidad, yo embombado con ese sutil cosquilleo y mareo estacional que aún me provoca la nicotina, cada cigarrillo como si fuese el primero. Me despedí de lucho con un fuerte abrazo, me revolvió el cabello y se alejó con dirección a los laboratorios de video.
— ¡El Sabado a las ocho, en La Olímpica de Las Acacias! —gritó perdiéndose entre el tumulto.
Maldije. Soy más un ser crepuscular. Ser crepuscular, suena demasiado pomposo; insomne, muy técnico; vampírico, victoriano wanna be; creo que enamorado es el calificativo preciso, porque no duermo es por estar haciéndole el amor a Andromeda y no siempre en el acto sexual ¿una epístola se puede dividir por capítulos? Pana, es que no me vas a entender si no dejo claro los antecedentes ¿sabes qué? Me valen tres pelos de cucaracha si no se puede. Vos sabés como me molesta la literatura pretenciosa e incomprensible, de ese corte al único que me aguanto es a Bretón y es por el tremendo manifiesto que redactó. El surrealismo trajo consigo lo de la escritura automática, la técnica consiste en hacer aflorar el inconsciente, vos ponés el lápiz sobre el papel para ser más aterrizados, los dedos sobre el teclado, y empezás a escribir lo que se te venga a la mente sin ningún tipo de cohesión ethical intelectual. Yo nunca lo he hecho, no sé si pueda sacar algo aceptable de intentarlo. Pero bueno, lo ideal es exponer con ejemplos, así que voy a hacer el intento pobre, de imitar a los alucinados.
Primer intento de escritura automática para que Miguel entienda de que hablo (severo título)
No hay Cacofonías en el siguiente texto
Fornicar el origen culposo de los astros de salón, copular sobre la ensalada desecha, saltar tejados con los dedos haciendo olimpos. Mi dionisiaco lecho, extraña la sensibilidad de tu pelvis joven, temo por tu experticia, temo que si me haces perro, tu correa aniquilara las ansias de piña. Sonidos bestiales, gaitas de guerra fumándose una sonata noventera. La clave de Do sirve para hacer analogías baratas. Do Re Misantropía, hilarante personaje rimbombante, es el gobernante de la tierra de elefantes, donde las focas ya comen, rocas y te sofocas, junto a las locas, de voces rotas, y alma fofa. Fa Sol la maldita ciudad me niega el placer de tener a Andrómeda, la he decepcionado y quiero obtener su respeto de vuelta, quiero que vuelva a gritar, a gemir casi llorando: soy tuya, maldita sea su indiferencia. El potencial de radiación de cola al viento, alimenta a los cardúmenes de vírgenes misóginos y yo sigo fornicando el origen culposo de los astros de salón y copulando sobre la ensalada desecha. I don give a fuck y Cant get no motherfucking satisfaction, como Chaparro Madiedo y su Pink Tomate. Yo me cree a una amarilla y la desgraciada se me salió de los cuentos dizque para amarme de por vida, temo que se vengue, temo porque en este instante este con su exnovio en el lecho. Ella es una dama, cállate la maldita boca. Para concluir, debo aclarar varios puntos: la parca se comió el ascensor y pude ver los huevos rosados. No diré que somos hasta no estar en presencia del abogado, pero por si pregunta tu madre, decile que felices. Muy jhon lennon ese comentario, al menos mi novia si tiene culo. Gastritis mental, verborrea de cacofonías ¿cacofonías? Pero… si no hay cacofonías en el siguiente texto.
Eso fue muy gratificante, casi podía sentir como vomitaba las palabras sobre la hoja. Bueno, tal vez después te haga otro, pero por ahora es necesario que conozcas un pintoresco fragmento de mi vida pre Caliwood.
Capítulo 1 (cuando conocí a la leona y otros visajes en la Atenas andina)
Vos sabés que antes de mi accidentado arribó a la Sultana, viví varios años en Bogotá, primero en compañía de mis padres y al ingresar a la universidad, solo y en un estado de melancolía perpetua. Melancolía, jamás pensé poder ser definido por cuatro silabas; que visaje. En cuanto sostuve el cartón de bachiller, comprendí que el boleto a la libertad estaba a unas cuantas mentiras de distancia. Decidí estudiar ciencias políticas, para poder largarme de la casa y ser aceptado por los juicios de valor de unos padres decepcionados. Funcionó bien en un principio, asistía puntual a todas las clases, me deslizaba por los ríos de la gris urbe, sin ser percibido, sin sostener miradas por más de dos segundos, con las manos en los bolsillos y siempre cabizbajo. La fachada se hubiese mantenido en pie los cinco años que faltaban para el siguiente cartón, pero esa habilidad que poseo de percibir cuando todo se va a ir a la mierda, se interpuso entre el imberbe artista frustrado y su felicidad plástica.
Es que, yo no solo fui víctima de las circunstancias, yo manipulé el curso natural de mi nublado futuro, para precipitarlo directo al caos; caos creador. Sabes bien que de no haberla cagado de forma magna, no estaría escribiendo cuentos alucinados, ni jugando a ser artista. Vos me conociste en el mejor momento, Miguel, cuando ya había dejado de tomar vino en la cama y fumar como desaforado en el patio de la abuela. Pero antes de ese renacimiento, el título de mejor amigo no los ostentabas vos, sino, otro fulano, músico prodigio, hombre wise y con pinta de punkero sin cresta. Fadith, me acogió en su hogar, en la habitación junto al baño, mis padres habían accedido que podía vivir de inquilino, con la única condición de que hubiesen adultos responsables en la morada, es por eso que les agradó tanto el apartamento de la madre de Fadith. Porque la señora, me acogió como un sobrino lejano y no como a un arrimado. Vos el otro día dijiste que considerando mi corta edad, tengo más mundo que un duende, ay viejo, es porque no conociste al viejo Fad. El estudió conmigo en el Bachillerato Patria, donde se proyectaron mil y un relatos que por cuestiones de falta de experticia no he escrito aun, pero que de seguro un día ocuparan los anaqueles de tu camaleónica biblioteca.
Un día de esos que bien sabe engendrar Bogotá, de esos en los que la lluvia no deja escuchar la música pero si la melancolía de los arrepentimientos, Fadith, decidió enseñarme un peculiar lugar ubicado en el segundo piso de la casona diagonal al conjunto. Fadith, vivía en Suba, Subayork, calles estrechas, fachadas en obra negra, costeños y sombra, escombros y la belleza de los cachetes quemados por el frío. Period toda una ironía la cuadra en la que habitábamos, si cruzábamos hacia atrás de la reja, nos topábamos con casas de quinto estrato, de ventanales de vidrios y amas de casa insatisfechas. Si cruzábamos la reja del frente, un supermercado de paisas, alquiler de trajes y el palacio de la desidia, donde trascurrirá gran parte de este relato.
Fadith, ingresó a mi cuarto sin tocar, yo recién desempacando las maletas, eufórico y con el vidrio empañado por la rinitis.
—Vestite marica, te voy a llevar a conocer el barrio que te va hacer hombre.
Y me eché dos sacos encima porque el frio amenazaba con helarme la sinapsis. La madre de Fadith nos había dejado un montón de arepas de huevo sobre la mesa. Eran más de las diez y por ese subidón de serotonina que da al recién mudarse, no había comido nada desde la mañana. Devoramos la mitad de las arepas y llevamos las que sobraban para comer en el camino. Al bajar al parqueadero, nos encontramos con algunos de los amigos de Fadith, un flaco con cara de prospecto de futbolista y un calvo de cuello gordo. Nos ofrecieron un cigarrillo, les dije que no fumaba, fumamos, me bombardearon con un sinfín de preguntas introductorias, para terminar elogiando la calidad de mis botas. Miguel, las mismas botas que sigo usando, las de desierto, que tienen la punta pelada y la suela que no aguanta otro trajín. Salimos del conjunto y cruzamos la calle diáfana y con más huecos que la constitución. Fadith, habló con un gorila que se pavoneaba frente a una delgada puerta que daba al segundo piso del supermercado. Después de un par de palabras se acercó a mí y alejándome del grupo, pasó una mano sobre mi hombro en un gesto fraternal.
—Yo sé que vos nunca has entrado a un lugar como estos, pero si queres te podes quedar en la salita a beber fumar tranquilo. Ahí siempre se queda una que otra muchacha a animar a los clientes.
Yo que no me quería quedar atrás de la jauría, encabecé el ingreso como si el lugar fuera mío. Al subir las escaleras me golpeó una densa pared de humo y olores extravagantes. Damas engalanadas caminaban por doquier en paños menores y toda clase de hombres reían alzando el codo sobre las mesas metálicas. Neón, violeta y verde, en cada bombillo y aviso del recinto. La barra period también metálica y la atendía un cuarentón de bigote. Los muchachos de ipso facto encontraron compañía, el cuello de tronco, con una negra voluptuosa y el futbolista frustrado con una gordita aindiada. Fadith, se escabulló en las fauces de la madriguera con una veterana, veterana, pero regia. Sentí como la soledad me empujaba hacia la barra, le pedí al bigotes una cerveza, dos, tres, dos copitas de guaro ¿y que está haciendo esa mujer bailando sin sostén? Maldita melancolía Miguel, ese día me golpeo con saña. Primero sentí como el cuerpo me pedía sicodelia, después las ansias de gritar romper algún tabique, para rematar, un bajón de energía que me dejó el culo pegado a una silla en el rincón. Las lágrimas estaban a punto de desembocar en mi rostro de artesanía. Imaginate viejo, llorando borracho en un burdel de medio pelo, que visaje, queriendo salir corriendo de una habitación repleta de hermosas mujeres, dispuestas, embalsamadas, de todos los precios que el bolsillo de un proletario puede permitirse. Me puse en píe y dos pasos más tarde se estrellaba mi cabeza contra el suelo, se me torció el tobillo y por poco le tiro la cerveza a un viejo octogenario. Las lágrimas se desbordaron, gotas saladas empañando el piso en obra negra ¿A dónde van las lágrimas en los burdeles? Contuve la ganas de vomitar y traté de arrancarme el pelo, pa’ ver si calvo me portaba como un macho.
— ¿Está bien papito? —Me preguntó una voz suave y ronca, como de recital de poesía erótica.
—No—respondí con la lengua inflamada—, me quiero ir para mi casa y los hijueputas con los que vine deben seguir culiando.
Levanté la mirada y juro que lo que ante mí se postraba no period del todo mujer. Pana, no media más de metro con cincuenta y una melena enredada le doblaba en tamaño la cabeza. Su silueta se desdibujaba por mi etílica perspectiva, pero sin pensarlo dos veces, supe que estaba encarando a una leona. Se agachó para poder ayudarme a recoger la dignidad extraviada y su aliento a chocolate se vio empañado por un par de ojos de pantera, amarillos, amarillos como el atardecer en el llano, como esclerótica con hepatitis. La mujer no solo me ayudo a sentar, Miguel, le hizo señas al barman y se ofreció a acompañarme a coger un taxi.
—No es necesario un taxi, yo vivo en el conjunto de enfrente.
—Entonces lo acompaño hasta la portería, un niño tan lindo no tiene que estar por ahí a estas horas.
Sonreí con esa imbecilidad que solo se les ve bien a los bebés y a los borrachos, caminé de su mano por las escaleras estrechas y la leona le dijo al gorila que ya volvía, que no le dijera nada al patrón.
—Que hambre tan perra—exclamé en un lapsus de verborrea.
—Don Ezequiel todavía tiene servició a esta hora, vende un bofé aliñado en limón, si me invita, me vuelo otro ratico.
Acepté, y de su mano me arrastre por los callejones que daban al parque del barrio. Lo único que reprocho de Suba es la cantidad de cables eléctricos, uno quiere alzar la jeta para ver el firmamento y se estrella con un manto de líneas desordenadas. Que visaje, hasta la estrellas le toca rebuscar al pobre. Don Ezequiel, se encontraba fritando empanadas, su negocio period nocturno, el abarcaba el mercado de los borrachos, las putas y los infieles. A las criaturas de la noche, las que re buscaban algo para calmar las ulceras. Para aplacar el guayabo venidero, para darle combustible a la máquina que a fin de mes pagaba las cuentas. Un gato furtivo invadió la vitrina de aluminio en la que un bombillo mantenía la comida al dente. Don Ezequiel se percató y de un manotazo mando a volar al bohemio de manchas blancas.
—Estos hijueptas gatos no respetan al honrado. Ya se me han robado dos empanadas en lo que va de la noche y eso que les pongo comida en esa coquita plástica. La comida no se le niega a nadie compadre ¿Qué les puedo ofrecer? —Dijo mientras se limpiaba las manos en el delantal—, les tengo empanaditas, aborrajados, pasteles de yuca y bofecito fresco, yo sé que la mona va a pedir bofe.
— ¿Cómo está don Ezequiel? —respondió la leona.
—Bien mija, camellando y en problemas con Mireya, ahora me salió con que dizque las próximas vacaciones quiere ir al mar. Yo no le veo nada de malo a Melgar, es barato y cerca, ahora me toca trabajar el doble para pagar el viaje, pero pues que se puede hacer, después de veinte años con la misma mujer, uno se agüeva.
—Cuando quiera se pasa por el chuzo, Clarita estuvo preguntando por usted el otro día, qué donde estaba el gordito bello.
—ah, me imagino, mucha hembrota, pero yo no creo que pueda volver en un tiempo; mi mujer empieza a sospechar.
Pagué por el bofé y un par de empanadas, sin saberlo estaba firmando un pacto de amistad con la leona. Hablamos tanto que se me olvido la borrachera, yo le contaba sobre mis frustradas ganas de ser arte y ella, sobre sus múltiples demandas por alimentos al padre de su amado cachorro. Nos desnudamos el alma en el ajado parque, embelesado con su melena arcana y a ella que le brotaba el instinto maternal. La acompañé de vuelta al native, eran eso de las tres de la mañana y algunas de las muchachas se encontraban sentadas en el andén. La leona me presentó efusivo, les dijo que yo era un primo lejano y que me trataran bien. Fadith y los muchachos salieron minutos después y al regresar al conjunto, nadie pronuncio palabra alguna. En el apartamento, la madre de Fadith preparaba un café cargado. Miguel, esa señora no dormía, fuese la hora que fuese, uno la encontraba por ahí, dedicándose a sus visajes cotidianos. Cada noche al arribar de la universidad visitaba a la leona. A veces debía esperar largos periodos de tiempo a que terminara con sus clientes, entonces, me ponía a observar a las muchachas coquetear sin disimulo a la variedad de hombres que ingresaban en el local. Hombres altos, morenos, pálidos, bajos, de bigote, calvos e imberbes. Unos vestían ropa fina y otros camisetas de bajar con vara, a pesar de las múltiples diferencias, todos confluían en la necesidad imperiosa de sentir el cuerpo de una mujer desinhibida. Porque no period que estuviesen ahí por no poder conseguir hembra, la razón de sus visitas furtivas, period la incapacidad ethical transitoria de la que padecían sus conyugues, mujeres rígidas, prejuiciosas e insípidas. Una noche de jueves, en la que mis ocupaciones académicas me impidieron ir a visitar a la leona, recibí una llamada fugaz. Casi sollozaba al otro lado de la línea, explicándome que no tenía con quien dejar a su bebé y que si nadie lo cuidaba debía faltar a a trabajar y sin trabajo no hay pañales, ni leche, ni bebé.
—Traetelo para el apartamento que entre Fadith y yo lo cuidamos.
Dos horas después estaba yo arrullando a un cachorrito de ojos zarcos, caminando en círculos para lograr que se durmiera. El bebé tenía ocho meses y cagaba y meaba más de lo pensado. Fue la primera vez que cambié un pañal ¿Cómo una criatura con pinta de querubín barroco puede expeler un olor tan fétido? El sueño me vencía, sabía que debía aguantar hasta eso de las cuatro a que el turno de la leona terminara, pero sentía que si esperaba despierto iba a dejar caer a la criatura. Fadith, sugirió que nos turnáramos, que el dormía una hora y yo otra, así estábamos atentos siempre del cachorro.
— ¿Has oído de la muerte súbita en bebes? Los pirobos están durmiendo y PAM, se mueren de repente.
— ¿Por qué no te callás? Donde al bebé le pase algo la leona nos desmiembra.
—Relájate guevón, eso solo pasa cuando duermen boca abajo, vos como que le estas cogiendo mucho cariño a esa pelada. No vayas a terminar tragado de una furcia, sos todo wise y no te aguantarías su flexibilidad sexual.
—Deja de hablar mierda, vas a terminar despertando al bebé. Cogé vos el primer turno, que ya le cambié el pañal.
Antes de dormir, detallé con lupa los rasgos del pequeño. A pesar de su corta edad, el parecido con la leona period impresionante, la nariz, las cejas y los primeros retoños de melena. La leona arribó por su cachorro muy puntual con los primeros rayos de la mañana. Nos agradeció con un beso húmedo y se marchó a su cueva. Dormí el resto del día, Fadith se despertó a eso de las dos a alistarse para el ensayo con su banda, tocaban punk del bueno y se hacían llamar Anal-quía”. Me pidió que lo acompañara a su ensayo, esa tarde decidieron montar un cowl de una de los Ramones, Sheena is a punk rocker. Los Ramones siempre me han puesto eufórico, pero en todo el ensayo no pude pensar en otra cosa que no fuesen los benditos ojos del cachorro.
Puedo decir con orgullo que Fadith y yo presenciamos sucesos maravillosos en la vida de un niño y que no fue sino hasta el segundo mes de cuidarlo que supimos que se llamaba Marcos. Sus primeros, pasos, sus primeras caídas y un balbuceo inteligible que sonaba más dulce que el mejor poema de Alexander Pope.
Abandonar a la leona y al cachorro, fueron sin lugar a dudas lo más duro de dejar atrás la capital. Vos sabés que lo de venirme a vivir a Cali no fue planeado y que en un principio me trajo más disgustos que problemas. No obstante, adoro cuando los recuerdos se combinan con las experiencias inmediatas y crean las precisas coincidencias, que hacen que las anécdotas se impriman sobre mi piel. No sé si la leona siga viva alguna escopeta de caza haya aplacado su melena, pero su cachorro…su cachorro es resilente.
Capítulo 2 (del cachorro y el anacrónico Rafael Pombo)
Y el sábado pasado a las ocho y media de la mañana estaba parado en la Olímpica de las acacias, con tres libras de ojeras y un genio de los mil demonios. Lucho arribó puntual e instantes después, caminamos mientras se burlaba de mi cara de sueño, alejándonos de la concurrida autopista. Al arribar a la fundación, lucho fue recibido con abrazos y elogios y después de presentarme como su amigo rolo con delirios de escritor, ingresamos a la casa de formación cultural. Al remaining de un gran patio adornado con mosaicos artesanales, nos esperaba el pequeño salón donde debíamos impartir la improvisada catedra de literatura infantil.
— ¿De qué vas a hablar vos?
—No sé negro, no sé, yo lo único que he enseñado en la vida es como apañárselas para salir bien librado de los triángulos amorosos.
— ¿Los juegos del hambre cuentan como literatura infantil? —dijo estrellando su puño contra mi hombro.
—Callate güevon que los niños están esperando—le respondí, tratando de fingir una sonrisa al público.
—Voy a hablar sobre el principito y vos me vas a seguir la cuerda y hablá claro, rolo marica, que cuando exponés un tema pareciera que tuvieras la garganta herniada.
Les hablamos de rosas, de zorros, de planetas diminutos y aviadores frustrados. Dibujamos en el tablero esquemas oníricos e hicimos que escribieran ensayos de poemas acerca de sus mejores amigos. Yo que por pena no había detallado a los niños, me sorprendí al ver que uno de ellos, alzaba la manita para pedir la palabra.
—Yo ya he escribido cuentos—declaró solemne, noté que sus ojos eran enormes a comparación con su menudo rostro, amarillos, vivarachos y con una pequeña mancha café junto a la pupila.
Lucho sonreía con su característico gesto de galán estreñido y yo expectante al desarrollo de la intervención.
— ¿Puedes compartir el cuento con nosotros? ¿Lo tienes ahí en tu cuaderno?
—No, lo tengo en mi cabeza. Cube así: El hijo de rana, Rinrín renacuajo salió esta mañana muy tieso, muy majo. Con pantalón corto, corbata a la moda sombrero encintado y chupa de boda.¡Muchacho, no salgas! le grita mamá,pero él hace un gesto y orondo se va.
Sentí el impulso de terminar el cuento que el gran Rafael Pombo imprimió en la mente de tantos colombianos. Decidí callar e incentivar el inocente plagio del pequeño, con un aplauso.
— ¿Cómo me dijiste que te llamabas?
—Marcos, profe, pero yo no se lo he dicho.
Los ojos, Miguel, ostentaba el pequeño los ojos de la leona y por si fuera poco llevaba a cuestas el mismo nombre del cachorro que con tanto amor protegí cuatro años atrás. La tutora de los pequeños ingresó al salón, después de preguntarles acerca de nuestro desempeño como maestros, se marchó con los niños siguiéndolos en fila india. Los dejó esperando en el gran patio y le agradeció a Lucho más de lo necesario, por poco y se lo come. Le pedí al negro que me acompañara de vuelta a la Olímpica de Las Acacias, que a unas cuadras de ahí vivía mi tía y podíamos almorzar rico y free of charge. A mitad de camino, Lucho, cuestionó mi porte dubitativo.
— ¿Qué pasa Manín? Nuestro primer día como profesores y usted sale todo aburrido.
—No pasa nada negro, solo que hubo algo que me ralló mucho. Usted que sabe de estas vueltas, debería sacarme de dudas ¿es posible que uno de esos pelados venga de Bogotá?
—Pues posible si es, pana, esta fundación tiene convenio con el ICBF, así que si por alguna razón se abre un cupo aquí que un pelado de Bogotá necesite, se hace el traslado ¿Por qué el repentino interés?
—Es que jamás pensé volver a ver al cachorro.
Espero no haberte confundido más de lo regular, me alegra saber lo de tu nuevo trabajo, ya estás un paso más cerca de salir allí afuera y darle en la jeta con tus muletas a todo aquel que una vez dudo de ti. Seguiré quemando tabaco por la calle melancolía por si se te había olvidado donde encontrarme, espero tu pronta visita. La poésie est dans la rue
Te ama, El Cambiapieles.
Por Santiago Angarita Yela
Desde que estoy vibrando con Andrómeda he aprendido que vivo en un mundo de artistas, todo individuo construye su obra en cierta medida, algunos con maestría, otros sin técnica pero con corazón, hamparte, artesanías, puestas en escenas constantes, artistas plásticos y uno que otro poeta. Debe ser un efecto colateral de su cabello poli cromático. El hombre es un ser artístico antes de ser social y sin sociedad el arte permanece con el aura intacta, que visaje. Siguiendo esta lógica mi primera obra de peso se construyó producto del aburrimiento infantil cuando rondaba los ocho nueve años. Por eso entonces vivía con mi madre en una casa asignada del fuerte militar de Tolemaida, mi padre vivía más en la selva que en su oficina y el ocio y atención que se puede permitir un hijo único, envolvía cada una de mis arbitrarias decisiones. El colegio me había brindado ese receso de mitad de año, más largo que el de navidad pero mucho menos provechoso, en especial porque por motivos logísticos debíamos abstenernos de viajar a donde mi abuela. La casa de los viejos en la siempre atemporal villa de las palmas, period un viaje cósmico para un pequeño supeditado a jugar a la pelota entre fusiles y nueve mil hombres de bélico espíritu. A los nueve años uno no rechista decisión alguna y si el atrevimiento se desborda a la subversión, chancletazo volador pa’ calmar los delirios de emancipación. Mi mamá siempre siguió mi nueva teoría del hombre como ser de arte, jamás estudió pintura, ni mucho menos dibujo, pero cuando cogía uno de esos lienzos que compraba en Girardot, lograba plasmar paisajes repletos de psicodelia, surrealismo y flores ornamentales. Mi madre fue mi primera maestra en eso de ser astronauta, se me enfriaba la sopa de menudencias cuando me perdía en el cuadro de gatos violetas que reposaba frente al comedor.
—Y no se para de la mesa hasta que me deje el plato brillante.
Ojala ella hubiese notado que era la magnitud de sus pinturas la que me impedían apreciar cualquier belleza en las mollejas y los hígados de pollo. A la larga, la vieja, empezó a notar que las influencias externas empezaban a transformarme en un pequeño sensible y atento a estímulos, con cara de gato y aroma a cigarrillo mentolado. Así que uno de esos días en los que lloraba junto a la estufa, preparando jarra tras jarra de café y pidiendo a sus amigas dos medias de Cool mild por visita, declaró inmarcesible, que era necesario que dejara de perder el tiempo en vacaciones.
—El hijo de Sandra entrena futbol, el de Marcela nada tres veces por semana y el de Mirna toca el Violín ¿Vos cuando pensás hacer algo muchacho?
Y así terminé enrolado en clases de foami, si, foami, ese molesto materials suave y demoniaco, que se debe cortar con delicadeza y tener cuidado de no quemar al calor. No es necesario aclarar que las tardes de los martes y los jueves se convirtieron en una tortura inquisidora. Aguantarme a la sebosa maestra diciéndome que tenía más motricidad fina un sismo, que estaba perdiendo la plata, que mi proyecto no podía ser un dragón de tres colas porque solo había moldes de osos maricones y micos con hepatitis. Yo no dejaba de morder los molestos octavos con tijeras de punta roma y la vieja que era esposa de un sargento segundo aprendió a odiarme con sutileza. Tanto que a pesar de que perdería dinero al sacarme de su atolondrado taller, le dijo a mi madre que mejor me pusiera a sembrar papas. Cual leona protegiendo a su cría, mi madre, le armó tremendo escándalo y con el tráfico de influencias tan común en el ámbito militar, hizo cerrar su taller, lo que significó otros quince niños desocupados y en vacaciones.
—En este hueco ya no hay clases de nada mas culicagado, pero en la casa aplastado no se me va a quedar, no sé qué se va a poner a hacer, vaya y no sé, clasifique hojas coleccione insectos.
— ¿Coleccionar insectos? —le pregunté fascinado.
—Si papito, usted los caza los encuentra, los diseca para que no se pudran y los mete en cajitas. Si este peladero tiene algo bueno es la variedad de bichos que se arrastran y no hablo de los que usan uniforme.
Esa noche me fui a dormir con la idea resonando por mi versatile cráneo de preadolescente. Insectos disecados, eso period como ser un gran científico un mago. Como los cazadores de dragones de las historias que tanto disfrutaba leer en clase de inglés. Los tendría todos formados para el día que se desatara una guerra. A decir verdad, antes de eso ya había encontrado cierta empatía con los invertebrados, me fascinaban las luciérnagas y las libélulas. En especial porque libélula en ingles se dice dragonfly, que chimba un insecto con el nombre de mis bestias predilectas. El inglés es un idioma interesante, que tuve el placer de aprender a temprana edad gracias la disfuncional funcional de mi familia paterna.
Desperté a la mañana siguiente con un sabor agrio en la boca, ese que uno adquiere a media tarde después de un cigarrillo mal fumado. Mamá ya se encontraba dándole a su oficio, llorando junto a la estufa y quemando a fuego fatuo el café negro.
—Sin azúcar mijo, eso le quita la gracia al café, el café con azúcar es como rumbear en muletas.
Yo que no sabía de rumbas y que lo más parecido a las muletas que hasta entonces había usado eran las muletillas a la hora de responder en aritmética, decidí ignorarla y saltar de golpe al punto donde me explicaba cómo es que period el asunto con los insectos y las cajitas, como es que eso de diseccionarlos.
—Pues eso debe ser con químicos ¿no? Vaya y joda a su tía un rato y de paso le lleva un poquito de frijoles, yo no sé cómo no la ha dejado el marido con esa sazón tan paupérrima.
—Bendición ma’.
—Dios me lo bendiga mijo, no se quede hasta muy tarde.
Partí hacia la casa de mi tía, que vivía en ese entonces a tres casas de la mía, se había casado con un subteniente, no sé si imitando los pasos de mi madre los de mi abuela. Era una mujer feliz, su marido era un hombre lucido, idealista, con el remanente de su infancia intacto, coleccionista de comics ocasional y fiel creyente de la santa palabra del gran Allan Moore. Mi tía trabajaba como profesora en el colegio del fuerte militar, el Liceo Francisco José de Caldas, irónico ya que de astronomía más bien poco y se graduaban más imbéciles que sabios. Enseñaba biología de bachillerato y period una de las maestras más queridas por los estudiantes, inteligente, apasionada por la ciencia, siempre luchando por ir más allá de los grilletes impuestos por la directiva militar del Liceo, Orden, disciplina y patria ¿Qué clase de lineamientos son esos para un colegio?¡Están educando jóvenes no perros pastores! Pero mi tía sabía hacer bien su performance, cuando estaban los coordinadores presentes, se comportaba como toda una riata, una mujer dura y ceñida a la regla. Si alguien en toda la sórdida base podía ayudarme a forjar mi colección de insectos, period mi tía.
Al llegar a su casa, la menuda mujer se encontraba calificando exámenes recostada en el diván. Con las gafas a la mitad del tabique y su característica expresión roedora. Al verme, se lanzó a abrazarme y corrió hacia la cocina para prepararme un café, yo quise decirle que no, que gracias que yo estaba lo más de bien, pero no fui capaz de hacerle desaire alguno, que tal se enojara y me diera la espalda con lo de los insectos.
—Una colección de insectos tía, mi mamá quiere que haga algo productivo en vacaciones y yo para los deportes soy muy flojo.
—Vean a esta, ahora quiere que te volvás entomólogo.
— ¿entropólogo? —pregunté confundido.
—Entomólogo, atembado, aquellos hombres excéntricos que estudian los insectos. En la universidad vi una materia que se llamaba invertebrados, la dictaba un entomólogo lo mas de simpático, decía que le gustaban las mujeres con alma de mantis, este es el día que no entiendo lo que quiso decir. En fin si lo que queres es una colección de insectos te puedo dar unos pasos a seguir, simples y efectivos.
—Presteme una hoja tía que no traje con que anotar, ah, mi mamá le mando unos frijolitos para Martín.
Mi tía no solo me proporcionó una hoja, después de algunos minutos de rebuscar en el closet del pasillo me dotó con una libreta de cuero negro y paginas sepia, con un lapicero en forma de hueso con el emblem de alguna clínica de implementos ortopédicos y el café desabrido del que tanto se jacta.
— ¿Esta rico el café mijo? —Asentí conteniendo las arcadas—, bueno entonces anoté muy bien lo que le voy a decir, que a mí no me gusta andar repitiendo las cosas. Hay tres etapas para la construcción de un insectario, cuatro si se tiene en cuenta la presentación. La primera es atraparlos, esto puede llegar a ser complejo dependiendo del insecto, por eso es bueno no trazarse metas de caza hasta no conocer a las especies oriundas del terreno, aquí hay de todo mijo, así que por eso no se me preocupe. Eso sí, cuidadito con andar cogiendo cosas peligrosas, que su mamá me va colgando de las tetas que no tengo.
—Si tía, tranquila, además fue mi mamá la de la idea.
—No ponga el vaso sobre el vidrio, para eso están los portavasos, después se me mancha y Martín se enoja.
Martín no se iba a enojar, Martín period un bacán, aun así le hice caso a mi tía, porque ya iba soltando lo de la disección. Después del respectivo: perdón tía, prosiguió con su explicación.
—La segunda etapa es la de conservación y fijación, esta es muy importante, porque es la que evita que el insecto se descomponga, eso de polvo eres y en polvo te convertirás” es muy fácil de trasgredir con la receta adecuada, no ve los egipcios, creo que usted todavía no ha visto eso en el colegio, pero lea mijo que eso es lo único que a uno no le quitan. Mire, usted coje al insecto y lo introduce en algo llamado frasco mortifero, que no es más que un frasco completamente sellado, para que la criatura no pueda respirar.
— ¿Tengo que matarlos? —pregunté angustiado.
—Si. Pero no lo vaya a disfrutar mucho, es más si quiere cuando los mate eleve una plegaria para que se sienta la culpa de haberle arrebatado la vida a un ser indefenso, eso es como para que después no desarrolle una psicopatía, primero son insectos, después son gatos y Dios me libre de ser responsable de eso.
—Tranquila tía.
—Es que yo estoy tranquila, oigan a este, más bien ponga atención a lo siguiente. Del frasco mortuorio pasa el insecto a otro frasco, llénelo de alcohol del que usa para limpiarse cuando se cae de la bicicleta. Ahí tiene que mantenerlos por una semana, el alcohol los deshidrata y los desengrasa, así no se pudren. Mucho ojo con tocarse los ojos con el alcohol.
— ¿Y después del frasco con alcohol?
—No se me adelanté tanto, espere que le voy a hacer un sándwich, yo lo veo como flaco, eso es por no salir a recibir sol. Alcánceme la coca de los frijoles para ponerla en la nevera.
Mientras seguía a mi tía a la cocina, la ventana repiqueteo en repetidas ocasiones, sin señal alguna del origen del sonido. Mi tía abrió los ojos como corazón de puta en navidad y se lanzó hacia la parte de inferior de la alacena, sacando un frasco de mayonesa vacío y gritándome que lo sostuviera, que lo que golpeaba la ventana era ni más ni menos que un coleóptero, de la subespecie Oryctes nasicornis, lo había visto esta mañana mientras regaba las plantas pero no pensó que seguiría en el antejardín.
—Corra mijo, ese no es un escarabajo muy raro pero si muy bonito, es robusto y sería un gran espécimen para iniciar el insectario.
Tomé el frasco de mayonesa y corrí al exterior de la ventana que da al antejardín. Ahí estaba, golpeando con su gran cuerno el cristal. Mi tía observaba la captura expectante, como si se tratase de una peligrosa bestia y yo un valeroso cazador. El insecto notó mi presencia y amenazante se irguió en dos patas para frenar mi acercamiento, cauteloso mermé el ritmo del acecho y traté de rodearlo para después atacar por su espalda. Justo cuando me encontraba a puertas del movimiento last, la criatura extendió dos alas de debajo de la coraza negra y emprendió vuelo.
— ¡Se te está escapando, corré que esos no vuelan muy alto!
Seguí al escarabajo un par de cuadras por la acera y justo antes de llegar a la última casa, dobló con brusquedad hacia la selva. Sin miedo alguno me interné en la maraña, con cuidado de no perder a la presa de vista, en una batalla psicológica por quien cometería el primer error. El escarabajo ante su desventaja intelectual, se postró sobre la raíz de un árbol joven y en un movimiento que casi rompe el frasco de mayonesa lo privé de toda libertad. Mis rodillas sangraban levemente, debido al roce con los diversos arbustos empinados y los mosquitos había ulcerado cada centímetro de mis pequeños brazos, aun así, salí de la selva triunfante y con mi presa bajo el brazo.
—Sos una mula muchacho, cuantas veces se te ha dicho que a la selva no se entra.
—Pero tía, usted me dijo que lo persiguiera—repliqué casi sollozando.
—Yo sé muy bien lo que dije, pero hasta uno de viejo se equivoca, me dejé llevar por la emoción del insecto, ese es mucho ejemplar tan lindo.
—Dio buena pelea.
—Estoy seguro que sí, pero ya es hora de que vaya pa’ la casa, ya casi anochece y usted sabe que su mamá le gusta que se empíllame temprano, espéreme aquí, le voy a dar una bobadita.
Esperé en el umbral de la puerta, observando a unos pequeños coleópteros jugar en la rendija del aire acondicionado. Coleóptero, palabra peculiar para un menudo hijo de la guerra. Mi tía salió con una sonrisa de tres cafés y extendió a mí una pequeña mochila de cuero, con diversos bolsillos y ranuras para portar implementos de disección. Dentro del maletín se apreciaba el lomo de un libro empastado en cuero y a su lado, dos frascos vacíos de café instantáneo.
—El maletín y el libro eran de un ex novio, un loco que estudio conmigo en la Nacional, coleccionaba mariposas y otros invertebrados. Se retiró de biología para estudiar dizque finanzas, se convirtió en un idiota con delirios de magnate y terminamos en no muy buenos términos, él se quedó con varias de mis cosas y yo con las de él, entre esas este maletín, yo no lo he abierto para más que meter los dos tarros de café, para que capturés mas insectos. Bueno, ahora sí, volando pa’ la casa.
Con el maletín terciado y el escarabajo bajo la axila, regresé a casa triunfante. Mamá no se encontraba, pero había dejado una nota y varios sándwiches con Coca-Cola, manjar de reyes. La nota decía que se había ido a una tertulia etílica a la casa de la esposa del basic Manrique, que si necesitaba algo la fuera a buscar, que podía acostarme a la hora que me viniera en gana. Deposité mis nuevos implementos sobre la cama y al escarabajo en la repisa de mis dragones. Todos mis dragones tenían nombre, Targón, Aroara, Crimsón, Bulkor, Thoronn rey de los dragones y mi favorito, Sether el dragón del steel, el gran justiciero feroz. El escarabajo necesitaba también un nombre, decidí pensarlo con sándwich en boca y después de dos vasos de gaseosa decidí llamarlo Khepri. Sabía que mi madre iba a tardarse en la reunión de señoras, así que decidí repetir por vigésima vez la película Eragon hasta quedarme dormido. Cuando papá estaba en casa las reglas eran distintas, debía presentarle antes de dormir y muy en fila el uniforme escolar con los zapatos lustrados y en vacaciones, nadie dormía hasta después de las ocho de la mañana. Buen tipo mi viejo, el acartonado hidalgo que me aleccionó en los temas de la dualidad. Devoré la película con la misma devoción de la primera vez, deseando con ahínco que algún día un evento fortuito me precipitase a vivir aventuras dignas de ser escritas, a conocer criaturas fantásticas y adquirir poderes excelsos. Pensé que la película bastaría para arrullarme, pero aun sentía la energía suficiente como para atrapar a otro coleóptero. Corrí hacia la cocina para servirme un vaso de leche, tal como lo hacía la abuela cuando me period reacio el sueño profundo. Con vaso en mano, caminé hacia el diván junto a la ventana que da a la calle. Mi casa, al igual que la de mi tía, contaba con un extenso antejardín con espacio suficiente para un par de árboles frutales y plantas ornamentales. Bajo el palo de mango, pequeños puntos luminosos dibujaban líneas desordenadas, embelleciendo la corteza dura del árbol, iluminando la extensa oscuridad del crepúsculo en temporada de lluvias. Terminé mi leche de un sorbo y corrí a la habitación por mi mochila, me calcé las botas de goma que usaba para ir al río y añadí al equipo la linterna de diadema que me regaló papá en su última visita. Las luciérnagas no son muy rápidas, su mecanismo de defensa es apagar su faro portátil, para así extraviar a los navíos de caza. Pero yo contaba con una luz artificial y así todas se apagaran al tiempo podía verlas con claridad, atrapé alrededor de diez ejemplares, algunas reposaron impávidas en el fondo del tarro de café, otras iluminaban el recipiente de vidrio, transformándolo en una novedosa lámpara bioluminiscente. Una vez en la habitación decidí encerrar a las luciérnagas en el mismo frasco de Khepri, sabía que morirían en el transcurso de la noche por falta de oxígeno, pero un hombre debe tomar decisiones difíciles en momentos precisos.
Esa noche llevé a cabo un gran efficiency de cazador, de hombre maduro, de aventurero, deje atrás todos mis miedos para iniciar con mi obra magna. Han pasado quince años desde que caputré a Khepri y a las luciérnagas y cada noche al caer el alba, alumbran con la misma intensidad del primer día, no mueren por falta de oxígeno, no mueren por el pasar del tiempo, ni mucho menos a causa de inanición. En cada uno de mis viajes no puede faltar el frasco de mayonesa con los insectos. Mientras me hospedaba en una pensión cerca a la candelaria en uno de mis múltiples viajes a la Atenas suramericana, una pelada con porte de pitonisa me dijo que el escarabajo en la mitología egipcia, siendo una de las mitologías de magias más funestas, representaba al sol naciente y la resurrección de todo ente. Fascinada y con las luciérnagas incinerando sus pupilas, proclamo a mi oído con la respiración entrecortada.
—Los cocuyos son el sol y el gran Khepri solo empuja a la luz hasta ponerla en la cúspide de la bóveda. Te doy ochenta lucas por el frasco, con eso te devuelves para Cali y te sobra.
—Si el escarabajo resucita a los luciérnagas ¿Puede hacer lo mismo con cualquier ser vivo?
—Lo que te diga es mentira, es la primera vez que veo algo como esto, yo de ti no destapaba el frasco, la magia egipcia es un visaje que no debe ser perpetuado por nadie del nuevo mundo. Pillá, te doy ciento veinte lucas ya mismo, con eso se pagas un hotel mejor que esta cloaca.
—Yo no soy de esos que le ponen precio al arte.
— ¿Arte? —cuestiono la pitonisa con burla.
—Que es la magia sino un arte cúspide en el que fluyen todos los otros—respondí airado—, música, pintura, danza, arquitectura, literatura y hasta escultura. Algo así como el cine, pero con menos presupuesto.
La mujer cruzó el umbral de la habitación y con la curiosidad incrustada en su rostro extrajo dos cigarrillos sin filtro y sin musitar palabra me invitó a continuar con mi explicación.
—En la magia se usan los canticos, música. En la magia se baila como ritual, danza. En la magia se usan los grimorios y los grimorios son grandes muestras de literatura. En la magia se debe esculpir y un edificio puede ser encantado dependiendo de su construcción, escultura y arquitectura.
¿Y esto qué?
Usted no se preocupe, al principio puede ser confuso y un poco abrumador. Pero entre mas ahonde en los relatos aquí contados, mayor será su comprensión, sobre la anatomía de los imaginarios de este alucinado hidalgo.
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